por David Neff
Frente a la afirmación de que todos los pecados son iguales, muchos no saben cómo actuar frente al pecado sexual de un líder. Frente a esta disyuntiva el autor nos presenta, al menos, tres realidades que apartan al pecado sexual de los otros pecados, y que nos llevan a tratarlo con más seriedad cuando lo descubrimos en la vida de un líder.
Cuando se descubre que un líder cristiano ha mantenido una aventura clandestina surgen el murmullo y los comentarios de todo tipo, desde los condenatorios hasta los burlescos que rayan en el cinismo. Y entonces, invariablemente, se pronuncia una voz convincente que amonesta: «Recordemos que todos los pecados son igualmente aborrecibles ante Dios. El pecado sexual no es diferente. Somos todos pecadores y ante los ojos de Dios somos tan culpables como el hermano o hermana que ha caído». Y nosotros, en lo íntimo, nos preguntamos: «¿De veras?»
Hay una lógica teológica para esa afirmación de igualdad, la que reafirmamos con nuestra creencia y sin titubeos. Para el Libro de la Vida, cualquier pecado, por más insignificante que sea, hace la diferencia entre el estar y el no estar allí inscrito. Y puesto que todos tenemos pecados aunque sea el más insignificante todos necesitamos de la obra de Cristo para perdonarnos y salvarnos de nuestra inevitable condenación.
Sin embargo, esa recurrencia a mirar con simpleza a todos los pecados por igual parece sugerir que si aceptamos a un líder con un intencionado rasgo, o aprendemos a vivir con un visionario que subordina su proceder a sus proyectos mimados, entonces podemos reunirnos alrededor de la bandera de un líder caído en inmoralidad sexual, «porque al fin de cuentas todos los pecados son iguales». ¿Es así de simple el tratamiento a esta situación?
Personalmente creo que hay, al menos, tres realidades que apartan al pecado sexual de los otros pecados, y que nos llevan a tratarlo con más seriedad cuando lo descubrimos en la vida de un líder.
LA CONFIANZA
Primero, como ningún otro pecado, este destruye la confianza. Antes del adulterio ha tenido lugar un casamiento. Un hombre y una mujer se han presentado ante su comunidad y los representantes oficiales de la iglesia y del estado. Se han comprometido uno al otro con promesas que son lo más comprensivo que un cristiano puede hacer. Cuando el dique se quiebra por el adulterio, el cónyuge inocente y los niños pueden ser ahogados por el dolor. El murmullo y el remolino que hiere se expande más allá de la familia inmediata, y se convierte en caldo de cultivo para los comentarios más extraños que la gente pueda hacer, cuando del sexo ajeno se trata.
Si hablamos de que el caído es un maestro de la escuela dominical, un líder juvenil o el pastor, la confianza que una comunidad había puesto en él se rompe. Ellos habían confiado en su visión, seguridad, sabiduría y veracidad. Quizás muchos habrán detenido, incluso, críticas infundadas contra él o a lo mejor bien fundadas, pero de hechos que se desconocían. La esencia del liderazgo es esa confianza misma. Por lo tanto, un líder que viola la confianza de esa manera tan elemental y pública, de hecho, ya no es más un líder.
LAS FANTASÍAS AJENAS
El adulterio no es el único pecado que derrumba a un líder los actos de lujuria inflaman la imaginación. Sin embargo, más que cualquier otro pecado, la inmoralidad sexual escribe el libreto de películas mentales con variaciones inimaginables.
Cuando un líder trata deshonestamente a otros o su carácter es hosco, se puede levantar una tormenta, pero, de pronto, el mar se calma. Sin embargo, cuando se sorprende a un líder en un amor ilícito, las imágenes de las telenovelas de las dos de la tarde baila en nuestras cabezas. El pecado de la carne de un líder se convierte en el pecado de imaginación de un amplio público lujurioso. Y el pecado de la imaginación engendra más pecado que el físico. Es un «gatillo» que ocasiona una reacción en cadena.
LOS PROPÓSITOS Y EL MODELO
Finalmente, el pecado sexual destruye la imagen del líder. Así como hablábamos de que la confianza es una parte esencial del liderazgo, su imagen es otra. Y es que el modelo del líder es la encarnación de las metas y propósitos de la iglesia, organización o grupo. La imagen del líder se combina con las metas de todos. Un pueblo elige a alguien para presidente precisamente porque encarna sus ideales.
El maestro de la clase bíblica, el líder de jóvenes, la mujer que dirige a las damas, el pastor, los ancianos, etcétera, son los que guían a sus respectivos grupos tras los valores enseñados y predicados. Si un predicador habla constantemente de imitar a Cristo, la gente lo tendrá a él como modelo de cómo se imita al Señor.
Si bien ningún líder cristiano pretende ser perfecto, deben aceptar la realidad: los líderes cristianos son considerados como «una isla de virtudes en medio de un mar de vicios». Desde luego, la imagen y la realidad deben ir juntas, si es que ellos pretenden sobrevivir por como líderes.
ENTRE NOSOTROS, NO
En resumen, todos los pecados son iguales para hacernos menesterosos de la salvación divina y mostrar nuestra verdadera naturaleza caída. Sea por mucho o por poco, todos necesitamos la misericordia de Dios. No obstante, deberemos entender, aceptar y proceder en función de que diferentes pecados producen diferentes consecuencias sociales. Para el bien de la sociedad, seremos sabios en reconocer el peligro especial del pecado sexual (por supuesto que no debemos volvernos obsesivos con el pecado sexual y así, inadvertidamente, inflamar nuestra imaginación).
No somos los únicos en clasificar los pecados sexuales diferentes a los otros. En 1 Corintios 6.18, Pablo escribe: «Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca».
Si bien es claro que Pablo considera al pecado sexual en una categoría diferente a los demás, en sí el significado del pasaje es completo. Tal vez el comentario del doctor Gordon Fee nos ayude. Después de considerar diferentes opiniones, Fee parafrasea a Pablo de la siguiente forma: «Al fornicar un hombre quita su cuerpo, (el cual es templo del Espíritu Santo, comprado por Dios y destinado a resurrección) de la unión con Cristo y lo hace miembro del de una prostituta, poniéndolo bajo el dominio de esta. Cualquier otro pecado está fuera del cuerpo en este aspecto singular Entonces la única naturaleza del pecado sexual es que uno peca contra uno mismo, contra su propio cuerpo ante los términos de su lugar en la historia redentora».
Si Fee está en lo cierto, cualquier pecado es tan burdo como el próximo para el no cristiano. Pero para aquellos que han sido marcados como pertenecientes a Cristo, la inmoralidad sexual es un pecado específico: Desde que nuestros cuerpos pertenecen a Cristo, ellos no pueden, desde una perspectiva eternal, pertenecer también a un cómplice en adulterio.
© Christianity Today, 1987. Usado con permiso. Los Temas de la Vida Cristiana, volumen II, número 4.