TRENTO (CONCILIO DE)

(1545-1563)
DicEc
 
El concilio de >Letrán V (1512-1517) resultó ineficaz como concilio reformador. Al año siguiente de su clausura, Martí­n Lutero lanzó su desafí­o a las autoridades de la Iglesia y empezó a apelar a un nuevo concilio. Volvió a repetir esta llamada en su escrito A la nobleza cristiana de la nación alemana (1520). A medida que la Reforma iba progresando, fueron también muchos los católicos que apelaron a un concilio. Entre tanto en la Iglesia católica se iniciaban algunas reformas. Clemente VII (1523-1534) temí­a la reaparición del >conciliarismo, y Pablo III (1534-1549) inició pronto los preparativos para el concilio, pero habrí­an de pasar once años hasta que este se inaugurara en 1545.

La visión que uno tenga de Trento estará condicionada por su postura ante la Reforma. Frente a la necesidad de cambio y renovación en la Iglesia, los reformadores no vieron ninguna esperanza en el papado ni en otras instituciones, todas las cuales les parecí­an necesitadas de reforma. Los reformadores se apoyaron, pues, en la Escritura y poco a poco se fue subrayando cada vez más el principio de sola Scriptura. Todo lo que no estaba claramente en la Escritura tendí­a a negarse, aunque los primeros reformadores no fueron coherentes en este punto. Si hubiera que resumir brevemente las raí­ces más profundas de la Reforma protestante, podrí­a decirse quizá que en lo más hondo de sí­ misma la Reforma consistí­a en la afirmación de la suficiencia de la Escritura y de la fe y en la negación de los desarrollos posteriores, especialmente medievales.

Con largos intervalos, el concilio de Trento se reunió durante tres fases. La primera (1545-1548) tuvo lugar en Trento e incluyó los ocho primeros perí­odos de sesiones (bajo el papa Pablo III); dos perí­odos de sesiones (9 y 10) se celebraron en Bolonia, pero no se aprobó ningún decreto, excepto aquellos en que se decidí­a su aplazamiento. La segunda fase (1551-1552), de nuevo en Trento, incluyó los perí­odos de sesiones del 11 al 16 (bajo Julio III). La guerra entre el emperador y los protestantes hizo que tuviera que suspenderse. La tercera fase (1562-1563) fue la de los perí­odos de sesiones del 17 al 25 y tuvo lugar bajo Pí­o IV.

Nunca hubo muchos miembros en el concilio. A la última parte asistieron esporádicamente nueve cardenales, treinta y nueve patriarcas y arzobispos, doscientos treinta y seis obispos y diecisiete abades o generales de órdenes religiosas. En otros momentos la asistencia llegó a descender a cincuenta u ochenta miembros. Lo más significativo quizá era su procedencia: los alemanes, por ejemplo, nunca fueron muy numerosos, salvo en la fase final; la gran mayorí­a fueron siempre italianos. Los laicos también estuvieron presentes, pero de un modo ambiguo: eran los embajadores de los prí­ncipes que vigilaban el concilio, procurando que las cosas marcharan en beneficio de sus señores. Los legados papales eran muy influyentes: eran los encargados de asegurarse de que el concilio siguiera una lí­nea romana. Dado que la cultura teológica general de los obispos era bastante baja —la mayorí­a de ellos eran canonistas—, el papel de los teólogos en Trento fue fundamental.

El plan adoptado finalmente por el concilio consistí­a en avanzar en paralelo: en cada uno de los perí­odos de sesiones se elaboraban capí­tulos y cánones contra los protestantes, así­ como decretos de reforma. El procedimiento que solí­a seguirse era un estudio preliminar de las cuestiones por parte de los teólogos y los legados papales. Se hací­a un resumen de las que se consideraban las posturas protestantes. Hay que decir «se consideraban» porque no está claro que todos los textos y autores protestantes sostengan de hecho estas posiciones tal como se condenan. El asunto se discutí­a en la asamblea. Comisiones de obispos cualificados, junto con los legados y la asistencia de los teólogos, redactaban los borradores. Cada borrador se discutí­a luego dentro de la asamblea y se modificaba hasta obtener su aprobación en la sesión general. En la interpretación de los decretos hay que tener en cuenta que tanto los teólogos como los obispos presentes en el concilio pertenecí­an a diversas escuelas, especialmente la agustiniana, la dominicana y la franciscana, dentro de la cual algunos tendí­an al nominalismo. Los miembros del concilio y los teólogos tení­an cuidado de no condenarse unos a otros; su objetivo es proponer una postura católica común contra los que se consideraban los errores de los protestantes; no quisieron decidir acerca de las diferencias entre los católicos.

La labor principal del concilio consistió en lo siguiente. Durante la primera fase (1545-1548) estableció los fundamentos de la vida cristiana, tales como la Escritura y la tradición, el pecado original, la justificación,los sacramentos en general, el bautismo y la confirmación. En lo tocante a las reformas publicó notables decretos sobre la predicación, la residencia de los obispos y los beneficios. Los perí­odos de sesiones 9 y 10, que tuvieron lugar en Bolonia, no dieron lugar a la publicación de ningún documento, pero desarrollaron discusiones útiles.

