Hermosamente santa

por Ruth E. Van Reken

¿Ha desaparecido la idea de la santidad en la iglesia actual? O, por otro lado, ¿qué significa ser santo sin ser legalista? ¿Es eso posible? Ruth E. Van Reken se hizo esas preguntas hace un par de años. Descubra las interesantes respuestas que encontró durante su viaje a la santidad.

Si usted cree que la santidad es tan solo un conjunto de reglas, píenselo dos veces.

Santidad. ¡Qué palabra más extraña! Suena un poco a fanatismo. Pero, ¿qué significa realmente? Durante mi adolescencia hubiera respondido a esa pregunta de la siguiente manera: «Nada de bailes, nada de licores, nada de películas. Lee la Biblia en las mañanas, ora todos los días, y estarás bien. Las reglas son claras. Obedécelas y la gente dirá que eres un santo».

Mi idea de santidad, sin embargo, no era tan simple. Cuando tenía veinte años, vi a varios hermanos cristianos referirse a muchas de esas reglas de «Cómo ser la mejor cristiana del mundo» como ejemplos de legalismo. Después de todo, ¿no danzó el rey David delante de Dios (2 Samuel 6.14)? Y ¿Jesús no convirtió el agua en vino en una boda (Juan 2.1–11)? A medida que empecé a tomar en cuenta estos casos, mi perspectiva sobre la santidad empezó a cambiar.

Por ejemplo, al ser una madre joven, me sentí aliviada cuando me enseñaron que Dios no exigía un tiempo específico para los devocionales, como las mañanas. Con mi nueva libertad pronto pasé de sentirme culpable por no haber tenido mi tiempo a solas con Dios en las mañanas, a irme a la cama sin haber pasado ni un minuto con él durante ese día. ¡Qué fácil era pasar del legalismo al libertinaje!

No obstante, en medio de mi liberación, la preocupación consumía mi alma. Si la santidad significaba solo cumplir ciertas reglas y esas reglas ya no estaban, entonces ¿la idea de santidad se había extinguido? Si no, ¿qué significaba ser santo sin ser legalista? ¿Era eso posible?

Le pedí a mi sabia amiga Bárbara que me compartiera sus pensamientos con respecto a la santidad. Bárbara inmediatamente me respondió, «Me atrae como a un imán». Quedé sorprendida. Esta respuesta obviamente no era la imagen que yo tenía de esta palabra. Cuando le pregunté el porqué, ella respondió, «porque es tan hermosa. La santidad brilla en la oscuridad para recordarnos cómo debieron haber sido las cosas y cómo serán algún día».

¡De nuevo como en el principio! Si la santidad era realmente algo hermoso (como dice Salmos 29.2), en lugar de ser algo opresivo (como yo creía), necesitaba pedirle a Dios que me diera un par de ojos frescos para observar la santidad.

En 1 Pedro 1.16 dice que debo ser santa como Dios es santo. Si la santidad se relaciona con ser puro y apartado, ¿cómo podría alcanzarla? Tal vez las estrictas reglas de mi pasado estaban en lo correcta después de todo. Sin embargo, no sentía que regresar a ellas era la respuesta adecuada. Las Escrituras claramente enseñan que debo vivir una vida diferente a la del mundo (Santiago 4.4). No obstante, este estilo de vida es muy diferente a cumplir unas cuantas reglas. ¿Por qué?

Primero, la santidad empieza con Dios —no conmigo. Entré al reino de la santidad cuando acepté a Jesús como mi Salvador. En este proceso, Dios no solo perdona mis pecados (Juan 1.29), sino también me dice que he sido comprada con un precio —la preciosa sangre de Jesucristo (1 Corintios 6.20). Dios me apartó para él y me llevó del reino de este mundo a su reino (Juan 3.5).

Pero también está mi parte en el «plan de la santidad». Si bien la verdadera santidad se origina con Dios, él también me pide que actúe. Al principio, se me pide recibir la gracia de Dios por medio de la fe en Jesucristo (Juan 3.16–17). Pero eso no es todo. Mis acciones importan. Dios quiere que yo viva una vida pura según sus normas. ¿Por qué? Porque soy su seguidora, yo represento a Dios ante aquellas personas que aún no lo conocen. Dios diseñó su reino —conformado por sus seguidores— para reflejar su carácter. Por ejemplo, aun cuando el mundo me dice que debo maldecir a mis enemigos, Dios me dice que debo bendecirlos porque su carácter consiste en personas de bendición. Él afirma que la grandeza yace en el servicio, no en el poder humano. Dios dice que mi cuerpo es su templo, y que no debo usarlo para inmoralidades. Sus principios me indican que debo vivir una vida clara y definitiva, pero aun más importante —y sorprendente— estos principios no son reglas específicas para cada posible situación.

