VOLUNTAD DE DIOS

v. Voluntad
Mar 3:35 todo aquel que hace la v de D, ése es mi
Joh 7:17 el que quiere hacer la v de D, conocerá
Rom 1:10 tenga al fin, por la v de D, un próspero
Rom 12:2 la buena v de D, agradable y perfecta
2Co 8:5 y luego a nosotros por la v de D
Eph 6:6 como .. de corazón haciendo la v de D
1Th 4:3 pues la v de D es vuestra santificación
1Th 5:18 dad gracias en todo .. esta es la v de D
Heb 10:36 habiendo hecho la v de D, obtengáis
1Pe 2:15 esta es la v de D: que haciendo bien
1Pe 3:17 mejor es .. si la v de D así lo quiere
1Pe 4:2 no vivir el .. sino conforme a la v de D
1Pe 4:19 padecen según la v de D, encomienden
1Jo 2:17 el que hace la v de D permanece para


Hacer la voluntad de Dios, fue toda la vida de Cristo en la tierra; no vino para redimirnos, sino para hacer la voluntad de Dios. y como la voluntad de Dios era redimirnos, por eso nos redimió, Mt.3.

15, 23:36-46, Luc 2:49, Jua 4:34, Jua 5:30, Jua 6:38, Jua 10:17-18, Jua 10:17, Jua 18:11, Jua 19:30.

– Toda la vida de la Virgen MarIa se resume en hacer la voluntd de Dios: He aqui la esclava del Senor, hágase en mí­ según tu palabra, Luc 1:38. en la visitación del ángel, en Belén, en la huí­da a Egipto, en el Calvario: (Lc.

1, Mt.2, Jua 18:25-27.

Toda la vida del cristiano debe ser hacer la voluntaad de Dios, Mat 6:10.

– La descubre en Jesucristo, Jua 14:4-7, y en su Iglesia, Luc 10:16, Mt.i6:19, 18:18, Jua 21:15-17.

– Necesidad de su cumplimiento, Mat 4:4, Mat 6:10, Mat 7:21-27, Mat 12:46-50, Mat 21:28-32, Lc; Mat 11:27-28, Jua 15:9-11.

– Amarla, Mat 5:1-12, Mat 16:24-25, Mat 27:3234, Luc 14:27, Luc 24:26, Jua 18:10-11.

– Cómo hacerla, Jua 7:17, Efe 6:6, Col 4:12, 1 Tes,Col 4:3, Col 5:18, Heb 13:21, 1Pe 2:15, 1Pe 4:2, 1Jn 2:17, 1Jn 3:23. Senor, no se haga lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres.

– No «cuando» yo quiero, sino cuando Tú quieres.

– No «como» yo quiero, sino como Tú.»

Diccionario Bí­blico Cristiano
Dr. J. Dominguez

http://biblia.com/diccionario/

Fuente: Diccionario Bíblico Cristiano

(v. Alianza, Dios, historia de salvación, moral, obediencia, Providencia, signos de los tiempos, virtudes)

(ESQUERDA BIFET, Juan, Diccionario de la Evangelización, BAC, Madrid, 1998)

Fuente: Diccionario de Evangelización

Jesucristo hizo siempre la voluntad del Padre; para eso vino al mundo y ésa fue su comida (Jn 4,34; 5,30; 6,3840). Y, aunque ante la inminencia de la muerte, entra en conflicto en él la voluntad humana con la divina, se abandona definitivamente a la voluntad de Dios (Mt 26,39; Mc 14,36; Lc 22,42); los cristianos, a imitación de Jesucristo, deben procurar cumplir siempre la voluntad de Dios y pedir que secumpla en la tierra como se cumple en el cielo (Mt 6,10). ->llamada; elección; seguimiento; discipulado; discí­pulos.

E. M. N.

FERNANDEZ RAMOS, Felipe (Dir.), Diccionario de Jesús de Nazaret, Editorial Monte Carmelo, Burbos, 2001

Fuente: Diccionario de Jesús de Nazaret

Atributo en virtud del cual Dios se autodetermina y se ama a sí­ mismo y a todas sus criaturas libremente. La voluntad de Dios se identifica con su ser, dada la simplicidad divina.

En la Biblia, en el Antiguo Testamento, la voluntad de Dios se manifiesta desde el principio en la obra de la creación. Respecto al hombre, se revela como bendición, pero también como lí­mite: «No comerás…» (Gn 2,17).

