por H. Nouwen, D. McNeill y D. Morrison
La compasión revela una de las facetas más misteriosas de la persona de Dios
Por lo general la palabra compasión provoca en nosotros reacciones positivas. Nos gusta pensar que somos personas compasivas, orientadas hacia todo lo bueno, tierno y comprensivo. Tomamos por sentado que la compasión es una respuesta natural del ser humano ante el sufrimiento de otros. ¿Quién sería capaz, después de todo, de cerrar su corazón ante un anciano que pasa penurias económicas, un niño que padece hambre, un soldado discapacitado o una niña aterrada por el miedo? Pareciera casi imposible refutar que la compasión no es una de las características más loables de la humanidad.
No obstante, ser humano y sentir compasión no es, de ninguna manera, lo mismo. Si en verdad los hombres sienten con tanta facilidad compasión, ¿por qué el mundo agoniza bajo conflictos, guerras, odio y opresión? ¿Por qué vemos, alrededor de nosotros, a tantas personas que padecen hambre, frío, pobreza y desnudez?
Sufrir con
Estas preguntas nos obligan a revisar nuestra definición de compasión. La palabra deriva de los términos, en latín, pati y cum, que unidos significan «sufrir con». La compasión nos pide que vayamos a los lugares donde existe dolor, que entremos a los espacios donde se sufre, para participar de la sensación de quebranto, temor, confusión y agonía de otro. Nos llama a llorar con los que han quedado olvidados, a padecer con aquellos que sufren soledad, a agonizar por los que han perdido la esperanza. En última instancia, la compasión significa la disposición de sumergirse en pleno en la condición humana, lo que representa mucho más que simplemente ser amable o bueno.
No resulta difícil entender por qué, entonces, el llamado a la compasión muchas veces provoca resistencia en nosotros. «El identificarse con el sufrimiento de otros no es más que una autoflagelación», argumentamos. «Delata un morboso interés en el dolor, y eso no es más que una manifestación de una tendencia enfermiza».
Abrazar la «anormalidad»
Es importante que reconozcamos esta resistencia al dolor y que confesemos que no deseamos el sufrimiento o que no nos atrae. Al contrario, lo queremos evitar a toda costa. Podemos afirmar, entonces, que la compasión no es una respuesta natural en el ser humano. Somos «evasores» del sufrimiento. Consideramos como anormales a las personas que se sienten atraídas por él.
La compasión no es nuestra meta principal en la vida. Más bien estamos interesados en asegurarnos un buen pasar, en avanzar, en alcanzar la distinción en lo nuestro. Somos un pueblo orientado hacia la competencia con nuestros pares, y el mejor consejo que podemos darle a los que nos acompañan en este proceso es que tratemos, por el camino, de herirnos lo menos posible los unos a los otros. Nuestro ideal es alcanzar la máxima satisfacción personal sin causarle demasiados problemas a los que nos rodean.
La meta que propone Cristo, sin embargo, es otra: «sean compasivos como su Padre es compasivo» (Lc 6.36 – NVI). La compasión, correctamente entendida, es la puerta por la que accedemos a la expresión más plena de nuestra humanidad.
Dios compasivo
Nuestra mejor visión de la compasión nos la ofrece Dios mismo. Dios es, sobre todas las cosas, un Dios compasivo. Es decir, él ha escogido ser «Dios con nosotros». Dios ha elegido compartir con nosotros nuestro dolor y nuestra angustia. No ha llegado primordialmente para resolver nuestras dificultades para traer la salida a nuestra confusión o para darle respuesta a las muchas preguntas que nos asaltan. Es posible que él intervenga a favor nuestro, pero en primer lugar se ha comprometido con mostrarse solidario, con entender nuestro sufrimiento. Esto es, en esencia, lo que significa ser compasivo.
