PODER

v. [sust.] Autoridad, Dominio, Imperio, Potestad, Reino
Exo 9:16 yo te he puesto para mostrar en ti mi p
Num 14:17 que sea magnificado el p del Señor
Deu 4:37 te sacó de Egipto con .. y con su gran p
Deu 8:18 él te da el p para hace las riquezas
1Ch 16:27 alabanza .. p y alegría en su morada
1Ch 29:12 en tu mano está la fuerza y el p, y en
Job 12:13 con Dios está la sabiduría y el p; suyo
Psa 29:11 dará p a su pueblo; Jehová bendecirá
Psa 59:16 yo cantaré de tu p, y alabaré de mañana
Psa 62:11 he oído esto: Que de Dios es el p
Psa 63:2 para ver tu p y tu gloria, así como te he
Psa 66:3 por la grandeza de tu p se someterán a
Psa 68:34 atribuid p a Dios; sobre Israel es su
Psa 75:10 pero el p del justo será exaltado
Psa 84:7 irán de p en p; verán a Dios en Sion
Psa 106:8 él los salvó .. para hacer notorio su p
Psa 145:6 del p de tus hechos .. hablarán los
Psa 147:5 grande es el Señor nuestro, y de mucho p
Isa 10:13 dijo: Con el p de mi mano lo he hecho
Isa 63:1 éste .. que marcha en la grandeza de su p?
Jer 48:25 cortado es el p de Moab, y su brazo
Eze 29:21 haré retoñar el p de la casa de Israel
Eze 30:18 cuando quebrante yo allí el p de Egipto
Mic 3:8 yo estoy lleno de p del Espíritu de Jehová
Mic 5:4 él estará, y apacentará con p de Jehová
Mat 6:13 tuyo es el reino, y el p, y la gloria, por
Mat 14:2; Mar 6:14 por eso actúan en él estos p
Mat 22:29; Mar 12:24 ignorando las .. y el p de Dios
Mat 24:30; Mar 13:26; Luk 21:27 viniendo .. con p
Mar 5:30 conociendo .. el p que había salido de él
Luk 1:35 p del Altísimo te cubrirá con su sombra
Luk 4:14 volvió en el p del Espíritu a Galilea, y se
Luk 5:17 el p del Señor estaba con él para sanar
Luk 6:19 porque p salía de él y sanaba a todos
Luk 8:46 yo he conocido que ha salido p de mí
Luk 12:5 temed a .. tiene p de echar en el infierno
Luk 22:69 se sentará a la diestra del p de Dios
Luk 24:49 hasta que seáis investidos de p desde lo
Joh 10:18 tengo p para ponerla .. p para volverla
Act 1:8 recibiréis p, cuando haya venido sobre
Act 3:12 como si por nuestro p .. hubiésemos hecho
Act 4:33 con .. p los apóstoles daban testimonio
Act 6:8 y Esteban, lleno de gracia y de p, hacía
Act 8:10 a éste oían .. Este es el gran p de Dios
Act 8:19 dadme también a mí este p, para que
Act 10:38 Dios ungió con .. p a Jesús de Nazaret
Rom 1:4 fue declarado Hijo de Dios con p, según
Rom 1:16 no me avergüenzo del .. es p de Dios para
Rom 1:20 invisibles de él, su eterno p y deidad, se
Rom 9:17 para mostrar en ti mi p, y para que mi
Rom 15:13 que abundéis en esperanza por el p del
Rom 15:19 señales .. en el p del Espíritu de Dios
1Co 1:18 pero a los que se salvan .. es p de Dios
1Co 1:24 Cristo p de Dios, y sabiduría de Dios
1Co 2:4 sino con demostración del Espíritu y de p
1Co 4:20 reino .. no consiste en palabras, sino en p
1Co 6:14 Dios .. a nosotros nos levantará con su p
1Co 15:56 el aguijón de .. y el p del pecado, la ley
2Co 4:7 para que la excelencia del p sea de Dios
2Co 6:7 p de Dios, con armas de justicia a diestra
2Co 12:9 mi p se perfecciona en la debilidad
2Co 12:9 para que repose sobre mí el p de Cristo
2Co 13:4 en debilidad, vive por el p de Dios
Eph 1:19 la grandeza de su p para con nosotros
Eph 3:20 hacer .. según el p que actúa en nosotros
Eph 6:10 fortaleceos en .. y en el p de su fuerza
Col 1:11 fortalecidos con todo p, conforme a la
Col 2:12 mediante la fe en el p de Dios que le
1Th 1:5 también en p, en el Espíritu Santo y en
2Th 2:9 p y señales y prodigios mentirosos
2Ti 1:7 sino de p, de amor y de dominio propio
Heb 6:5 gustaron de .. y los p del siglo venidero
Heb 7:16 según el p de una vida indestructible
1Pe 1:5 que sois guardados por el p de Dios
1Pe 4:11 ministre conforme al p que Dios da
2Pe 1:3 nos han sido dadas por su divino p
Rev 5:12 el Cordero .. es digno de tomar el p
Rev 7:12 la honra y el p .. sean a nuestro Dios


ver AUTORIDAD

Fuente: Diccionario Bíblico Mundo Hispano

La Biblia habla de 3 clases de «poder».

1- Capacidad para hacer: Luc 1:35, Luc 1:37. Es «dunameis», de donde viene la palabra «dinamita»; es el «poder» que el Espí­ritu les dará a los apóstoles, en Hec 1:8.

2- Posibilidad de llegar a ser «hijos de Dios», Jua 1:12.

3- Autoridad para actuar, Hec 5:4, Rom 9:21.

Jesús, sin «poder humano»: Jesús no tení­a dinero, ni ninguna profesión de poder, ni amistades poderosas, ni ejércitos, ni hacia polí­tica. era el «poder de la impotencia», «el poder del amor».

Jesús omnipotente, como Dios: Jn.5.

17-19,Rom 10:28-30.

(como Hijo de Dios).

– Como hombre, su poder proviene del Padre, por el Espí­ritu, Hec 10:38.

– Su poder es «supremo», Efe 1:20-21, 1Pe 3:22.

– sin lí­mites, Mt.28: i8.

– sobre toda carne, Jua 17:2.

– eterno, 1Ti 6:16.

– Se manifiesta en la creación, Jua 1:3, Jua 1:19, Col 1:16.

– en que sostiene todo, Col 1:17, Heb 1:3
– en la salvación, Isa 63:1, Heb 7:25.

– en su ensenanza, Mat 7:28-29, Luc 4:32
– en sus milagros, Mat 8:27, Luc 5:17.

– en que dio poder a otros para hacer milagros, Mat 10:1, Luc 10:17, Mar 16:17
– en perdonar pecados, Mat 9:6, Hch.S
31, Mar 2:10.

– dio a otros el poder de perdonar pecados, J n.20: 23.

– da vida eterna, Jua 17:2.

– resucitó, Jua 2:19, Jua 10:18, Jua 10:20-21.

– venció al mundo, j n.16:23.

– venció a Satanás, Col 2:15, Heb 2:14.

– destruyó las obras de Satanás, 1Jn 3:8.

Poder del Espí­ritu Santo Es el poder de Dios, Mat 12:28, Luc 11:20.

– Cristo fue engendrado por obra del Espí­ritu Santo, Luc 1:35, Mat 1:18.

– Es el Senor y dador de vida en la creación, Gen 1:2, Job 26:13, Sal 104:3.

– Jesús comenzó su ministerio en el Espí­ritu Santo, Luc 4:14.

– hizo el bien, milagros y expulsó enfermos con el poder del Espí­ritu Santo, Hec 10:38.

– muere en la cruz, por virtud del Espí­ritu Santo, Heb 9:14.

– resucita por obra del Espí­ritu Santo., Rom 8:11.

– El Espí­ritu Santo da vida y guí­a a la Iglesia, Hch.2, Jua 14:17-18, Jua 16:7.

– Se hace pan en la Eucaristí­a por obra del Espí­ritu Santo: Así­ dice el sacerdote antes de la Consagración: «Senor, santifica estos dones, enviando sobre ellos tu Espí­ritu, para que se conviertan en el cuerpo y la sangre de Jesucristo».

Poder de los Cristianos El mismo poder de Cristo, del Espí­ritu Santo, para enseñar, predicar, sanar enfermos, expulsar demonios, perdonar pecados, bautizar, celebrar la Eucaristí­a.

– Prometido por el Padre, Luc 24:49.

– por Cristo, Hec 1:8, Jua 16:7-15.

– para ser «testigos de Cristo», Hec 1:8.

– para perdonar pecados, Jua 30:22-23.

– para expulsar demonios y hacer sa naciones y milagros, Mar 16:17-18, 1Co 12:8-10.

– Es un «poder» mas grande que el de Satanás, 1Jn 4:4.

Poder de Satanás: Es muy grande, 2Co 9:14, 2Te 2:9-10.

– un «cristiano» de 3 años, tiene mas «poder» que Satanás y todos los demonios, 1Jn 4:4., Luc 10:17.Ver «Diablo».

Diccionario Bí­blico Cristiano
Dr. J. Dominguez

http://biblia.com/diccionario/

Fuente: Diccionario Bíblico Cristiano

Es la capacidad de hacer cosas. El término hebreo koah sugiere a veces la caracterí­stica de algo que es fuerte y perdura, como en Job 6:12 (†œ¿Es mi fuerza la de las piedras, o es mi carne de bronce?†). Pero la mayorí­a de las veces se traduce como fuerza, potencia, capacidad de producir, tanto en términos humanos (†œRubén, tú eres mi primogénito, mi fortaleza, y el principio de mi vigor† [Gen 49:3]), como hablando de la tierra (†œCuando labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza† [Gen 4:12]). Se habla de la gran fuerza, o el p. de †¢Sansón (Jue 16:5).

Cuando el término se relaciona con Dios, se está hablando de su omnipotencia. él es el que todo lo puede, como puede verse en la obra de la creación (†œEl que hizo la tierra con su poder, el que puso en orden el mundo con su saber, y extendió los cielos con su sabidurí­a† [Jer 10:12]). Ese p. se manifiesta en la salvación de su pueblo (†œ… Señor Dios nuestro, que sacaste tu pueblo de la tierra de Egipto con mano poderosa† [Dan 9:15]). El p. humano no se puede comparar al p. de Dios (†œ¿No está en tu mano tal fuerza y poder, que no hay quien te resista?† [2Cr 20:6]).
el NT el término exousia se traduce mayormente †œpotestad†, pero en varias ocasiones se usa la palabra p. (†œTengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar† [Jua 10:18]). De igual manera, el término dunamis se traduce a veces como †œmilagro†, †œpotencia†, †œvirtudes† o †œmaravillas†, pero también como p. (†œ… con demostración del Espí­ritu y de p., para que vuestra fe no esté fundada en la sabidurí­a de los hombres, sino en el p. de Dios† [1Co 2:4-5]; †œY Dios, que levantó al Señor, también a nosotros nos levantará con su p.† [1Co 6:14]).
es †œpoderoso en obra y en palabras† (Luc 24:19). †œEl p. del Señor estaba con él para sanar† (Luc 5:17). Tiene absoluto control del p. que hay en él, puesto que cuando la mujer enferma con flujo de sangre le tocó y se sanó, Cristo se dio cuenta de que habí­a salido p. de él (Luc 8:46). El p. es la capacidad que reside en una persona para realizar acciones fí­sicas, espirituales o polí­ticas. Ese es el p. que tiene el Espí­ritu Santo, que da nueva vida a los creyentes (Efe 1:19; Efe 3:20). El evangelio es †œp. de Dios para salvación a todo aquel que cree† (Rom 1:16). Por eso predicamos a †œCristo poder de Dios, y sabidurí­a de Dios† (1Co 1:24). †¢Principados y potestades.