Después del pecado original se convierte en castigo y en anuncio de salvación (Gn 3,15-19). Toda la historia de Israel es teatro de la voluntad de Dios que quiere guiar a su pueblo a la santidad y a la felicidad (Dt 4,30-40). La voluntad de Dios es soberana (Job 23,13), omnipotente (Gn 17 1), sabia e inescrutable (Sab 9,13), benévola (Jr 9,23).

En el Nuevo Testamento el Hijo revela la voluntad de Dios. El vino a hacer su voluntad (Heb 10,7); la voluntad del Padre es su alimento (Jn 4,34; 8,29). La voluntad de Dios es «que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4). El plan de salvación pasa a través de la cruz; por eso Jesús ruega: †œNo se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc J 22,42). La obediencia a la voluntad de Dios hace de Cristo la expresión perfecta del amor del Padre (1 Jn 4,9-10).

La voluntad de Dios es la ley del cristiano y el contenido de su oración (Mt 6,10), La reflexión teológica de los primeros siglos ahondó en el tema de la voluntad de Dios en el ámbito trinitario y cristológico.

En la Escolástica santo Tomás trata de la voluntad de Dios como atributo basado en el entendimiento divino y que actúa con libertad, orden y bondad.

Duns Escoto distingue entre la voluntad de Dios como potentia absoluta, según la cual puede realizar cualquier cosa, y la voluntad de Dios como potentia ordinata, que actúa según lo que ha establecido.

En el ámbito magisterial todos los sí­mbolos profesan que Dios es omnipotente. Respecto a la Trinidad, el concilio Romano (382) definió que las tres personas tienen una misma y J única voluntad (DS 172). El Vaticano I afirmó que la voluntad de Dios es infinita (DS 3001), que Dios se ama a sí­ mismo y que creó todas las cosas librementr (DS 3025). El Vaticano II resaltó la importancia pastoral que tiene saber discernir †œcuáles son los verdaderos signos del designio de Dios» (GS 11).

E. C Rava

Bibl.: G, Lafont, Dios, el tiempo y el ser, Sí­gueme, Salamanca 1991; L. Prestige, Dios en el pensamiento de los Padres, Secretariado Trinitario, Salamanca 1977; J R. Garcí­a Murga, El Dios del amor y de la paz, Uni. Pont. Comillas, Madrid 1991.

PACOMIO, Luciano [et al.], Diccionario Teológico Enciclopédico, Verbo Divino, Navarra, 1995

Fuente: Diccionario Teológico Enciclopédico

La voluntad de Dios, en su objeto esencial, coincide con su *designio. «Dios quiere que todos los hombres se salven» (ITim 2,4), escribe san Pablo recapitulando los oráculos proféticos y el mensaje de Jesús. Todas las manifestaciones de la voluntad divina a lo largo de la historia se reúnen así­ en un plan de conjunto que las coordina, en un designio de sabidurí­a; sin embargo, cada una de ellas atañe a un acontecimiento particular, y precisamente para aceptar el dominio de Dios sobre este acontecimiento ora el hombre: «Â¡Hágase tu voluntad!» Así­ la historia ya pasada revela el designio de Dios en su carácter eterno ; así­ también el hombre, cuando se somete a la voluntad de Dios, se vuelve hacia el porvenir con confianza, pues sabe de antemano que es guiado por Dios.

Esta voluntad de Dios adopta una forma particular cuando se manifiesta en relación con el hombre, pues éste debe conformarse con ella interiormente, cumplirla libremente. Se le presenta no como una fatalidad, sino como un llamamiento, un mandamiento, una exigencia; la *ley agrupa el conjunto de las voluntades divinas claramente expresadas. La ley, sin embargo, tiene un aspecto está-tico, pues adopta la forma de institución. Hay que hacer un esfuerzo para descubrir a través de ella esta voluntad personal que a cada instante es un acontecimiento, suscita por parte del hombre una respuesta, inicia un diálogo. La voluntad de Dios vista desde este ángulo es muy afí­n a su *palabra, que es acto no menos que enunciado. La voluntad de Dios es en primer lugar un acto que revela su beneplácito. Como tal no se identifica sencillamente con el designio de Dios, que la recapitula en un plan de conjunto, ni con su ley, que la traduce en forma práctica.