La manifestación más visible de la compasión de Dios es la persona de Cristo. Los evangelios revelan, una y otra vez, que la compasión fue el motor de su ministerio (Mt 9.36; 14.14; Mr 8.2; Mt 9.27; Mr 1.41; Lc 7.13). El término «fue movido a compasión», en griego, es splangchnizomai. La palabra splangchzma se refiere a las entrañas del cuerpo. Quiere decir que cuando Cristo sentía compasión, experimentaba algo misterioso, muy profundo en la región de sus entrañas. Cuando Jesús era movido a la compasión, la misma fuente de vida temblaba, el fundamento de todo amor explotaba, el abismo de la inmensa, inagotable e ilimitada ternura de Dios se revelaba.
Cristo con nosotros
Las acciones resultantes de esta compasión traen sanidad. No obstante, Cristo no tenía en su ministerio el objetivo principal de sanar, liberar o restaurar, sino que su prioridad era compartir el dolor de los que agonizaban. El misterio del amor de Dios no consiste en que quita nuestros dolores, sino en que posee el profundo deseo de hacerse partícipe de ellos. La compasión es la que, precisamente, asegura que las sanidades y las liberaciones alcancen el corazón, pues sin ella los corazones permanecerán en tinieblas.
Podemos entender, entonces, por qué el espíritu de competencia que caracteriza a nuestra humanidad es el que más entorpece la posibilidad de vivir con compasión. La competencia nos empuja a separarnos del montón, a buscar la forma de distinguirnos, de recibir honra y reconocimiento. Buscamos, con desesperación, encontrar esos elementos que nos permiten brillar por encima de nuestros pares. Ser compasivo significa estar dispuestos a dejar a un lado nuestros títulos, nuestros logros y nuestras pertenencias. Significa la disposición de transitar el mismo camino de Cristo «el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que Se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló El mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil 2.6–8).
Camino descendente
En este peregrinaje encontramos la contradicción más grande con el concepto popular de lo que significa ser compasivo. En los días de Jesús, al igual que en nuestros tiempos, nos topamos con un intenso deseo en las personas por encontrar algo inusual, anormal y espectacular que nos rescate de nuestra miseria y nos traslade a un lugar seguro, donde el mundo ya no nos amenace ni contamine. No obstante, la Carta a los Filipenses revela con claridad que Cristo no extendió su brazo, desde el cielo, para sacarnos de la esclavitud y la miseria. Más bien, escogió convertirse en esclavo con nosotros y exponerse a todas las miserias que tal condición implicaba.
La compasión de Cristo, entonces, no se caracteriza por un movimiento hacia arriba, sino por uno hacia abajo. Su vida y misión se basan en la disposición de aceptar nuestra incapacidad de resolver nuestros problemas, revelando en esta incapacidad el infinito amor de Dios. Está dispuesto a ir a los lugares donde el sufrimiento es más intenso, para construir allí su morada.
La mejor cara de Dios
La disposición de Cristo a convertirse en siervo no es una excepción a su condición divina. Su vaciamiento y humillación no son pasos que lo alejan de su verdadera naturaleza. El vestirse de humanidad y morir en la cruz no representa una momentánea interrupción de su existencia divina. Más bien, en el Cristo vaciado de privilegios y humillado nos encontramos cara a cara con Dios, tal como verdaderamente es. El camino recorrido revela, en toda su intensidad, el precio que Dios está dispuesto a pagar por relacionarse íntimamente con nosotros.
Cuando nuestros mejores esfuerzos por ayudar a los necesitados fracasan, la gran tentación es alejarnos para no dejarnos envolver por un manto de cinismo y amargura. La definición más radical del servicio, sin embargo, nos desafía a revelar, mientras continúan nuestros esfuerzos por ayudar a los pobres, a los hambrientos, a los enfermos y a los olvidados, la tierna presencia de un Dios compasivo entre nosotros, en medio de un mundo quebrado.
Se adaptó de Compasión. Reflexión sobre la vida cristiana. Autores: D.P. McNeil, D. A. Morrison y H. M. Nouwen. Editorial: SAL TERRAE, 1985. Todos los derechos reservados.