por G. Campbell Morgan
¿Cuál fue el propósito de la encarnación del Cristo? Este sorprendente misterio es uno de los hechos más importantes para la humanidad. En el presente estudio se le examina primero como medio para corregir ideas falsas que el hombre creó; y en segundo lugar, como instrumento para obtener una nueva comprensión acerca de Dios mismo.
La encarnación es un hecho sublime y misterioso pero ¿cuál era su propósito? La breve declaración de Pablo a los corintios puede contestar esta pregunta inmediatamente: «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo» (2 Co 5.19). Es imposible comprender todo el alcance de esta declaración hasta que no se consideren los movimientos finales en la misión de Jesús, es decir, los de su pasión, resurrección y ascensión. Por medio de estas acciones Dios reconcilia al mundo en sí en Cristo. Sin embargo, nada hubiera sido posible sin la encarnación, y con ella se da el primer gran paso hacia la reconciliación entre Dios y los hombres.
Por medio de la encarnación, Dios se ha revelado de un modo nuevo a la inteligencia del hombre, de manera tal que despierte su emoción, y él así pide el sometimiento de la voluntad humana. Todo esto, sin embargo, no se podía realizar hasta que no se efectuara la obra de la encarnación. Solo por la muerte de Jesús la perfecta revelación de Dios vino a la inteligencia, pues únicamente por esa muerte podía llevarse a cabo una reconciliación. Una reconciliación que tuviera como fundamento el perdón de pecados y la comunicación de un nuevo principio de vida. Este hecho se ve con mayor claridad en las palabras del apóstol Pablo a los colosenses cuando dijo que siendo «en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora» Cristo los había «reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte» (Col 1.21, 22). De modo que la muerte de Jesús completa la obra reconciliadora, pero ese trabajo final se hace posible por medio de «su cuerpo de carne». Es decir, la encarnación es el preparativo de la expiación. El presente tema se basa totalmente en la revelación que Dios hizo de sí mismo al hombre a través de la persona de Cristo.
Cuando el hombre pecó, se distanció de Dios y perdió todo conocimiento y semejanza que tenía de Él. A pesar de esta realidad, permanece la capacidad e incluso la necesidad de tener a Dios, aun cuando el hombre ha perdido todo conocimiento, amor y semejanza a Él. Se ha visto, además, que la única idea que el hombre tiene de Dios es la que encuentra dentro de sí mismo; y cuando procura pensar en Dios, consciente o inconscientemente siempre ha proyectado su propia personalidad a la inmensidad. No hubiera habido ningún problema con esta acción si el hombre hubiera obedecido el ideal divino, ya que fue creado a imagen de Dios. Pero la realidad es que la sombra se volvió borrosa y la imagen se desfiguró, y en la proyección de sí mismo, el hombre ha recalcado los defectos e intensificado la ruina. Para corregir eso, Dios se encarnó y descendió al nivel del poder del hombre para comprenderlo. Le dio un hombre perfecto para que la personalidad perfecta proyectara líneas verdaderas a la inmensidad, y así revelar correctamente los hechos concernientes a sí mismo.
En el presente estudio se examina esa amplia declaración, primero cómo la encarnación corrigió falsos conceptos; y en segundo lugar, cómo la encarnación cumple con todo lo que se pensaba en el pasado, e inicia una nueva comprensión.
Es un medio para corregir falacias sobre Dios
Las ideas que el hombre tiene acerca de Dios son necesariamente antropomórficas. Aun cuando se elimine por un momento la discusión sobre la caída del hombre, todavía sigue siendo cierto que la comprensión que el hombre posee del eterno Dios forzosamente se basa en los hechos de su propia personalidad.
Aun cuando el hombre tenía conocimiento de los hechos de su propio ser, se hallaba en la sombra e imagen de Dios. Esencialmente un espíritu, el cual posee una naturaleza intelectual, afectiva y volitiva, era un medio por el cual estos hechos esenciales debían expresarse siguiendo la línea de fuerza o poder. El cuerpo del hombre era el medio por el cual el espíritu se expresaba. Tal era el ideal divino de humanidad, espíritu y cuerpo; el espíritu coronado, el cuerpo subordinado; la naturaleza espiritual dominante, la física sumisa a ella. En esto había una sugestión, y al mismo tiempo una revelación, acerca de los hechos esenciales de la deidad. Dios es un Espíritu inteligente, emocional, volitivo. Estos hechos esenciales de su ser gobiernan a todas las fuerzas de su naturaleza, las cuales se expresan en mil diferentes maneras, por medio de la creación. Así como el cuerpo del hombre es a su espíritu, todo el universo creado es a Dios.