Otros artí­culos tratan en detalle de las diversas manifestaciones de la voluntad divina : *elección, *evocación, *liberación, *promesas, *castigos, *salvación… Aquí­ hay que mostrar cómo la voluntad de Dios, que se cumple en el cielo, debe cumplirse también en la tierra (Mt 6,10); voluntad de salvación, en sí­ misma eficaz, se encuentra con la voluntad del hombre a la que no quiere suplantar, sino hacer perfecta : para llegar a ello es preciso que Dios triunfe de la maldad del hombre y obtenga la comunión de las voluntades.

AT. Desde los orí­genes aparece la voluntad del creador a los ojos de *Adán bajo un doble aspecto. Por una parte es una *bendición gene-rosa que va acompañada de la soberaní­a sobre los animales y de la presencia de una compañera ideal; por otra parte es una limitación aportada a la libertad humana : «No comerás…» (Gén 2,17). Entonces se inicia el drama : Adán, en lugar de reconocer en esta prohibición una *prueba *educadora destina a mantener su dependencia en el seno de una libertad real, la atribuye a una voluntad celosa de su supremací­a y desobedece (3,5ss). Cuando se inicia el diálogo por iniciativa de Dios (3,9), la voluntad divina se ha con-vertido para la serpiente en *maldición (3,14), para el hombre y la mujer anuncio de *castigo iluminado por una perspectiva de *victoria final (3,15-19). Tal es el fondo sobre el que se plantea el problema de la voluntad de Dios en el AT.

I. DIOS REVELA SU VOLUNTAD. Desde ahora la voluntad de Dios no se manifiesta ya a la humanidad peca-dora en forma inmediata y universal. Se comunica en particular a un pueblo elegido por medio de intervenciones de Dios en la historia y por el don de la ley.

1. A lo largo de la historia. En primer lugar por las altas gestas de Dios es como Israel aprende a *conocer la voluntad misericordiosa y amante de Yahveh. Este está resuelto a liberar a Israel esclavo en Egipto (Ex 3,8) llevándolo sobre alas de águila (Ex 19,4), pues ha tenido a bien hacer de él su propio pueblo (lSa 12, 22). Después de la prueba del exilio quiere asimismo reconstruir a Jerusalén y reedificar el templo, aunque sea con la ayuda de un pagano (Is 44,28); Israel debe por tanto reconocer que Dios no quiere la muerte sino la *vida (Ez 18,32), no la des-gracia sino la *paz (Ter 29,11). Una voluntad así­ expresada es signo de *amor.

El don de la *ley es igualmente signo de amor, pues ayuda a Israel a comprender a cada instante la *palabra, expresión de la voluntad de Dios, está «muy ‘cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la pongas en práctica» (Dt 30,14). Los salmistas cantaron la experiencia de este contacto con la voluntad divina, fuente de delicias incomparables (Sal 1,2). En la literatura postexí­lica se mostrará en Tobí­as al que fue bendito «por la voluntad de Dios» (Tob 12,18); y la oración se eleva ferviente: «Enséñame a hacer tus voluntades» (Sal 143,10).

2. En la reflexión inspirada. Los profetas, sabios y salmistas, con el fin de mejor adorar esta voluntad cuya trascendencia sienten, acentúan sucesivamente tal o cual aspecto de la misma.

a) Independencia soberana en primer lugar. «Dios decide, ¿quién le hará cambiar? Lo que ha proyectado, lo cumple» (Job 23,13). La *palabra que él enví­a a la tierra «hace todo lo que quiere» (ls 55,11), incluso si se trata de destruir (Is 10, 23). Dios obra según su voluntad, no ya según algún consejero humano (Is 40,13). Tales afirmaciones, constantes en la Biblia, expresan a la vez la *omnipotencia de Dios y su plena independencia. Creador, tiene todo poder en el cielo y en la tierra, y las fuerzas de la naturaleza están a sus órdenes (Sal 135,6; Job 37,12; Eclo 43,13-17); dueño de su *obra, dirige incluso el movimiento del corazón del hombre (Prov 21,1) y da los reinos a quien le place (Dan 4, 14.22.29); eleva o abaja a quien quiere (Tob 4,19). El hombre frente a la soberana independencia que a veces le parece arbitraria (Ez 18,25), podrí­a verse tentado a rebelarse, como Adán. Entonces la Escritura, vol-viendo a la imagen del alfarero que dispone a su talante de la arcilla, recuerda al hombre su radical dependencia como criatura: «¿Quién resiste a la voluntad de Dios? ¡Oh hombre! ¿qué tienes tú verdadera-mente para disputar con Dios?» (Rom 9,19ss; cf. Jer 18,1-6; Is 29, 16; 45,9; Eclo 33,13; Sab 12,12). La criatura debe humildemente *adorar la voluntad de su creador dondequiera que se manifieste.

