por Apuntes Pastorales
En su carta a los Gálatas el apóstol Pablo presenta una apasionada defensa del Evangelio
Son pocas las ocasiones en las que el apóstol Pablo expresa frustración con la obra del ministerio. El comportamiento de la iglesia en Galacia, sin embargo, lo había dejado perplejo (Gá 4.20). No entendía cómo era posible que ellos le hubieran dado, con tanta rapidez, la espalda a la Verdad en que él los había formado. En consecuencia, les escribió una de las cartas más severas del Nuevo Testamento. A pesar de que le hubiera gustado «cambiar el tono», no se anduvo con rodeos, pues incluso los tildó de insensatos (3.1).
Algunos judaizantes habían llegado a la congregación y la había convencido de que para seguir a Cristo requerían la circuncisión. El enfado y perplejidad del apóstol se debía a que este había sido precisamente el problema en que se esforzó por resolver el concilio de Jerusalén, según relata Lucas en Hechos 15. En aquella ocasión se había acordado no imponerle a los gentiles ninguna de las cargas que provenían de la tradición hebrea. No obstante, la tendencia a mezclar la religión judía con el cristianismo persistía.
La insensatez de los gálatas nos deja algunas lecciones acerca de la tendencia en las personas hacia el esfuerzo de sumarle elementos a la sencilla verdad del evangelio.
La tentación del abandono
El autor de la carta a los Hebreos compara la vida en Cristo con una larga carrera. Una de las luchas más intensas que sostienen los corredores, en esta prueba, es contra la tentación de abandonar la competencia. La marcha se vuelve abrumadora, la meta permanece distante y el progreso se hace difícil de medir. Todas estas contrariedades acechan la mente del atleta y lo apremian a renunciar.
Pablo utiliza el mismo término para referirse a lo que había ocurrido con los gálatas. «Me maravillo de que tan pronto ustedes hayan abandonado a Aquél que los llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente» (Gá 1.6). El cansancio ganó sobre la disciplina y el esfuerzo que requiere el llamado a ser discípulo. Su disposición a escuchar otras propuestas obedecía, precisamente, al hecho de que ya el desánimo y las dudas se habían instalado en sus propios corazones.
El camino al que nos ha llamado el Señor, sin embargo, exige esfuerzo. De hecho, Pablo exhorta: «Para libertad fue que Cristo nos hizo libres. Por tanto, permanezcan firmes» (Gá 5.1). Deberemos, por tanto, atender cualquier síntoma de cansancio que torne en letárgica nuestra espiritualidad. Esta condición nos deja vulnerables, en gran mediad, ante la seducción con «novedades» que prometen soluciones mágicas.
¿Otro evangelio?
Los vendedores de «espejitos de color» siempre apelan a los insatisfechos con su propia experiencia. Perciben la frustración de quienes han transitado, por cierto tiempo, por un camino que les ha rendido pocas satisfacciones. Esa sensación de fastidio se convierte en terreno fértil para plantar las semillas de enseñanzas novedosas, las cuales prometen el secreto de una vida plena en Cristo. El término que el apóstol emplea para este proceso de seducción es «perturbar», que refiere a la acción de incitar, provocar, confundir y agitar.
Aclara que este otro evangelio que pretenden imponerle a los gálatas, «en realidad no es otro evangelio» sino una perversión del evangelio de Cristo (Gá 1.7). Una perversión es una distorsión de la verdad, y es por esto que tantas veces su atractivo resulta tan irresistible para los desanimados. No se presenta como una contradicción a la Verdad, sino que modifica parte del evangelio, convirtiendo lo novedoso en un concepto similar al original. Por esto es necesario un conocimiento claro de la esencia de la Palabra recibida, en todas sus dimensiones. Solamente examinando estas novedades a la luz de la Verdad se logrará discernir sus contradicciones.
El apóstol es categórico en denunciar tales opciones: «si aun nosotros, o un ángel del cielo, les anunciara otro evangelio contrario al que les hemos anunciado, sea anatema». (Gá 1.8)
La raíz del problema
Pablo busca dejar en claro la convicción que mueve su ministerio: «¿busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O me esfuerzo por agradar a los hombres? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo. Pues quiero que sepan, hermanos, que el evangelio que fue anunciado por mí no es según el hombre. Pues ni lo recibí de hombre, ni me fue enseñado, sino que lo recibí por medio de una revelación de Jesucristo» (Gá 1.10–12).