La literatura del Antiguo Testamento está llena de este pensamiento, describe a Dios como vistiéndose de luz, como montando sobre las alas del viento, como haciendo de las nubes su carroza. De esta forma, el hombre antes de caer reverentemente proyectaba en la inmensidad los hechos de su propio ser, y tenía un verdadero concepto de Dios. Sin embargo, no se puede escapar a la realidad de que el hombre cayó y si continúa en el mismo proceso creará una deidad. No obstante, dicha deidad será falsa, una contradicción de la verdad, porque el hombre mismo es un fracaso y una contravención del propósito divino. Fuera de la armonía con Dios, el hombre ha desatendido lo espiritual. Como resultado, la inteligencia opera totalmente dentro de la esfera de lo material, el afecto se tuerce y se prostituye, la voluntad pierde su verdadero principio de acción. Proyéctense estas ideas en la inmensidad, y resultarán dioses sensuales, crueles, tiránicos. Es la historia de las religiones de la raza humana.
Como ilustración, considere los dioses de Roma y de Grecia. En cada caso, tenían tantas deidades que nadie pretendía conocer su número. Además, se puede describir su carácter en muy pocas palabras: vengativas, perezosas, triviales, egocéntricas, atemorizantes. Los hombres las adoraban solamente porque les tenían mucho miedo o porque querían librarse de la venganza y evitar su crueldad. Al ser incapaz el hombre de descubrir a Dios, ¿qué podía hacerse? La respuesta no provino del hombre, sino de Dios.
Es una nueva compresión de la humanidad
En Jesús de Nazaret, Dios una vez más le dio al mundo un hombre, perfecto en su humanidad, y por lo tanto perfecto en su revelación de los hechos relacionados con él. Jesús cumplió con todas las revelaciones que el hombre había recibido en el pasado con respecto a las ideas de Dios.. Por su parte, Dios continuó revelándose a sí mismo incluso desde el momento en que el hombre, por su rebelión, cayó de su alta dignidad, y de esta forma oscureció la visión que tenía de Dios. A través de procesos que, desde el punto de vista humano, eran largos y tediosos, Dios con infinita paciencia habló en frases simples y resplandeció en destellos de luz. De esta forma, preservó dentro del corazón del hombre hechos concernientes a sí mismo y que el hombre era incapaz de descubrir por sí solo. La inteligencia del hombre se había degradado tanto que, humanamente hablando, puede decirse que Dios necesitó siglos enteros para grabar en el estado consciente de la raza algunos de los hechos más simples y fundamentales relativos a sí mismo. La ruina del hombre era tan terrible y profunda, como lo muestran la inteligencia oscurecida, la emoción amortiguada y la voluntad degradada, que al Eterno Dios no le quedó mas que una sola alternativa. Tiene que barrer y desaparecer del todo a la raza, o de lo contrario, en infinita paciencia y mediante largos procesos, guiarla de vuelta a sí mismo. En su infinita gracia, escogió el camino de la reconciliación, a un costo que solo la historia de Cristo revela perfectamente.
Alguien podría objetar que Cristo pudo haber sido enviado inmediatamente; sin embargo, con esto ignoraría totalmente la profundidad de la degradación del hombre. Había muchas lecciones que la humanidad debía aprender antes de estar en condiciones de recibir la luz que brillaría en la persona de Cristo. Por ejemplo, el hombre había perdido su concepto de la unidad de Dios, y hacía millares y millares de deidades. La historia de Israel nos enseña cómo se preservó en la raza la gran verdad de la unidad de Dios: «Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es» (Dt 6.4). Esa era la lección inicial; sin embargo, Israel nunca la aprendió plenamente hasta que hubo pasado a la cautividad babilónica. Después de la cautividad, abandonó para siempre toda forma de idolatría.
La obra se realizó poco a poco debido a la ruina del único instrumento por medio del cual podía hacerse una perfecta revelación. Dios no puede ser expresado tan perfectamente por ningún símbolo como por medio de un hombre. A su debido tiempo vino a la historia humana el Revelador. El hombre en todas partes trató de descubrir a Dios mediante la proyección de su propia personalidad en la infinidad, pero fracasó en forma total y absoluta. La venida de Cristo significó que Dios envió al mundo el Único que podía realizar perfectamente su ideal de humanidad. Además, Cristo constituyó el instrumento perfecto por el cual Dios se revelaría al corazón de la raza. Jesús era la imagen misma de Dios. Desde cada hecho en la personalidad del hombre Jesús, pueden proyectarse líneas en la infinidad, y el infinito engrandecimiento de la persona de Cristo revela correctamente a Dios. En la encarnación, Dios acepta el punto de vista humano de la apreciación de sí mismo, que era también su propio punto de vista. Además, al experimentar la vida humana, piensa, habla y obra a través de conductos humanos.
