Cuando la cultura manda

por Christopher Shaw

Para que se active el poder de Dios en la vida de cada discípulo es imprescindible que este abrace el mismo camino que abrazó el Hijo de Dios

Resulta irónico que Pablo se sintiera urgido a advertir a Timoteo acerca de un desafortunado peligro: «es bueno que sepas que, en los últimos días, habrá tiempos muy difíciles». La complicación se debería al marcado incremento de maldad en las personas, que: «sólo tendrán amor por sí mismas y por su dinero» (2Ti 3.2, 3 NTV).

 

Este notable deterioro moral no describe la sociedad de estos tiempos, aunque bien podría retratarla. El apóstol, sin embargo, no pensaba en el mundo. Define a personas pertenecerían al seno mismo de la Iglesia, pues poseerían inclinaciones «religiosas pero rechazarían el único poder capaz de hacerlos obedientes a Dios» (2Ti 3.1, 5 NTV).

 

Es precisamente el hecho de que están «entre nosotros» lo que tanto dificulta detectarlas. A simple vista comunican la apariencia de que aman y viven conforme a la eterna palabra de Verdad. Sin embargo, advierte Pablo, objetan el camino trazado por Dios para que el discípulo viva en comunión con él.

 

Este camino no es otro que el asegurado por Cristo por medio de su obediente muerte en la cruz. Para que se active el poder de Dios en la vida de cada discípulo es imprescindible que este abrace el mismo camino que abrazó el Hijo de Dios. De hecho, Jesús no dejó duda alguna acerca de lo que esperaba de los suyos: «Si alguno de ustedes quiere ser mi seguidor, tiene que abandonar su manera egoísta de vivir, tomar su cruz y seguirme. Si tratas de aferrarte a la vida, la perderás, pero si entregas tu vida por mi causa, la salvarás» (Mt 16.24, 25 NTV)

 

La negación, sin embargo, no es una demanda que encuentre una cálida acogida en nuestro corazón. En estos tiempos, más que nunca, la filosofía que prevalece propone que cada cual elija vivir como bien le parece. Para sus exponentes, someterse a las directivas de otro obedece a una modalidad anticuada de la cual, agradecidos, hemos conseguido librarnos.

 

La Iglesia no ha quedado inmune de esta ola liberadora. Muchos ya no cultivan el interés por escuchar la «sólida y sana enseñanza». Han decidido seguir «sus propios deseos», y buscan «maestros que les digan lo que sus oídos se mueren por oír» (2Ti 4.3 NTV). Justamente por esto, algunas de las novedosas propuestas de pastores que han descubierto la «llave» que desata la felicidad, la abundancia y la salud gozan de tantos seguidores. Finalmente han adaptado el Evangelio para que se ajuste más a nuestras propias expectativas.

 

Pablo recordó a su joven discípulo: «Tú has seguido mi enseñanza, mi conducta, propósito, fe, paciencia, amor, perseverancia, mis persecuciones y sufrimientos» (2Ti 3.10–11 NTV). No dudó en animarlo a insistir transitar por el mismo camino: «Tú, pues, persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste» (2Ti 3.14).

 

Esta actitud de perseverancia resulta indispensable para echar mano de la plenitud de vida. Por este camino el discípulo de Jesucristo no encontrará victorias repentinas, sino conquistas graduales. La persona que entiende que el fruto del esfuerzo se cosecha con el tiempo se escapará de distraerse con propuestas engañosas que aparezcan por el camino. Dispondrá su corazón hacia la fidelidad, «para que cuando hayan hecho la voluntad de Dios, obtengan la promesa» (He 10.36).