La segunda fase (1551-1552) estuvo marcada por la presencia en Trento de algunos embajadores protestantes, pero, a pesar de que estos hicieron algunas intervenciones, no hubo un verdadero diálogo. Durante este perí­odo hubo además trece obispos alemanes, el más elevado número hasta entonces. Las declaraciones doctrinales definieron enseñanzas sobre la eucaristí­a, el sacramento de la penitencia y el sacramento de los enfermos. Los decretos de reforma fueron débiles; se referí­an en su mayorí­a a los obispos y religiosos, a cuestiones relativas a los juicios, las ordenaciones y las concesiones de monasterios. El concilio no abordó la profunda reforma eclesial a la que tantos aspiraban entonces.

En el í­nterin, el papa, Julio III, dio pasos de cara a iniciar una reforma de la curia romana, pero sus logros se consideraron inadecuados. Su sucesor, Marcelo II, fue el primer papa reformador; promovió las reformas con energí­a y convicción, pero murió al cabo sólo de 22 dí­as. Lo sucedió el severo pero determinado Pablo IV (1555-1559), quien pensaba que, como un papa medieval, podí­a realizar las reformas personalmente, sin ayuda del concilio. Su celo era indudable, pero faltaba amplitud de horizonte en su visión de la reforma y en su forma despótica de desempeñar el pontificado; llevó a cabo algunas reformas, pero quizá su mejor servicio consistiera en prepararle el camino a su sucesor, Pí­o IV (1559-1565), que volvió a congregar el concilio. A partir de 1561 Pí­o IV promovió con rigor la reforma de la curia.

En la fase final (1562-1563) volvió a abordarse la polémica cuestión de la residencia de los obispos y otros beneficiarios. Se promulgaron textos doctrinales y cánones sobre cuestiones relativas a la eucaristí­a, especialmente el carácter sacrificial de la misa y la comunión bajo las dos especies. Se trató también de los sacramentos del orden y del matrimonio. El concilio se abstuvo deliberadamente de cualquier definición sobre el papado. Elaboró más decretos sobre la vida diocesana y parroquial y uno sobre la forma adecuada de celebrar la misal. En el terreno del matrimonio, además del decreto dogmático sobre la naturaleza sacramental del matrimonio, su indisolubilidad y el derecho de la Iglesia a establecer impedimentos, hubo el famoso Tametsi, que determinaba que la validez del matrimonio dependí­a de la forma tridentina, que requerí­a que el matrimonio tuviera lugar delante del párroco legí­timo y al menos dos testigos. Se aprobaron también decretos de reforma sobre el matrimonio. Al final se aprobaron también textos dogmáticos sobre el purgatorio, sobre la veneración de los santos, las reliquias y las imágenes, y sobre las indulgencias. Se añadieron, como decretos de reforma, penas por el incumplimiento de la residencia por parte de los obispos. Se hizo una llamada a la cuidadosa elección de los que habí­an de ser clérigos y se pidió el establecimiento de seminarios para la formación de los sacerdotes. El decreto sobre el matrimonio exigí­a además que los sacerdotes llevaran un registro de bautismos y matrimonios. Los decretos de refórma establecieron también normas para el nombramiento de los obispos, los procedimientos canónicos para la obtención de la información para los casos judiciales, los sí­nodos, las visitas episcopales y los nombramientos de párrocos. Otras materias tratadas fueron relativas a los cardenales, la reforma del misal y el breviario y el catecismo para los párrocos.

Al final del último perí­odo de sesiones, el 25, se leyeron los decretos de todos los perí­odos de sesiones anteriores, desde 1545, y se firmaron, dando así­ unidad a la labor del prolongado concilio. El concilio solicitó la confirmación de su labor por parte del papa Pí­o IV, quien lo aprobó el 30 de junio de 1564 (con fecha del 26 de enero).

H. Jedin resume los trabajos de Trento en dos logros principales: definió el depósito católico de la fe frente a los errores vigentes e inició una reforma católica, no en el sentido medieval de «la cabeza y los miembros», sino tratando de eliminar los peores abusos existentes en las diócesis y las parroquias.

El 16 de abril de 1564 se promulgó un breve resumen de los resultados dogmáticos del concilio y se hizo obligatorio para los obispos, los superiores religiosos y los teólogos.