Fuente: Diccionario de la Biblia Cristiano

vet, Las dos principales palabras que se traducen «poder» en el NT son: (a) «dynamis» y (b) «exousia». Es importante discriminar entre ambas, porque no significan lo mismo. «Dynamis» puede ser descrita como «capacidad moral o fí­sica, poder». «Exousia» significa «autoridad delegada, derecho, privilegio». Esta última siempre supone el poder de ejercer el derecho, pero la primera no conlleva ningún concepto de derecho o autoridad. Así­, «dynamis» se traduce capacidad, eficacia, fuerza, maravilla, milagro, poder, potencia, señal, valor, que ayuda más a ver el carácter de esta palabra, en contraste con «exousia», que se traduce autoridad, derecho, jurisdicción, libertad, poder, potestad. El término «poder» aparece en ambas listas, y es preciso evitar toda ambigüedad: «Exousia» se traduce frecuentemente como «poder», cuando otro término podrí­a dar un mejor sentido. Así­, se traduce correctamente «potestad» (o «autoridad»): «el Hijo del hombre tiene potestad (o autoridad)» (Mt. 9:6; cfr. 28:18; Mr. 2:10; Lc. 4:6; Jn. 17:2; Col. 1:13, etc.). En cambio, se traduce «poder» en la versión Reina-Valera 1960 en pasajes como Lc. 12:5; Jn. 10:18; Hch. 5:4; 8:19; Ap. 9:3, 10, 19; 11:6; 14:18; 16:9; 18:1, donde estarí­a mejor traducida como «autoridad», «derecho» o «potestad». Recapitulando, «dynamis» significa sólo la fuerza o poder, en tanto que «exousia» denota un derecho o potestad delegados, con el poder necesario para ponerlo en vigor.

Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico Ilustrado

[801]
En sentido fí­sico o fisiológico, capacidad para realizar una acción o establecer una relación. En sentido moral, autorización para realizar algo en conformidad con las leyes morales o religiosas por las que se rige la propia actividad.

En sentido teológico capacidad divina para hacer algo, que siempre será posible pues Dios es infinitamente poderoso (Omnipotencia). En ese sentido el hombre puede participar del poder divino y misteriosamente manifiesta poderes divinos: hacer milagros con el poder de Dios, conocer los misterios con la iluminación divina, salvarse con la gracia que concede Dios.

Pedro Chico González, Diccionario de Catequesis y Pedagogí­a Religiosa, Editorial Bruño, Lima, Perú 2006

Fuente: Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa

Dios es omnipotente, creador del mundo y señor de la historia. A El pertenece el poder y la gloria (Mt 16, 13). Para El todo es posible (Mt 19, 26; Mc 14, 36) y nada imposible (Lc 1, 37). Jesucristo es también todopoderoso. El Padre le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mt 18, 18); tiene poder para perdonar los pecados (Mt 9, 6; Mc 2, 10); tiene poder sobre los espí­ritus inmundos (Mt 10, 1; Lc 4, 36) y sobre toda carne (Jn 17, 2); poderoso en obras y palabras (Lc 24, 19); en la parusí­a vendrá revestido de gran poder y gloria (Mt 24, 30; Mc 13, 26; Lc 21, 27). El origen y el ejercicio de este poder de Dios y de Jesucristo es el amor. Los apóstoles recibieron de Jesús poder sobre los espí­ritus inmundos (Mt 10, 1), poder de hacer milagros (Lc 9, 1; 10, 19), de perdonar los pecados (Jn 20, 23). Pero todo este poder se ejerce desde la fe. Todo el que tiene fe es también poderoso y para él todo es posible (Mt 17, 20; Mc 9, 23). El poder que Jesucristo confiere ha de ejercerse como un servicio; así­ deberí­a ejercerse todo poder y toda autoridad humana; Jesús denuncia a los poderosos y grandes de la tierra que, lejos de servir a los gobernados, ejercen un poder opresor sobre los pueblos; entre los cristianos debe ser todo lo contrario: el que quiera llegar al poder debe ser el servidor de todos (Mt 20, 2526; Mc 10, 42-43). —> polí­tica.

E. M. N.

FERNANDEZ RAMOS, Felipe (Dir.), Diccionario de Jesús de Nazaret, Editorial Monte Carmelo, Burbos, 2001

Fuente: Diccionario de Jesús de Nazaret

Conviene evitar un reparto desequilibrado del poder, cuya concentración hace crecer proporcionalmente la tentación de utilizarlo para intereses particulares, o bien hay que estructurar el poder a fin de reducir los riesgos de que quien lo detenta pueda abusar del mismo. En este sentido se puede entender la función de la institución polí­tica y la historia de su transformación de un estado absolutista a un estado de «derecho» y constitucional, el estado democrático con sus correspondientes y progresivos mecanismos de control en el ejercicio del poder. En este contexto se puede entender también la instintiva defensa del ciudadano contra esas formas de estado burocrático o de oculto poder partidista que tienden a hacer vanas las infraestructuras sociales y a privarlas prácticamente de sus poderes decisorios. Recordemos la amarga pregunta que se hace uno de los personajes de Ignacio Silone en Vino y pan. «¿La verdad —se pregunta el protagonista, que ha sufrido y sigue sufriendo a causa de una idea de libertad y de justicia— acaso no se ha convertido para mí­ en una verdad de partido? ¿La justicia, en una justicia de partido? ¿El interés de la organización, acaso no ha acabado por hacerme atropellar todos los valores morales, despreciados como prejuicios pequeñoburgueses, y no se ha convertido para mí­ en el valor supremo?»

Carlo Marí­a Martini, Diccionario Espiritual, PPC, Madrid, 1997

Fuente: Diccionario Espiritual

El poder es un fenómeno general que se manifiesta en todos los sectores de la sociedad. Con Max Weber se puede definir el poder como » toda oportunidad de imponer la propia voluntad en el contexto de una relación social, aun encontrando oposiciones, independientemente del fundamento en que se base esta oportunidad». El poder como oportunidad de imponer la propia voluntad se ve facilitado además por la amenaza de una sanción (pena).

Hay diversas formas de poder. económico, espiritual, religioso. Merece una consideración especial el poder polí­tico, porque con su potencialidad de violencia se puede convertir en la amenaza más peligrosa para la existencia del individuo. Por esto se impone el control a fin de impedir todos los abusos. Las posibilidades de control se concretan en el reparto de poderes, en la vinculación del poder a un sistema jurí­dico y especialmente en la intervención de los súbditos, a los que habrí­a que estimular para una continua vigilancia crí­tica respecto a los titulares del poder. En la sociedad de masa, los medios de comunicación son los coeficientes determinantes en la formación de la opinión; les corresponde por tanto un papel importante de control del poder polí­tico, económico y . social. Por otra parte, respecto al enorme poder de los medios de comunicación social y de su constante tentación de manipular a la opinión pública, se plantea una pregunta acuciante : ¿quién controlará a los controladores? La respuesta tendrá que buscarse una vez más en el reparto de poderes en los medios de comunicación, insistiendo en su pluralismo, procurando vincularlos por medido de leyes y de prescripciones jurí­dicas y fomentando el sentido crí­tico de los consumidores. En otras palabras, exhortando a una continua verificación de lo que se ha oí­do, visto y leí­do, en orden a su objetividad y a una información razonablemente completa.

En la relación entre el poder y el derecho se trata de observar el justo medio entre los dos extremos: el derecho desautorizado y el poder ilegal, dos situaciones extremas que, con el correr de los años, están condenadas al fracaso. Desde el punto de vista de la ética cristiana, hay que observar que el poder se le ha concedido al hombre para que lo ejerza en subordinación al amor de Dios y del prójimo; el impulso al poder puede degenerar en ansia de poder y convertirse en un demonio de destrucción. El poder, en cuanto tal, sólo puede resultar sensato si se pone al servicio del crecimiento de la persona y de la sociedad de las personas.

L. Lorenzetti

Bibl.: G. Piana, Poder en DTI, III, 819-830; R. Hauser, Poder, en’CFT III, 483-500; K. Hemmerle, Poder, en SM, Y 489-493; R. Guardini, El poder, GuadaFrama, Madrid 1963: G. Ritter El problema ético del poder, Madrid 1972; AA, VV , Poder dominio y servicio, en Concilium 90 (1973), número monográfico.

PACOMIO, Luciano [et al.], Diccionario Teológico Enciclopédico, Verbo Divino, Navarra, 1995

Fuente: Diccionario Teológico Enciclopédico

TEOLOGíA MORAL
SUMARIO
I. Fenomenologí­a del poder:
1. El poder, dimensión de la relación social;
2. El poder en la sociedad que cambia.
II. Mensaje bí­blico-teológico:
1. El poder en la Sagrada Escritura:
a) El reino y las relaciones sociales humanas,
b) El poder;
2. Etica y poder.
III. Perspectivas para hoy:
1. De la cultura del poder al poder de la cultura;
2. Del modelo de la obediencia al modelo de la libertad;
3. De la demonización al reconocimiento del conflicto.

I. Fenomenologí­a del poder
El fenómeno del poder es analizado dentro de ámbitos y perspectivas especí­ficos por la psicologí­a y por la sociologí­a. La psicologí­a estudia la ambición o voluntad de poder que es propia de toda persona, si bien con acentos y modalidades diversos. Por su parte, la sociologí­a analiza la relación social atendiendo a las formas de poder que en él se manifiestan. Haremos referencia al análisis sociológico para poner de manifiesto algunos aspectos o dimensiones del poder como fenómeno social.

1. EL PODER, DIMENSIí“N DE LA RELACION SOCIAL. Cómo primera aproximación, y en términos generales, se puede observar que el poder es coextensivo al fenómeno social. En otras palabras, el poder es una cualidad propia de las relaciones humanas. Quiere decirse que toda relación social tiene la dimensión del poder: el poder es una realidad relacional. En esta perspectiva se comprende lo impropio que es identificar el poder sin más y exclusivamente con el poder polí­tico; aunque éste hace visible de modo más marcado los rasgos que pertenecen a todo poder. En efecto, la sociologí­a actual cualí­fica dé modo simplificador y polarizador la llamada dicotomí­a social, según la cual habrí­a que distinguir en el ámbito de la socialidad humana entre relaciones de poder, por una parte, y relaciones de otro tipo, por otra, corno, por ejemplo, relaciones de consenso, de solidaridad…

Esta teorí­a es superada con la afirmación de que todo acto social es también ejercicio de poder, toda relación social es una ecuación de poder, todo grupo o sistema social es una organización de poder (cf R. STRASSOLDO, 1538). Enseguida nos damos cuenta de que el poder en esta acepción no es una realidad accidental y que no se puede fácilmente neutral¡» zar: donde hay relación social, allí­ hay poder: «El concepto fundamental en las ciencias humanas -observa B. Russel-es el poder, como la energí­a en las ciencias fí­sicas».

