(-> anunciación, María, madre de Jesús). En el lugar culminante del texto de la anunciación, después que Dios ha explicado por el ángel a María su designio salvador, respondiendo a sus preguntas, ella asiente y dice: «He aquí la sierva del Señor…» (Lc 1,38). María está desposada con un varón llamado José (Lc 1,27), pero, en el evangelio de la infancia de Lucas, ella responde y actúa de forma soberanamente libre: dialoga con Dios de manera autónoma, tomando las más grandes decisiones (fiat!* ¡hágase en mí tu palabra!), sin pedir permiso a su marido. Sólo de esa manera, por ser libre, ella puede responder diciendo: ¡He aquí la sierva, la doulé, del Kyrios. No es sierva por sometimiento esclavista, sino por decisión libre, como el Siervo* de Yahvé, con quien debemos compararla.
(1) María, la iniciativa humana. Ella ha empezado diciendo «he aquí» (= aquí estoy, en griego idou, en hebreo hinneni), para así comprometerse con el cuerpo entero, con alma y vida, poniéndose y siendo en manos de Dios. Todo lo anterior queda así definido desde esta palabra. Esta es su acción, la palabra básica de su vida. No le han obligado, Dios no le ha impuesto ningún tipo de tarea esclavizante. Lc ha pedido permiso, ha dialogado con ella. Sólo por eso, porque libremente ha llamado, ella puede responderle ¡he aquí la sierva! María es sierva en el sentido más hondo del término, como el gran profeta anunciador de redención de Is 40-55. Es sierva como lo será Jesús, quien aparece, al menos veladamente, como el siervo de Yahvé. Es sierva a quien el mismo Dios ha tenido que pedir palabra y acción mesiánica. Por eso puede responder ¡hágase (haz) en mí lo que has dicho!, ratificando con su propia acción mesiánica la esperanza que el ángel ha encendido en sus entrañas, desde la misma raíz de la vida de Dios y de la historia israelita.
(2) Dios depende de su sierva María. Dios le ha pedido, ella responde. Ella ha esperado y Dios mismo ha tenido que hablarle para engendrar sobre la tierra al hijo de su entraña, Jesucristo. Esperar no es aguardar pasivamente, dejando que alguien venga y nos resuelva las cosas desde fuera. Ni es tampoco obrar de una manera impositiva, sin respeto a lo que digan y piensen otros seres. Esperar es dialogar, tanto en perspectiva divina como humana. Dios y María han dialogado, abriendo cada uno su ser y acción al otro, Dios como Dios (engendrando a su Hijo en la historia humana), María como humana (poniendo su vida al servicio del surgimiento del mismo Hijo divino). Sólo espera de verdad en este mundo aquel que acoge lo que Dios alumbra en sus entrañas. Sólo espera hasta el final quien asiente y se compromete, de una forma activa, diciendo fiat! ¡hágase!, es decir, ¡hagamos, genoitol (= haz en mí, con mi consentimiento, aquello que has dicho). Sólo de esta forma, en colaboración activa, puede entenderse y cumplirse la palabra de esperanza. Así lo ha hecho María. Por eso podemos presentarla como la mujer activa. Esperar no es asegurar ni imponer, no es pronosticar ni exigir, sino saber escuchar y actuar de forma responsable, personal, dialogante. Actuando así, en su condición concreta de mujer, María puede convertirse y se convierte en madre del Hijo de Dios a través de la palabra (el mismo diálogo ha sido engendramiento).
(3) María, signo de libertad. La verdad más honda de su gesto supera de algún modo la vieja división entre varones y mujeres, pues unos y otros pue den compartir una misma realidad: la palabra. Al situarse de esta forma, en el lugar donde se vuelve humana la Palabra (encarnación de Dios), María no aparece ya actuando contra nadie. No es mujer opuesta a los varones, sino mujer para todos, incluidos los varones. Ella ha dicho que no conoce varón en un determinado plano de matrimonio patriarcalista, dominado por los esposos. Pero lo ha dicho precisamente para que pueda nacer el Hijo de Dios, de tal forma que después varones y mujeres puedan vivir una existencia en gratuidad dialogal, compartiendo así la misma palabra. Alguna vez se ha podido correr el riesgo de reintroducir a María en el campo de la espera pasiva, como mujer vinculada al sometimiento femenino. Nuestro texto ha invertido esa posibilidad, situando la vida y acción de María en el trasfondo de un varón hebreo, sacerdote impotente, llamado Zacarías. Frente a la mudez del varón sacerdote, ha situado Lc a María, como mujer que dice la Palabra, realizando el más fuerte misterio, en nombre propio y en nombre de todos los varones y mujeres de la tierra: ¡hágase, hagamos! Cf. J. C. R. GARCíA PAREDES, Mariología, BAC, Madrid 1995; X. PIKAZA, La Madre de Jesús. Mariología del Nuevo Testamento, Sígueme, Salamanca 1992.
PIKAZA, Javier, Diccionario de la Biblia. Historia y Palabra, Verbo Divino, Navarra 2007
Fuente: Diccionario de la Biblia Historia y Palabra