PASION DE CRISTO

Acontecimientos que ocurrieron a Cristo desde el Jueves Santo hasta el Domingo de Resurreción, Hec 1:3, Mt.26-27, Mc.14-15, Lc.22-23, Jn.18-19. Ver «Cristo».

Diccionario Bí­blico Cristiano
Dr. J. Dominguez

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Fuente: Diccionario Bíblico Cristiano

La mirada del creyente sabe reconocer la pasión de Cristo, fruto del pecado, que continúa en toda persona que está siendo rebajada en su dignidad, menoscabada en sus derechos, reprimida en sus í­mpetus. Nadie en este mundo tiene una vocación más elevada que el hombre y, sin embargó, a veces, da la impresión de que es precisamente a nuestros semejantes a quienes negamos las cosas más esenciales. Nuestro mundo ha aprendido a lanzar hombres al espacio con la mayor tranquilidad, ha sabido hacer cosas maravillosas para arrancar al ser humano de su secular indigencia y liberarlo de la lucha contra la escasez, pero al mismo tiempo ha dejado que surgieran continuamente nuevas formas de sufrimiento y de pasión, en las que podemos reconocer ese mismo misterio de mal y de pecado que opera en la historia, y del que Cristo ha venido a librarnos. La pasión de Cristo, por tanto, actualmente se manifiesta en los hogares de mucha gente que sufre: de los parados, de los que no tienen futuro. de los secuestrados que están siendo esperados con ansiedad y aflicción, de quienes han sido ví­ctimas de una violencia absurda y despiadada. También está en los hogares de los ancianos, que ya no pueden producir y son dejados a un lado —iy cuántos de ellos se quejan de esta soledad!—: y está en los hogares de quienes esperan justicia sin conseguirla, de quienes, por el motivo que sea, han tenido que abandonar su patria sin lograr encontrar una nueva y sin sentirse acogidos, que a lo mejor ni siquiera tienen una casa, y que pueden estar cerca de nosotros. El misterio de la cruz se renueva en todos aquellos que se sienten excluidos por la sociedad, como los minusválidos o quienes se dejan llevar por caminos de muerte: los drogadictos, los inadaptados, los presos.

Carlo Marí­a Martini, Diccionario Espiritual, PPC, Madrid, 1997

Fuente: Diccionario Espiritual

I. Terminologí­a
En la expresión p. de C., la palabra «pasión» no significa solamente los sufrimientos que preceden a la muerte de Jesús, sino también, y sobre todo, la muerte misma. Esta terminologí­a es peculiar del NT, pues aquí­ (Lc, Act, Heb, 1 Pe) la muerte de Jesús se designa frecuentemente como su pasjein. Probablemente este modo de hablar se remonta a Jesús mismo (Michaelis 912). Desde Ignacio de Antioquí­a el sustantivo páthos es denominación fija de la muerte de Jesús. Con significación correspondiente aparecen en el vocabulario del cristianismo primitivo las palabras pati y passio.

II. La pasión en la Iglesia primitiva
La muerte de Jesús fue uno de los temas capitales en el pensamiento, doctrina y vida de la cristiandad primitiva. Ello sobre todo por razones dogmáticas y apologéticas. La cruz era el gran enigma en cuya solución tení­a que debatirse la Iglesia (cf. 1 Cor 1, 23). La idea de un Mesí­as que padece era extraña al judaí­smo contemporáneo y, por tanto, la p. de C. tení­a que presentársele como prueba contra su mesianidad (Lc 24, 14ss); más aún, a base de Dt 21, 23, el crucificado debí­a ser tenido por maldito de Dios (Gál 3, 13; 1 Cor 12, 3). También en el mundo pagano la muerte de cruz era considerada como ignominiosa (TíCITO, His. iv 11), por lo cual enemigos de la Iglesia como Celso, Porfirio y Luciano se burlaban de que un crucificado fuera entre los cristianos objeto de fe y de culto.

Frente a todo ello, la Iglesia trataba de demostrar que la p. de C. correspondí­a al designio de salvación eterna de Dios. Para este fin serví­a por de pronto la afirmación de que Dios habí­a resucitado al crucificado y así­ lo habí­a acreditado como su Mesí­as (Act 2, 23ss 36; 3, 13 15; 5, 30ss). Ya en el más antiguo sí­mbolo de la fe (1 Cor 15, 3ss) y en el más antiguo -> kerygma (Act 17, 3; 26, 23) se nombran por ello juntamente la muerte y la -> resurrección de Jesús. Simultáneamente se procuraba demostrar que la pasión estaba de acuerdo con la Escritura. Si se lograba demostrar que la p. de C. estaba ya predicha en el AT y que estas predicciones se habí­an cumplido en la muerte de Jesús, en tal caso la cruz no aparecí­a como prueba contra su mesianidad, sino en favor de la misma. También iba encaminada a eliminar el carácter escandaloso de la p. de C. la indicación de que Jesús no fue sorprendido por la pasión, sino que la previó, la predijo y la aceptó voluntariamente. Finalmente, se trataba de eliminar el aspecto escandaloso de la p. de C. explicando y resaltando su significación soteriológica (teologí­a de -> Pablo; cf. Mc 10, 45; 14, 24).