En la perspectiva de hacer coextensible el poder al fenómeno social adquiere relieve el discurso sobre la imposibilidad de la liberación del poder, justamente porque no puede concebirse la liberación de la relación social y la fuga de la sociedad. «No parece que el hombre pueda desarrollarse fuera de los condicionamientos de las estructuras sociales, y tampoco que las estructuras puedan funcionar, las organizaciones humanas actuar y los sistemas sociales obrar si no es mediante el poder… Una sociedad en la que se ha eliminado el poder es una contradicción en los términos, una fantasí­a infantil, una utopí­a del todo irrealizable» (R. STRASSOLDO, 1539).

Esta teorí­a social permite una aproximación al fenómeno social irn térmí­nos de complejidad, superando esquemas simplificadores y polarizadores, como si fuese posible distinguir netamente, por un lado, relaciones de poder y, por otro, relaciones de otros tipos. Parece evidente que semejante interpretación se funda en el supuesto de que el poder no puede ser comprendido en clave preconcebidamente negativa y se opone a la idea de que es el dominio de unos sobre otros, la coacción que los primeros pueden ejercitar, la posibilidad de hacer,presión sobre otros y eventuá.lmente de hacer que cese su existencia a través del uso efectivo de la violencia o de otros medios más indoloros.

Sin embargo, el poder es también todo esto, y la concepción que liga intrí­nsecamente el poder al hecho de la sumisión, de la sujeción y de la violencia tiene’en la realidad deTasiados inconvenientes. Por eso, si no es realista una sociedad en la cual los fenómenos conflictivos están ausentes, en cambio es del todo realista, e incluso necesaria, la consideración de las condiciones para minimizar los aspectos opresivos del poder y maximizas’ los creativos, a fin de distribuirlo del modo más justo y destinarlo a finalidades que sean aceptables.

En este nivel la sociologí­a no puede menos de apelar a la ética. Una lectura complexiva del poder no puede fundarse, en última instancia, ni en la exaltación del poder que enfatiza los aspectos creativos ni en la denigración y desprecio del poder en sí­ mismo, que a menudo envuelve en la condena de la violencia también el rechazo del Estado y últimamente de la sociedad. Una lectura adecuada sólo puede hacerse superando una y otra posición en una visión más articulada, que explique tanto los aspectos creativos como los aspectos opresivos del poder.

2. EL PODER EN LA SOCIEDAD QUE CAMBIA. Un dato importante de la sociologí­a consiste en poner de manifiesto, además de la importancia del fenómeno del poder en la sociedad, la imposibilidad de comprenderlo fuera de un determinado contexto social. El contexto social permite captar ante todo la unidad y la articulación de los diversos poderes: polí­tico, económico, ideológico… De poco sirve seguir la multiplicidad de los poderes considerados como independientes, sin aferrar la base y el núcleo del poder que lleva luego a su diversa ramificación.

La unidad del poder (y la sucesiva articulación de los diversos poderes) se establece por referencia sobre todo a los valores sociales presentes en una sociedad dada. El análisis social del poder pone de manifiesto, por ejemplo, que en una sociedad dominada por valores religiosos el poder se reúna en las manos de los sacerdotes; en una sociedad dominada por los valores materiales del consumo y de la producción, el poder corresponde a los responsables del sistema económico: los hombres de las finanzas y los industriales; en una sociedad que profesa el culto de la ciencia y de la técnica, el poder se transfiere de algún modo a sus cultivadores. Obviamente existe reciprocidad entre valores sociales y poder social, en el sentido de que los depositarios del poder desarrollarán valores que son homogéneos para obtener el consenso en favor del propio poder.

En esta perspectiva es fácil comprobar que el poder social tiene titulares muy diversos en la sociedad posindustrial respecto a la industrial. Según algunos autores, una de las caracterí­sticas destacadas de la sociedad posindustrial es el desplazamiento del centro de gravedad del poder social desde los depositarios y controladores del capital (propietarios, banqueros) a los depositarios de las informaciones: los técnicos, los cientí­ficos y los intelectuales. En efecto, las informaciones y los conocimientos constituyen un recurso y un valor de primera importancia en el proceso social.

La sociedad posindustrial y posmoderna ha dado origen a hechos que son obra del hombre, y por tanto expresión de su poder; pero que, a su vez, se han vuelto poderes casi incontrolables sobre el hombre y sobre la colectividad humana. Piénsese en la burocracia, que representa una de las mayores concentraciones de poder en las sociedades avanzadas; respecto al individuo particular, pero también a colectividades muy vastas, la burocracia detenta en muchos casos un poder aplastante.

En las sociedades simples el poder tení­a un nombre; en el paso de la economí­a estática a una economí­a dinámica estaba representado por clases claramente antagonistas y conflictivas; en las sociedades complejas y diferenciadas el poder se ha vuelto anónimo, impersonal, por lo mismo más difí­cil aún de controlar y de dominar. La sociedad técnico-cientí­fica se caracteriza, en efecto, por la constitución de sistemas supraindividuales que, construidos por el hombre para ser instrumentos de poder sobre el hombre, funcionan por su cuenta y escapan a su control. Así­ la economí­a se ha convertido en una organización comparable a una máquina infinitamente compleja cuyo funcionamiento no es posible corregir mediante una programación calculada y que se desarrolla independientemente de los proyectos de las motivaciones del hombre. Este tiene la sensación de que desempeña más un papel de apoyo al servicio del sistema mismo que de disponer de él según su propia voluntad.

Las instituciones públicas, por ejemplo las de la educación, las del cuidado de la salud, etc., se transforman en instrumentos gigantescos, de suerte que los deberes de gestión técnica alejan cada vez más a los operarios de las motivaciones y de las finalidades buscadas por quienes las pusieron en marcha. La sociedad diversificada y compleja ha dado origen a un conjunto de coacciones, cuyo resultado provoca un sentimiento difuso de pérdida de libertad. La célebre dialéctica hegeliana se reproduce: el hombre, que ha creado las estructuras para poder dominar su existencia, se encuentra al fin dominado por su evolución, que no controla ya. En otras palabras, la humanidad se siente expropiada por el poder de un proceso que el hombre mismo ha puesto en marcha.

Si el poder, según se ha dicho, parece coextensivo al fenómeno social, donde justamente se asienta en modalidades más o menos fuertes, más o menos difusas, es legí­timo preguntarse: ¿va la socialidad humana hacia un futuro caracterizado por la disminución o por el reforzamiento del poder?
Se puede comprobar que el poder no ha estado nunca reforzado como en la actual fase histórica. No sólo -y en contra de lo que alguno preveí­a- la industrialización no ha abolido el poder, sino que ha hecho surgir otro: a los «prí­ncipes» que gobiernan se han añadido los «barones» de la industria y de la finanza; y más cerca de nosotros, los propietarios de las nuevas tecnologí­as y de las informaciones. De forma que a las viejas formas aún subsistentes se han añadido otras nuevas no menos coactivas que las ya experimentadas. Resulta difí­cil resolver, y sobre todo terminar, con el poder. La ciencia sociológica parece convalidar la tesis de que a sociedades en fuerte transformación corresponde el crecimiento del poder. Se advierte un paralelismo preocupante entre el progreso en extensión e intensidad del poder, por una parte, y el desarrollo de la innovación, por otra. En tal perspectiva, es legí­timo preguntarse si la cuestión del poder está necesariamente ligada a la cuestión del crecimiento. En todo caso la ví­a de salida no está en imaginar y querer un crecimiento cero, creyendo que con ello se lleva a cabo la desaparición del poder. Una sociedad semejante no es imaginable: ninguna sociedad puede funcionar sin un mí­nimo de organización, es decir, sin poder.

Es justamente la imposibilidad de eliminarlo y a la vez la fuerte carga de arbitrariedad y de ambigüedad ligada como por una especie de segunda naturaleza al poder en todas sus formas, viejas-y nuevas, lo que hace surgir serios problemas éticos relativos a la legitimación, a la finalización y al ejercicio del poder.

II. Mensaje bí­blico-teológico
¿Qué aportación se deriva del mensaje cristiano para comprender y orientar el fenómeno del poder, considerado en su unidad y en su múltiple articulación? Ante todo se puede observar que las enseñanzas más competentes no las dan los pasajes bí­blicos que se refieren directamente al fenómeno del poder, sino las relativas al reino y al señorí­o de Dios. En r la perspectiva del reino, que en Cristo alcanza su anuncio y ejecución definitivas, se comprende plenamente el proyecto de Dios sobre la humanidad en su origen, en su camino por la historia y en su destino último.

1. EL PODER EN LA SAGRADA ESCRITURA. a) El reino y las relaciones sociales humanas. El reino apuq;-, ciado e inaugurado por Jesús de Nazaret no ofrece espacio alguno al poder. El poder de Jesús respecto a los otros es el de ser sin poder; por eso su poder es un poder que salva y rescata, creando relaciones auténticamente nuevas con Dios, y, consiguientemente, entre los seres humanos.

El hombre nuevo que en Cristo se vislumbra es el hombre libre de toda coacción, transparente a los demás, obediente sin oposición interior porque su voluntad se identifica con la voluntad de Dios.

El reino es un novum respecto a la historia y está más allá de la historia, aunque en relación directa con la historia humana: el reino está ya presente pero no ha llegado aún en plenitud y en su realización definitiva. El hombre sin violencia, la comunidad sin poder ni coacciones, la libera’ tad, la fraternidad, la igualdad, todo eso no ha llegado aún. Mientras, en una espera activa, la vida personal y social se desarrolla en un mundo de coacciones, de violencia, de opacidad, que amenaza continuamente con falsear al hombre mismo e impide la comunicación en la verdad. Las realidades últimas están ya dadas, pero es todaví­a el momento de las realidades penúltimas, como enseña D. Bonhdffer.

El poder, cualquiera que sea el ámbito en el que se manifieste, pertenece a las realidades penúltimas, y como tal sólo se lo puede comprender en su sentido relativo y en su lí­mite radical. Entre el reino y el poder se establece una dialéctica análoga a la que Pablo describe entre el Espí­ritu y la ley. Cristo ha inaugurado el tiempo del Espí­ritu, del hombre que descubre en sí­ mismo bajo la acción de Dios lo que debe hacer; la ley (el poder) que lo gobierna está destinada a perecer. Por otra parte, el hombre no está todaví­a bajo el dominio del Espí­ritu, y por tanto tiene necesidad aún de la ley como tutor.

Del mismo modo el reino se sitúa en tensión con los reinos terrenos y con su poder, tentado siempre de oprimir; con sus rivalidades y con sus sistemas. Mas es ilusorio pensar que pueda existir una sociedad sin poder y que pueda ejercerse un poder sin coacción, es decir, sin que llegue al momento de la decisión antes de haber podido convencer. Todo esto es difí­cilmente compatible con el reino.

