SHEMA

(-> confesión, Dios, amor). Con esta palabra comienza la más significativa de las confesiones* de fe de Israel: «Shemá [= escucha] Israel, Yahvé NuestroDios es un Dios único. Amarás a Yahvé tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas tus fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, se las inculcarás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado…» (Dt 6,4-8). Esta es una palabra esencial para el judaismo y cristianismo.

(1) Confesión de vida judí­a. Esta palabra es una confesión de pacto, pues expresa e incluye la alianza de Dios con su pueblo. Es una confesión afectiva y originaria, pues no alude todaví­a a mandatos concretos, sino a la raí­z que los sustenta y unifica, vinculando al pueblo con Dios, en el amor o fidelidad básica. Este credo brota de la revelación de Dios que el pueblo acoge, escuchando y respondiendo a su palabra. Incluye dos artí­culos, (a) Sólo Yahvé es Dios y se eleva frente a las restantes figuras religiosas que son mentira, idolatrí­a (como saben los judí­os, sus elegidos), (b) Israel es pueblo de Dios, elegido entre todos los pueblos para testimoniar su amor a Dios y responderle en gesto generoso; por eso se le dice: «Amarás a Yahvé, tu Dios, con corazón, alma y fuerzas». Habí­a en Israel diversas confesiones de fe, que vinculaban al pueblo con Dios y confirmaban el compromiso de Dios con sus elegidos, pero el shemá ha acabado siendo el credo central de la identidad judí­a, pues destaca la escucha primera (Dios fundamenta en amor a los creyentes) y la exigencia gozosa de responderle en amor, un amor que es fidelidad integral, no sentimiento intimista, separado de la vida. Este es un credo de gracia, que puede vincularse a la experiencia fundadora de Moisés ante la zarza, cuando acoge el Nombre indecible y salvador de Yahvé (Ex 3,14). Este es un credo de amor, pues diciendo a los judí­os que amen a Dios se está indicando que deben amarse unos a otros, formando un pueblo de afecto compartido, como supone la tradición del Deuteronomio, asumiendo el mensaje de amor* de los grandes profetas antiguos, sobre todo de Oseas y Jeremí­as. Según eso, los judí­os se definen por una vida en amor, que marca las fronteras de su identidad (no por una ortodoxia separada de la vida): sólo aquel que ama a Dios le confesará en verdad como Dios. Este credo ha bastado para mantener la identidad judí­a tras la caí­da del templo (70 d.C.) y la disolución de la comunidad del culto. Los judí­os perdieron su libertad polí­tica y su tierra, pero no su diferencia, ni la memoria de su origen, porque han podido recordar el shemá y confesarse pueblo de la alianza, elegidos para ofrecer el testimonio del amor de Dios.

(2) Confesión de fe y vida cristiana. Jesús asume expresamente el shemá israelita (cf. Mc 12,29-30 par), sabiendo así­ que antes de toda acción está la exigencia de escuchar o acoger la voz de Dios, de manera que el hombre empieza siendo oyente de la Palabra. Más allá de lo que el hombre hace o piensa, antes de todo lo que desea y puede, está el ancho campo de la manifestación de Dios: abrirse a su voz, mantener la atención, ser receptivo ante el misterio: ése es el principio y sentido de la vida humana. Quedan en segundo plano los restantes elementos de la vida. Sólo la escucha del único Dios configura al único pueblo israelita (= cristiano), llamado por Dios para el amor. Por eso, la entolé o mandato no expresa aquello que debemos hacer, sino aquello que somos, en perspectiva de gracia y fidelidad personal. En el principio de todo amor se encuentra Dios, fundamento y sentido originante de la vida. Por eso hay que amar «con todo tu corazón-alma-mente-fuerzas». Para este amor de Dios no hay medida, pues desborda las leyes y medidas de los hombres. Esta es la paradoja: parecí­a necesaria una ley para definimos; y Jesús responde, con el verdadero Antiguo Testamento, que no existe tal ley, pues la ley/medida humana es superar toda medida, haciendo que desborden corazón/mente/alma/fuerzas, en camino de fidelidad total a Dios. En este lugar de desbordamiento creador nos sitúa el texto, pero añadiendo el don y la exigencia del amor al prójimo. Si sólo hubiera amor a Dios, el hombre podrí­a acabar en un esplritualismo teológico. Pues bien, Jesús añade que cada hombre debe «amar al prójimo como a sí­ mismo». Desde el mismo amor de Dios viene a expresarse ahora el amor al otro, es decir, al individuo concreto que vive a nuestro lado. Conforme al texto base de Lv 19,10, ese prójimo es el hermano o miembro del propio pueblo israelita; pero, en un sentido más extenso, es también el pobre y extranjero, es decir, el que rompe las fronte ras resguardadas de la propia comunidad, como saben algunos textos centrales del Antiguo Testamento (Ex 22,21; 23,9; Dt 10,19). La medida del amor de Dios era no tener medida y suponí­a una experiencia de apertura infinita. Pues bien, la medida del amor al prójimo es ahora mi propia medida. Amarle como a mí­ mismo significa ponerle como otro yo a mi lado, haciendo de su vida espacio y centro de mi propia vida. Esta es la confesión de fe en Dios, el verdadero amor divino: abrirse en amor hacia los otros.

Cf. N. LOHFINK, Das Hauptgebot, Istituto Bí­blico, Roma 1963; R. SCHNACKENBURG, El mensaje moral del Nuevo Testamento I, Herder, Barcelona 1989: W. SCHRAGE. Etica del Nuevo Testamento, Sí­gueme, Salamanca 1987.

PIKAZA, Javier, Diccionario de la Biblia. Historia y Palabra, Verbo Divino, Navarra 2007

Fuente: Diccionario de la Biblia Historia y Palabra