También en el culto ocupó la pasión un puesto importante. Los himnos a la pasión contenidos en algunas cartas (1 Tim 3, 26; Flp 2, 6-11; 1 Pe 1, 18-21; 2, 21-24; 3, 18-22) atestiguan el temprano culto tributado a Cristo crucificado y glorificado, como lo atestiguan igualmente aquellos textos del Ap que tratan de la liturgia celeste de la adoración del cordero (5, 6-14, etc.). Los sacramentos fueron referidos a la muerte de Cristo. El bautismo se entendió como un morir y resucitar con él (Rom 6, 2-11); y la eucaristí­a fue concebida como representación y aplicación de su muerte redentora (cf. 1 Cor 11, 26). Probablemente, en la celebración anual del dí­a de la muerte de Jesús se contó en la Iglesia primitiva la historia de la pasión, a la manera como el padre de familia judí­o solí­a explicar en su haggada de pascua el origen y sentido de la fiesta. La p. de C. también fue explotada muypronto para fines parenéticos y ascéticos. El Cristo de la pasión era modelo y dechado de conducta cristiana; y la historia de la pasión se consideraba como un llamamiento eficaz al seguimiento de Cristo en su camino de humildad, de obediencia, de abnegación, de servicio amoroso y de entrega de la vida (Mc 8, 34 par; Pablo; 1 Pe; Heb).

Finalmente, la pasión ocupaba un puesto fijo en la polémica de la Iglesia primitiva con el judaí­smo incrédulo. Refiriéndose a aquellos hechos de la pasión en que aparecí­a clara la culpa de personas y grupos judí­os, se pretendí­a mover a Israel hacia la clarividencia, la conversión y la fe (Act 2, 22ss 30; 3, 13ss 17ss; 4, 10s 25 28; 5, 28 30; 7, 52; 10, 39; 13, 27ss; 1 Tes 2, 14ss ).

III. La historia de la pasión según Mc
Es la más antigua y más conocida narración de la pasión y debe su forma a los motivos antes mencionados. No pretende ser un relato completo de los hechos (el nombre de Caifás no es mencionado). Tampoco da importancia alguna a los motivos de las personas agentes (p. ej., de Judas). Ni quiere despertar sentimientos, como compasión, arrepentimiento y acción de gracias (la crucifixión misma es contada en tres breves palabras). Aparece claramente ya en Mc la intención dogmática y apologética, es decir, el empeño de demostrar que la p. de C. está de acuerdo con la Escritura y corresponde, por tanto, al designio salví­fico de Dios. Tales referencias al AT se hallan principalmente en palabras de Jesús. Pero sólo una vez se presenta la palabra de la Escritura como tal (14, 27), generalmente se trata de una cita implí­cita (14, 18 24 34 62; 15, 34); y dos veces la pasión en general es designada como conforme con la Escritura (14, 21 49). En la narración misma aparecen tres palabras bí­blicas que no se caracterizan con más precisión como citas (15, 24 29 39), y dos veces aparece un rasgo que recuerda a Is 53, 7 (14, 61; 15, 5).

En el conjunto de la historia de la pasión, estos textos ocupan un espacio insignificante, de forma que entre los factores que configuran la historia de la pasión no puede atribuirse un papel dominante a la prueba de la predicción. Se narra varias veces que Jesús predijo su pasión (14, 8 18-21 27 30ss). Está poco marcada la finalidad parenética y ascética; quizá deben en parte a esta finalidad su forma y su admisión en la historia de la pasión el relato de la agoní­a en el huerto de los olivos (cf. particularmente 14, 38) y el de la negación de Pedro. Especialmente clara es la intención de esclarecer qué personas e instancias se hicieron culpables de la muerte de Jesús y qué dase de culpa era la suya; así­ se explican las indicaciones sobre los sanedritas (14, 1 43 53 55 66ss; 15, 1 10ss 31ss; diversamente 15, 43-46), Judas (14, 10ss 18-21 42 45), el pueblo (14, 65; 15, 8 11-15 29ss 35; diversamente 15, 40ss; 16, 1-8; 15, 21), Pilatos (15, 2-15 43ss) y los soldados romanos (15, 16-20 21-27; tiene un sentido distinto 15, 39). Esta intención sólo podí­a realizarse satisfactoriamente por medio de una exposición conexa. Aquí­ radica, pues, el motivo principal por el que la historia de la pasión se formó y trasmitió como una narración continua, enlazada cronológica y localmente. La investigación considera, seguramente con razón, la historia de la pasión como la parte de toda la tradición evangélica más tempranamente fijada. Marcos encontró ya un relato compuesto en forma relativamente fija, como lo prueba la interpolación 14, 3-9 en el contexto más antiguo de la narración, y lo completó con otras piezas, así­ (aparte de 14, 3-9) con recuerdos de Pedro, tales como la historia de las negaciones en 14, 54 66-72.