b) Sabidurí­a de la voluntad divina. La adoración del misterio no reposa en una abdicación de la inteligencia, sino en una *fe profunda en la *justicia de Dios, en un *conocimiento del consejo, del *designio, de la *sabidurí­a, que presiden la ejecución de su voluntad. Ningún entendimiento humano puede concebirla (Sab 9,13), pero la Sabidurí­a da su inteligencia a quien se lo ruega (9, 17). Entonces se reconoce que «el plan de Dios, los pensamientos de su corazón permanecen de edad en edad» (Sal 33,11), a diferencia de los de los hombres (Prov 19,21).

c) Voluntad benévola, en fin, expresada por los términos de benevolencia, de beneplácito, de complacencia, de favor gracioso. «Querer a alguien», en hebreo como en otras lenguas (v. g. en español), es amarlo. En este sentido Dios «quiere» a su siervo (ls 42,1), a su pueblo (Sal 44, 4), a los justos (Sal 22,9). Y en sus elegidos ama, quiere la misericordia, el perdón (Miq 7,18), la bondad (Os 6,6; Jer 9,23; Is 58,5ss).

II. EN CONFLICTO CON LA NEGATIVA DEL HOMBRE. Ahora bien, la voluntad divina de amor topa con la voluntad pecadora del hombre: la historia de Adán es siempre actual. Escuchemos, por ejemplo, al profeta Amós. Para Israel infiel la voluntad de bendición se convierte en voluntad de *castigo (p.e. Am 1,3.6…): es el precio de la elección (3,2); si el hombre no reconoce todaví­a a su Señor (4,6-11), debe prepararse al castigo definitivo (4,12). La amenaza del *endurecimiento pesa entonces sobre él. Dios, en cambio, no se endurece en su voluntad de castigo: está siempre pronto a «convertirse» de su decisión, a cambiar de voluntad (Jer 18,1-12; Ez 18; cf. Ex 32, 14; Jon 3,9s); anuncia que por lo menos un *resto sobrevivirá (Is 6, 13; 10,21). Se complace en ver «al pecador desviarse de su conducta y vivir» (Ez 18,23).

Esta voluntad no serí­a más que una intención sin eficacia si Dios mismo no tomara en su mano la causa del pecador. Va, pues, a solicitar desde el interior la voluntad de su esposa .infiel (Os 2,16), hará que Israel camine según sus voluntades dándole un *corazón nuevo (Ez 36,26s; cf. Jer 31,33). Con este fin suscita a un *siervo cuyo oí­do despierta cada mañana (Is 50,5) para hacerlo capaz de obedecer a su voluntad (Sal 40,8s); por eso, gracias al siervo, «lo que agrada a Yahveh se cumplirá» (ls 53, 10). Por lo demás no será a costa de una violencia, a no ser la del amor: el amado no despierta a la esposa hasta que ella quiera (Cant 2,7; 3, 5; 8,4). Pero cuando ella quiera re-tornar a su esposo (Os 2,17s) merecerá ser llamada por Dios mismo: «En ella me complazco» (ls 62,4).

NT. Ya al alborear del NT Marí­a, sierva del Señor colmada de gracia, acoge la voluntad divina con humilde sumisión (Le 1,28.38). En cuanto a Jesús, el justo por excelencia, viene al mundo «para hacer ¡oh Dios! tu voluntad» (Heb 10,7.9); todaví­a mejor que David es «el hombre según el corazón de Dios que cumplirá todas sus voluntades» (Act 13,22).