Piense entonces por un instante en la personalidad de Cristo. Esto lo ayudará a ver cómo dentro de los límites de lo concebible al hombre, existe una revelación de aquello que de otro modo es completamente imposible de conocer. En esa perfecta personalidad se halla perfecta humanidad que en sí armoniza lo espiritual y lo material; humanidad en la cual el espíritu es dominante y el cuerpo subordinado y expresivo. En Jesús lo físico no es azotado ni golpeado, sino gobernado y glorificado. En él, el Espíritu no está preso ni degradado; por el contrario, posee un trono y una posición dominante. Él es una perfecta personalidad humana.
Cuando se proyectan estas líneas de perfecta humanidad al infinito, se presenta a la mente la perfecta deidad, la esencia espiritual dominante, mientras que toda fuerza, tal como es expresada por la creación, está subordinada al espíritu. Cada hecho del claro resplandor de la sabiduría de Cristo, como hombre, revela la infinita sabiduría del Eterno Dios. Cada manifestación del desprendido e incansable amor del corazón de Jesús es un resplandor procedente del eterno e imperecedero amor de Dios mismo. Cada paso y cada decisión de la voluntad de Jesús, bajo la influencia de la voluntad divina, son revelaciones de la acción y método de la voluntad de Dios, bajo el control del amor infinito y eterno.
El Dios-hombre, pues, es la puerta de entrada entre Dios y el hombre. Por medio de él, Dios encontró la forma de volver al hombre, de quien había sido excluido por su rebelión. En él, el hombre encontró su camino de vuelta a Dios, de quien se había alejado por el oscurecimiento de su inteligencia, la muerte de su amor y la desobediencia de su voluntad. Dios se halla a sí mismo en esta Persona y está con los hombres. El hombre se halla a sí mismo en esta Persona y está con Dios.
Por medio del Dios-hombre, la deidad llega a la humanidad. Por medio del Dios-hombre, la humanidad retorna a la deidad.
Esta revelación de Dios en Jesús puede ilustrarse por medio de sus enseñanzas y sus actos. Cada palabra procedente de sus labios, cada incidente de su maravillosa vida, expresan la verdadera palabra de Dios y su actividad. La simplicidad que puede hallarse en Jesús de Nazaret es la puerta por la cual el alma reverente y sumisa pasa a lo más sublime de la deidad.
Su enseñanza era la esencia de toda sabiduría. Sus dulces y tiernas palabras todavía son como música para todos aquellos que en la tensión y las dificultades de la vida las escuchan: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga» (Mt 11.2830). Palabras que nadie sino Dios pudo pronunciar en oídos de un linaje caído, inquieto y febril. ¡Cuán humano era su modo de expresarse! Observe las siguientes palabras: «Venid trabajados cargados descanso yugo carga». ¿Hay entre ellas una sola que suene al principio como lenguaje del Dios infinito, o el habla del perfecto cielo? Todo el pasaje causa una viva y vibrante emoción con un conocimiento común de la vida humana. No obstante, a través de estas palabras se oirán como si fueran de un órgano, las profundas notas de la eterna sabiduría. El tierno llamado del hombre pone en palabras entendibles para las multitudes las más profundas filosofías de la vida. No hay duda que ningún hombre jamás ha hablado como este hombre. El lenguaje de este hombre es el lenguaje de Dios.
Observe cualquiera de sus hechos. La limpieza del templo, el acto de acariciar a los niñitos, el interés humano con el que observaba a la gente cuando echaba dinero en el arca. También las lágrimas que corrían una tras otra y bajaban por su rostro, y el intenso enojo ardiente. Detrás de todos estos actos está la evidente operación de la deidad: no se puede explicar ni uno de ellos sin tomarla en cuenta. Si alguno se imagina que la purificación del templo era una acción meramente humana, consígase un látigo de pequeñas cuerdas, y trate de lanzar los intereses creados y las antiguas supersticiones que se juntan alrededor del templo y echan a perder lo que debiera ser un lugar de oración. Es sencillamente absurdo suponer que los hombres que huyeron de su presencia tenían miedo de un campesino galileo. Ese enojo ante la casa de Dios profanada, que salía de sus ojos como fuego y hacía aterradora toda su conducta, era el relámpago del Dios ultrajado, cuya casa de socorro se había convertido en una cueva de ladrones. No es concebible que una pandilla de judíos entregara sus mesas de dinero ante la demanda de un rudo campesino recién llegado de Galilea. En esa oportunidad se dieron cuenta de la indignación de la deidad.