Por eso padres de la Iglesia como Juan Crisóstomo, teólogos como santo Tomás de Aquino, no vacilan en afirmar que el poder está ligado al pecado (al menos el poder en su aspecto de coacción); si no hubiera hombres pecadores, no habrí­a poder; mientras exista el pecado, será necesario el poder. Encontramos aquí­ la intuición de fondo de quienes ven en el poder en general, y en el poder polí­tico en particular, el lugar del mal (el poder demoní­aco) y rehúsan comprometerse. Colocados ante esta dificultad, muy frecuentemente los cristianos han buscado un pretexto para eludirla. Los cristianos de los primeros siglos estimaban que Dios habí­a confiado el imperio a los paganos; éstos ejercí­an así­ un servicio necesario, pero incompatible con el amor cristiano. La Iglesia del medievo consideraba indigno de su misión aplicar directamente sanciones y confiaba esta tarea al brazo secular, aunque cristiano.

Así­ pues, el poder como lugar del mal deberí­a releer la actitud de Cristo, reflexionar sobre las razones que le impulsan a experimentar una especie de miedo a la realeza y al poder. ¿Humildad? Hay un significado más profundo: Jesús elude toda situación de poder porque sabe que la relación de poder es exactamente lo contrario de la relación humana que él ha venido a revelar y a implantar.

En esta perspectiva podrí­amos preguntarnos si no existe una inconciliabilidad entre ser cristiano y ser ciudadano, si no se debe escoger necesariamente entre los dos términos. Sin embargo, debemos vivir ambas situaciones.

Por tanto, tensión entre los tiempos últimos ya iniciados y el tiempo intermedio; pero tensión fecunda: una sociedad sin poder serí­a una catástrofe; pero el poder que no recuerda continuamente su carácter provisorio y frágil, fácilmente se volverá opresivo. El cristiano, al asumir plenamente la realidad de este mundo, conocerá siempre la conciencia mala de los tiempos intermedios. Esa tensión hay que cultivarla; es la tensión que impide a cualquier poder absolutizarse, a toda lucha creerse sagrada, a todo sistema social creerse definitivo. El evangelio impide que toda autoridad y poder se consideren justos.

b) El poder. Nos limitamos a explicar algunas afirmaciones bí­blicas fundamentales relativas al poder, dando por supuesto tanto la exégesis precisa como la reflexión del pensamiento y de la praxis eclesial acerca del uso, o mejor abuso, de cada uno de los datos bí­blicos como instrumento de la conservación o del inmovilismo social.

El poder, entendido en sentido amplio como capacidad de hacer obrar, es una realidad solamente humana; no es divina ni necesariamente demoní­aca. La tesis constante de la tradición, bí­blicamente fundada, de la «derivación» y «participación» de Dios no coloca al poder y a la autoridad en el camino de su posible sacralización, sino, por el contrario, indica el camino del juicio de Dios sobre todo poder y autoridad.

Se debe en particular a la teologí­a de la secularización haber insistido en la desacralización y desmitificación de todo poder y autoridad humanos justamente partiendo de la Sagrada Escritura.

El poder no tiene más justificación o legitimación que la del servicio del hombre y para el hombre. «No hay autoridad sino de Dios»; y puesto que «Dios es amor», no existe poder legí­timo más que en el ámbito del amor. Cualquier otro caso es usurpación en el Estado, en la Iglesia, en la familia, en la empresa…

En cualquier sociedad, los miembros no están en absoluto al servicio de la autoridad, sino viceversa, los depositarios del poder están al servicio de la comunidad. La práctica cristiana se ha alejado con mucha frecuencia de la enseñanza evangélica; pero la referencia cristiana obligó a no perder nunca completamente de vista la paradoja evangélica del Señor, que se hizo servidor y del poder que intenta no ser dominación.

El poder/ autoridad es una categorí­a que pertenece a la dimensión de las realidades penúltimas; es una categorí­a destinada a pasar. El fin de todo poder existente es «perecer», volverse inútil.

2. ETICA Y PODER. El poder no tiene de por sí­ ni dirección ni fines bien precisos; tendrá los que le vengan de la conciencia. «El poder espera ser dirigido» (R. Guardini). La cuestión ética del poder consiste, pues, esencialmente en la cuestión de la finalidad del poder. Los fines, los objetivos, las metas (que pueden ser tan variados como los proyectos humanos) son el objeto y el término de valoración del problema del poder.

Estrechamente ligada al objetivo o fin está la cuestión de los medios que hay que escoger: la perversión de los medios implica una degeneración del fin. Las perspectivas o los horizontes del poder -no sólo el polí­tico- difí­cilmente aparecen conciliables con las razones de la ética; el poder tiende a la eficacia, y por eso. adopta la astucia, la coacción y la misma fuerza.

La razón humana, y más aún la razón que se mueve en el horizonte de la fe, partiendo de la dignidad del hombre y de la relacionalidad humana, sabrá indicar aquellas metas u objetivos que son los únicos que de algún modo pueden legitimar el ejercicio del póder. Entre ética y poder, la relación será siempre difí­cil, pero necesaria: puesto que el poder se refiere siempre al otro, corre el riesgo de ser perversión y puro dominio si no se mueve y no se cultiva un alto sentido de la dignidad humana, de la libertad y de los derechos humanos.

En la base de todo poder está la relación fundamental del mandato y de la obediencia. La decisión ante todo, como acto del poder, es lo que constituye el problema moral. Incluso al lí­der más democrático le llega el momento en el que debe pasar de la discusión a la decisión, renunciar a convencer y ejercer el derecho de tener la última palabra. Pues bien, el poder es justamente esto: la última palabra pronunciada sin la adhesión racional de todos; mas, por otra parte, es necesario afrontar este momento.

La problemática de la legitimación del poder ha encontrado la dirección significativa cuando ha abandonado la fundamentación del poder desde lo alto y ha enseñado y enseña que su única y exclusiva justificación está en ponerse al servicio del bien común, de acuerdo con una expresión tradicional del pensamiento cristiano; por tanto, una fundamentación desde «abajo». Desde el momento que el bien común está constituido por el reconocimiento y la promoción de los /derechos del hombre y de la convivencia, se puede decir que la /justicia es elemento moral determinante del poder.

El poder no es moralmente neutral, porque se ejerce siempre en un contexto humano, se refiere a los otros, los mueve y .los cambia, es decir, no puede existir sin ellos. En esta acción dinámica el poder puede violar o respetar los derechos denlos otros, aquellos derechos que son el objeto de la justicia. Por eso el poder recibe su primera determinación de la mayor o menor conformidad con las normas de ¡ajusticia.

III. Perspectivas para hoy
El mensaje cristiano en su dimensión escatológica, y por tanto última y definitiva, pone de manifiesto el fin del poder y la instauración de relaciones de plena y auténtica comunión de los seres humanos entre sí­ y con Dios.

El cristiano y las Iglesias están llamadas a verificar, es decir, a hacer verdadera la potencia de liberación en este mundo y en esta historia, no prescindiendo de la lógica y dinámica del poder, sino justamente en medio de las coacciones que el poder en sus múltiples expresiones y formas va poco a poco asumiendo. A la liberación del poder sólo se puede llegar a través de la liberación del poder.

El poder es un hecho que hay que tener en cuenta; de nada sirve limitarse a encontrar su explicación y los diversos mecanismos que lo regulan, aunque también esto es importante e ineludible para no caer en abstracciones y veleidades; ni tampoco es suficiente pronunciarse en pro o en contra, recorriendo el camino del anarquismo o de la justificación, aunque una y otro tienen buenas razones de ser para ponerlo sobre el tapete.

Lo que más importa es encontrar los caminos y los modos de plegar el poder a la causa del bien del hombre y de la humanidad y verificar sucesivamente si esto es posible, aunque difí­cil. La utopí­a de una sociedad «sin jefes» debe emplear toda su fuerza en hacer concebible el uso de los jefes para la realización de este designio.

Indicamos algunas perspectivas ordenadas a potenciar los aspectos creativos del poder, minimizando los aspectos opresivos, y ello a la luz al mismo tiempo del conocimiento de la realidad social y del mensaje cristiano.

I. DE LA CULTURA DEL PODER AL PODER DE LA CULTURA. Dar sentido al poder es una tarea que remite al tipo de hombre y de sociedad que se desea perseguir. No existe liberación alguna del poder más que a partir del hombre libre del poder, capaz de dominar la voluntad de dominio sobre los demás. ¿Será posible una conversión de la cultura de la omnipotencia, que lleve a pensar que el poder no tiene valor alguno si no se lo pone al servicio del valor que lo trasciende?
En nuestras sociedades la persona, un grupo social y un pueblo son valorados en virtud del poder que tienen; todo se busca en función de tener y aumentar el poder. Cada vez somos más conscientes de que quien tenga acceso a una mayor cuota de información tendrá de algún modo más poder, y por eso nos esforzamos en ese ámbito; ciencia y conocimiento son febrilmente cultivados en función del poder que otorgan. Queda en la sombra, si no del todo descuidado, el orden de los fines a los cuales el poder por definición deberí­a servir. Pues el poder únicamente puede encontrar sentido dentro de proyectos claros que tengan en el bien del hombre y de la convivencia humana su punto de partida y de llegada. Dice muy bien M. Novak: «Tecnologí­a, técnica y necesidad de eficiencia son cosas que llevaremos siempre con nosotros. Lo que es preciso condenar es la visión del hombre encarnada en los sí­mbolos del iluminismo, es la arrogancia de la nueva clase social que no discierne crí­ticamente sus finalidades, está ciega ante su fuerza destructora y se obstina en ignorar su falibilidad y sus lí­mites». E inmediatamente después plantea dramáticamente el problema de la finalidad del poder en la presente fase histórica: «Ni siquiera tenemos una vaga idea -y mucho menos una sí­ntesis intelectual- de cómo usar la ciencia, el conocimiento y la cultura al servicio de la supervivencia del hombre y de su destino» (Istruzione e potere, 146-147).

Si no queremos dar lugar a nuevas oligarquí­as, una sociedad compleja, articulada y especializada como ésta en que vivimos tiene necesidad de comprometerse a proyectar, de solidaridad y cooperación, de elecciones de í­ndole ética que regulen los nuevos poderes que están en manos del hombre. La cultura del poder debe convertirse al poder de la cultura. Con esto se quiere decir que todo poder es en sí­ mismo insensato, y que sólo encuentra su sentido a condición de saber referirse al primado de lo humano y de lo social, a cuyo servicio debe estar, y no a servirse de él.

En la perspectiva del paso de la cultura del poder (orden de los medios) al poder de la cultura (orden de los fines) tiene adecuado planteamiento también la cuestión de la conquista del poder. Además de una cuestión de modos y de instrumentos, es ésta también, más profundamente, una cuestión de fines y objetivos. En caso contrario todo se resuelve únicamente en un cambio de amos.

2. DEL MODELO DE LA OBEDIENCIA AL MODELO DE LA LIBERTAD. La liberación del poder pasa también a través de una concepción renovada de la obediencia. «Reconocer la invencible contingencia de toda figura del poder significa querer una obediencia que no sea ya sumisión infantil o servil. Es necesario entonces, más allá de la obediencia a la ley y de la sumisión al hombre, reconstruir la atención (ob-audire) que va al sentido de lo que se ha dicho en cuanto que esta palabra hace autoridad» (B. QUELQUEJEU, Ambiguitá e contingenza del potere, 48).

Uno de los lugares donde todo poder revela su rostro opresivo es la pretensión de la obediencia incondicionada (por desgracia, en la mayorí­a de los casos la ha conseguido también). Hay que reconocer que las grandes injusticias, el exceso del poder se han mantenido y se mantienen a través de la colaboración y obediencia de la mayorí­a.

