(-> Isaías). Entre los atributos o rasgos básicos de Dios están lo sagrado y lo santo. Lo sagrado se opone a lo profano y, en principio, expresa aquello que tiene un poder de irradiación que lo mantiene separado del resto de las cosas, en la línea de lo numinoso, que fascina y aterra al mismo tiempo. Por eso, los hombres normales tienen que alejarse de lo sagrado, pues si se acercaran y rozaran su poder quedarían destruidos. Lo santo, en cambio, está más vinculado a la pureza moral y se distingue de lo que está manchado o implica un tipo de pecado. Aunque esta distinción resulta difícil de mantener de una forma consecuente, podemos decir que en el campo bíblico resulta dominante el rasgo de la santidad. Sagradas pueden ser las cosas, piedras y montes, vasos litúrgicos y ornamentos. Pero santo, en sentido estricto, sólo es Dios y las personas vinculadas con Dios. Teniendo esto en cuenta, presentamos brevemente algunas de las acepciones y usos que ha tenido la palabra santo en la Biblia.
(1) Qaclos, Qaclos, Qaclos (Hagios, Santo: Is 6,3). Esta es la palabra de los serafines celestes, que cantan a Dios y le definen como santidad. Todo lo que existe sobre el mundo es realidad profana, valor que se consume, vanidad y muerte. A Dios se le define, en cambio, como Santo, en palabra que no pueden pronunciar los hombres. Por eso la proclaman sin cesar, en alternancia antifonal, los músicos celestes, sacerdotes/serafines que expresan la potencia laudatoria, paradójica y sacral del cosmos. Este es el canto de Yahvé, Dios que ha revelado su nombre a Moisés en el desierto (cf. Ex 3,14). Los serafines no pueden contemplarle, pero cantan. No alcanzan su misterio más profundo pero pueden y quieren alabarle, pronunciando sacralmente su nombre, Yahvé, y su sobrenombre Seba’ot, el Elevado, aquel que vence con su ejército de estrellas. Este es el Dios victorioso, que reina y extiende desde el cielo su dominio sobre todo lo que existe. Por eso continúa el canto, en contrapunto de gozosa admiración: ¡la tierra toda está llena de tu gloria!, es decir, del kabocl divino que emana de su santidad.
(2) El Santo de los Santos (Lv 16). En sentido estricto, sólo Dios es Santo y, con él, los hombres que acogen y cumplen su palabra. Pero la tradición sacerdotal ha destacado la santidad del templo de Jerusalén y, de un modo especial, de su santuario. Los judíos han construido un gran complejo sagrado, como signo de presencia de Dios donde podemos distinguir: el patio externo donde está el altar, al aire libre, a la vista de los fieles, el tabernáculo del encuentro, que podemos llamar Santo, reservado a los sacerdotes oficiantes y finalmente el Qodes o Santísimo, más allá de la cortina, donde sólo penetra una vez al año el Sumo Sacerdote (cf. 16,34). Dios se ha reservado un espacio Santo: allí habita; desde allí sostiene la vida de sus fieles y destruye los pecados e impurezas que ensucian su nombre y su presencia. Por eso se establecen unos ritos de purificación para que devuelvan la pureza al pueblo. Como sacramento que indica la unidad y separación entre Dios y el pueblo se ha establecido una cortina (paroket: Lv 16,2.12.15), un velo de misterio que separara lo que suele llamarse el Santo (tienda del encuentro) y el Santísimo o lugar del gran silencio donde sólo entra una vez al año el Sumo Sacerdote, revestido de ornamentos oficiales, con la sangre de propiciación. En el centro del Santísimo se encuentra el kapporet (propiciatorio) o placa que recubre el arca de la alianza, como escabel donde Yahvé pone sus pies, al sentarse en el trono invisible de su templo. El texto original de Lv 16 no ha distinguido aún los espacios sagrados de esa forma, con nitidez, pero la tradición posterior ha interpretado bien sus separaciones.
(3) Los Santos del Altísimo (Dn 7,1825). Frente a los cuatro vivientes perversos, que forman la totalidad de la historia humana, concentrada al fin en la Gran Bestia, se elevarán los Santos del Altísimo, para recibir el verdadero reino de Dios, representado por el Hijo del Hombre. En su origen esos Santos pueden ser (han sido) los ángeles buenos, que vencen a los Vigilantes Pervertidos y toman en su mano la marcha de la historia, protegiendo para siempre a los hombres. Pero ahora, en el contexto total de su visión, Daniel los ha identificado con los judíos fieles, es decir, aquellos que han sufrido bajo los intentos de la helenización forzada de Antíoco IV y han mantenido la fidelidad a su Dios en medio de las pruebas. Ellos recibirán el reino eterno de la resurrección, como sabe Dn 12,1-3. Así termina la historia: se cumple el proceso de muerte y violencia, se acaba el engaño del mundo. Sobre una humanidad angustiada, entregada a la mentira, aplastada y sangrante, viene a elevarse la nueva humanidad de los Santos de Dios, que son los hasidim, los piadosos, justos y sabios que entienden y cumplen el libro de Daniel.
(4) Santificado sea tu Nombre (hagiasthétó to onoma son). El tema de la santidad de Dios, que es ahora un elemento central de la oración del Padrenuestro*, aparece ya en las Dieciocho Bendiciones* judías y en el Magníficat* cristiano. Es un motivo tradicional del judaismo. Ya Ez 36,23 pedía a Dios que santifique su Nombre, es decir, que se exprese como Santo, liberando y salvando a los judíos oprimidos bajo el orgullo e impureza de los hombres. También el Padre-nuestro pide a Dios que santifique su nombre, salvando a los pobres: ofreciendo pan y perdón a los hombres.
(5) Santos, los cristianos. En la terminología posterior de la Iglesia católica, sólo algunos hombres y mujeres especialmente destacados por sus virtudes morales son llamados santos, a través de un proceso de canonización oficial. Por el contrario, para el Nuevo Testamento todos los cristianos son santos, pues han sido elegidos y santificados por el Espíritu de Cristo. Así escribe Pablo a los de Roma y dice que han sido «llamados a ser santos» (cf. Rom 1,7; 1 Cor 1,2). Pablo llama santos, de un modo especial, a los miembros de la iglesia de Jerusalén, que debió concebirse a sí misma como expresión escatológica de la santidad de Dios (cf. 2 Cor 8,4; 9,1; Rom 15,26). También llama santos a los ángeles de Dios, como hacía la apocalíptica judía (cf. 1 Tes 3,13). Pero eso no impide que aplique ese nombre a todos los cristianos (cf. Rom 16,2.15; 1 Cor 1,2; 6,1; 2 Cor 1,1; Flp 1,1; etc.).
PIKAZA, Javier, Diccionario de la Biblia. Historia y Palabra, Verbo Divino, Navarra 2007
Fuente: Diccionario de la Biblia Historia y Palabra