I. CRISTO Y LA VOLUNTAD DE DIOS. 1. Jesús revela las preferencias de su Padre. Contra los espí­ritus malhumorados de los *fariseos que querí­an estrechar el corazón de Dios proclama Jesús la absoluta libertad de Dios en sus dones. Esta libertad de amor se expresa en la parábola del buen amo de la viña: «Quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo hacer lo que quiero de mis bienes? ¿O has de ver con mal ojo que yo sea bueno?» (Mt 20, l4s). Así­ Dios, en su beneplácito, ha reservado a los pequeñuelos la revelación mesiánica (11,25) y otorgado al pequeño rebaño el don del reino (Lc 12,32). Pero sólo entrarán en él los que hagan la voluntad de su Padre (Mt 7,21), pues ellos solos constituyen su familia (12,50).

2. Jesús cumple la voluntad de su Padre. En el cuarto evangelio no habla Jesús de la voluntad de su Padre (como en Mt), sino de la voluntad «del que me ha enviado». Esta voluntad de Dios constituye una *misión Jesús se alimenta de ella (Jn 4,34); no busca otra cosa (5,30), pues hace todo lo que agrada a aquel que le ha enviado (8,29). Ahora bien, esta voluntad es que a todos los que vienen a él les dé la resurrección y la vida eterna (6,38ss). Si bien esta voluntad se presenta a él bajo la forma de un «mandamiento» (10,18), en ella ve él ante todo la señal de que «el Padre le ama» (10,17). La *obediencia del Hijo es comunión de voluntad con el Padre (15,10).

Esta adhesión perfecta de Jesús a la voluntad divina no suprime, sino que hace comprensible la dolorosa concordancia que presentan los sinópticos en el transcurso de la pasión.

En Getsemaní­ percibe Jesús sucesivamente en su aparente contra-dicción «lo que yo quiero» y «lo que tú quieres» (Mc 14,36); pero supera el conflicto orando instantemente a su Padre: «No se haga mi voluntad sino la tuya» (Le 22,42). Consiguientemente, en el aparente abandono por el Padre continuará sintiéndose «amado» (Mt 27,43 = Sal 22,9). Durante su vida terrena no logró Jesús hacer lo que hubiera deseado hacer: reunir a los hijos de Jerusalén (23,37), pero con su voluntad de sacrificio encendió el *fuego en la tierra (Lc 12,49).

II. » ¡HíGASE TU VOLUNTAD!» Desde que en Jesús se realizó la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo puede el cristiano estar seguro de ser escuchado en su oración dominical (Mt 6,10). Debe también como auténtico discí­pulo reconocer y practicar esta voluntad.

1. Discernimiento de la voluntad de Dios. El discernimiento y la práctica de la voluntad divina se condicionan mutuamente: hay que cumplir la voluntad de Dios para apreciar la doctrina de Jesús (Jn 7,17), pero por otra parte hay que reconocer en Jesús y en sus mandamientos los mandamientos mismos de Dios (14,23s). Esto depende del misterio del encuentro de las dos voluntades, la del hombre pecador y la de Dios: para ir a Jesús hay que ser «atraí­do» por el Padre (6,44), atracción que según la palabra griega es a la vez violencia y deleite (que funda la expresión de san Agustí­n? «Deus intimior intimo meo»). Para discernir la voluntad de Dios no basta conocer la letra de la ley (Rom 2,18); hay que adherirse a una persona, lo cual no puede hacerse sino por el Espí­ritu Santo dado por Jesús (Jn 14,26).

Entonces el juicio renovado permite «discernir cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le place, lo que es perfecto» (Rom 12, 2). Este discernimiento no atañe so-lamente a la vida cotidiana; desembocan en el «pleno conocimiento de su voluntad, sabidurí­a e inteligencia espiritual» (Col 1,9): tal es la condición de una vida que agrade al Se-ñor (1,10; cf. Ef 5,17). La oración misma no puede ser sino una oración «según su voluntad» (lJn 5,14), y la fórmula clásica «si Dios quiere» adquiere muy diversa resonancia (Act 18,21; 1Cor 4,19; Sant 4,15), pues supone una referencia constante al «misterio de la voluntad de Dios» (Ef 1,3-14).

2. Practicar la voluntad de Dios. ¿De qué sirve conocer lo que quiere el maestro, si no se lo quiere en la práctica (Le 12,47; Mt 7,21; 21,31)? Esta «práctica» constituye propiamente la vida cristiana (Heb 13,21), contrariamente a la vida según las pasiones humanas (lPe 4,2; Ef 6,6). Más exactamente, la voluntad de Dios para con nosotros es santidad (lTes 4,3), acción de gracias (5,18), paciencia (1Pe 3,17) y buena conducta (2,15).. Esta puesta en práctica es posible, pues «Dios es el que obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13). Entonces hay comunión de las voluntades, acuerdo entre la gracia y ‘la libertad.