Se puede comprobar que frente a las varias opresiones, el problema ético no está tanto en la elección entre violencia y no violencia; nace de la obediente complicidad de la mayorí­a. «Hemos de reconocer que se ha enseñado más a respetar la ley que a interrogar nuestra conciencia, y que el culto de la norma, del orden, del poder constituido, de la ideologí­a dominante nos ha llevado a ignorar de hecho el carácter absoluto de la conciencia» (Th. REY MERMET, Riscoperta della morale).

En ninguna época, y menos que en ninguna en la nuestra, la meta de la formación moral puede ser obtener personas sumisas y obedientes; y tampoco lo es lo contrario, a saber: obtener desobedientes y rebeldes. El fin de la formación moral es conseguir personas libres, que en diálogo y reciprocidad con las personas libres saben cuándo está bien obedecer y cuándo es obligado desobedecer.

El fin de toda meta educativa es formar personas capaces de vivir crí­ticamente en la sociedad, capaces de valorar su estar en el mundo, de ser personas que se construyen en libertad para la solidaridad y para la justicia, y por tanto capaces, justamente por obediencia a estos valores, de disentir y de objetar [/Participación].

3. DE LA DEMONIZACIí“N AL RECONOCIMIENTO DEL CONFLICTO. La liberación del poder pasa en gran medida a través del reconocimiento de la función positiva del conflicto en orden al cambio social.

Las instancias de cambio surgen de todas las partes del mundo, interesan a la socialidad del hombre en todos los niveles: hombre-mujer, grupo social, pueblo, mundo… Las diversas formas y figuras del poder se han opuesto siempre al cambio, porque el poder tiende por lógica propia a perpetuarse, con lo cual queda de manifiesto el alma represiva -casi connatural al poder constituido- de todo poder (machista, clasista…) y no sólo del polí­tico.

Pues bien, la posición frente al disenso, al conflicto, a la contestación representa un test significativo para verificar si el poder está realmente al servicio de los demás -y por tanto si es creativo, capaz de hacer viables los derechos ajenos- o bien al servicio de sí­ mismo y de los equilibrios logrados, y por tanto represivos de los equilibrios que hay que obtener.

En el pensamiento católico se tiende generalmente a demonizar el conflicto, se muestra resistencia a reconocer abiertamente la función positiva que asume la lucha en el cumplimiento de la justicia. Esto es comprensible en una concepción de la vida social estática y no dinámica, como se presenta en una concepción en la que el orden constituido está bastante identificado con el orden que hay que constituir. En otras palabras, el punto de referencia en tal concepción es una socialidad humana caracterizada por la cooperación y por la colaboración, y no ya por el conflicto y por la discordia. En esta pespectiva no se comprendió ni justificó suficientemente en su tiempo, la conflictividad entre patronos y trabajadores.

Sin embargo no se puede concluir que la tradición del pensamiento católico sea del todo homogénea, pues hay de hecho estudios en materia social y económica que dan mucha importancia a la lucha y al conflicto: piénsese en la teologí­a de la liberación.

A fin de conducir las relaciones sociales entre persona y persona, entre un grupo social y otro, entre pueblo y pueblo hacia niveles más altos de justicia, es necesario reconocerle al conflicto una función positiva y eficaz. El poder/ autoridad existe única y exclusivamente para el bien de los demás, es decir, para la promoción de la persona y de la convivencia humana; y en esta lucha por el reconocimiento de los derechos de todos en la igualdad sustancial y no sólo formal, hay necesidad de mayor conflicto, y ello no solamente frente a un régimen autoritario, como es obvio, sino también frente a un régimen democrático.

J. Maritain, justamente dentro de un Estado democrático, apela a las «minorí­as proféticas de choque» en favor de las minorí­as que están en condiciones de quedar siempre marginadas y oprimidas. Por eso se insiste en que son necesarios grupos de presión y otros modos no institucionales para obrar sobre la estructura de poder de la sociedad a fin de realizar ordenamientos más justos y libres.

Sin embargo, el momento conflictivo sólo será liberador si lo que se intenta es realmente el cambio y la innovación social, y no instalar nuevos amos en lugar de los precedentes.

[/ Derechos del hombre; / Justicia; / Objeción y disenso; / Participación; / Polí­tica; / Polí­tico; / Sistemas polí­ticos].

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L. Lorenzetti

Compagnoni, F. – Piana, G.- Privitera S., Nuevo diccionario de teologí­a moral, Paulinas, Madrid,1992

Fuente: Nuevo Diccionario de Teología Moral

1. Estado de la cuestión
Teológicamente la inteligencia del p. es importante por dos razones.

a) El p. pertenece a las más originarias ideas religiosas; la conciencia que la humanidad tiene de Dios es de ordinario conciencia del Dios poderoso; p. o poderoso es uno de los primeros atributos de -> Dios. Esto aparece también en la revelación de los dos Testamentos. La posibilidad y la realidad de la -> creación se fundan en la omnipotencia de Dios; la elección y el gobierno de Israel son entendidos como testimonio de esa omnipotencia en la historia (-> alianza); el mensaje de Jesús tiende al reino y señorí­o de Dios, a la representación consumada y al desarrollo de su omnipotencia. Por tanto, Jesús, como Cristo y Señor, es también sujeto del p. divino; y hasta el nuevo conocimiento de Dios, que es el amor, manifiesta a éste cabalmente como lo más auténtico e intimo del p. de Dios.

b) La recta relación con el p. es fundamental en la convivencia humana. La ciudadaní­a del cristiano en los cielos (Flp 3, 20), el saber que a Cristo como Señor le ha sido dado todo p. en el cielo y en la tierra (Mt 28, 18) y que, en su segunda venida, él erigirá y consumará el reino de Dios, no permiten que la existencia cristiana se diluya en un poseer, desear, aplicar el p. terreno y depender de él. La renuncia a la violencia y el sufrimiento de la violencia se preceptúan a los discí­pulos por la doctrina y el ejemplo de Jesús. Sin embargo, por mandato de Dios, el p. es ejercido en el tiempo del mundo para mantener el orden de la vida (Rom 13, 1). Y puesto que hemos de mirar este tiempo del mundo como el momento que Dios nos ha confiado, junto con él debe aceptarse y tomarse en serio el p. Es más, en ciertos casos el cristiano,guiado por un amor responsable de los otros, debe estar dispuesto a aceptar y ejercer el p.; pero también aquí­ ha de proceder teniendo como si no tuviera (1 Cor 7, 29ss).

2. Esencia del poder
a) Del p. se habla por lo general en el orden de la convivencia humana (-> sociedad, comunidad), pero también en la naturaleza y hasta en todos los órdenes del ser. Ser es la más originaria y la más universal forma de p.; lo que es, en cuanto es, es poderoso. Ser y p. coinciden. ¿Por qué entonces se habla en general del p. y no sólo del ser? El p. es simultáneamente una misma cosa con el ser y un crecimiento de éste; es un «plus» de ser, significado y apetecido por todo ente, por lo menos aquel misterioso «plus» consistente en que el ser de un ente no desaparezca ni se diluya cuando éste es considerado, interrogado, atacado. Está «aún» ahí­, se sostiene, permanece uno consigo mismo, permanece el mismo por encima de la diferencia del después y el antes; el hombre lo habí­a percibido y luego interrogado y acometido, pero resiste a su acción, se mantiene firme contra ella. Para que se pueda hablar de p., ha de intervenir una «diferencia», un posible «no» o un «de otro modo». La idea de p. no aflora en el tranquilo ensimismamiento del ser puro; para aparecer poderoso, el ser tiene que probar su unidad consigo mismo. P. es identificación del ser consigo mismo más allá de una diferencia, presencia del futuro del ser en su actualidad.

b) El p. ostenta tres grados o etapas. El grado más bajo, propio de todo ser del ente, que coincide con él mismo, acaba de ser considerado: p. como perduración del ser. La diferencia, frente a la cual se mantiene aquí­ el ser, es exterior a él: El ser es puesto desde fuera en tela de juicio y se mantiene el mismo. En el segundo grado, la diferencia entra en el ser del ente mismo: P. como tin activo mantenerse el ser a sí­ mismo. Ese grado se da cuando el ser del ente sale de éste mismo; cuando desde éste mismo, desde su actualidad, se decide su forma futura. Tal p. sólo se da cuando el ser está «en sí­ mismo»; éste alcanza aquí­ la altura de la propia determinación; es capacidad y potencia, es -> libertad. Pero el ser únicamente se halla consumado en su grado más alto y propio, cuando no sólo se posee a sí­ mismo, con su propia forma, sino que puede también lo otro, de manera que este otro es por ello, y el ser mismo se mantiene en lo otro y permanece uno consigo mismo: p. no sólo como perduración, no sólo como mantenerse a sí­ mismo, sino como un originar. Este p. suprime, a la verdad, en sí­ mismo la diferencia de actualidad y futuro, es p. productor, creador, p. del ser mismo, en virtud del cual es todo y es lo que es, en virtud del cual todo puede ser (pasivamente); ese p. es, por tanto, omnipotencia.

c) Todo ente supone la omnipotencia que lo hace ser, que lo decide en el ser. Esta, consiguientemente, no puede ser ella misma un ente; sin embargo, para ser poderosa, debe llevar en sí­, absolutamente, superándolos, los tres grados del p.; hay que pensar la omnipotencia como el origen absoluto, que se posee a sí­ mismo y que libremente se decide por su otro. Al hacer este origen que sea su otro, le concede a la vez una participación en su p., lo capacita para que perdure en el ser, para que libremente se mantenga a sí­ mismo en el ser y para la acción creadora superándose a sí­ mismo. Que el ente finito pueda salir libremente de sí­ mismo hacia su otro, sólo es posible en la coexistencia; aquí­ tiene el p., dentro de la creación, su propio y más alto lugar. Así­ el p. coincide esencialmente con el -> amor: también aquél es la unidad consigo mismo en la concesión de ser y libertad al otro.

3. Poder polí­tico y social
Es la voluntad de individuos o grupos que ejerce influencia determinante sobre la coexistencia de varios dentro de un espacio vital común o de estructuras de orden. Tal voluntad no es ya poderosa por querer, sino porque impone hacia afuera lo que quiere. Este «afuera» es el espacio vital común, en que varios realizan su existencia, su «-> mundo», y es a la vez su voluntad, por la que se realizan a sí­ mismos en su mundo. Si la voluntad poderosa obra sobre la voluntad de los otros, que libremente asienten, en los órdenes de cosas comunes, el p. cobra la forma de autoridad; si obra inmediatamente sobre el «afuera» objetivo, y fija a la fuerza desde fuera el mundo de los otros, tiene la forma de violencia. La posibilidad de la violencia forma parte del p.; pero éste es tanto más poderoso cuanto menos violencia haya de aplicarse, cuanto más el p. sea tal desde dentro y no sólo por medios adicionales.

A decir verdad, la violencia no puede eliminarse completamente en el orden real del mundo. En principio está dada – en el sentido más lato – por la existencia corpórea en general. Siendo una en la determinación con el mundo y con la voluntad de los otros que asienten y reconocen, la voluntad poderosa debe ser a la vez una consigo misma. Para esto se requiere que lo querido por ella deba ser y que su acción deba ser, es decir, el p. debe ser bueno y mantenerse en el -> derecho. La -> voluntad finita no subsiste sola y en sí­ misma; por eso debe ser responsable y, por ende, buena; debe ser autorizada, y, por tanto, estar en el derecho; así­ el p. pasa a ser autoridad.