Eso me lleva de nuevo a mi primera pregunta. Si la santidad no tiene que ver con seguir un grupo de reglas específicas, sino con mi comportamiento, ¿cuál es la diferencia práctica entre la santidad y el legalismo?

La santidad me llama a vivir por fe, no por lo que mis ojos ven. Debido a que Dios nos da principios en lugar de reglas específicas para vivir una vida santa, su reino puede vivirse en cierta medida aquí en la tierra, en cualquier generación, en cualquier cultura, en cualquier época. En cada circunstancia, se verá diferente la forma en que estos principios eternos son aplicados; no obstante, los principios de Dios nunca cambian. Una persona puede ser vegetariana, por ejemplo, mientras que otra prefiere la carne; sin embargo, ambas honran a Dios (Romanos 14.2–3). Vivir una vida santa significa que yo debo constantemente regresar a Dios para que él me guíe en la forma de cómo vivir estos principios.

El legalismo, sin embargo, ocurre cuando una aplicación legítima de algún principio se convierte en un absoluto. En poco tiempo, esta regla reemplaza el principio en sí y uno de dos eventos generalmente ocurre. Primero, aquellos que cumplen fielmente la regla pueden volverse «santurrones», y fácilmente olvidar otras aplicaciones del fundamental principio. Por ejemplo, Filipenses 4.8 dice que pensemos en todo aquello que es verdadero, amable, admirable o puro. Cuando era una adolescente, no iba al cine al menos que violara ese principio, pero convenientemente pasaba por alto algunos programas de televisión y libros que podían alimentar mi mente incluso en una forma más impura que lo que algunas películas lo hubieran hecho.

Por el contrario, cuando se aclama que las reglas legalistas en sí no son absolutas, de hecho lo son. Es muy fácil creer que no existen los absolutos. No solo se considera al legalismo como algo de poca importancia, sino que también se descarta al principio eterno que inicialmente estaba detrás de él. Por ejemplo, durante mis años colegiales, se formuló el edicto de «no bailar». Todo empezó como un intento para ayudar a los jóvenes a seguir los preceptos de la Escritura, y así evitar las tentaciones sexuales. Cuando se eliminó esa regla, fue muy fácil olvidar que el mandato de Dios de huir de las inmoralidades sexuales (1 Corintios 6.18) permanece para siempre. En el momento en que ignoramos los absolutos de Dios, nuestra libertad rápidamente se convierte en libertinaje. Nos enorgullecemos de no ser legalistas que olvidamos preguntarnos si estamos obedeciendo.

Ser santo no siempre es fácil. Dios a menudo expone un área en mi vida en la cual todavía escondo algún pecado. Él me muestra que necesito arrepentirme. En otras ocasiones, la santidad libera porque está relacionada con la vida en el reino de Dios, no en el mío. Puedo afrontar el perdonar aquellos que me han hecho daño, compartir con aquellos que nunca podrán reembolsarme, y vencer el mal con el bien. Como cristiana, mi trabajo es obedecer, mientras el trabajo de Dios es resolver todo lo demás.

Mi amiga Bárbara (¡y el salmista!) están en lo correcto. La santidad es algo hermoso. Es la hermosura del reino de Dios creciendo aquí en la tierra a medida que los seguidores de Dios viven Su plan. En ese proceso, vivir una vida santa nos convierte en la luz que brilla en la oscuridad y la sal que preserva lo bueno (Mateo 5.13–16). La santidad es importante y pertinente. Y continúa siendo importante en nuestro mundo actual.

Ruth E. Van Reken es oradora y escritora de varios libros. Este artículo se publicó por primera vez en Todays Christian Woman magazine, usado con permiso. Título del original: Rediscovering Holiness Copyright © 2002 por el autor o por Christianity Today International/Todays Christian Woman magazine. Traducido y adaptado por DesarrolloCristiano.com, todos los derechos reservados.