por Gary Smalley
Sus convicciones determinan el nivel de felicidad que experimenta
Cuando somos jóvenes no poseemos discernimiento sobre cuáles pensamientos son correctos y cuáles no. Sencillamente los vamos incorporando del ambiente en el que nos encontramos y de la cultura que nos rodea. Sentimos presión continua de conformarnos a los conceptos que otros forjan de la vida y de nosotros. Sin percibirlo, comenzamos a acomodarnos a las convicciones que prevalecen en este entorno, aun cuando muchos de estos pensamientos sean errados.
Nadie puede
Una de las verdades más arraigadas en nuestra cultura es que los demás son responsables de nuestra felicidad. Quisiera advertirle, sin embargo, que ningún ser humano posee el poder para decidir el estado de ánimo que usted sostenga. La capacidad de cada persona de ser feliz o no está enteramente en sus propias manos. Usted será tan feliz como las convicciones de su corazón le permitan serlo. Ninguna persona o circunstancia puede llevarle a ser más feliz o infeliz que eso.
La idea de que nosotros controlamos nuestro propio estado de felicidad es tan extraña para la mayoría de nosotros que nos sentiremos tentados a descartarla de inmediato. Los seres humanos poseemos una capacidad asombrosa para lastimarnos los unos a los otros. Mentimos, robamos, despreciamos, engañamos y aun lesionamos o matamos. ¿Cómo puede alguien afirmar que experimentar estas realidades no le robarán a uno la felicidad? Quisiera indicarle, ahora, que esta es una de las mentiras más arraigadas en el corazón del ser humano. Por mucho tiempo ni siquiera me di cuenta de que era mentira.
¡Es mentira!
La mentira es creer que otra persona o circunstancia es la causa de su infelicidad. Jesús le anunció a sus discípulos: «Yo los veré otra vez, y su corazón se alegrará, y nadie les quitará su gozo» (Jn 16.22). Como verá, nadie lo ha condenado a vivir amargado. Su felicidad siempre está en sus propias manos. Siempre ha sido usted cien por ciento el responsable de la calidad de su propia vida. Usted será tan feliz como las convicciones que almacena en su corazón se lo permitan.
Ningún elemento y ninguna persona posee la capacidad de robarle el gozo a menos que usted entregue su gozo en manos de otras personas o circunstancias. Para encontrar la felicidad plena usted deberá aceptar el hecho de que su Creador le ha dejado las más preciosas verdades para que usted las atesore en su corazón. Esas creencias son las que, en última instancia, determinan cuán feliz es. Entiendo perfectamente, ahora, por qué el rey Salomón nos aconsejó: «Con toda diligencia guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida» (Pr 4.23 NBLH).
Ejemplo vivo
Esta verdad parece tan extrema que quizás usted se pregunte si funcionará en todas las situaciones. Mi respuesta es que si funcionó para un prisionero en un perverso campo de concentración, funcionará también para nosotros. El reconocido neurólogo austríaco Viktor Frankl padeció, durante la tiranía de Hitler, esta situación. Sobrellevó devastadoras torturas físicas. Perdió a su padre y a su esposa en estos mismos campos. Sin embargo, Frankl escribió: «Los guardias podían controlar cuanto dolor sufría. Conseguían torturarme, negarme la comida y privarme de la libertad, pero no alcanzaron a controlar mis pensamientos». Cuando concluyó la Segunda Guerra Mundial, Frankl recibió la libertad. Los guardias del campo donde lo habían recluido dieron testimonio de que nunca habían conocido a una persona tan feliz. Un prisionero maltratado y torturado resultó ser la persona más feliz que hubieran conocido estos guardias.
¿Cómo podía Frankl ser más feliz que las personas que se deleitaban al verlo sufrir? ¿Qué es lo que le daba a este hombre tanto control sobre sus propias emociones y las espantosas condiciones de un campo de concentración, cuya única vida era sufrimiento y muerte?
La clave
Frankl había aprendido una de las más importantes lecciones de la vida. Había descubierto que existe un tremendo poder para la persona que sabe controlar sus pensamientos. Tal como afirmara el antiguo filósofo griego, Epictetus, los hombres «son perturbados no por las circunstancias, sino por la perspectiva que poseen de ellas».
Cuando uno aprende a almacenar en la cabeza los pensamientos correctos, y medita en ellos continuamente, día tras día, acabarán echando raíces en el corazón y le cambiarán la vida. Es por esto que Pablo nos exhortaba: «todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto mediten» (Fil 4.8).
Estos nuevos pensamientos se convertirán en los principios que controlan su comportamiento. Y cuando esto ocurra, ninguna persona o circunstancia logrará afectar su vida. No importará cuánto lo lastimen o cuántas injusticias experimente, el centro de su ser permanecerá intacto, porque está construido sobre las verdades eternas de Dios. Sin duda, de vez en cuando experimentará algún revés, pero se asombrará de cuán rápido logra ponerse otra vez en pie.
La clave para una vida de plenitud es encontrar las mejores y más profundas verdades sobre las cuales pensar, y almacenarlas en su corazón como convicciones inamovibles.
Otra dirección
Si usted nunca antes había escuchado este concepto, yo sé que en este momento le costará creerlo. Contradice todas las convicciones con las que hemos crecido. Realmente estamos convencidos del poder de los demás para decidir si somos o no infelices. Vivimos reclamando a otros que nos den aquello que creemos indispensable para nuestra felicidad. Nos enojamos cuando imaginamos que deliberadamente retienen lo que nosotros «necesitamos» para vivir la vida a la que aspiramos.
Vivimos en un mundo caído, donde todo tiende a echarse a perder. Sin importar cuanto se esmere usted en construir su vida, eventualmente las relaciones se dañan, sus ahorros desaparecen, los caños de agua se pinchan, el auto se rompe o la lluvia arruina sus vacaciones. Simplemente no controlamos gran parte de las situaciones que nos toca vivir.
Yo quisiera ayudarle a entender que, si usted alimenta una amargura por un daño que alguien le haya ocasionado, por una situación humillante que le tocó atravesar, por un proyecto que le salió mal o por una amistad perdida, esa amargura se originó por su propia decisión de cederle a otro el poder de ejercer control sobre su vida. Sin embargo, no tiene por qué seguir amargado. Usted puede escoger otro camino, y ese camino es bien sencillo. Lo único que le urge es revisar o alterar algunas de las convicciones profundas guardadas en su corazón. Resulta tan milagroso este paso que al principio le parecerá imposible.
Un proceso
El hecho de que sea sencillo, sin embargo, no quiere decir que sea fácil. El concepto de cambiar sus convicciones erradas por convicciones correctas es sencillo, pero el proceso exige mucha perseverancia. Requiere disciplina de su parte. Significa que usted deberá identificar las viejas creencias heredadas o elaboradas, creencias adheridas a su corazón como costras en el casco de una embarcación. Estas creencias han entorpecido su existencia por mucho tiempo, porque se basan en falsedades.
Si usted logra implementar este principio, sin embargo, descubrirá cómo manejar su propio corazón y cosechará las maravillosas consecuencias de una relación más profunda e íntima con Dios. La Palabra de Dios es verdad (Jn 17.17), y usted descubrirá que cuando vive conforme a esta verdad, ¡será libre! (Jn 8.32).
Se adaptó del libro Change your Heart, Change your Life, Thomas Nelson 2007. Todos los derechos reservados.