El fin propio del p. es dominio del bien y del derecho en forma de -> bien común. De donde se sigue que p. es armoní­a de la voluntad con el mundo por la voluntad, horizontalmente como armoní­a con las otras voluntades coexistentes en las formas determinantes del mundo común; verticalmente, como armoní­a con la medida del bien y del derecho; en una palabra, p. es ordenación eficaz de la coexistencia humana como ser en el mundo.

4. Poder e impotencia
P. es perdurar, conservarse a sí­ mismo y producir creativamente. Las dimensiones evidentemente simultáneas en la omnipotencia se disocian en la finitud. Al quererse a sí­ mismo, el p. quiere su otro. El paso a lo otro, a la aceptación del otro querer y a la aceptación incondicional del querer creador divino, exige de la voluntad finita, que no es poderosa por sí­ misma, un dejarse y abandonarse a sí­ misma, una mediación de sí­ misma a través de la forma de la impotencia, que pone en tela de juicio el propio p. De ahí­ la tentación propia del p. finito de fijarse en sí­ mismo, de cerrarse, por la apariencia del propio p., frente a la competencia del otro p. finito y frente a la exigencia del p. absoluto.

La redención del p. es la cruz: el amor incondicional acepta en la muerte de Jesús la renuncia a sí­ mismo en aras de la voluntad del Padre, hecha por los muchos, para ser confirmado por el padre y revelarse en la resurrección como p. absoluto del Hijo.

Mas en la cruz del p. entra para el cristiano la disposición no sólo a la entrega de sí­ mismo, sino también a aceptar el p. en sus peligrosas condiciones humanas, si bien con el fin también de verse desasido en la aceptación y así­ valer únicamente desde Dios.

Sobre los problemas del p. en sus formas concretas, cf. -> sociedad, -> autoridad, ->Estado, -> Iglesia y Estado, -> ley, -> derecho, -> totalitarismo, revolución, -> polí­tica, B.

BIBLIOGRAFíA: H. Plessner, Macht und menschliche Natur. Versuch zur Anthropologie der geschichtlichen Weltansicht (B 1931); E. Brunner, Das Gebot und die Ordnungen (T 1932) 433 ss; W. Foerster, & ouala: ThW II 559-572; B. Russell, Power. A New Social Introduction to its Study (Lo – NY 1938); E. Brunner, Die Machtfrage (Z 1938); G. Ritter, Dämonie der Macht. Betrachtungen über Geschichte und Wesen des Machtproblems im politischen Denken der Neuzeit (1940, Mn 61948); R. M. Mclver, The Web of Government (Lo 1947); A. Pose, Philosophie du pouvoir (P 1948); B. de Jouvenel, La soberaní­a ( Rialp Ma 1963); M. Lanceros, La autoridad civil en Francisco Suárez (1 de E Pol Ma 1949); C. W. Mills, La élite del poder (F de C Económica Méx 31963); H. J. Morgenthau, La lucha por el poder y por la paz (Sudam. B Aires); K. Mannheim, Freedom, Power and Democratic Planning (Lo 1951); R. Guardini, El poder (Guad Ma); idem, El hombre incompleto y el poder (Guad Ma); R. Schneider, Wesen und Verwaltung der Macht (Wie 1954); P. Tillich, Love, Power and Justice (Lo 1954); idem, Die Philosophie der Macht (B 1956); Thielicke 1I/2 186-288 (Ethik des Politischen); H. Asmussen, Über die Macht (St 1960); Rahner IV 495 ss (Teologí­a del poder); R. Hauser: HThG II 98-111; J. Habermas, Zur Logik der Sozialwissenschaften: PhR 14 (1967) 1-195 (fase. 5); J. B. Metz, Teologí­a del mundo (Sí­g Sal 1970); J. M. Collado, Introducción al estudio del poder del estado (Unam Méx 1965); H. S. Kariel, A la búsqueda del poder (Troquel B Aires 1967); K. Kautsky, El camino del poder (Grijalbo Méx 1968); B. Weite, Esencia y recto uso del poder (Taurus Ma 1968); A. M. Rose, Estructura del poder (Paidós B Aires 1970); R. S. Abelenda, La teorí­a del poder en el pensamiento polí­tico de Juan Donoso Cortés (Eudeba B Aires 1969); R. M.†¢ de Bablin, La concreción del poder polí­tico (Pampl 1964).

Klaus Hemmerle

K. Rahner (ed.), Sacramentum Mundi. Enciclopedia Teolσgica, Herder, Barcelona 1972

Fuente: Sacramentum Mundi Enciclopedia Teológica

koaj (j’Ko , 3581), «fortaleza; poder; fuerza; capacidad; aptitud». Esta palabra hebrea se usa en hebreo bí­blico, rabí­nico y moderno con poco cambio de significado. La raí­z es incierta en hebreo, aunque el verbo se encuentra en arábigo (wakaha, «derribar» y kwj, «derrotar»). Koaj, que se encuentra 124 veces, es un término poético usado con mayor frecuencia en la literatura poética y profética. El significado básico de koaj es la capacidad de hacer algo. La «fuerza» de Sansón radicaba en su cabellera (Jdg 16:5) y no debemos olvidar que esta «fuerza» la demostró al enfrentarse con los filisteos. Las naciones y los reyes ejercen sus «poderes» (Jos 17:17; Dan 8:24). Se puede decir que un campo tiene koaj porque tiene o no «poderes» vitales para producir la cosecha: «Cuando trabajes la tierra, ella no te volverá a dar su fuerza [es decir, cosecha]» (Gen 4:12 rva: primer caso del término). Se reconoce en el Antiguo Testamento que con comer se adquieren «fuerzas» (1Sa 28:22), mientras que uno pierde sus «capacidades» cuando ayuna (1Sa 28:20): «Se levantó, comió y bebió. Luego, con las fuerzas de aquella comida, caminó cuarenta dí­as y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios» (1Ki 19:8 rva). La definición anterior de koaj encaja muy bien en la descripción de Daniel y sus amigos: «Jóvenes en quienes no hubiese ningún defecto, bien parecidos, instruidos en toda sabidurí­a, dotados de conocimiento, poseedores del saber y capaces para servir en el palacio del rey; y que les enseñase la escritura y la lengua de los caldeos» (Dan 1:4 rva). La «capacidad» a la que se refiere aquí­ no es fí­sica sino mental. Eran talentosos porque tuvieron la perspicacia intelectual de aprender los conocimientos de los babilonios, con lo que se ganaron la oportunidad de capacitarse para ser consejeros del rey. La «fortaleza» interna se manifiesta más durante las dificultades y frustraciones. El siguiente proverbio demuestra esta enseñanza tan importante: «Si desmayas en el dí­a de la dificultad, también tu fuerza se reducirá» (Pro 24:10 rva). Un uso especial de koaj tiene que ver con «propiedad». Las «capacidades» innatas, el desarrollo de dones especiales y las manifestaciones de «fortaleza» a menudo conducen a la prosperidad y a las riquezas. Los que regresaron del cautiverio dieron voluntariamente de sus riquezas (koaj) para construir el templo del Señor (Esd 2.69). Hay un proverbio que advierte contra el adulterio porque las «fuerzas» y las riquezas pueden tomarlas otros: «Para que no sacies con tu fuerza a gente extraña, ni vayan a dar en casa ajena tus esfuerzos» (Pro 5:10 nvi). En el Antiguo Testamento, Dios demostró su «poder» a Israel. El lenguaje del «poder» divino es altamente metafórico. La mano derecha de Dios manifiesta gloriosamente su «poder» (Exo 15:6). Su voz es «potente»: «Voz de Jehová con potencia; voz de Jehová con gloria» (Psa 29:4). Liberó a Israel de Egipto con «poder» (Exo 32:11) y los condujo a través del Mar Rojo (Exo 15:6; cf. Num 14:13). Defendiendo los derechos del pobre y necesitado (Isa 50:2), Dios conduce a los israelitas, un pueblo necesitado, con poder a la tierra prometida: «El poder de sus obras manifestó a su pueblo, al darle la heredad de las naciones» (Psa 111:6). Aunque se deleita en ayudar a su pueblo, Dios no tolera la autosuficiencia en los seres humanos. Isaí­as reprendió la arrogancia del rey de Asiria cuando se jactaba de sus victorias militares (Isa 10:12-14), observando que el hacha (Asiria) no debe jactarse de la mano del que la utiliza (Dios; v. 15). De la misma manera, Dios advirtió a su pueblo sobre el orgullo cuando tomaron la tierra de Canaán: «No sea que digas en tu corazón: Mi fuerza y el poder de mi mano me han traí­do esta prosperidad. Al contrario, acuérdate de Jehovah tu Dios. El es el que te da poder para hacer riquezas, con el fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este dí­a» (Deu 8:17-18 rva). El creyente tiene que aprender a depender de Dios y a confiar en El: «Este es el mensaje del Señor para Zorobabel: «No depende del ejército, ni de la fuerza, sino de mi Espí­ritu, dice el Señor todopoderoso»» (Zec 4:6 lvp). En la Septuaginta encontramos las siguientes traducciones del término: isjus («fuerza; poder; fortaleza») y dunamis («poder; fuerza; fortaleza; habilidad; capacidad»).

Fuente: Diccionario Vine Antiguo Testamento

En todas las religiones es el poder un atributo esencial de la divinidad. La fe cristiana formula así­ el primer artí­culo de la revelación bí­blica: «Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra.» Esta fórmula indica tres aspectos de la omnipotencia del verdadero Dios: es universal, pues Dios creó todas las cosas (Gén 1,1; Jn 1,3); es amante, pues Dios es el Padre que está en los cielos (Mt 6, 9); es misteriosa, pues sólo la fe puede discernirla en sus manifestaciones a veces desconcertantes y abrirse a su acción salvadora (lCor 1,18; 2Cor 12,9s). La omnipotencia se despliega en la historia de la salvación.

I. EL PODER DE YAHVEH, DIOS DE ISRAEL. 1. Dios manifiesta su omnipotencia por sus intervenciones acá en la tierra. En los relatos concernientes a la vida de los patriarcas, este poder se ejerce soberanamente: a Dios nada le es imposible (Gén 18,14); en todas partes puede proteger a sus elegidos y realizar en su favor lo que quiera (Gén 12,2s; 28, 13ss). Con este Dios todopoderoso debe luchar Jacob; al final de la lucha lo bendice Dios y le da el nombre de *Israel (Gén 32,27-30), el nombre que llevará el pueblo escogido, como uñ voto » ¡ Muéstrese fuer-te Dios!» En efecto, la fuerza de Israel reside en la invocación y en el auxilio del Dios que lo ha escogido (Sal 20,2.8ss; 44,5-9; I05,3s; 124,8), que es «el poderoso de Jacob» (Gén 49,24; Is 1,24; 49,26; 60,16; Sal 132,2). Este Dios, con su mano fuerte (Ex 3,19) y su «brazo extendido (Dt 4,34), *libera a su pueblo en la gesta del *Exodo; con esta liberación sin precedente, Yahveh, Dios de Israel, se revela como único Todopoderoso en el cielo y en la tierra (Dt 4,32-39).

