El relato bíblico más antiguo relata que se presentaban ofrendas sacrificiales a Dios. Las ofrendas fueron presentadas por Caín y Abel (Gn. 4:3–4), Noé (Gn. 8:20; Job. 1:5), y los patriarcas de Israel (Gn. 12:7; 26:25; 34:20). El término mizbēaḥ, «altar», señala al lugar del sacrificio, zeḇaḥ. Los sacrificios premosaicos también fueron conocidos entre los cananeos y otros pueblos del mundo antiguo.
La ley de las ofrendas fue codificada por Moisés. En Lv. 1:1–7:38 se prescriben cinco ofrendas: (1) ʿōlāh, «la ofrenda del todo quemada», en la que se consumía toda la víctima; (2) minḥāh, «la ofrenda de harina» (RV60 «oblación»), una parte de la cual era quemada y el resto comida por los sacerdotes; (3) šәlāmîn, «ofrenda de paz», de la cual el oferente recibía una porción para que la usase como comida de acción de gracias; (4) ḥattāʾṯ «ofrenda por el pecado», en la que se quemaba fuera del campamento todos los restos de la víctima sacrificial; y (5) ʾāšam, «sacrificio por el pecado o la culpa», en el cual se prescribía un carnero como ofrenda requerida y se exigía al ofensor que hiciese restitución a la parte afectada, más una quinta parte como multa por la transgresión.
El NT describe la muerte de Cristo como una ofrenda o sacrificio (Ef. 5:2; Heb. 10:10, 14). Se exhorta a los creyentes a que ofrezcan sacrificios espirituales (Ro. 12:1; Heb. 13:15–16; 1 P. 2:5).
Véase también Sacrificio, Colecta.
Charles F. Pfeiffer
RV60 Reina-Valera, Revisión 1960
Harrison, E. F., Bromiley, G. W., & Henry, C. F. H. (2006). Diccionario de Teología (433). Grand Rapids, MI: Libros Desafío.
Fuente: Diccionario de Teología