«Dios quiere que seas rico»

por Richard Foster

El afán por alcanzar el bienestar económico encierra grandes peligros para nuestra relación con el Señor

Existen dos importantes distorsiones en la Iglesia con respecto al dinero. La primera es el concepto de que el dinero es señal de la bendición de Dios. La pobreza, en consecuencia, es fruto del pecado. Esta convicción ha engendrado una religión de paz y prosperidad que se podría resumir, burdamente, con la frase: «ama a Jesús y serás rico». Muchas congregaciones implementan una serie de artilugios para asegurar la bendición de Dios. Estas pasan de las fórmulas matemáticas («El Señor te devolverá siete veces tu inversión») a medios más sutiles que encierran consecuencias igualmente funestas.

 

La distorsión descansa, como ha de esperarse, sobre una de las revelaciones de la Palabra, que es la asombrosa generosidad de nuestro buen Padre Celestial. El error se encuentra en que convierte esta revelación en la única referencia al dinero.

 

El drama de los ricos

Aun los discípulos lucharon con esta idea. Recuerde cuán sorprendidos se mostraron cuando Jesús declaró que era más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar al cielo. Su asombro se debía primordialmente a la convicción de que las riquezas eran la señal visible del favor de Dios sobre una persona. Con razón preguntaron «¿Quién, entonces, podrá salvarse?» (Mt 19.25). El mismo dilema confrontaba a los amigos de Job, que llegaron convencidos de que la calamidad que le había sobrevenido era resultado directo de un pecado. Jesús dejó bien en claro que la riqueza no era obligatoriamente una señal de la bendición de Dios (Lc 6.24).

 

Algo más que dinero

Una segunda distorsión se encuentra en las perspectivas más populares acerca de la mayordomía. La mayoría de las enseñanzas sobre el tema consideran que el dinero es completamente neutro. «No es más que un medio para un fin», solemos argüir. «El problema no está en el dinero — afirmamos—, sino en la forma en que se usa». El Señor nos ha dado el dinero para administrarlo y nosotros somos responsables de cumplir un buen trabajo en esto. De esta manera, entonces, el acento siempre va sobre el buen uso del dinero.

 

Lo que no toma en cuenta esta enseñanza es que el dinero no es, precisamente, un medio neutral. El dinero posee su propio «poder», y muchas veces este poder es de origen diabólico. Mientras sigamos convencidos de que el dinero carece de poder, no se hallarán problemas morales referidos a la forma en que lo usamos. Cuando comenzamos a tomar en serio la enseñanza Bíblica sobre el tema, sin embargo, nuestra relación con el dinero cambia de manera dramática.

 

Poderes y principados

Lo que el Nuevo Testamento revela acerca del dinero solo logramos entenderlo cuando tomamos en cuenta la existencia real de poderes y principados (Col 1.16). Estos poderes, que en su origen pertenecían al reinado de Dios, han perdido su relación con él y, por lo tanto, se han vuelto perversos y malignos. Esta es la razón por la cual producen en la vida de las personas bendiciones contaminadas. Es decir, traen bienestar, pero, a la vez, reportan maldición y esclavitud.

 

El dinero es uno de estos poderes. Cuando Jesús escogió referirse al dinero con el termino mamón, le otorgaba un carácter personal y espiritual. Al declarar que uno no puede servir a «Dios y a mamón», quería que entendiéramos que mamón constituía un dios rival. No deseaba que existieran dudas acerca del hecho de que el dinero es un poder que busca dominar, de manera absoluta, nuestra vida.

 

Cuando la Palabra habla de un poder, no se refiere a algo impersonal y abstracto. Según el testimonio del Nuevo Testamento existen fuerzas espirituales detrás de las riquezas que, lejos de convertirlas en un elemento neutro, poseen vida propia y son capaces de inspirar devoción y lealtad absolutas hacia ellas.

 

Poder seductor

La devoción que inspira facilita que aflore el lado más oscuro de nuestra humanidad. Bonhoeffer correctamente señaló que nuestros «corazones solamente tienen espacio para una devoción, y nuestra única devoción debe ser hacia el Señor». Debemos entender, de una vez, que el dinero posee un poder capaz de seducir nuestros corazones.

 

Es precisamente este poder el que nos esforzamos en negar. Por muchos años yo mismo sentí que Jesús exageraba al establecer tan enorme distancia entre mamón y Dios. ¿No podíamos, como cristianos, sencillamente darle a cada uno la devoción que le corresponde? ¿No existen las riquezas de la tierra para nuestro bienestar? No me había dado cuenta, sin embargo, de que el dios mamón es un dios celoso que no acepta rivales. Cuando comenzamos a darle espacio en nuestra vida, acaba matando nuestras amistades, nuestra familia, nuestra espiritualidad y nuestra salud.

 

Llamado a la conversión

Solo al conocer esta realidad alcanzamos a entender por qué las enseñanzas de Jesús acerca de las riquezas son tan radicales. Él vincula sus enseñanzas acerca de las riquezas a la salvación. Cuando un aspirante a discípulo le confesó que quería seguirlo, Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza» (Mt 8.20)(1). Al joven rico le dio este asombroso consejo: «Si quieres ser perfecto, ve y vende lo que posees y da a los pobres, y tendrás tesoro en los cielos; y ven, sé Mi discípulo» (Mt 19.21). Observe que cuando este hombre se fue, triste, Cristo no salió para buscarlo, explicándole: «Lo decía en sentido figurado. No te lo tomes literalmente».

 

La cena en la casa de Zaqueo también produjo asombrosas consecuencias. Este recaudador de impuestos, para quien el dinero lo era todo, adoptó una postura radical: «Señor, la mitad de mis bienes daré a los pobres, y si en algo he defraudado a alguien, se lo restituiré cuadruplicado» (Lc 19.8). Jesús no dudó en señalar que la salvación había llegado a esa casa.