El deseo de presentar una enseñanza que resulte más atractiva para la gente ha sido piedra de tropiezo a lo largo de dos mil años. Las típicas reacciones de protesta ante las exigencias de sumisión absoluta al Señor siempre ha descolocado a los líderes de la Iglesia. Cuando su meta es alcanzar la popularidad, tales reacciones no entusiasman. Inevitablemente arriban a la conclusión de que las verdades de la Palabra son anticuadas. En su opinión, deben adecuarse a los cambios que vive el ser humano, para no perder su atractivo. En el afán de volverlas más apetecibles para el consumidor, irremediablemente introducen elementos robados de la cultura que los rodea.
Debemos saber que, ante las exigencias del evangelio, las protestas de la carne son naturales. Incluso sirven para confirmar que, en realidad, lo que escuchamos es Palabra de Dios. Nuestra humanidad nunca se siente plenamente a gusto con las directivas que el Señor nos ordena seguir. No obstante, podemos estar seguros de que toda instrucción que nos exija abrazarnos a la cruz y morir es un buen camino. Por otro lado, aquellas enseñanzas que encuentran demasiado eco en las que predominan en el entorno ajeno al cristianismo siempre despiertan sospechas. La palabra de la cruz nunca la abrazará la mayoría.
Ceder ante la fascinación
«¡Oh, Gálatas insensatos! ¿Quién los ha fascinado a ustedes, ante cuyos ojos Jesucristo fue presentado públicamente como crucificado?» (Gá 3.1). La palabra «fascinar» podría traducirse «hechizar» o «embrujar». Por lo general se emplea en referencia a rituales de magia que engañan a las personas, para llevarlas a creer en aquello que es falso.
¿Dónde radica la falsedad de estas enseñanzas? El mismo apóstol le pregunta a los gálatas: «habiendo comenzado por el Espíritu, ¿van a terminar ahora por la carne?» (Gá 3.3). La gran mayoría de doctrinas que pervierten el evangelio nos ofrecen soluciones que invierten el equilibrio de nuestra espiritualidad. Quitan el control de las manos de Dios y lo colocan con firmeza en nuestras manos. Según ellas, nuestro accionar, sea cual sea, garantizará que Dios responda positivamente y asegurará, para nosotros, la tan anhelada bendición. El mismo Jesús quedó expuesto, en la segunda tentación, a este engaño. El diablo le proponía que, con una acción temeraria, asegurara la intervención de Dios en su vida.
Andar en el Espíritu, sin embargo, significa que la iniciativa está, por siempre, en las manos de Dios. Nosotros guardamos el lugar que nos corresponde, que es siempre responder a las instrucciones que él nos ordena seguir. Todas las veces que alguien intente devolvernos a nosotros el control de nuestra vida podremos estar seguros de que hemos abandonado la vida en el Espíritu.
Vivir en libertad
«Para libertad fue que Cristo nos hizo libres. Por tanto, permanezcan firmes, y no se sometan otra vez al yugo de esclavitud» (Gá 5.1).
Resulta asombroso ver con cuánta facilidad cede el cristiano ante los embates de la culpa. Vivir en una cultura de condenación y competencia nos predispone a identificar siempre nuestro accionar como malo. Creemos que la culpa nos proveerá la motivación necesaria para el cambio. Nadie, sin embargo, persiste por mucho tiempo en un proyecto cuando lo mueve la sensación de que está mal.
Esta es la razón por la que el Nuevo Testamento dedica tanto espacio a describir la esperanza que aguarda a los hijos de Dios. Cuando Cristo se enfrentó a la inminente muerte en la cruz, no lo motivó el pensamiento de que si no se sacrificaba sería un mal Hijo. El autor de Hebreos señala que «el gozo puesto delante de él» lo llevó a soportar la cruz (He 12.3). Observe que la recompensa de su sacrificio pesó más que cualquier otro argumento.
Todas las veces que una enseñanza coloque sobre nosotros un peso de culpa, debemos estar seguros de que no procede del Señor, ya sea que se trate de practicar un devocional más largo, de dar ofrendas más generosas, pasar más tiempo orando o involucrarnos en algún proyecto. Dios no es dios de condenación, sino de libertad. Lo que nos mueve a buscarlo con mayor pasión es la promesa de que él nos dará a conocer las sendas que debemos transitar, que en su presencia encontramos plenitud de gozo y, a su diestra, delicias para siempre (Sal 16.11).