Pero no sólo la historia de la pasión propiamente dicha habla de la muerte de Jesús. Ya en 3, 6 se menciona el plan de darle muerte. Y sobre todo Marcos introduce muy pronto en la vida de Jesús la previsión (2, 19ss; 9, 12; 10, 38; 12, 1-12), particularmente en las tres grandes predicciones, de su pasión y resurrección como destino mesiánico determinado por Dios. Por eso, no sin razón, el Evangelio de Mc ha sido designado como «una historia de la pasión con extensa introducción» (M. Kähler).

IV. La historia de la pasión según Mt, Lc y Jn
En parte, los motivos configuradores que aparecen en Mc resaltan aquí­ con más claridad todaví­a. Así­ en Mt, directa (27, 9ss) o indirectamente (26, 15; 27, 34 43), otros acontecimientos son caracterizados como profecí­as cumplidas. El que Jesús rechace todo intento de defensa lo fundamenta Mt (26, 54) en la necesidad de que se cumpla la Escritura. Por medio de dos nuevos episodios (27, 19 24ss) se destaca la culpa judí­a; y con el relato del fin de Judas (27, 19 24s) se destaca la culpa judí­a; y con el relato del fin de Judas (27, 3-10) se ilustra lo abominable de su traición.

En Lucas aparece más raramente el interés por la prueba de la profecí­a (23, 49; 24, 26). Intención apologética delata la versión cambiada de las palabras del centurión (23, 47). Aparte del motivo del influjo satánico sobre Judas 22, 3 (cf. 4, 13; 22, 53), es nueva la tendencia edificante: la agoní­a espiritual de Jesús en Getsemaní­ aparece mitigada; la fuga de los discí­pulos queda sin mencionar; mujeres compasivas lloran por Jesús (23, 27 31); él ruega por sus enemigos (23, 33), promete el paraí­so al buen ladrón (23, 39-43) y muere con una palabra de confianza en Dios (23, 46, según Sal 31, 6).

También Jn muestra todaví­a un fuerte interés por la prueba de la profecí­a (15, 25; 19, 23ss 28 38ss). Como Lc, Jn 13, 2 27 pone de relieve el influjo de satanás sobre Judas. Por lo demás, la imagen del Cristo de la pasión que Jn presenta está llena de dignidad regia. La crucifixión no aparece como derrota, sino como victoria. La última palabra del crucificado es la exclamación de triunfo: «Está consumado» (19, 30).

V. Historicidad
Ante el hecho de que la historia de la pasión no es simple relato, sino a la vez interpretación, se plantea la cuestión de su historicidad. A la afirmación de que precisamente esta propiedad demuestra el color legendario de la historia de la pasión, hay que replicar en principio que «fingir historia y narrar historia para un fin determinado son cosas distintas» (P. Wernle). La prueba de la profecí­a tuvo influjo en la elección de la materia y en la formulación; pero no puede demostrarse que produjera «historia». Hay que observar cómo faltan en la historia de la pasión los motivos caracterí­sticos de la literatura martirial judí­a. Siempre que se ofrece la posibilidad de una revisión de la historia de la pasión partiendo de la historia contemporánea del NT, el resultado es sorprendentemente positivo.

Así­, nuevas investigaciones sobre el derecho han mostrado que el difundido juicio históricamente negativo acerca del relato sobre el proceso del sanedrí­n no está justificado. Hasta ahora sorprendí­a la yuxtaposición en Mc 14-15 de coincidencia y no coincidencia con los preceptos de la Mana; pero ahora eso se explica porque el sanedrí­n se hallaba ligado entonces al derecho saduceo, que sólo excepcionalmente estaba conforme con el derecho de la Misna. Ahora bien, si Mc 14-15 fuera una construcción legendaria, no podrí­a explicarse que sus configuradores, supuestamente desinteresados de la historia, hubieran dado exactamente con la situación jurí­dica, haciendo que el sanedrí­n se atuviera solamente a la Misna en los puntos en que ésta era reconocida también por los saduceos, y que en los demás puntos no se atuvieran a ella. En algunos trozos de la tradición es discutible la historicidad. Hasta la exégesis católica se pregunta hoy, p. ej., si Mt 27, 51ss no será tal vez una mera ilustración midrástica de la idea de que con la muerte de Jesús han comenzado los últimos tiempos; si las extensas réplicas y contrarréplicas entre Pilatos y Jesús (narradas en Jn 18-19) no son simples ampliaciones a manera de comentario; y si las palabras de Jesús en la cruz son auténticas o, por el contrario, se formaron en virtud de una determinada interpretación de lo acontecido en la cruz.

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Josef Blinzler

K. Rahner (ed.), Sacramentum Mundi. Enciclopedia Teolσgica, Herder, Barcelona 1972

Fuente: Sacramentum Mundi Enciclopedia Teológica