 

Observe cuán diferente es este enfoque a la forma en que solemos abordar el tema. Nuestra idea es que primero «se salven», y luego le enseñamos sobre la mayordomía. La salvación, para nosotros, consiste en sencillamente afirmar dos o tres verdades intelectuales. Jesús, sin embargo, quería que la gente asumiera el costo del discipulado antes de decidirse por el Señor.

 

Renunciar a la idolatría

Para Cristo, el dinero constituye una forma de idolatría de la cual debemos convertirnos. De otro modo, no se entendería su declaración: «Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todas sus posesiones, no puede ser Mi discípulo» (Lc 14.33). La conversión es necesaria, porque el dinero posee muchas de las características de la deidad. Nos otorga seguridad, nos produce culpa, nos da libertad, nos trae poder y parece estar presente en todos lados. Lo más siniestro de todo, sin embargo, es su deseo de ser omnipotente.

 

Esto es lo que desvía a tantos hijos de Dios. El dinero no está satisfecho con ser el receptor de una parte de nuestra lealtad. Quiere ser el amo absoluto de nuestra vida. No permitirá que exista ningún rival. Esta es la razón por la cual las personas que han atado su vida al dinero nunca consiguen descansar. Y esto no ocurre solo entre los que poseen poco. Los más ricos de la tierra, para quienes ganar más dinero no significará absolutamente nada, no son capaces de abandonar el afán de seguir acumulando cantidades obscenas de dinero.

 

Sistema irrompible

En el siglo veinte se impusieron algunos de los sistemas políticos más opresivos de la historia, con la intención de quebrar el poder del dinero sobre las personas. El comunismo dominó una parte importante del mundo y, sin embargo, no logró extirpar la fatal atracción que ejerce sobre el ser humano la acumulación de riquezas. Estos sistemas podrían haber ahorrado tiempo si hubieran prestado atención a la declaración del apóstol Pablo: «el amor al dinero es el principio de TODOS los males».

 

Solamente si entendemos el enorme peligro que encierra el dinero para nuestra salud espiritual conseguiremos entender la violenta intervención de Cristo en el templo, para desalojar a los mercaderes. De manera clara y visible, Jesús quería que todos supieran que no había espacio en la vida para una convivencia pacífica con las riquezas. En el Reino que inauguraba, el dinero debía ser sometido al Señorío absoluto de Dios, o acabaría robándose el corazón de sus discípulos. No existe espacio, cuando nos enfrentamos a los poderes y las huestes de la maldad, para una actitud reconciliadora. La denuncia y la conquista es el único camino legítimo que nos queda por recorrer.

 

Hacia la libertad

¿Qué pasos deberíamos dar para manejar acertadamente el dinero? La Biblia no nos da una fórmula, pero sí nos provee lineamientos que pueden servir de mucha ayuda. Quisiera dejar algunas sugerencias aquí:

 

1) Reconozcamos con honestidad los efectos que en nosotros produce el dinero. Afirmar que «para mí el dinero no es importante» sencillamente es una necedad. El obstáculo más grande por vencer, en nuestro manejo del dinero, es la negación de que induce en nosotros sensaciones de culpa, miedo e inseguridad.

2) Mediante una consciente decisión de nuestra voluntad, dejemos de negar nuestra riqueza. Miremos la realidad del mundo. Existen personas que, literalmente, se mueren de hambre, que subsisten con ingresos menores a un dólar por día. En comparación, ¡nosotros somos muy ricos!

3) Trabajemos para que exista una Iglesia en la que la confesión de pecados es posible. Mucha de la enseñanza sobre el dinero lo condena o lo alaba, pero no nos ayuda a una correcta relación con él. Debe abrirse un espacio donde seamos libres de confesar nuestra adicción y enfermiza lealtad a las riquezas, sin que nuestros hermanos nos condenen.

4) Busquemos a otros que estén dispuestos a transitar con nosotros un camino más disciplinado en el uso del dinero. La lucha resulta intensa cuando la emprendemos solos, pero resistible cuando nos sentimos parte de una comunidad con un mismo sentir.

5) Encontremos formas de mantener el contacto con los más pobres. Uno de los efectos más perniciosos de las riquezas es aislarnos de los que menos tienen. Movernos entre ellos, sin embargo, nos ayudará en gran medida a la hora de mantener una perspectiva más sana sobre el dinero.

6) Aprendamos a dar con espíritu de alegría y generosidad. Nada quiebra tanto el poder de las riquezas sobre nuestra vida como la disposición de compartir con otros los bienes que poseemos.

 

Preguntas para estudiar el texto en grupo

1.     Según el autor, ¿cuáles son las dos distorsiones más importantes con respecto al dinero que se observan en la Iglesia? ¿Cuál la debilidad de cada una de ellas?

2.     ¿Cuál es el argumento del autor para señalar que el dinero es uno de los poderes mencionados por Pablo en Colosenses 1.16?

3.     ¿Cómo define el autor al dios mamón y el alcance de su poder?

4.     Según las de mandas de Jesús al joven rico y el testimonio de Zaqueo, ¿cuándo se asume el costo del discipulado? ¿Cuál es ese costo?

5.     ¿Cómo define el autor la idolatría hacia el dinero?

6.     ¿Qué sugerencias añadiría usted a las del autor para manejar el dinero sin idolatrarlo?

 

(1) Todas las citas bíblicas de este artículo son tomadas de la Nueva Biblia Latinoamericana de Hoy.

Se adaptó de Dinero, sexo y poder, de Richard Foster. Editorial Betania, 1996. Todos los derechos reservados.