Yahveh, jefe de los ejércitos de Israel (Ex 12,41), es un guerrero que da a su pueblo la *victoria; tal es el sentido primario de su nombre Sabaot (Sal 24,8ss; Ex 15,2ss; ISa 17,45; 2Sa 5,10; Am 5,14s); por medio del *arca asegura el Todo-poderoso su presencia a su pueblo (2Sa 6,2; Sal 132,8).

2. A veces interviene Yahveh haciendo fuerte a su pueblo (Dt 8,17s) y a sus jefes: jueces como Gedeón (Jue 6,12ss), reyes como David (2Sa 7,9; 22,30ss; ISa 2,10). Los Macabeos contarán con esa fuerza que viene de Dios y que hace invencibles (lMac 3,18s; 2Mac 8,18). Otras veces Dios, a petición de su pueblo, interviene en tal forma que el pueblo no tiene nada que hacer (2Re 19,35; 2Par 20,15ss.24). Las dos formas de intervención se reúnen en la batalla de Gabaón, bajo Josué (Jos 10,8-11).

De todos modos Yahveh es la *fuerza de su pueblo; los Salmos lo cantan en sus alabanzas (Sal 144, Is; 28,7s: 46,2; 68,34ss) o en sus demandas de auxilio (Sal 29,11). Israel no puede menos de verse salvo, puesto que esta fuerza es la del Dios que ama a Israel (Sal 59,17s; 86,15ss) y que «hace todo lo que quiere» (Sal 115,3; Is 46,10).

II. EL PODER DEL CREADOR Y DEL HOMBRE, SU IMAGEN. 1. Si el Dios de Israel es todopoderoso en el cielo y en la tierra, es que los ha hecho (Gén 2,4); nada le es, pues, imposible (Jer 32,17) y él dispone a su voluntad de su *obra (Jer 27,5), *creada por su palabra y su soplo (Sal 33,6.9; Gén 1). El da al universo su estabilidad (Sal 119,90) y do-mina las fuerzas que podrí­an alterar su orden. como el *mar en furia (Sal 65,8; 89,10s); pero si ha establecido este orden (Job 28,25s; Prov 8,27ss; Eclo 43), lo modifica como le agrada: hace que dancen o se derritan las *montañas (Sal 114. 4; 144,5), cambia el *desierto en manantial y pone en seco el mar (Sal 107,33ss; Is 50,2). A su mirada todo tiembla (Eclo 16,18s).

2. El Poder de Dios se manifestó, pues, en su creación (Sal 19,2; 104; Sab 13,4; Rom 1,20); y actúa en favor de los que tienen una *fe perfecta en ella. Por eso Abraham cree que el que llama la nada a la existencia puede resucitar a los muertos (Rom 4,16-21; Heb 11,19); por eso también Dios le otorga ser padre (le la multitud sin número de los creyentes (Gén 22,16ss). Tal es también el caso de Judit, por cuya mano el todopoderoso se revela dueño del cielo y de la tierra (Jdt 9,12ss; 16, 1-17), porque ella ha dado a Israel el ejemplo de una confianza y de una sumisión incondicional (8,11-27; 13, 19).

¿Cómo no confiar en aquel cuya palabra lo puede todo (Est 4,17; Sab 18,15), que inclina como le place los corazones (Prov 21,1) y de cuya mano nadie puede escapar (Tob 13,2; Sab 11,17; 16,15)? Este poder es infinitamente sabio en su obra de creación y de gobierno del mundo (Sab 7,21.25; 8,1); pero de esta *sabidurí­a infinita y del trueno de su poder, la creación sólo deja oir un débil eco (Job 26,7-14); eco suficiente, sin embargo, para que, aun en la prueba más pesada, el justo no se escandalice, sino se abandone al todopoderoso en adoración silenciosa (Job 38,1-42,6).

El hombre que tiene fe en Dios se convierte en colaborador del todopoderoso, del que no es sólo criatura, sino también *imagen (Gén 1, 26ss). Lo muestra en particular por el dominio que ejerce sobre la tierra y los animales (Eclo 17,2ss). Lejos de *temer a los poderes de la naturaleza, debe enseñorearse de ellos; y esto lo puede hacer si se mantiene sumiso a su creador con una humildad confiada. Ahora bien, Adán, aspirando a la independencia, cometió el pecado fundamental y desconoció el misterio de la omnipotencia amorosa de Dios (Gén 2,17; 3.5; Rom 1,20s); como consecuencia perdió su poder sobre el mundo (Gén 3,17s).

III. Los PODERES MALIGNOS QUE ESCLAVIZAN AL HOMBRE. El comienzo del Génesis pone en claro los efectos de la voluntad de poder que yergue al hombre contra Dios. Caí­n usa de su fuerza para matar a su hermano, y Lamec se venga sin medida (Gén 4,8.23s); la violencia llena la tierra (6,11). El pecado colectivo de *Babel es de la misma naturaleza que el pecado de .Adán; los hombres quieren alcanzar el cielo por su propio poder. Dios expresa su pretensión, no sin ironí­a: «Nada les será imposible» (11,4ss). Esta pretensión lleva al hombre a un doble esclavizamiento. Los poderosos esclavizan a los débiles; ellos mismos se esclavizan sometiéndose a poderes malignos, a los demonios.

1. En efecto, la opresión del hombre por el hombre aparece tan pronto como los poderosos olvidan que su poder les viene de Dios (Rom 13, 1; lPe 2,13; Jn 19,11) y que deben respetar en todo hombre a la imagen del todopoderoso (Gén 9,6). El Faraón que no reconoce a Yahveh pretende mantener a su pueblo en esclavitud e imponerle normas de trabajo cada vez más duras (Ex 5,2.6-18). Los tiranos que pretenden señorear en el cielo e igualar a Dios, pretenden también subyugar a las naciones (Is 14.12ss). Los *soberbios abusan de su poder ejerciendo violencias que los profetas denuncian tanto en Israel como entre los paganos (Am 1,3-2,7). El hecho de que Yahveh se sirva de las *naciones paganas para castigar a su pueblo no excusa su injusta violencia (Is 47,6): todaví­a más culpables son los que tienen el poder en Israel y abusan de él para estrujar a las pobres gentes a las ‘que se niegan a hacer justicia (Es 3,14s; 10,1s; Miq 3,9ss; Sal 58,2s). Acuérdense los poderosos de aquel que los «juzgará poderosamente». El es el Señor de todos y quiere que amen la *justicia» (Sab 1,1; 6,3-8).

2. Por lo demás, los que desconocen al todopoderoso que los ha creado, honran a dioses que ellos mismos se fabrican y que no pueden menos de ser impotentes; profetas y sabios se mofan a porfí­a de los *í­dolos y de su impotencia (Is 44,17ss; Jer 10,3ss; Sal 115,4-7; Dan 14,3-27; Sab 13, 10-19). Los paganos, honrando a los *astros o a las diversas criaturas de las que se fabrican imágenes, tratan de conciliarse las fuerzas naturales a las que divinizan, y desconocen al Señor que es su autor (Sab 13,1-8). Ahora bien, tras estos falsos dioses de las naciones se ocultan poderes *demoní­acos (Sal 106,36s; Dt 32,17; 1Cor 8,4; 10,19). El diablo, después de haber inducido al hombre. a pecar (Gén 3,5; Sab 2,24), trata de hacerse adorar bajo diversas máscaras seduciendo al hombre por medio del poder que Dios le deja por algún tiempo (2Tes 2,9; Ap 12,2-8; cf. Mt 4,8s). Su poder actúa en los que resisten a Dios (Ef 2,2); es un poder de *muerte, y por el temor de la muerte es como esclaviza a los hombres (Heb 2,14s).

Frente a los falsos dioses el nombre de Yahveh Sabaot cobra un sentido nuevo; el verdadero `Dios es el Dios de los ejércitos, es decir, de todos los poderes del universo, ejércitos de los astros (Is 40.26: Sal 147,4) y ejércitos de los *ángeles (Sal 103,20s; 148,2; Lc 2,13s). Este Dios va a intervenir para liberar a los hombres.

IV. EL PODER DEL SALVADOR Y DE SU SIERVO. 1. Cómo el todopoderoso pone fin a la *esclavitud social de los débiles y a la servidumbre espiritual de los pecadores, es lo que revela ya el Exodo, *liberación que es el tipo de todas las otras, y cuyo recuerdo guarda para siempre la pascua en Israel (Ex 13,3). La resistencia del faraón opresor es para Yahveh la ocasión de mostrar mejor su poder a toda la tierra con nuevos prodigios (Ex 9,14s). En cuanto al instrumento de estos prodigios y de la liberación de Israel, es éste un hombre consciente de su flaqueza, el más *humilde de los hombres, *Moisés (Ex 4,10-13; Núm 12,3), del que Dios hace un profeta sin segundo (Dt 34,10ss).

También el pueblo liberado resiste a su libertador; Dios *castiga a los que no han creí­do en su poder a pesar de tantos prodigios; morirán en el desierto después de haber permanecido en él cuarenta años (Núm 14,22s). Pero Dios, a petición de Moisés, no destruye a este pueblo rebelde, no sea que los paganos duden de su poder (Núm 14,16), o por lo menos de la salvación que dicho poder aporta (Ex 32,12); por eso la desarrolla *perdonando (Núm 14,17ss; cf. colecta del x domingo después de pentecostés).

2. Las ví­as del Señor son las mismas a lo largo de la historia; para realizar su designio suscita los poderes de este mundo. Cuando quiere castigar a su pueblo con el exilio, Nabucodonosor es su servidor (Jer 25, 9); y cuando termina la prueba, recibe Ciro de él su poder universal para ordenar el retorno a Sión (Is 44,28-45,4; 2Par 36,22s); este nuevo *éxodo es obra del todopoderoso que da nuevas fuerzas a los que esperan en él (Is 40,10s.29ss).

Por su *Espí­ritu, fuerza divina que los profetas oponen a la debilidad del hombre que es «*carne» (Is 31, 3; Zac 4,6), o por su *palabra siempre eficaz (Is 55,11) hace Dios fuertes a los humildes instrumentos que ha escogido. *David, el pastor, lleno del Espí­ritu por la unción regia (lSa 16,13), libera a Israel de todos sus enemigos (2Sa 7,8-11); de su raza nacerá el *Mesí­as, cuyo nombre será «Dios fuerte», en quien reposará el Espí­ritu de Dios (Is 9,5s; 11,1s) y que tendrá a Dios por Padre (2Sa 7,14; Sal 89,27ss). Jeremí­as, aunque inepto para hablar, proclama con fuerza invencible las palabras que la mano de Dios pone en su boca (Jer 1,6-10.18s). El mismo pueblo de Israel, cuya esperanza parece haber perecido con el exilio, será *resucitado por el Espí­ritu de Dios (Ez 37, 11-14). Yahveh, salvando a este pueblo al que despreciaban las naciones y que era esclavo de los tiranos, pueblo que es su servidor y cuya fuerza él es (Is 49,3-7), frente a los *í­dolos impotentes para salvar, se revela como salvador único y todopoderoso, al que todas las naciones deben adorar (Is 45, 14s.20-24).