-> Camino – Designio de Dios – Ley – Obediencia – Obras – Salvación.

LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teologí­a Bí­blica, Herder, Barcelona, 2001

Fuente: Vocabulario de las Epístolas Paulinas

En el AT, el hebreo ḥāp̄ēs designa el «consejo de Dios» o su «buena disposición» (Is. 44:28; 46:10; 48:10; 53:10); rāṣôn, su «buena voluntad» y «favor» (Esd. 10:11; Sal. 40:9; 103:21; 143:10); ʿēṣāh, «suconsejo», en el sentido que es lo que ha sido planeado por deliberación (Sal. 33:11; 73:24; Pr. 19:21; Is. 5:19; 46:10). En el arameo de Daniel, el término que se emplea es el verbo ṣәḇāʾ, que significa la «voluntad» y el «deseo» de Dios (Dn. 4:17; 25, 32; 5:21). El NT hace uso de tres palabras principales: boulē, el «plan y propósito eterno de Dios basados en su deliberación» (Lc. 7:30; Hch. 2:23; 4:28; 20:27; Ef. 1:11); zelēma, su «voluntad de acuerdo a su inclinación» (Hch. 22:14; Ro. 12:2; Ef. 1:9; 5:17; Col. 1:9); y eudokia, su «buena disposición» y «delicia» (Lc. 2:14; Ef. 1:5, 9; Fil. 2:13).

La voluntad de Dios es absoluta, esto quiere decir que no está condicionada por nada que esté fuera de él. Sin embargo, su voluntad no es distinta a su naturaleza divina, lo que significa que no es absolutamente arbitraria, sino que está en completa armonía con su santidad, justicia, bondad y verdad. Por lo tanto, hay cosas que Dios no puede hacer (Nm. 23:19; 1 S. 15:29; Heb. 6:18; Stg. 1:13; 2 Ti. 2:13) porque son contrarias a su carácter esencial. El fin más alto de la voluntad de Dios es él mismo.

Todo aquello que no es Dios existe por su soberana voluntad, que es, por lo tanto, la base de toda existencia. Dios no tiene obligación alguna de querer que lo que existe exista. Él gobierna sobre todo de acuerdo a su libre consejo y determinación (Sal. 115:3; Pr. 21:1; Job 10:9; Is. 29:16; Ro. 9:15–18; 1 Co. 12:11; Ap. 4:11).

La voluntad decretativa determina cualquier cosa que ha de suceder (Sal. 115:3; Dn. 4:17, 25, 32, 35; Hch. 2:23; Ef. 1:5, 9, 11) mientras que su voluntad preceptiva declara como debería vivir el hombre (Mt. 7:21; Jn. 4:34; 7:17; Ro. 12:2). Él no causa el pecado (véase), pero éste existe de acuerdo con su propósito, y él lo controla y lo castiga (Ex. 4:21; Jos. 11:20; 1 S. 2:25; Hch. 2:23; 4:28; 2 Ts. 2:11). Él no tiene la obligación de salvar a los pecadores, sino que quiere hacerlo y elige a quienes él quiere (Ez. 18:23; 1 Ti. 2:4; 2 P. 3:9; Ro. 9:11, 18).

La voluntad de Dios es inescrutable, porque ningún hombre puede comprenderla; nadie más que él puede comprender el ser mismo de Dios (Job 9:10; Ro. 11:33). Por lo tanto, uno debe someterse a Dios en reverente obediencia, sabiendo que él hace bien todas las cosas (Is. 45:12, 13; Ro. 9:16–23).

BIBLIOGRAFÍA

  1. Bavinck, The Doctrine of God, pp. 223–241; L. Berkhof, Systematic Theology, pp. 76–78; H. Heppe, Reformed Dogmatics, pp. 83ss.
  2. Stanford Reid

Harrison, E. F., Bromiley, G. W., & Henry, C. F. H. (2006). Diccionario de Teología (645). Grand Rapids, MI: Libros Desafío.

Fuente: Diccionario de Teología