Aun cuando la Reforma giró completamente en torno a la Iglesia, sus doctrinas y su necesidad de reforma, en Trento hay en realidad poca eclesiologí­a directa. La amenaza del episcopalismo y del galicanismo impidió la definición del primado papal. Es necesario buscar las enseñanzas del concilio sobre la Iglesia en distintos obiter dicta, en la visión que subyace a los decretos de reforma. En varios lugares aparecen fórmulas tradicionales, como la Iglesia ha sido fundada por Cristo y es cuerpo, esposa, madre, etc. Se pueden distinguir diferentes posturas eclesiológicas. Una de ellas es la salus animarum («la salvación de las almas»): la Iglesia actúa a través de los sacramentos para la salvación de los cristianos; la Iglesia es el cuerpo vivo de los creyentes que reciben la fe transmitida por la Escritura y la tradición. Esta visión sacramental puede considerarse como el fundamento de toda la controversia en torno a la residencia de los obispos: estos han de ocuparse de la salud espiritual de su pueblo por medio de la predicación, los sacramentos y la pastoral. La otra eclesiologí­a es más jurí­dica. Aparece especialmente en el debate sobre el origen de la >jurisdicción episcopal: ¿Procede esta inmediatamente de Cristo al asignar al papa una diócesis, o es una potestad derivada del papa? Después de Trento se impuso esta segunda visión, convirtiéndose en otro ejemplo de la gran tendencia a la centralización que se desarrolló en los siglos posteriores.

No debemos identificar la Contrarreforma, o la Reforma católica, con Trento. Trento fue un factor importante, y en muchos sentidos marcó las directrices. Pero la reforma se habí­a iniciado antes de Trento, por ejemplo con san >Ignacio de Loyola, y surgió carismáticamente después del concilio en distintos modos. A nivel institucional, san Pí­o V (1566-1572) puso en marcha la aplicación del concilio con energí­a. Un fruto temprano del concilio fue el llamado Catecismo romano (1566; >Catequesis): habrí­a de ser el medio principal por el que los católicos llegaron a conocer la enseñanza ortodoxa de la Iglesia, en particular tal como la habí­a expuesto Trento. El breviario revisado apareció en 1568, y el misal revisado en 1570. La revisión de la Vulgata apareció en 1592.

La recepción del concilio fue rápida en algunos lugares; en otros fue lenta o esporádica. Algunos prí­ncipes aceptaron los decretos ya a través de sus embajadores en Trento. Otros, como Felipe II de España, opusieron resistencia al principio a algunos elementos de los decretos de reforma. En otros lugares hubo sí­nodos que recibieron los decretos conciliares. San Carlos Borromeo (1538-1584), en Milán, fue considerado por muchos como un modelo de obispo reformador; pero hubo también quienes criticaron su actitud; el mismo >Roberto Belarmino, en la época de la canonización de Carlos Borromeo (1610) alababa su santidad personal, pero desentendiéndose de su celo reformador e incluso del hecho de ser obispo. Hubo en la Contrarreforma otros medios para llevar a cabo la renovación, como la restauración de la visita ad limina obligatoria («a los umbrales», concretamente para venerar las reliquias de Pedro y Pablo y visitar al papa), que Sixto V impuso a los obispos en 1585; dependiendo de la distancia de Roma, estas visitas debí­an realizarse regularmente en perí­odos de entre tres y diez años.

Y. Congar atribuye a G. Alberigo la acuñación de la palabra «tridentinismo», que supone una interpretación más bien negativa, algo unilateral, del perí­odo que va desde Trento hasta la ví­spera del Vaticano II, durante el cual se convertirá en normativa para la vida de la Iglesia la versión romana de Trento: se quiere hacer de Roma el centro absoluto y exclusivo de la Iglesia, en lugar de centrarla también en la Iglesia local; se exalta el papado a expensas del episcopado y se establece el predominio de los clérigos sobre los laicos; se desplaza el derecho canónico medieval, convirtiéndose Roma en la única fuente de legislación y en el gobierno de hecho de la Iglesia; se impone una eclesiologí­a estática; se pierde de vista la necesidad de la Escritura, porque, aunque en el cuarto perí­odo de sesiones es alabada, la Biblia tiende a perder terreno dentro de la vida cristiana; la eucaristí­a se convierte cada vez más en centro de la piedad personal, a pesar de que el concilio habí­a insistido en el carácter sacrificial de la misa; se produjo un incremento de la piedad, favorecida por el gran número de indulgencias, pero divorciada de la liturgia; se trataba, en definitiva, de un sistema completo que afectaba a todos los aspectos de la vida social y eclesial. No obstante, el juicio del tridentinismo ha de ser moderado, reconociendo que la reforma de la Iglesia probablemente no hubiera podido llevarse a cabo sin esta centralización. Ya >Gregorio VII se habí­a dado cuenta de que la reforma habí­a de venir de lo alto. Por otro lado, aun cuando la evaluación del «tridentinismo» sea válida, no se hace justicia a los muchos elementos positivos que ha habido en la Iglesia entre los siglos XVI y XX.

En cierto sentido, puede decirse que la >recepción final del concilio se produjo en el Código de Derecho canónico de 1917. Es quizá la paradoja de Trento el hecho de que, habiéndose reunido a causa de las doctrinas protestantes, especialmente luteranas, la Iglesia católica perdiera luego el interés por el protestantismo y se centrara demasiado exclusivamente en sí­ misma.

Christopher O´Donell – Salvador Pié-Ninot, Diccionario de Eclesiologí­a, San Pablo, Madrid 1987

Fuente: Diccionario de Eclesiología