Era verdaderamente un hombre el que tomó a los niños en sus brazos y los bendijo. El cuadro es tan humano, tan sugestivo de la humanidad más excelente y hermosa. Sin embargo, su palabra es revolucionaria y está llena de autoridad. «Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos» (Mt 19.14). Si este hombre no es más que un ser humano, entonces es un fanático ignorante. No se consideraba a los niños como parte del reino de Dios hasta que, después del sagrado rito de la confirmación, ellos mismos llegaran a ser hijos de la ley. Pero este hombre, con los niños en sus brazos, dice que son el verdadero tipo del carácter de quienes están en su reino. Los siglos han justificado la declaración, y han probado que era la voz de Dios. Voz que reprochaba los falsos conceptos de grandeza humana, curaba el pensar humano y anunciaba la supremacía de la simplicidad.
Nuevamente, fue un gran corazón humano el que se estremeció de emoción y dejó caer lágrimas cuando, desde la montaña, vio la ciudad que amaba, corrupta y apresurándose a su castigo. Sin embargo, eso no es todo, porque las lágrimas dejan entrever un destello y la gloria de esa compasión divina que pronuncia juicio, no con la nota de triunfo alborozado, sino con la compasión del amor herido.
La enseñanza de Jesús, considerada y seguida hasta sus conclusiones finales, contacta a la mente con la infinita sabiduría del eterno Dios. Los hechos de Jesús, correctamente apreciados, revelan las actividades de Dios en cuanto a propósito y método.
La encarnación es primeramente una revelación al hombre del hombre como primera intención divina. Es por lo tanto también una revelación de Dios, por cuanto el hombre perfecto es imagen de Dios. En Jesús, Dios ha revelado el propósito que tiene para cada ser humano, una mente de amor magnífico y leal, y la actividad de servicio. Cabe decir que en el servicio el que ama se vacía a sí mismo, como expresión de esa lealtad. El más grande mandamiento impuesto a los cristianos por los escritores del Nuevo Testamento es el del apóstol Pablo: «Haya en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús.» (Fil 2.5). El principio del amor regía completamente su . Era sumisa y reinante, sumisa al dominio del amor, reinando en el poder del amor.
De esta consideración del hombre ideal se toma conciencia de la verdad tocante a Dios. Jesús es Aquel a quien el hombre ha estado buscando, y al no poder hallarle, ha creado las falsas deidades que tan grandes males han traído a toda su vida. Según esta revelación, el conocimiento de Dios es el de interés personal en toda su creación. Su afecto se goza en la alegría de su pueblo, y se aflige en medio de sus angustias. Este perfecto afecto siempre impulsa su voluntad, y obra dentro de este conocimiento íntimo. Sin embargo, estas verdades, demasiado vastas como para comprenderlas perfectamente, son reconocidas a medida que las líneas de la personalidad única de Jesús se proyectan a la inmensidad. Por medio del hombre Jesús, el hombre ha hallado a Dios. Había construido un falso concepto de Dios sobre su naturaleza arruinada. Pero ahora, sobre la perfecta naturaleza del postrer Adán, el hombre forma una idea correcta del Dios infinito. Jesús de Nazaret es perfecto en su humanidad. Esa humanidad es la piedra del ángulo; y si sus líneas son todas proyectadas hacia adelante, como en el caso de la piedra angular de la pirámide, todo quedará incluido.
El valor de la encarnación entonces se hace claramente perceptible. Los conceptos humanos y erróneos acerca de Dios han creado un aborrecimiento humano hacia la deidad. El odio del corazón humano no es, pues, odio al Dios verdadero, puesto que no lo conocen. En Cristo, Dios es revelado; y cuando los hombres le conocen como el Revelador, lo aman.
Por supuesto, se necesita decir mucho más. Así como en la misión de Cristo se necesitaba hacer mucho más, pues aunque la luz de la deidad ha brillado perfectamente en la persona del Cristo, el hombre no la ve. Se debe hacer algo para vivificar su inteligencia, para abrir su ojo. La encarnación no hace eso. Da la verdadera visión de Dios para la inteligencia vivificada. En el presente estudio, el tema es puramente el de la propia revelación divina dentro de la encarnación. Cuando el hombre es reconciliado por medio del misterio de la expiación, y el milagro de la regeneración está completo, el hombre, gracias a que Cristo concedió la visión de Dios, será también reconciliado en inteligencia, en emoción, y en voluntad.
De este modo, la encarnación realizó la preparación necesaria para que el hombre fuera reconciliado, pero esto ocurre solo por la muerte de Jesús. De esta forma, su plena salvación procederá por medio de la armonización de su ser con la revelación de las posibilidades en el hombre Jesús, bajo el impulso del infinito amor de Dios revelado también en él. «Si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.» (Ro 5.10).
Tomado y adaptado del libro Las crisis de Cristo, G. Campbell Morgan, Hebrón – Desarrollo Cristiano, todos los derechos reservados.