Proceso delicado

por Christopher Shaw

Solamente los líderes que con esmero han preparado el proceso, regando el camino con sus oraciones, lograrán que le nueva generación surja con éxito y poder.

Tuve la buena fortuna de asistir a una escuela con un excelente programa de deportes. Entre otras especialidades, me integré al equipo de cuatro corredores que requiere la carrera de relevos o postas. El objetivo es correr, entre todos, una carrera dividida en cuatro tramos iguales. A cada corredor se le asigna uno de estos trayectos y debe recorrerlo llevando en su mano un tubo rígido llamado testimonio. Al arribar al final de su  tramo debe entregar el testimonio al próximo corredor de su equipo, pero solamente cuenta con veinte metros para realizar el traspaso.

 

El proceso se ve muy sencillo. Pareciera que lo único necesario es llegar y pasarle el testimonio al próximo corredor. El traspaso del testimonio, sin embargo, es el punto más crítico de la carrera. Un corredor puede encimar a su compañero, y perder así valiosos segundos. Otros no logran pasar el testimonio dentro del espacio establecido. En ocasiones, por falta de coordinación, el testimonio cae al piso y la descalificación es automática.

 

El delicado proceso de lograr un traspaso perfecto lleva a los mejores equipos a practicar, una y otra vez, la coordinación exacta de sus movimientos. Cuando alcanzan la perfección no se perderá ni una décima de segundo en cada relevo y alcanzarán, así, el mejor tiempo como equipo.

 

El mecanismo que sostiene esta carrera nos ofrece un símbolo apto para ilustrar el desafío que representa el traspaso de autoridad de una generación a otra. Cuando el proceso se ha trabajado con diligencia el ministerio continúa avanzando sin mayores contratiempos.

 

Infortunadamente muchos líderes no piensan en el proceso hasta que se torna inevitable. La resultante torpeza en las acciones del traspaso de una generación a otra acaba por dañar el progreso de la iglesia. En ocasiones el líder saliente no quiere entregar el testimonio a sus compañeros de equipo. En otros, ellos se apuran mucho y acaban dejando caer el relevo. Solamente los líderes que con esmero han preparado el proceso, regando el camino con sus oraciones, lograrán que le nueva generación surja con éxito y poder.

 

Cristo nos ofrece, con su ministerio, un adecuado modelo para este proceso. El líder saliente es quien debe impulsar ese cambio, pues los que vienen detrás no poseen la confianza ni la valentía para iniciar el proceso. Muchas veces se mostrarán reticentes al cambio, pues estarán acostumbrados a la seguridad que les provee la experiencia del líder. No obstante, el traspaso de responsabilidades es necesario. Aunque los Doce no entendían el porqué de ese paso, Jesús les aseguró: «les conviene que yo me vaya» (Jn 16.7).

 

¿Cuál ventaja veía él en ello? Su salida estimularía el crecimiento, no solo en ellos como individuos, sino también en el grupo en general. El trabajo que venía realizando ahora se vería multiplicado en la vida de muchos que, guiados por el Espíritu, invertirían sus esfuerzos en extender el Reino hasta lo último de la tierra. La salida de Jesús, sin embargo, no fue al azar, ni apurada. En un sentido, hacía tres años que los estaba preparando para ese momento. No la consideraba el fin de su ministerio, sino el principio de algo aún más grande. Por ese mismo camino debemos andar cada uno de nosotros.