3. Dios quiere salvar del pecado a todas las naciones; este designio de salvación lo realiza el brazo de Yahveh por medio de un misterioso *siervo, que muere abrumado de sufrimiento y de desprecio (Is 53), pero de cuya muerte el poder divino hace salir la vida de las multitudes justificadas; es un poder de resurrección. Como la *muerte es secuela del pecado, Dios librará de la muerte a los que libra del pecado. El justo resucitará para una vida eterna; tal es la enseñanza de los sabios en un momento en que los justos deben morir por su fe (Dan 12,2s); la esperanza de ser resucitados por el poder de su Creador hace fuertes a los perseguidos (2Mac 7,9.14.23). En el tiempo fijado tendrá fin el poder de los opresores; entonces el pueblo de los santos compartirá el dominio eterno que se dará al *Hijo del hombre que vendrá sobre las nubes (Dan 7,12ss.18.27).

4. Al final de la antigua alianza un sabio, meditando sobre la historia de la salvación, traza así­ el retrato del todopoderoso que la dirige : ama todo lo que ha creado (Sab 11,24ss); justo y lleno de misericordia, deja lugar al arrepentimiento y lo suscita (11,23; 12,2.10-18); protege a los justos y les dará la vida eterna, pues están en su mano y él es su Padre (2,16ss; 3,1; 5,15s; cf. Mt 22,29-32). Sin embargo, los deja morir’ a los ojos de los insensatos, poniendo así­ a prueba su esperanza a fin de que su corona sea la recompensa de su holocausto (Sab 3,2-9).

V. EL PODER DEL ESPíRITU EN LOS QUE CREEN EN CRISTO. 1. En efecto, un holocausto va a sellar la nueva alianza, el de Jesús, en quien el todopoderoso se revela plenamente y por quien lleva a término su obra. Jesús es la palabra todopoderosa que viene a hacerse carne en el seno de una humilde virgen (Lc 1,27.48s; Jn 1,14; Heb 1,2s); esta venida es obra del Espí­ritu Santo, fuerza del Altí­simo, al que nada es imposible (Lc 1,35ss; Mt 1,20). Jesús, Hijo del hombre, es *ungido de Espí­ritu y de poder (Act 10,38). El Espí­ritu reposa sobre él y le es dado sin medida (Lc 3,22 p; Jn 1,32ss; 3,34s; cf. Is 11,2; 42,1; 61,1). Jesús manifiesta su poder con *milagros que le acreditan (Act 2,22) y que prueban no sólo que Dios está con él (Jn 3,2; 9,33) y que él es el enviado del Padre (5, 36), sino también que es «Dios con nosotros» (Mt 1,23).

2. Ahora bien, lejos de ejercer su poder para su propia *gloria según las ideas de un mesianismo temporal (Mt 4,3-7; Jn 8,50), Jesús no busca sino la gloria de su Padre y el cumplimiento de su voluntad (Jn 5,30; 17, 4). Esta *humildad es la fuente de sus poderes. La creación le está sometida (Mt 8,27 p; 14,19ss p); cura a los enfermos y resucita a los muertos (Mt 4,23s p; 9,25 p); perdona los pecados (Mt 9,6ss. p) y, con el Espí­ritu de Dios, expulsa a los demonios (Mt 12,28 p). Afirma su poder de dar la vida y de volver a tomarla (Jn 10,18), es decir, de sacrificarse libremente en la cruz y de resucitar. Finalmente, anuncia su venida el último dí­a para ejercer su poder de juez soberano (Mc 13,26 p; Jn 5,21-29). «Veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder y venir sobre las nubes del cielo» (Mt 26,64 p). Esta afirmación se hace ante el sanedrí­n a la hora en que parece triunfar el poder de las ti-nieblas (Lc 22,53).

Pero Jesús, como él mismo lo habí­a dicho, «una vez elevado» manifiesta quién es (Jn 8,28) y cuál es su poder: destrona a las potencias (Col 2,15) al mismo tiempo que al prí­ncipe de este *mundo y atrae todo a sí­ (Jn 12,31s). Para esto enví­a a sus *discí­pulos a testimoniar que tiene todo poder en el cielo y en la tierra y a someter a todas las naciones, por la fe y la obediencia, a su reinado espiritual (Mt 28,18ss). Para que cumplan esta misión no sólo confirmará su predicación con milagros (Mc 16,20), sino que «estará siempre con ellos hasta el fin de los tiempos». Estará con ellos por su Espí­ritu, fuerza de lo alto, cuyo enví­o les promete (Le 24,49; Act 1,8).

3. El Espí­ritu que llena a los *apóstoles el dí­a de pentecostés (Act 2,4) es un don que les hace Cristo resucitado y que manifiesta su poder de salvador (Act 2,32-36; 4,7-12). Los apóstoles, una vez que su palabra poderosa ha convertido los corazones (Act 2,37.43; 4,4.33), ejercen su poder de perdonar los pecados (Jn 20,21ss) y de dar el Espí­ritu (Act 8, 17). La expansión de la Iglesia con-firma ‘la promesa de Jesús a sus discí­pulos: hacen *obras más grandes que las suyas y obtienen del Padre todo lo que le piden en *nombre de su Hijo (Jn 14,12ss; 16,23s). La fe. en efecto, da omnipotencia a la *oración (Mc 9,23; 10,27; 11,22ss).

Pablo hace eco a Jesús enseñando que por la *fe se abre el hombre al poder de salvación que es el *evangelio (Rom 1,16). De la fe viene el «*conocer a Cristo y el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos» (Flp 3,9s). Jesús crucificado salva a los creyentes; para ellos es poder de Dios (ICor 1,18. 23s); porque la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres, y su poder se despliega en la debilidad de sus testigos (ICor 1,25; 2Cor 12, 9); cuando éstos son entregados a la muerte a causa de Jesús, la vida de Jesús se manifiesta en ellos (2Cor 4, 10ss), que han creí­do en el poder de Dios que resucitó a Cristo (Col 2, 12; 2Cor 13,4); son poderosamente fortificados por su Espí­ritu (Ef 3,16), que hace que su palabra sea la pa-labra de Dios y tenga su poder (1 Tes 1,5; 2,13); en ellos obra la in-conmensurable grandeza del poder divino que rebasa toda petición y todo pensamiento (2Cor 4,7; Ef 1, 19ss; 3,20).

4. Este mismo poder los guarda para la salvación que se revelará en los últimos tiempos (IPe 1,5). Dios hace inquebrantables a los que se humillan bajo su mano todopoderosa y que, por la fe, resisten al diablo (lPe 5,5-10). Los incrédulos, por el contrario, serán seducidos por aquéllos cuyo poder viene del diablo (2Tes 2, 9-12; Ap 13,2-7) y a los que el Señor destruirá con el soplo de su boca el *dí­a de su advenimiento (2Tes 2,8). En este dí­a será destruida la *muerte, así­ como todo poder ene-migo (ICor 15,24ss); Dios, por su poder resucitará los *cuerpos de aquefrüs en quienes habita su Espí­ritu (lCor 6,14; Rom 8,11); él será todo en todos (lCor 15,28). En el Apocalipsis se oye a los elegidos cantar al Señor Dios, al todopoderoso (gr. pantokratór), cuyo trono comparte el *cordero, y que va a hacer un universo nuevo «donde ya no habrá *mar», es decir, poder de des-orden (Ap 21,1.5): «Â¡Aleluya!, por-que ha establecido su *reino el Señor, Dios todopoderoso» (Ap 19,6). Reino de *amor, pues este todopoderoso es el Padre de «el que nos ama y nos ha librado de los pecados por su sangre. A él gloria y poder por los siglos de los siglos» (Ap 1, 5s).

-> Autoridad – Brazo – Espí­ritu de Dios – Fuerza – Milagro – Obra – Soberbia.

LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teologí­a Bí­blica, Herder, Barcelona, 2001

Fuente: Vocabulario de las Epístolas Paulinas

I. En el Antiguo Testamento

Diversas palabras heb. se traducen “poder”; las principales son ḥayil, kōaḥ y ˓ōz. El verdadero poder, la capacidad para ejercer autoridad en forma efectiva, pertenece sólo a Dios (Sal. 62.11). El poder de Dios se ve en la creación (Sal. 148.5) y en el mantenimiento del mundo (Sal. 65.5–8). Parte de su autoridad ha sido delegada en el hombre (Gn. 1.26–28; Sal. 8.5–8; 115.16), pero Dios interviene activamente en muchas ocasiones, evidenciando su poder en hechos milagrosos de liberación. Con “mano fuerte y brazo extendido” sacó a su pueblo de Egipto (Ex. 15.6; Dt. 5.15, etc.) y demostró su poder al darles la tierra prometida (Sal. 111.6).

II. En el Nuevo Testamento

La palabra “poder” representa principalmente las palabras gr. dynamis y exousia. exousia significa “autoridad” derivada o conferida, garantía para hacer algo o derecho de hacerlo (Mt. 21.23–27); de allí pasa a denotar concretamente al portador de la autoridad en la tierra (Ro. 13.1–3), o en el mundo de los espíritus (Col. 1.16). dynamis significa habilidad (2 Co. 8.3) o fuerza (Ef. 3.16), o puede significar acto poderoso (Hch. 2.22) o espíritu poderoso (Ro. 8.38). A Cristo su Padre le dio plena autoridad (Mt. 28.18), y él la usó para perdonar pecados (Mt. 9.6) y echar espíritus inmundos (Mt. 10.1). Les dio autoridad a sus discípulos para que fuesen hijos de Dios (Jn. 1.12) y para que compartiesen su obra (Mr. 3.15).

Jesús inició su ministerio en el poder (dynamis) del Espíritu (Lc. 4.14), y su poder se puso de manifiesto en los milagros de curación (Lc. 5.17) y en sus muchas obras portentosas (Mt. 11.20). Esto es prueba del poder del reino de Dios como preludio del nuevo éxodo (Lc. 11.20; cf. Ex. 8.19). Pero el reino no había venido todavía en toda la plenitud de su poder. Eso habría de ocurrir en Pentecostés (Lc. 24.49; Hch. 1.8; Mr. 9.1 [?]) y la consumación sería en ocasión de la parusía (Mt. 24.30, etc.).

En Hechos vemos el poder del Espíritu en funcionamiento en la vida de la iglesia (4.7, 33; 6.8; cf. 10.38). Pablo vuelve la mirada hacia la resurrección como la prueba principal del poder de Dios (Ro. 1.4; Ef. 1.19–20; Fil. 3.10), y ve en el evangelio el medio por el cual ese poder obra en la vida de los hombres (Ro. 1.16; 1 Co. 1.18). (* Autoridad )

Bibliografía. °D. M. Lloyd-Jones, Autoridad de Jesucristo, de las Escrituras, del Espíritu Santo, 1959; O. Betz, C. Blendinger, L. Coenen, “Poder”, °DTNT, t(t). III, pp. 385–399; H. Berkhof, Cristo y los poderes, 1985; R. Hauser, “Poder”, Conceptos fundamentales de teología, 1966, t(t). III, pp. 483–500; A. S. van der Woude, “Fuerza”, °DTMAT, t(t). I, cols. 1127–1129.

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R.E.N.

Douglas, J. (2000). Nuevo diccionario Biblico : Primera Edicion. Miami: Sociedades Bíblicas Unidas.

Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico