LITERATURA, DIOS EN LA

SUMARIO: I. Dios, uno y trino, en las obras literarias de Occidente; 1. Pórtico; 2. El misterio trinitario en la literatura occidental; 3. Aurelio Prudencio y su palabra trinitaria; 4. Dante Alighieri y la Trinidad; 5. Petrarca ante la Trinidad; 6. Berceo y Alfonso X, cantores marianos, invocan a la Trinidad; 7. Gil Vicente y la Trinidad en sus «Autos»; 8. Fray Luis de León y san Juan de la Cruz ante la Trinidad; 9. Poetas españoles del Siglo de Oro cantan a la Trinidad; 10. Lope, Tirso y Calderón: sus «Autos sacramentales» y la Trinidad; 11. La Trinidad en algunos poetas del siglo XX.-II. Conclusión.

I. Dios, uno y trino, en las obras literarias de Occidente
1. Pí“RTICO. Vamos a entrar en un universo sagrado, donde la presencia de Dios aparece traducida en la palabra ardiente, la más ungida y trémula de todas, balbuciente en su audacia expresiva; arraigada en su vuelo sutil de creación y arte. Como querí­a Juan Ramón Jiménez, cuando afirma: «Raí­ces y alas, pero que las alas arraiguen, y las raí­ces vuelen».

Naturalmente, nos acercaremos sólo a los poetas cristianos, pues son ellos los únicos que pueden vislumbrar, en su intuición creadora -desde la base firme de su fe- el misterio de Dios, en su riqueza insondable: unidad en la trinidad. Es también evidente que tan sólo podemos, en breve espacio, limitarnos a seleccionar algunos creadores, preferentemente españoles, sin olvidar los más significativos del Occidente cristiano. Y tendremos que concentrar nuestra mirada en pocas obras, Las más significativas por su visión de Dios.

Pretendemos sugerir, más que desarrollar; crear en el lector sed de acudir a la fuente, más que saciar su anhelo inquisitivo. Por lo demás, si Dios es siempre el «totalmente Otro», el transcendente, incluso para la razón iluminada por la fe, no se puede pretender de la literatura una palabra raciocinante, sino más bien esa palabra pregnante de sentido, plenificadora en el claroscuro de su misma entraña alusiva. Los poetas y dramaturgos nos llevan hasta la misma orilla del misterio; hieren nuestra sensibilidad y acucian nuestra ansia y deseo del vislumbre divino. Y esto, que parece poco, es enorme, dado que esta palabra es acaso la más cercana a la palabra inspirada. Por algo el poeta se deja ganar por la inspiración, y sólo en ese trance es capaz de ofrecernos su mensaje. Incluso cuando parte de un trasfondo dogmático, nutricio de su decir inspirado, su expresión es siempre viva, ardiente, simbólica.

Las citas fragmentarias aquí­ ofrecidas serán únicamente indicios, huellas, de la obra total, a la que hay que acudir, si queremos captar su comunicación originaria. Con estas preocupaciones, ya podemos traspasar el pórtico y penetrar en el ámbito sagrado de la palabra creadora, seguros de que nuestra avidez no quedará saciada; pero sabiendo, ya de antemano, que los creadores auténticos -aunque de literatura se trate- tienen muy poco de «literatura», pues su palabra multisémica es la más cercana al misterio de Dios y al Dios del misterio; la que tiende a la unidad plena, trinitariamente.

2. EL MISTERIO TRINITARIO EN LA LITERATURA OCCIDENTAL. Desde que el cristianismo caló hondamente en la conciencia de los pueblos, la concepción de Dios, y su expresión literaria, quedaron transmutadas, transcendidas. Los poetas abandonaron su Parnaso paganizante y se adentraron en el misterio del Dios vivo, revelado en Jesucristo, vivido por la comunidad creyente, y hecho plegaria y liturgia, salmodia y poesí­a reverente; liberada la palabra sobre Dios de la hojarasca politeí­sta, y convertida en expresión -forzosamente paradójica-del Dios uno y trino. Contra la lógica meramente humana surge la paradójica de la revelación. Cuando el creyente es además creador, su obra escrita deja traslucir su inspiración humano-divina, en unidad densa y nutricia, que llega al corazón, a la vez que ilumina la inteligencia. Estamos ante la palabra doblemente inspirada, con sus dos vertientes, con visión cimera de la realidad que transciende el propio decir. La poesí­a, en este caso, es más que teologí­a; o es, en cierta manera, una teologí­a cordial. A veces es fruto de una experiencia mí­stica. Pero no siempre es el caso. Basta que el creador sea tal para que su palabra conmueva, desvele y revele -desde su intrí­nseco balbuceo- la hondura del misterio, clima en el que Dios se anuncia, y llega hasta nosotros, aunque sea en forma de «oscura noticia». Pero en esta oscuridad, como en la noche oscura sanjuanista, está latiendo la llama de amor viva.

3. AURELIO PRUDENCIO Y SU PALABRA TRINITARIA. Quiero iniciar este breve recorrido por la literatura cristiana de Occidente, internándome en la obra poética -tan rica en su expresión himnológica latina- de este autor hispano-romano del siglo IV-V. En sus grandes obras poéticas -el Catemérinon, Apoteosis, Hamartigenia, Psicomaquia, Contra Sí­maco (libros I y II), Peristéfanon y Ditoqueo- brilla, en su nitidez más pura, el misterio trinitario. Sin duda que se inspira en la Biblia y en escritores eclesiásticos anteriores. Pero lo hace creadoramente, intentando -acaso por vez primera en poesí­a- unificar lo recibido del paganismo, en sus mejores poetas, con la cosmovisión cristiana. La poesí­a es para él medio de santificación personal, sendero orientador de los demás y modo excelso de alianza divina. Cultiva la poesí­a popular y la culta, siguiendo las reglas métricas latinas, a su modo, transformando personalmente ciertos metros y creando estrofas personales. El lenguaje es nuevo, en relación con los autores clásicos, por su terminologí­a cristiana. Acuña y recrea vocablos con gran libertad de espí­ritu. Es Prudencio un humanista cristiano, que pretende cristianizar la cultura, desde la expresión poética. De él afirma un especialista: «Si Plauto, Propercio y Juvenal merecen el tí­tulo de clásicos, entonces también Prudencio. Históricamente, sus obras son altamente interesantes y nos transmiten la expresión más bella del humanismo cristiano que jamás haya aparecido en las artes poéticas. Pocos de sus sucesores en el medioevo, por no decir ninguno, pueden dividir con él esta gloria hasta Dante».

Sus cerca de 30.000 versos, lí­ricos y didácticos, resumen su obra y el quehacer de su vida después de la conversión profunda al cristianismo. En el centro vivificante está el misterio trinitario.

Prudencio parte siempre del dogma trinitario, ya desde el Prefacio de sus Himnos; vuelve a aludir frecuentemente en el Catemérinon. En Hamartigenia está simbolizada en las tres propiedades del Sol: «Siendo uno solo, se manifiesta de tres maneras: Vige, resplandece, vuela, arde, se mueve, abrasa con su calor.Tres son sus efectos simultáneos: la luz, el calor y la vegetación en las plantas. Una e idéntica rueda del sol consigue estos efectos inseparables, con idéntico movimiento produce todos esos servicios, y una sola substancia ayuda juntamente a tres cosas».

La ve prefigurada en los tres ángeles de Abrahán (Ps, pr 45; 50, 70 y ss.; 196s.). Precisa que el Padre carece de principio y de fin, en Catemérinon IV, 8; es creador del universo y principio fontal de toda la vida y lo que existe (C IV, 9 y 10ss.). El Hijo es engendrado por el Padre por medio de su inteligencia (C VII, 1; XI, 17; XXXIV). Es Verbo del Padre (C III, 2 y versos ss.). Es Sabidurí­a (C XI, 20; H CLXIV, 345), imagen y luz del Padre (A LXXII, 282. Pe X, 468). No fue creado, sino engendrado antes de todo tiempo y nació del Padre, sin principio (A LXXXIX, CLXXX, CCLXX). Se encarnó para que el hombre se salvara (C XI, 44) y es mediador entre Dios Padre y los hombres (C XI, 16; Ps CLXIV). Se le llama alfa y omega, omnipotente, creador universal, crucí­fero, en diversos lugares del Catemérinon. También recibe los calificativos de nazareno, sembrador de la luz, luz de Belén, en la estrofa VII. Es Hijo de la Virgen Marí­a, en lasestrofas III y XI. Su nombre produce tormento al mismo Apolo (A CCCC). Cristo es rey eterno, prí­ncipe de los reyes, rey de los vivos, de los antiguos jueces y de la Iglesia, así­ como de AT y NT (A, C y Pe, en diversos lagares).

Respecto al Espí­ritu Santo, afirma que es espirado por la boca del Padre (A pr 1, 3, H CMXXXII) y procede del Padrey del Hijo:
«Padre eterno, por medio de tu Hijo Jesucristo / en el cual resplandece sensiblemente tu gloria, / que es señor nuestro, Hijo único tuyo, / que espira el Espí­ritu del seno del Padre».

También aparece como el enviado por el Padre y el Hijo (C IV, 15, VI, 8). Es, finalmente, un único Dios, con el Padre y el Hijo (C VI, 5-8; 7lss.). Como podemos constatar, por este enunciado, toda la obra poética de prudencio está centrada en el misterio trinitario, y su expresión poética es de una justeza dogmática impecable. Su ritmo y su lenguaje están inflamados de sabidurí­a y de amor.

4. DANTE ALIGHIERI Y LA TRINIDAD. Este gran autor italiano, nacido en Florencia en 1265 y muerto en Rávena en 1321, de estirpe güelfa, se manifiesta como un renacentista, que participó en la vida social y llegó a ser guerrero y fue desterrado durante dos años. Transformado interiormente, escribe Vida nueva, El convivio, La Monarquí­a, De vulgar elocuencia. Pero su gran obra, la que le caracteriza e inmortaliza, es La Divina Comedia: Viaje fantástico a través del Infierno, del Purgatorio y del Paraí­so, guiado por la razón en sus dos primeros viajes, Virgilio entra en la esfera celeste de la mano de la joven Beatriz, sí­mbolo de la gracia. Está estructurada su obra en forma trinitaria: Tres cantica, de 33 cantos cada una, después de un canto introductorio. Sus 100 cantos están compuestos en tercetos. En ellos logra presentar todo lo que un cristiano cree, espera y ama. Ha sido comparada su obra poética con la Summa Theologica de Tomás de Aquino, en cuanto al contenido teológico. Pero Dante añade ese admirable suplemento de alma, la poesí­a auténtica, digna de un genio sin par. Supo conjugar, junto a un rigor teológico al estilo patrí­stico, todo un universo nuevo de formas vivientes, que recogió de la leyenda, la historia y la realidad circundante, en ritmo ajustado a los tercetos, reiterativos en lo formal, pero diversos en la riqueza imaginativa y conceptual, en el despliegue de ese viaje extraño y asombroso. Su obra influyó en toda la literatura posterior europea y ha sido traducida a todas las lenguas cultas del mundo.

Nos interesa, para nuestro propósito, destacar el viaje al Paraí­so, que consta de 4.858 versos (el número de la obra entera es de 14.333). Esta obra de madurez refleja aquí­ una visión de la Trinidad espléndida y rodeada de nueve cí­rculos de jerarquí­as angélicas. Los tres cántica finalizan con la palabra estrellas, en una estructura triádica permanente, que imitarí­an después otros escritores, como Tirso de Molina, en pleno Siglo de Oro español. Dado este feliz desenlace de la Comedia (tí­tulo humilde de Dante, que sólo más tarde se denominó de «Divina»), el autor no quiso que recordara, ni siquiera en el tí­tulo, a la tragedia antigua, pagana. Después de recorrer el poeta Virgilio, con Beatriz, nueve cí­rculos, penetran ambos en el luminoso y radiante espacio de la eternidad, donde Dios mora, en su excelsa Trinidad. Dante es examinado por san Pedro, Santiago y san Juan sobre las tres virtudes teologales. Simetrí­a, armoní­a y paralelismo estructuran la obra de Dante. Aquí­, en el Empí­reo se revela Dios mismo, con todos los bienaventurados, dispuestos en forma de «cándida rosa». He aquí­ la visión de los tres cí­rculos (la Trinidad) en la profunda y deslumbrante luz:
«En la profunda y clara substancia de la alta luz / se me aparecieron tres cí­rculos de tres colores / y una dimensión, y el uno parecí­a reflejo del otro, / como el iris del iris, y el tercero parecí­a un fuego que de los otros dos igualmente procediese».

Dante, balbuciente («en adelante -habí­a dicho- mis palabras serán más insuficientes, para decir lo que recuerdo, que las de un niño que bañe aún la lengua en la leche de la madre»), exclama:
«Â¡Oh cuán insuficiente es la palabra y cómo es débil para expresar mi concepto! Y éste, con respecto a lo que vi, lo es tanto, que no basta con decir «poco». ¡Oh luz eterna, que sólo en ti existes, sola te comprendes y que por ti, inteligente y entendida, te amas y te complaces en ti.!Aquel cí­rculo, que me parecí­a en ti como luz reflejada, cuando con mis ojos la contemplé en torno, dentro de mí­, con su color mismo, me pareció representada nuestra efigie, por lo cual mi vista estaba fija en él. Como el geómetra, que se aplica a cuadrar el cí­rculo y no encuentra, pensando el principio que necesitaba, estaba yo ante aquella nueva visión».

Así­, anonadado ante el misterio trinitario, Dante canta su propia fe, y su canción tiene resonancias que traspasan los siglos.

5. PETRARCA ANTE LA TRINIDAD. Francisco Petrarca (1304-1374), que nació en Arezzo (Italia), es llevado al condado Venesino, en 1313, por su padre, desterrado, junto con Dante, desde Florencia. Estudia derecho en Bolonia, y se enamora de Laura, como Dante lo hiciera de Beatriz. La muerte de su amada le conmocionó profundamente: ¡se consagró a la poesí­a! Fue coronado públicamente, como tal poeta, en el Capitolio. Conoció la diplomacia bajo el auspicio de los Visconti, y le consultan, en varias ocasiones, los Estados italianos. Esta vida agitada se remansa en la creación poética. Entre sus obras destacan ífrica, escrita en nueve libros, en hexámetros: mereció el premio del Senado; Canzionere: 317 sonetos, 29 canciones, nueve sextinas, siete baladas y cuatro madrigales, forma un conjunto de 366 composiciones; Secretum (del secreto conflicto de mis preocupaciones), escrito entre 1342 y 1343, retocado luego en Milán, es obra de carácter autobiográfico, escrita en latí­n.

Nos interesa, sobre todo, su obra I trionfi (los triunfos), en italiano vulgar, que tuvo enorme éxito en el Renacimiento, superando incluso el del Cancionero. Utiliza la forma clásica de los tercetos, como Dante, y es una visión alegórica. Son seis los triunfos: del amor, del pudor, de la muerte, de la fama, del tiempo y de la eternidad. Sin tener la base filosófica de solidez y profundidad de un Dante, ofrece, con todo, una visión de verdades morales,enmarcadas en cuadros de gran amplitud y solemnidad. Hay una cosmovisión humanista y religiosa, con bases medievales y trasfondo personal.

Viendo el poeta -nos dice en Triunfo de la Eternidad, que lo es de la Divinidad- que todo cambia bajo el cielo, pregunta a ‘su corazón en qué confí­a. Le responde: «En el Señor». Reconoce que tardó mucho en abrir los ojos para ver la verdad. Pero confí­a en la gracia divina. Pensando así­, le parece entrever un mundo nuevo, en el que no hay antes, ni después, ni fue, ni será: ¡puro presente eterno en el Sumo Bien!
«Vi que sus tres partes se quedaban / reducidas a una, y ésta inmóvil, / Para que no corriese como hací­a».

Esta referencia al tiempo (pasado, presente, futuro) está ya aludiendo, simbólicamente, a la Trinidad en la unidad divina, sin llegar a formular el dogma de modo explí­cito, como Dante. Petrarca sólo ansí­a el Sumo Bien, «sin mal que mezcle el tiempo». En esa eternidad divina se sentirá feliz eternamente.

6. BERCEO Y ALFONSO X, CANTORES MARIANOS, INVOCAN A LA TRINIDAD. Estamos ante dos poetas españoles, el primero, Berceo (1180-1246) cantor de Marí­a en lengua castellana, todaví­a niña en su expresión, con esa dulce ingenuidad que tiene todo lo originario; el segundo, rey de Castilla, hijo del santo Fernando III, que en su corte de Toledo canta a santa Marí­a en verso galaico. Ambos, «enamorados» de la Señora, comienzan o terminan sus poemillas, sus cantares de «juglarí­a» o de «clerecí­a», en adoración del Dios trinitario. Nos resulta emotivo, en extremo, encontrar, en estos albores de la poesí­a castellana y de la galaico-portuguesa, el misterio trinitario tan felizmente expresado. Alfonso X, el Sabio (1221-1284), cultivó la posesí­a gallega, con emotiva inspiración y supo captar el ritmo mejor de los antiguos «Cancioneiros». Al igual que Berceo -uno clérigo, el otro monarca-, se inclina, reverente, ante el Trisagio santo, de modo reiterativo en sus estrofas.

Comienza Gonzalo de Berceo la Vida del glorioso confesor Sancto Domingo de Silos con estos versos trémulos, como quien comienza santiguándose:
«En el nombre del Padre, que fizo toda cosa, / et de don Ihesuchristo, fijo de la Gloriosa, / et del Spiritu Sancto, que egual dellos posa, / de un confesor sancto quiero fer una prosa»‘.

Inmerso en el misterio trinitario, ya puede lanzarse a versificar en «román paladino / en qual suele el pueblo fablar a su vecino, / ca non so tan letrado por fer otro latino, / bien valdrá, commo creo, un vaso de bon vino». Gracias a su «docta ignorancia» latina, podemos degustar los primores de su balbuciente poesí­a castellana, en su mejor «mester de clerecí­a», tan cercana aún a su madre, tan próxima así­ mismo del gallego en su vocalización y terminologí­a. Nos canta y cuenta cómo santo Domingo de Silos «decie el Pater noster sobre muchas vegadas, / et el Creo in Deum con todas sus posadas» (vv. 17-18). Más tarde, un cautivo en manos de moros acude a su Dios, uno y trino, con fe ardiente, suplicando libertad:
«Sennor de otras partes conseio non espero, / sinon de ti, que eres Criador verdadero, / tú eres tres Personas, un Dios solo sennero, / que criaste las cosas sin otro conseiero» (est 650).

Los enemigos de la cruz le cautivaron por llevar su nombre con dignidad, y ahora acude, con éxito, a la misericordia y amor trinitarios de su único liberador. Es admirable la fe de este cautivo. En la Historia de san Millón la presencia trinitaria sigue latente y pre. sente, en su feliz expresión poética: «Commo vevimos siempre en tiniebra oscura, / Sennor, que tanto vales porqui faze Dios tanto, / que de toda la tierra eres salut et manto, /por estos pecadores ruega al padre sancto / que denne poner término al nuestro luengo planto» (est 326). Sus Loores de Nuestra Sennora comienzan en plegaria-proclamación de fe:
«A ti me encomiendo, Virgo, madre de pietat, / que concebiste del Spiritu Sancto, e esto es verdat, / pariste fijo precioso en tu entegredat, / serviendo tu esposo con toda lealtat» (est 1).

A lo largo del poema el misterio divino reaparece como clima en el que Marí­a vive y actúa. Reconoce y confiesa Berceo, con la firme ingenuidad de su fe sincera: «Siete dones a el Spiritu de nuestro Sennor: / Por essa reverencia mandó el Criador / que fuese el dí­a séptimo tenido en honor» (est 150). Y exclama, ansioso de la visión beatí­fica:
«Qual bien serí­a tan grande comm’la cara suya veer, / commo nave el fijo del padre entender, / o comino salle el Spiritu de entre ambos saber, / o commo son un Dios todos tres connos cer?» (est 189).

He aquí­ resumido el misterio trinitario, en su nitidez dogmática, en su expresión poético-teológica, que el ciérigo Berceo nos ofrece en román paladino, con su ritmo unitario, simbolizador del ser divino en su monorima permanente.

Por su parte Alfonso X -nuestro rey Salomón, por su sabidurí­a-, supo expresar esta misma verdad de nuestra fe, con su gracejo singular, en lengua gallega. ¡Entonces la lí­rica pertenecí­a a los segreres galaico-portugueses, y el rey de Castilla no tuvo a menos poetizar en esta lengua románica del pueblo gallego! Además de las cantigas, que cuentan los miragres de nuestra Señora santa Marí­a, existen 40 cantigas en loor de Marí­a. Es en ellas donde la relación de Marí­a con la Trinidad aparece en su esplendor. En ellas canta lí­ricamente el misterio divino realizado en Marí­a: doble faz del misericordioso modo de actuar Dios al encarnarse. El estribillo de la cantiga 134 no puede ser más explí­cito y condensador, en la estrofa final:
«Per poder da Virgen, que per omildade / foi Madre do que é Deus en Trinidade. /A Virgen en que é toda santidade / poder á de toller tod’ enfermedade» (vv. 80-83).

Marí­a aparece en la suma majestad de su unión con el misterio sacrosanto de Dios Trinidad. En otra ocasión su palabra se adelgaza para suplicar:
«Por nos, Virgen Madre, / roga Deus, teu Padre / e Fill’e Amigo» (C 250, vv. 1-3).

De modo similar, en la C 300: «Ca ben deve razonada / leer a que Deus por Madre / quis, e seend’el seu Padre / e ela falla e criada, / e onrrada / e amada / a fez tanto, que sen par / é precada / e loada / e será quant’ el durar» (vv. 6-15). Cuando en Roma se consagra un templo a santa Marí­a, el poeta afirma su fe trinitaria en relación con la Encarnación y la Maternidad de Marí­a: «A onrra da Santa Virgen, / Filla de Deus e Esposa, / de que ele prendeu carne, / que foi mui maravillosa / cousa da que el criara / fazer pois dela sa Madre. / Non deven por maravilla / teer en querer Deus Padre / mostar mui grandes miragres / pola be’ neita sa Madre». (C 309, vv. 70-75). En la Cantiga 330 se pregunta el rey-poeta:
«En qual per sa omildade / s’ enserrou a Trinidade?»
Y responde con el estribillo: «Madre de Deus, nostro Sennor, / e Madre de nosso Salvador» (vv. 14-17). Y así­, de modo similar, sigue cantando a Marí­a, unida al misterio trinitario, en las Cantigas 340, 420, 427 y ss. Y en la Cantiga 414, que llava por tí­tulo: Esta quarta é da Trinidade de Santa Marí­a, canta la Trinidad en relación í­ntima con la triple virginidad de Marí­a. Dice el sabio poeta:
«Como Deus é comprida Trinidade / sen anader nen minguar de sí­ nada, / éste, cousa certa e mui provada, / tres pessoas e unha Deidade…» (vv. 1-4).

En suma, tanto Berceo, como Alfonso X, cantan a Marí­a unida al misterio de la Trinidad, por voluntad divina, y acercándonos -humanamente, en su seno, en su regazo, en sus manos maternales- al Hijo, al Verbo increado del Padre, siendo ella portadora del Espí­ritu, en quien se manifiesta femeninamente’.

7. GIL VICENTE Y LA TRINIDAD EN SUS «AUTOS». Gil Vicente (1470-1536) es el poeta lí­rico-dramático, músico y orfebre, de mayor relieve en la Europa de la primera mitad del siglo XVI. Portugués de nacimiento, y sin dejar nunca su tierra, su obra, sin embargo, fue hispánica: Tuvo por maestro a Juan del Encina, emplea el castellano en algunas de sus obras, y, en la corte de Lisboa, Gil Vicente estuvo muy en relación con la reina doña Marí­a, hija de los Reyes Católicos, esposa del rey don Manuel de Portugal. Su obra es comparable, por la amplitud del empeño, a la posterior de Lope de Vega. Gran poeta y dramaturgo, logra esa facilidad que sólo los inspirados tienen, y todo lo convierte en materia posible de lí­rica, auto o drama. Dámaso Alonso lo proclamó «uno de los mayores y más ricos poetas lí­ricos de la lengua castellana (…) y sólo es parangonable con Garcilaso, Fray Luis de León y san Juan de la Cruz, a todos los cuales vence en variedad, y a casi todos en intensidad, en cercaní­a al misterio intangible de lo poético»9. Nos interesa ver su acercamiento al misterio trinitario en alguno de sus Autos, escritos a principios del siglo XVI, entre 1502 y 1536. Ya en el Auto pastoril castellano llama al recién nacido en Belén «el Hijo heredero / de nuestro eterno Dios; / el cual fue dado a nos / por Mexí­as verdadero» (vv. 13-16). Y expone sus paradójicos atributos: «Aquel niño es eternal, / invisible y visible; / es mortal y inmortal, / movible y inmovible, / en cuanto Dios, invisible; / es en todo al Padre igual, / menor en cuanto humanal: / y esto no es imposible. / Hecha el sol su rayo en mayo, / como mil veces verés; / el mismo rayo sol es, / y el sol también es rayo: / entrambos visten un sayo / de un envés, / y una cosa misma es» (vv. 17-31). En el Auto da Fe, ya en portugués, la misma fe es quien proclama: «E así­ o verbo do Padre / ecce ancilla concebido / pobre humilde foi nacido, / bem parecido á madre. l Sentindo nossa miseria, / chorava o sancto menino, / cuberto, occulto divino / daquella faca materia» (vv. 27-34). El Espí­ritu Santo no se explicita todaví­a. Pero en el Auto da mofina Méndes Gabriel se dirige a Marí­a con las palabras bí­blicas:
«Spiritus sanctus superveniet in te; / e a virtude do Altí­ssimo, / Senhora, te cubrirá; / porque seu filho será, / e teu ventre sacratí­ssimo / per grasa conceberá» (vv. 14-19).

Finalmente, digamos que Gil Vicente traduce al portugués, bellamente, un himno de Laudes a Marí­a: Himno O gloriosa Domina. En él las estrofas inicial y última son trinitarias:
«í“ gloriosa Senhora do mundo, / excelsa princeza do deo e da terra, / fermosa batalha de paz e de guerra, / da sancta Trindade secreto profundo».

Este secreto de la Trinidad, que es Marí­a, contagia al poeta-creyente, que es Gil Vicente, y clausura el himno triunfalmente, en son de alabanza trinitaria y mariana, conjuntamente:
«Pois que faremos os salvos por ella, / nacendo en miseria, tristes peccadores, / senáo tanger palmas e dar mil louvores / ao Padre, e ao Filho e Esprito, e a ella!» (vv. 34-38).

He aquí­ cómo, por gracia de la palabra poética de Gil Vicente, Marí­a se introduce en el misterio trinitario, y merece nuestra alabanza conjunta’°.

Es lo mismo que aparece en nuestros Cancioneros, por labios de poetas castellanos. Compárese con estos versos del poeta Burguillos: «Perfectión del bien perfecto, / centro baxo de humilldad / donde se escondió el secreto / de la Sancta Trinidad (…). / Tanto, Virgen,,’.te umillaste / que a Dios encerraste en ti / y a ti cave él ayuntaste. / Dentro en ti se secrestó, / bien como por fee nos quadre, / y así­ tu Hijo se halló / en su eternidad sin madre, / y a ti por madre tomó / quedando en el Cielo el Padre»».

8. FRAY LUIS DE LEí“N Y SAN JUAN DE LA CRUZ ANTE LA TRINIDAD. Es Fray Luis de León (1527-1591), junto con el inefable san Juan de la Cruz (1542-1591), un exponente de la poesí­a religiosa sobria y perfecta, en su expresión: Fray Luis más humanista: San Juan de la Cruz, puro sí­mbolo en su expresión y comunicación mí­stica. Pero ambos se convierten en poetas a partir de una experiencia de calabozo, en noche oscura: el primero en la soledad de la cárcel inquisitorial de Valladolid, encerrado allí­ más de cuatro años; el segundo, en el calabozo de los Carmelitas calzados de Toledo, nueve largos meses. En el sufrimiento, pues, se gestaron sus mejores intuiciones poéticas. Sólo citaré, en concentración máxima, los versos trinitarios de ambos. Ellos hablan por sí­ mismos de la justeza conceptual y la finura de la palabra iluminada por la fe. En la redacción primera del poema A la Ascensión de Cristo existí­an cuatro estrofas más, mí­sticas, en anhelo puro de Dios trino. Las recoge un especialista en la edición crí­tica. Por ser poco conocidas, vale la pena saborearlas: «Tú llevas el tesoro, / que solo a nuestra vida enriquecí­a, / que desterraba el lloro, / que nos resplandecí­a / mil veces más que el puro y claro dí­a. // ¿Qué lazo de diamante, / ¡ay, alma!, te detiene y encadena / a no seguir tu amante? / ¡Ay, rompe, y sal de pena! / Colócate ya libre en luz serena. // ¿Quetemes la salida? / ¿Podrá el terreno amor más que la ausencia / de tu querer y vida? / Sin cuerpo, no es violencia / vivir; mas lo es sin Cristo y su presencia. //
«Dulce Señor y amigo, / dulce Padre y Hermano, dulce Esposo: / en pos de Ti yo sigo, / o puesto en tenebroso / o puesto en lugar claro y glorioso».

Fray Luis se siente atraí­do por la vida trinitaria, con ocasión de la ausencia de Cristo de nuestro mundo, en su ascensión al Padre. Completa esta visión el poema A nuestra Señora, una de cuyas estrofas -después de pedir auxilio desde su cárcel, en 1573- dirige su mirada hacia ella, para cantar su gloria, en relación í­ntima con el misterio trinitario:
«Virgen del Padre Esposa, / dulce Madre del Hijo, templo santo / del inmortal Amor, del hombre escudo: / no veo sino espanto. / Si miro la morada, es peligrosa; / si la salida, incierta; el favor, mudo; / el enemigo, crudo; / desnuda, la verdad; muy proveí­da / de valedores y armas, la mentira: / La miserable vida / sólo cuando me vuelvo a ti respira».

En contraposición a Fray Luis, san Juan de la Cruz abandona la serenidad renacentista, y aparece un desasosiego espiritual, en su mejor estilo, depurada la forma poética en sí­mbolo y armoní­a, en culminación de las mejores esencias garcilasistas, a lo divino. Sus poemas mayores son definitivos. Como Juan Ramón, podrí­amos decir: He aquí­ el poema. «No lo toques ya más, que así­ es la rosa». La sublimidad de sus poemas mayores deja paso a los romances, donde los sublime viene no tanto de la forma, cuanto del contenido, si bien ambos aspectos son inseparables en poesí­a. Sus Canciones entre el alma y el Esposo, la de la Noche oscura, la de la Llama de Amor viva, forman la trí­ada de su experiencia mí­stica hecha poesí­a pura. Luego sale de sí­ mismo y del Amado, para cantar la transcendencia, el misterio í­ntimo de Dios trino. Estos romances están escritos en la cárcel. Son nueve romances a la Trinidad, a la creación y a la encarnación. El ritmo y la rima en -í­a nos adormecen en un fluir dichoso de la palabra, hecha sencillez en su grandeza misma:
» Tres personas y un Amado / entre todos tres aví­a; y un amor en todas ellas / y un amante las hací­a, / y el amante es el amado / en que cada cual viví­a; / que el ser que los tres poseen / cada qual le poseí­a, / y cada cual de ellos ama / a la que este ser tení­a…»
Pero la comunicación intrí­nseca de las tres Personas divinas quiere ser compartida, por voluntad amorosa del mismo Dios, con la creatura suya, tan hambrienta de divinidad: «Al que a ti te amare, Hijo, / a mí­ mismo le darí­a, / y el amor que yo en ti tengo, / esse mismo en él pondrí­a, / en razón de aver amado / a quien yo tanto querí­a». Naturalmente, Marí­a entra en el cí­rculo trinitario; el arcángel Gabriel es llamado: «Y enviólo a una doncella / que se llamaba Marí­a, / de cuyo consentimiento / el mysterio se hací­a; / en la qual la Trinidad / de carne al Verbo vestí­a; /y aunque tres hacen la obra, / en el uno se hací­a; / y quedó el Verbo encarnado / en el vientre de Marí­a. / Y el que tení­a sólo Padre, / ya también Madre tení­a»13.

9. POETAS ESPAí‘OLES DEL SIGLO DE ORO CANTAN A LA TRINIDAD. Sea el primero de todos nuestro gran Miguel de Cervantes (1547-1616). Puede parecer extraño considerar a Cervantes como poeta. Pero lo era, incluso a su pesar. Es siempre profundo y exquisito. En Persiles y Sigismunda, por ejemplo, nos dejó un poema en octavas a Nuestra Señora, de gran calidad. En él la invocación y loor a Marí­a se centra en su relación directa con el misterio trinitario:
«Soys la paloma, que ab eterno fuistes / llamada desde el cielo, Soys la esposa, / que al sacro Verbo limpia carne distes, / por quien de Adán la culpa fue dichosa: / Soys el braco de Dios, que detuvistes / de Abrahán la cuchilla rigurosa, / y para el sacrificio verdadero / nos distes el mansí­ssimo Cordero».

En breves pinceladas, dejaré constancia de que el torrente irrestañable de poesí­a en Lope de Vega (1562-1635) tocó todos los temas y con gran frescor y vitalidad. No podí­a faltar el trinitario. En Rimas sacras (1614), dirigidas al P. fray Martí­n de san Cirilo, carmelita descalzo, confesor suyo, aparece su vida de creyente al desnudo, ante Dios. Lope era un hombre de fe, que se sentí­a pecador. Y lo era. Por eso su sinceridad poética y vital nos llega a la sensibilidad, acaso más que otros poemas «manieristas» de autores en los que lo formal está como desgajado de lo verí­dico. Muchos sonetos son plegarias a Dios: de amor, de arrepentimiento, de súplica, de adoración. El poema A la expiración de Cristo es un romance que empieza en sí­ntesis trinitaria:
«Desamparado de Dios, / del hombre puesto en un palo, / el alma tiene Jesús / en sus santí­simos labios. /A su Padre Eterno mira, / abriendo los ojos santos, / que ya cerraba la muerte, / atrevida al velo humano. / Con voz poderosa dice, / cielos y tierra temblando: / Mi espí­ritu, Padre mí­o, / pongo en tus sagradas manos».

Y el romance A la soledad de Nuestra Señora empieza asimismo refiriéndose a la Trinidad: «Sin esposo, porque estaba / Josef de la muerte preso; / sin Padre, porque se esconde, / sin Hijo, porque está muerto; / sin luz, porque llora el sol, / sin voz, porque muere el Verbo, / sin alma, ausente la suya, / sin cuerpo, enterrado el cuerpo. (…) / Con que bajó de sus brazos / Cristo sin alma y Dios muerto». Su Hijo, el Hijo del Padre, entregó su Espí­ritu. La soledad de Marí­a es total, ella que habí­a recibido al Verbo por obra del Espí­ritu, ahora se queda sola, «Cristo el Espí­ritu dio». Al cantar Al Santí­simo Sacramento, Lope, acertadamente, exclama:
«Algún rayo de luz al oceano / inmenso de Dios trino se descubre»
Don Luis de Góngora y Argote (1561-1627), entre sus poemas mayores, escribió sonetos, letrillas y romances. En algunos se refiere al Nacimiento de Cristo, o a la Eucaristí­a: en ellos la Trinidad está implí­cita o sugerida. Así­ en aquella letrilla que empieza: «Amor divino, / que era luz aunque era voz, / divino Amor». Luego sigue su canción:
«Humilde en llegando até / al pesebre la razón, / que me valió nueva luz, / topo ayer y lince hoy. / Oí­ bailar al Cordero, /que bramó siendo león, /y vi llorar niño ahora, /Amor divino, / al que siempre ha sido Dios, / divino Amor». Y jugando con lo mitológico, adelgaza su letrilla cristiana: «Esta noche un Amor nace, / niño y Dios, pero no ciego, / Y tan otro al fin, que hace / paz su fuego /con las pajas en que yace»‘». En fin, este es Góngora, alusivo más que explí­cito. Pero su poesí­a es de una gran finura espiritual. Otro poeta de la época, Juan de Tarsis, Conde de Villamediana (1582-1622), tiene similar tonalidad en su poesí­a sonetil ,Cuando pidió Christo a su Padre perdón por sus enemigos: «Eterno Amor, eterna tolerancia, / en la esencia de Dios muriendo ardí­a, / claro eclipse de gloria, oscuro dí­a / velo de culpas puso a su distancia, / quando el zelo inefable, la constancia / que dio su vida por salvar la mí­a / rogando al Padre por la gente impí­a / disculpaba su error en su ignorancia. / Oh paciencia de Dios, milagro eterno…»
Señalemos, como última muestra, a Bartolomé Leonardo de Argensola (1562-1631) que, en su poema A la Asunción de Marí­a canta la gloria suya unida a la trinitaria grandeza: «Virgen, el regocijo / tuvistes de ser madre / del Verbo celestial y sempiterno, / hija de vuestro Hijo. /Madre de vuestro Padre, / término fijo del consejo eterno, / elegida ab aeterno…» Al final, cuando entra en la gloria, el mismo Dios le dijo: «Paloma, esposa amada, Madre mí­a; vistes glorioso al Hijo / que en la tierra engendrastes, / donde el Padre lo engendra cada dí­a»‘. Y, clausurando este apartado, no podrí­a faltar la musa de don Francisco de Quevedo (1580-1645), que en sus poesí­as llamadas Morales se inclina, reverente, ante el misterio trinitario: «Ya manchaba el vellón la blanca lana / con su sangre el Cordero sin mancilla, / y ya sacrificaba / la vida al Padre, poderoso y santo, / por la culpa inhumana; / el sumó trono de su cetro humilla, / y ya licencia daba / al alma, que saliese envuelta en llanto, / cuando la sacra tórtola viuda, / que el holocausto mira, / sollozando suspira / y un tesoro de perlas vierte muda, / mientras corren parejas a su Padre / sangre del Hijo y agua de la Madre». Nótese cómo Marí­a aparece asimilada a la Paloma sacra, en quien bajo esa forma actúa el Espí­ritu, aquí­ sugerido.

10. LOPE, TIRSO Y CALDERí“N: SUS «AUTOS SACRAMENTALES» Y LA TRINIDAD. En esta trí­ada de creadores-cumbre de nuestras letras, se podí­a sospechar -ya a priori- que el misterio trinitario no podí­a faltar de sus creaciones. Me fijaré ahora, breví­simamente, en sus Autos sacramentales. Lope de Vega hace presentar a la Penitencia, en su Viaje del Alma, como anfitriona de las divinas Personas:
«Pen.- Dios Padre.

Todos. ¡Ah!
Pen.- Su Hijo eterno./
Todos.- ¡Ah, ah!
Pen.- El Espí­ritu Santo.

Todos.- ¡Ah!
Luego es Cristo quien dialoga, amorosamente, con el Alma. En Las aventuras del hombre, Dios, que «es esencia del ser: / en su esencia se contiene / su existencia…», sale como Amor divino al encuentro del hombre. Y el mismo Pecado exclama: «Â¡Ay, Amor, que el Pan le enseña!» Es en La creación del mundo donde la Trinidad queda reflejada en el alma humana: «Porque el alma racional / se parece a Dios en esto: / que siendo Dios trino y uno, / nuestro espí­ritu asimesmo / es uno en esencia, y trino / en tres potencias su imperio». En De los cantares el «Cuidado» alude al «ganadero Bautista» que guardaba al Cordero en el Jordán «como testigo de vista /que al Mayoral sempiterno / confirmarte entonces vio / por su Hijo amado y tierno, / y al Espí­ritu que dio / fe de que era el Verbo eterno». En Lo fingido verdadero (dedicado al «R.P. Presentado F. Gabriel Téllez, Religioso de Ntra. Sra. de la Merced, redención de cautivos») hace que la música cante: Cristo, que vio en el mundo / después que del Padre Eterno / bajó a tomar en Marí­a / carne el santí­simo Verbo, /dejó su ley con su sangre / escrita, y este Evangelio / siguen los que de su nombre / desde entonces le tuvieron; / por tan alta confesión / mueren infinitos dellos, / que van a vivir con él / a la gloria de su reino». Ginés, convertido al amor trinitario, representa «a lo divino», con emoción contenida:
«Ahora mi compañí­a / es de Jesús, donde hay Padre / del santo Verbo, y hay Madre, / la siempre Virgen Marí­a. / Espí­ritu que nos guí­a / a los dos de quien procede».

Tirso de Molina (Fray Gabriel Téllez, 1579-1648), profesor en la Orden de la Merced de Teologí­a y Maestro; poeta y dramaturgo de primerí­sima calidad, supera en formación teológica a Lope. En su obra resalta el misterio trinitario con nitidez. Recordemos aquellos versos de Deleytar aprovechando; donde aparecen tres Autos sacramentales: «Inmenso incircunscrito / Criador de cuanto vive, / de cuanto ser recibe, Dios solo e infinito; / tú, que, siempre bendito, / Rey de reyes te llamas, / y entre apacibles llamas / de tu amoroso abismo / engendras de ti mismo / la semejanza que amas (..) //Océano ocupado( / das vida a tu traslado, / porque tu ser le cuadre, / tú que, su padre y madre, le engendras, no engendrado» (Protestaciónde la fe en décimas de endechas). El alma se extasí­a ante «una sola Substancia / en un Trisagio santo». Y prosigue su asombro amoroso:
«Â¡En tres supuestos vivos / un ser de eterno fruto, / un Dios solo absoluto, / y tres los relativos: / misterios excesivos, / que en tres personas vea / mi fe sola una idea, / un poder solamente, / un querer y una fuente / que sola a tres recrea!
En la Loa que precede a su Auto sacramental El Colmenero divino, Tirso sintetiza en un denso romance su visión trinitaria, donde la nitidez del concepto teológico se irisa del resplandor de la fe y de la belleza expresiva. Estábase recreando en su eternidad Dios, incomunicable, solo y único, en su mismidad: «Contemplábase abeterno, / cuyo pensamiento vivo, / sustancia en él (si accidente / en lo humano intelectivo). / Fecundo siempre engendraba, / siendo (origen y principio) / de aquella especie que expresa / es su imagen, por ser su Hijo. / Enamorado de verse / en su retrato narciso, / y al concipiente el concepto / corresponde de recí­proco: / producí­an un Amor, / como los dos, infinito, / inagotable, perenne, / que saliendo del abismo / de la eterna voluntad / fuente siempre, siempre rí­o, / siempre se está produciendo, / y siempre se queda el mismo,. ,
Y sigue el poemilla inmerso en la vida í­ntima de Dios y en sus comunicaciones ab intra. Después vendrá la creación ad extra, que Tirso -con gracia, alegóricamente- describe en forma de juego de cartas, en el que el ser humano pierde, a causa del intrigante Luzbel; pero entra en juego Cristo y gana la partida final: «Tras el consumatun est / quedó el juego concluido». Luego, en otra ocasión lí­rica se hace sí­mbolo la realidad trinitaria y eucarí­stica:
«Que llamaba a la tórtola madre / el Esposo dulcí­simo suyo, / con el pico, las alas, las plumas, / y con arrullos, y con arrullos». En La Madrina del cielo, Marcela recrimina a Tarquino: «Dime, ¿qué fruto has sacado / de un efecto tan indino /, que así­ has un pecho violado / dedicado al Uno y Trino?». También en Los hermanos parecidos sigue estando presente, en su fulgor sin sombra, la Trinidad excelsa, por quien la encarnación del Hijo logra que ya él y el hombre, desde el instante de su nacimiento, aparezcan como «hermanos parecidos»21. Entra el Atrevimiento y se encara con el hombre miedoso:
«¿Qué temes? ¿No eres hecho a semejanza / de Dios cuanto a la parte intelectiva? / Tu alma la unidad de Dios alcanza / por ser similitud de su ser viva: / la Trinidad también, para alabanza / de lo que tu valor con ella priva, / te retrató su copia peregrina, / una en esencia y en potencias trina».

Así­, Tirso de Molina es figura señera de la palabra poética en la que brilla el fulgor trinitario, el más preciso y precioso».

El tercer creador, el más sobresaliente en los Autos sacramentales, es Calderón de la Barca (1600-1687). El consolidó la estructura alegórica de este género dramático-religioso, y escribió multitud de piezas. Sin duda que Dios, en su misterio trinitario, está implí­citamente en todas; pero, de modo explí­cito, sobresale la eucaristí­a. A Dios por razón de estado, uno de sus Autos, es como un raciocinio poético, en muchas de sus estrofas, de la comunicación intrí­nseca y extrí­nseca de Dios. Calderón pone en labios de Pablo estos versos: «Una en los tres la deidad, / uno en los tres el poder, / uno en los tres el amor, / y uno en los tres el saber, / cierto es que en la esencia es uno, / siendo en las personas tres».

Pero quiero resaltar otro Auto calderoniano menos conocido, La Redempción de cautivos. El género humano está cautivo. Dios, en Cristo, y la Trinidad misma hacen la Merced de su rescate: Bajo la simbologí­a de sus versos se está aludiendo claramente a las dos í“rdenes redentoras, la Trinitaria y la Mercedaria. He aquí­ algunos versos expresivos: «Gracia. – ¿Qué orden es, y quién la ha dado? / Gabriel. – ¿Quién ha de ser, Gracia bella, / sino la merced de Dios / quien tan piadosa obra pueda / establecer, y fundar / antes, y después, eterna? / Si la merced de Dios fue / la que, antes que el hombre fuera, / quiso que fuese; si es / la que después a materia / de no formado embrión / de nueva forma, de nueva / alma, que le vivifique / a que nazca, viva y crezca. / Y si es a merced suya / cada suspiro que alienta, / cada rayo que le alumbra, / cada ayre que le recrea, / cada lana que le abriga, / cada terreno que huella… / a quién puede quedar duda / que la merced de Dios sea, / pues tiene en sí­ los remedios» / para todas sus dolencias, / teniendo en su Caridad, /de las virtudes la reyna, / en orden a su rescate / la que más se compadezca; / que si en la piedra de Pedro / Christo ha de fundar la Iglesia, / a su imitación será, / de esta Obra, otro Pedro piedra».

Hasta aquí­, pues, la Orden de la Merced aludida como «Merced de Dios». Más tarde, en el desarrollo del Auto, aparece la Trinidad, la Orden Trinitaria:
«Informada de los ritos, / observancias, obediencias, / institutos y misiones / que la Trinidad decreta, /y la Merced constituye / en Orden a que se exerza / la redempción de cautivos / seré, siguiendo sus huellas, / yo la que, ahora en la vol, / y después con la experiencia / diga con Daniel: ¡Albricias, / mortal!, que de Dios la inmensa / Merced en tu esclavitud / cómputos al tiempo abrevia». Todo esto lo expresa la Gracia, referida a la obra de merced, hecha por la Trinidad, aludiendo a ambas Ordenes re, dentoras de cautivos. Pero, el trasfondo del Auto se refiere a la redención de género humano.

11. LA TRINIDAD EN ALGUNOS POETAS DEL SIGLO XX. A vuelo de pájaro, no puedo menos de citar a algunos grandes poetas de nuestro siglo, que centraron su atención amorosa en esté misterio insondable, y lograron hallazgos expresivos de interés. Charles Pierre Péguy (1873-1914). Este gran autor francés, muerto de una bala en la frente, cerca de Villeroy, a 22 Kms. de Parí­s, el 5-9-1914, nos dejó una obra poética, de contenido religioso admirable. En La tapisserie de Sainte Geneviéve et de Jeanne d’Arc, el poeta Péguy, con su estilo que fluye como un torrente, yendo y viniendo sobre su propio verso, reiterativamente, sobre las «armas de Jesús», centra su atención en el misterio trinitario, y exclama:
«Les armes de Jésus c’est la lettre et l’esprit, / C’est le pére qui gronde et 1’enfant qui sourit, / C’est le Pére et ú Fils et c’est le Saint-Esprit».

También la Trinidad está presente en Les tapisseries: Eve. Péguy no puede nunca alejarse del misterio trinitario. Por eso canta, en su francés de versos prolongados, que puede traducirse al castellano:
«Y Dios mismo que es joven a la vez que es eterno / reposaba inclinado sobre su creación. / Tanto su amor filial como su amor paterno / se nutren de homenaje en pura libación».

En La suite d Eve hay unas 90 estrofas centradas en la Trinidad en cuanto está inmersa en la vida de los hombres, personal y social. Baste señalar la primera, que da origen al resto:
» Oh Padre, Hijo, Espí­ritu, triunvirato eternal, / recibid, bondadoso, en vuestra capital, / por la sangre de Cristo, La sangre material, / la larga postración de un alma occidental» 2G.

Rainer Marí­a Rilke (1875-1926), nacido en Praga y con una vida de vagabundeo permanente, reside en Parí­s como secretario del escultor Rodin, visita Italia, Francia, Rusia, España, Africa, Escandinavia, etc. Es el primer poeta en lengua alemana de principios del s. XX. Sus Cuadernos de Malte L.B., Libro de horas, Vida y canciones, Canto de amor y muerte del corneta Cristóbal Rilke, Libro de las imágenes, Elegí­as de Duino, Sonetos a Orfeo, y otras obras, le sitúan entre los más profundos poetas religiosos de occidente. Me fijaré tan sólo en La vida de Marí­a, para señalar su relación trinitaria. Al visitar a su prima Isabel, «el Salvador era aún en ella flor», dice el poeta; mientras en el Tránsito, en su Asunción, aparece la Trinidad en su solio con «una silla vací­a», hasta que llega ella y se sitúa en el resplandor del Hijo. Un ángel, herido por la luz deslumbrante de Marí­a, pregunta: «¿Quién es ésta?» Y sigue el poema:
«Y sucedió un silencio de admiración. Al punto vieron / todos cómo arriba el Dios-Padre retení­a a nuestro Señor, / de suerte que la silla vací­a, bañada de un suave / crepúsculo, aparecí­a como un poco de dolor, / como si mostrase una huella de soledad, / (…) Y de pronto se desplomó. / Pero los ángeles la atrajeron hacia sí­, / y la sostuvieron, y cantaron radiantes / y la alzaron para subir el último trecho».

Merece un puesto señalado en la poesí­a religiosa y trinitaria, Marie Noél (1883-1967). En su libro Le chants de la Merci -que comienza con una cita del Oficio de Na SR de la Merced, alusivo a la redención de cautivos y a la entrega de sí­ mismo por parte del mercedario- hay estrofas de gran sentimiento cristiano y trinitario, iluminando su verso grácil y seguro. En su Canto de otoño se refiere a la fiesta de la Trinidad: «Au milieu de l’année, aprés la Trinité, j’ai recontré parmi ses ouvrages, l’Eté». Cuando el Verbo decide humanarse, se dirige al Padre en estos términos:
«Echadme, Padre, allá afuera / al angustioso dolor, / como hijo de hombre quisiera / sólo de Dios el Amor».

Luego aparece una larga plegaria al Espí­ritu santo pidiendo sabidurí­a para su vida cotidiana. Insiste en la identificación de Cristo con los más pobres y sufrientes. Compuso una Canción de cuna de la Madre de Dios, a la que ella misma musicó, que comienza así­:
«Dios mí­o, dormí­s, tierno, entre mis brazos, / caliente, hijo mí­o, junto al corazón, / te adoro en mis manos y te doy abrazos, / oh Dios, maravilla convertida en don».

Su alma femenina impregna de maternidad su mejor poesí­a religiosa. Y reconoce, en el nombre de la Trinidad, lo recibido de los hermanos en su vida:
«Au nom du Pére, au nom du Fils, au nom / du Saint Esprit, bénis soient ceux qui m’ont / quand je passais donné du leur au monde…»
Rubén Darí­o, el gran poeta modernista, nicaragüense (1867-1916), con sangre mestiza y ascendencia criolla, escribe poemillas desde sus doce años. Renovará, musicalmente, la poesí­a hispanoamericana, con influencia, más o menos directa, en Juan Ramón y los demás poetas españoles. Es también de espí­ritu vagabundo, residiendo en las capitales americanas, Parí­s y Madrid. No sólo una vaga religiosidad, sino el misterio trinitario -a pesar de su fama de poeta mundano- y la visión de Dios creador configuran algunos poemas:
«Derramando su gracia bienhechora, / la figura de Cristo entre la aurora. / La Palabra de Dios estremecida / se oyó por el espacio, retumbante: / `Raza de Adán, el Genio es Verbo y Vida, / y el Verbo es luz; y Dios es luz brillante>.

El poeta se sabe obra de Dios, en su riqueza misma, en su esencia personificada: «Dios derramó en la conciencia / la simiente del pensar /y la simiente de amar / del corazón en la esencia. / Dios, poder, conocimiento, / anhelo, fuerza, virtud, /y calor y juventud, / y trabajo y pensamiento: / y el que todo lo reparte / a su pensar y a su modo, / como luz que abarca todo, / puso sobre el mundo el arte (…). / Y el artista vuela en pos / de lo eternamente bello, / pues sabe que lleva el sello / que graba en el alma Dios».

Hay que citar a José Bergamí­n (1897-1983), poeta atemporal, eterno exiliado, cantando a sus propios huesos, católico convencido y republicano de ejercicio, que se pasó la vida con «aforismos», agudos como saetas, desde la fundación de «Cruz y raya» (1933-1936). Su postura católica se aproxima al pensamiento de Maritain. Influyó en Latinoamérica en los poetas posteriores. En Duendecitos y coplas, como quien no quiere la cosa, dejó su palabra de creyente:
«Dios le daba tiempo al tiempo, /dándole una eternidad / al hombre en cada momento. / (…) / De una Virgen en el seno / concibió Dios temporal/lo que está fuera de tiempo. / (…) / Que el tiempo no es lo primero: / Lo primero es la Palabra. / ‘En elprincipio era el Verbo'».

Sobre el misterio de la Trinidad, aforí­sticamente, concentró su mejor palabra exacta:
«Dios está en tres / para ser uno: l porque está en uno / para ser tres. / Yo los reúno: / Dios trino y uno».

Luego, «jugando del vocablo» se pregunta: «¿Dios uno es trino / de ruiseñor? / ¿Canto divino? / ¿Llanto de amor? / Dime, Señor: / si estás trinando / ¿estás cantando? / ¿O estás llorando? / ¿O estás gritando / de dolor?». Para acabar afirmando, solemne: «A Dios le duele el hombre. / Le duele al hombre, Dios. / Doliéndole a los dos / lo que no tiene nombre».Ya en 1937 habí­a escrito sus Tres sonetos a Cristo crucificado ante el mar, alabados por A. Machado y Unamuno, que -soportando sus «dudas existenciales»- nos dejó su impresionante El Cristo de Velázquez.

También Miguel Hernández (1910 -1942) es poeta cristiano y trinitario.

Desde aquellos finos versos («Â¡Oh Pentecostés / de lenguas de fuego! / ¿Pregunto?… Respondes / mi Dios, en silencio’>) hasta muchos versos de su Auto sacramental: «Quien te ha visto y quien te ve». Espigamos, al azar: El Hombre-Niño pregunta a su padre, el Esposo: «Padre, padre ¿y me dirás / quién es Dios y de qué modo?» Responde él: «Es el único acomodo / que hallarás, bueno y sencillo, / al fin; el Perfecto Anillo, / el Sin-Por- Qués y el Por-Todo. /Y no quieras más saber…» Más tarde, la Voz de la Verdad desvelará al Hombre la revelación de Cristo crucificado, manifestación de Dios-Amor:
«Cuatro puntos cardinales / su cuerpo en cruz manifiesta: / el Oeste con la zurda, / el Este con la derecha, / el polo Sur con el pie, / y el Norte con la cabeza. / Y se quedan sus heridas, / bodas de Amor y de pena, / como mujeres del campo, / todas con la boca abierta».

Luego el Hombre, arrepentido y buscando a su Dios, siempre misterioso, suplica ardientemente: «Dí­a de la Ascensión /fue mi desgracia, Padre. /Te subiste a las altas / y me bajé a la carne (…). / En cruz al mediodí­a / todos los olivares / manifestaron su hoja / cristiana hasta bien tarde. / ¡Todo estaba de gracia!» Finalmente, todo huele a eucaristí­a: «Â¡Qué olor a Dios / echa el trigo! (…) Para mi corta razón / debe andar enamorado, /porque anda un poco inclinado / del lado del corazón. / A mí­ se me representa, / Señor del vino y la mies; /y señor es todo el que lo es, / no todo el que lo aparenta». En la procesión del Corpus, los trigales son puro sí­mbolo del sacramento:
«Y meneará con pesar / su alta cabeza la mies, / de ver que harina aún no es / que a Dios lleva en su lugar».

Otros poetas españoles se acercaron así­ mismo al misterio trinitario: José Marí­a Pemán (1898-1981), que, aludiendo al alma y el cuerpo, exclama: «Tu hermano y compañero te depara / para cantar al Dios tres veces santo, /cinco rosas abiertas para el ara / y cinco liras, Alma, para el canto»; Gerardo Diego (1896-1987): «Es a ti, sólo a ti, Dios que te exhalas, / que te regalas en centellas rojas…» y la multitud de sus Versos divinos («‘Yo soy’. El Ser se es. Se nombra el Nombre. / El Padre y el Espí­ritu consisten. / Oh, más allá del eco lejaní­a». Y el francés Pierre Emmanuel (1916-1984), a quien conocí­ en Parí­s, y cuya obra poética está centrada en el misterio mismo del Dios vivo: Tú, Evangéliaire, Sophia, Le grand oeuvre…, son grandes libros de inspiración cristiana y trinitaria. En Sophia consagra un denso y largo poema a glosar el Credo entero: «Cuando el Eterno Se respira en Sí­-mismo, penetrándose de su aliento í­gneo, / cuando el Pensamiento se refleja en su abismo…» Y Marí­a con su sí­ «sella la Palabra como un tabernáculo sobre el secreto de la Trinidaa5>.

II. Conclusión
Este recorrido, haciendo calas en la hondura y extensión de la poesí­a y el drama occidentales, nos ha manifestado claramente que el misterio de la Trinidad está presente en la palabra poética, desde el medievo hasta nuestros dí­as, en obras cumbres de la literatura. Existe, pues, una literatura trinitaria, con base en la fe profesada por los poetas, que aportan -con su Inspiración- visiones complementarias de las meramente teológicas. Desde la proclamación escueta de la palabra, en su enunciado mistérico, hasta la adoración, hay toda una gama de posturas. Los poetas, según su compromiso cristiano, y su capacidad creadora personal, se adentran en el océano de la inmensidad divina y pretenden llegar hasta la misma vida í­ntima y trinitaria de Dios. En el mismo ser humano desvelan su adorable presencia. Desde la introspección más honda, hasta la sencilla canción alelúyica, cada poeta nos ofrece su trémula palabra sobre el Verbo; su afirmación filial del Padre, y su inmersión en el fuego ardiente del Espí­ritu, que, a veces, es océano materno y acogedor de la Vida. Desde el sí­mbolo, o la metáfora, e incluso desde el concepto desnudo y cristalino, aparece ante nuestra mirada el misterio en su más auténtica expresión.

La poesí­a no es hojarasca de relleno, o adorno superpuesto: es la palabra originaria, la protopalabra, que se acerca, acaso más que ninguna, hasta el solio sacrosanto, donde sólo el Amor puede tener acceso. Cuando existe experiencia mí­stica -caso de san Juan de la Cruz y otros- potenciando la poética, entonces todo adquiere sus perfiles más ní­tidos y sólo el desnudo sí­mbolo tiene la palabra sobre la Trinidad. Pero también en los demás casos hay autenticidad y desvelamiento de la verdad, siempre en palabra balbuciente. Los poetas, desde otro ángulo distinto del de los teólogos, son transmisores del misterio trinitario.

[-> Amor;; Creación; Cruz; Doxologí­a; Espí­ritu Santo; Fe; Gracia; Hijo; Jesucristo, Marí­a; Misterio; Mí­stica; Padre; Politeí­smo; Teologí­a; Trinidad.]
Luis Vázquez

11

LITURGIA

SUMARIO: I. Conceptos fundamentales: 1. Noción de liturgia; 2. Liturgia y culto; 3. Liturgia y celebración.-II. La liturgia «obra» de la SS. Trinidad: 1. La presencia y la obra del Padre; 2. La presencia y la obra del Hijo Jesucristo: a) Cristo, acontecimiento salví­fico, b) Cristo, Mediador de la liturgia, c) Cristo, objeto del culto litúrgico; 3. La presencia y la obra del Espí­ritu Santo: a) El don de la Pascua del Señor, b) Liturgia «en el Espí­ritu Santo»; 4. Sí­ntesis.-III. La SS. Trinidad según la liturgia: 1. Las Liturgias Orientales: a) Fiestas trinitarias, b) Los textos litúrgicos; 2. La Liturgia Romana: a) La celebración eucarí­stica, b) Otras celebraciones, c) La solemnidad de la SS. Trinidad.-IV. Liturgia terrena y liturgia celeste.

I. Conceptos fundamentales
1. NOCIí“N DE LITURGIA: La palabra liturgia (del griego leitourgí­a, leiton pueblo, popular, y ergon, obra)’ se usa hoy para designar la función santificadora y cultual de la Iglesia.

El NT evitó los términos cultuales para designar los ritos propios de los cristianos (salvo en He 13,2), pero los usó en relación con el ministerio apostólico (cf. Rom 11,13), especialmente la predicación del Evangelio (cf. Rom 15,15-16), el obsequio de la fe de los gentiles (cf. Flp 2,17), la ayuda a los hermanos de Jerusalén (cf. Rom 15,25.27; 2 Cor 9,12), etc. El culto nuevo inaugurado por Jesús, y dentro de él todas las mediaciones cultuales como el templo, el sacrificio, el sacerdocio, etc., se realizan en el interior del cuerpo de Cristo resucitado (cf. Jn 2,19-22; Ap 21,22) y de la comunidad de los incorporados a él por el bautismo y la eucaristí­a (cf. Rom 6,3-11; 1 Cor 10,16-17; 11,27.29; 12,12ss.; etc.).

La liturgia es «el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así­ el cuerpo mí­stico de Jesucristo, es decir, la cabeza y sus miembros, ejerce el culto público í­ntegro» (SC 7). La liturgia no es la única actividad ni abarca toda la vida espiritual (cf. SC 9; 12), pero es «la cumbre hacia la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC 10; cf. LG 111; PO 5).

Además contribuye de manera decisiva a que «los fieles expresen en su viday manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera iglesia» (SC 2; cf. 26; 41; LG 1; 10; 26; PO 5), la Iglesia que aparece en las celebraciones como «muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espí­ritu Santo» (LG 4). El centro de la liturgia es el misterio pascual de la gloriosa muerte y resurrección de Jesucristo con la donación del Espí­ritu Santo (cf. SC 5-7; 47; 61).
2. LITURGIA Y CULTO: El Concilio Vaticano II superó la noción general de culto, usada todaví­a por Pí­o XII en la Encí­clica Mediator Dei (a. 1947)2, para situar la liturgia en la economí­a de la salvación y poner de relieve que es obra de todo el pueblo sacerdotal y no sólo de los ministros ordenados, aunque la función de éstos, en cuanto signos vivientes de Cristo Cabeza en la asamblea de los fieles, es esencial para determinadas acciones sacramentales (cf. SC 7; 26-29; LG 10-11; 26; 28 y 29; PO 2; 5; 12). Por consiguiente todos los fieles, en virtud de los sacramentos del bautismo y de la confirmación que los han configurado a Jesucrito y consagrado para el culto verdadero del Padre en el Espí­ritu Santo (cf. Rom 6,3-6; 8,15.29; Ef 1,13; 1 Pe 2,5-.9-10; Jn 4,23-24; SC 5-6), tienen el derecho y el deber de participar en las acciones litúrgicas de manera activa, consciente, fructuosa, plena, conforme a su edad y condición, etc. (cf. SC 14; 19; 21; 48; etc.).

La liturgia, así­ entendida, pertenece a la economí­a de la revelación divina realizada mediante «obras y palabras intrí­nsecamente unidas» (cf. DV 2; SC7; 24; 33; 59; 60), de manera que es acontecimiento de salvación y presencia de la obra redentora de Cristo «cada vez que se celebra el memorial de su pasión» o cualquier otra acción sacramental. La liturgia es también momento último y sí­ntesis de toda la historia salví­fica, reuniendo pasado, presente y futuro, y determinando la actual etapa o tiempo de la iglesia y del Espí­ritu Santo. Por todo esto la liturgia cristiana es misterio o presencia actual -aquí­, ahora, para nosotros- de Cristo y de su obra sacerdotal y redentora; es acción ritual del pueblo adquirido por el Padre y convocado por su Palabra; y es vida o participación existencial en la comunión divina intratrinitaria en virtud del poder del Espí­ritu Santo que actúa en el interior de los creyentes y en todos los signos de la mediación de la iglesia.

La secularización radical de finales de la década de los sesenta propuso un cristianismo no religioso y una fe sin ritos, con el fin de superar la dicotomí­a entre culto y existencia en el mundo y liberar a la vida cristiana de supuestas estructuras religiosas añadidas al mensaje de Jesús’. Pero el retorno de lo religioso y el fracaso mismo de la reducción del evangelio a pura liberación humana, social y polí­tica, han contribuido a equilibrar los aspectos y a comprender el significado del culto y de sus formas en el ámbito histórico salví­fico de la revelación bí­blica y de la realización en la liturgia. El culto «en el Espí­ritu y en la verdad» (cf. Jn 4,23-24) implica al hombre con toda su existencia, para hacer de ésta una ofrenda grata a Dios (cf. Rom 12,1-2; 1 Pe 2,5) a semejanza de Jesús, el Siervo obediente al Padre que se entrega en favor de los demás (cf. Mt 20,28; Lc 22,27; Flp 2,7-8; Heb 9,14; 10,4-10).

En este sentido el culto cristiano es esencialmente interior, pero no en oposición a la expresión y a las formas externas de realización, requeridas por la corporeidad humana, sino en el sentido de que ha de estar siempre informado por las actitudes de la fe, la adoración, la conversión, la acción de gracias, la confianza filial, etc. dones del Espí­ritu (cf. Rom 8,15-16.26; Gál 5,22-23; Ef 5,18-19; etc.). La liturgia es este culto integral que responde a la automanifestación de Dios en la vida de los hombres y configura a éstos a Cristo mediante diversas mediaciones simbólicas, generadoras de la fe y del amor fraterno, en la presencia del Espí­ritu que hace posible el culto que el Padre quiere y que Cristo su Hijo ha inaugurado en sí­ mismo como Sumo Sacerdote y Mediador. Por todo esto la liturgia transciende la dimensión religiosa de todas las formas históricas de culto en orden a la santificación de los hombres y la perfecta glorificación de Dios, y puede ser calificada de culto trinitario y filial, culto cristológico y verdadero, culto espiritual, culto eclesial-sacramental y culto nuevo y escatológico.

3. LITURGIA Y CELEBRACIí“N: Pero la liturgia, en cuanto función santificadora y cultual de la Iglesia, tiene su realización en la celebración. No es exactamente lo mismo liturgia que celebración. Esta última es el momento expresivo, simbólico, ritual-sacramental, estético y festivo en el que se evoca y se hace eficazmente presente la salvación realizada por Dios en Jesucristo con el poder del Espí­ritu Santo. La celebración es la liturgia en acto, el acontecimiento salví­fico dentro de las coordenadas del tiempo y del lugar que actualiza el misterio de salvación para cada comunidad y aun para cada hombre que participa en la acción sagrada.

Esta importante categorí­a litúrgica tiene connotaciones teológicas, pero se basa fundamentalmente en los aspectos antropológicos de la liturgia cristiana. En este sentido es un modo de relación interpersonal y de encuentro, de expresión religiosa y de comunicación integral -mediante la palabra y el lenguaje de los sí­mbolos y de los gestos-, una especie de juego y una fiesta, que impregna personas, lugar, tiempo, imágenes, objetos, etc.

II. La liturgia «obra» de toda la SS. Trinidad
La liturgia, enmarcada en la historia de la salvación y como momento último y sí­ntesis de toda la economí­a salví­fica según el Vaticano II, es siempre y a todas luces don divino a la Iglesia y obra de toda la SS. Trinidad en la existencia de los hombres. Mientras el culto religioso era expresión del deseo, ciertamente sublime, del hombre por acercarse a Dios e invocarlo eficazmente, la liturgia cristiana forma parte de la automanifestación del Padre y de su amor infinito hacia el hombre, por Jesucristo en el Espí­ritu [supra 1,2]. La dimensión trinitaria de la liturgia constituye el principio teológico fundamental de su naturaleza, y la primera ley de toda celebración. La asamblea litúrgica, manifestación de la Iglesia icono de la SS. Trinidad, vive y expresa en la celebración su experiencia de la vida trinitaria’. Cada uno de los fieles participa también de la comunión interpersonal del Padre y del Hijo por la presencia del don del Espí­ritu, «una persona en muchas personas».

La liturgia en cuanto santificación del hombre y culto a Dios es una realidad dinámica que se enmarca en el cuadro de la divina economí­a revelada en la biblia según la fórmula paulina adoptada por numerosas liturgias para los saludos y el comienzo de la plegaria eucarí­stica: «La gracia (cháris) del Señor Jesucristo, el amor (agápé) de Dios y la comunión (koinóní­a) del Espí­ritu Santo (están) con todos vosotros» (2 Cor 13,13), y según el no menos famoso axioma patrí­stico: «Todo don viene del Padre, por el Hijo y Señor nuestro Jesucristo, en la unidad del Espí­ritu Santo, y en el mismo Espí­ritu, por Jesucristo retorna de nuevo al Padre»‘°. En efecto, la salvación viene toda del Padre (cf. 1 Tim 1,2; 2,4; Ef 1,9; etc.), es efectuada totalmente por el Hijo (cf. Jn 1,18; 3,17; 5,19.21; etc.) y es toda ella realizada en los hombres por el Espí­ritu Santo (cf. 1 Cor 6,11; 12,13; Rom 8; etc.).

1. LA PRESENCIA Y LA OBRA DEL PADRE: En la liturgia Dios es siempre «el Padre de nuestro Señor Jesucristo» (cf. 2 Cor 1,3; Ef 1,3), de manera que toda oración litúrgica está dirigida siempre a él, como establecieron los antiguos concilios norteafricanos: ut nemo in precibus vel Patrem pro Filio, vel Fi lium pro Patre nominet; et cum altari assistitur, semper ad Patrem dirigatur oratio». El Padre es el autor de todo don,la fuente y la plenitud de toda gracia, de manera que toda invocación y toda súplica se dirigen a él, pero también es el término de toda alabanza y de toda acción de gracias. En este sentido la liturgia es expresión de la «teologí­a», según la primitiva taxis patrí­stica y litúrgica, es decir, la confesión de las maravillas obradas por Dios Padre en la historia salví­fica y, por consiguiente, en la liturgia y en la vida de los hombres.

En este sentido la concepción teológica de Dios y de su relación con el hombre y con el mundo que tiene la liturgia, se inspira constantemente en la biblia, pero atribuyendo al Padre toda la revelación «en hechos y palabras» realizada tanto en el AT como en el NT, es decir, como principio del orden de la creación y del orden de la redención’. La misma estructura de las oraciones litúrgicas refleja esta realidad.

Antes se ha hablado de los fines de la liturgia cristiana [supra I,1]. Y en efecto, «en esta obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadí­sima esposa la Iglesia, que invoca a su señor y por él tributa culto al Padre eterno» (SC 7). La liturgia tiene un carácter teocéntric;.o, de manera que no sólo la dimensión antropológica -el hombre creado a imagen de Dios y restablecido en su dignidad por Jesucristo-, sino también la dimensión cósmica -los cielos y la tierra y todas las criaturas-, están orientadas a reconocer la absoluta soberaní­a del Padre y su infinito amor al hombre y a toda la creación (cf. Jn 3,16; 1 Jn 4,9; Rom 8,15-39). Finalmente todo será recapitulado en Cristoy presentado como una oblación al Padre (cf. 1 Cor 8,6; 15,28; Ef 1,10).

2. LA PRESENCIA Y LA OBRA DEL HIJO JESUCRISTO: La manifestación divina trinitaria en la liturgia alcanza su culminación en la referencia a la obra del Hijo y Señor nuestro Jesucristo, de manera análoga a como ocurre en la irrupción del Verbo encarnado en la historia salví­fica. El sí­mbolo de la fe, la plegaria eucarí­stica y las grandes fórmulas eucológicas desarrollan ampliamente la «cristologí­a», es decir, la presencia entre los hombres del Hijo único y amado del Padre, revelador del misterio de su relación filial y donante del Espí­ritu Santo, el don de la pascua del Señor, para que los hombres podamos ser hijos de Dios.

a) Cristo, acontecimiento salví­fico en la liturgia: También en este aspecto la liturgia se guí­a directamente por la S. Escritura. Cristo es la manifestación visible del Padre (cf. Jn 1,18; 14,8-9; 2 Cor 4, 4.6; Col 1,15; 2 Tim 1,9-10; Tit 3,4; Heb 1,2-3), y así­ lo considera la liturgia que lee algunos de estos textos en la solemnidad del nacimiento del Señor y sintetiza esta convicción en el prefacio I de este tiempo: ut dum vissibiliter Deum cognoscimus, per hunc in invissibilium amorem rapiamur». Los signos de la liturgia son ahora el nuevo ámbito externo e histórico de la manifestación visible del Hijo encarnado del Padre, después de la glorificación pascual: «Lo que fue visible de nuestro Redentor ha pasado a sus sacramentos.

En efecto, el Hijo encarnado del Padre, «cuya humanidad, unida a la persona del Verbo, fue ‘el sacramento de nuestra salvación» (SC 5), una vez resucitado de entre los muertos fue constituido «Señor y Mesí­as» (He 2,36; Rom 1,4), «Espí­ritu vivificante» (1 Cor 15,45), para comunicar más eficazmente la vida divina. Se trata de la doctrina de la presencia de Cristo en la acción litúrgica, en diferentes modos y grados para llevar a cabo la obra de la salvación (cf. SC 7). Esta presencia, cuyo «ámbito» interno es el Espí­ritu Santo, confiere a la liturgia toda su eficacia salví­fica (ibid.).

Desde esta doctrina se puede hablar de Cristo como «sacramento del encuentro con Dios» y de los sacramentos como «actos de salvación personal de Cristo que se hace presente en un acto simbólico eclesial»‘8. En definitiva, no existe otro acontecimiento salví­fico, otro nombre en el que podamos alcanzar la salvación (cf. He 4,12; Rom 10,13), «otro sacramento que Cristo».

b) Cristo, Mediador de la liturgia: Pero el Cristo glorioso, «sentado a la derecha del Padre» (cf. Mc 16,19; Heb 7,55), es el Mediador único entre Dios y los hombres (cf. 1 Tim 2,5; Heb 12,24), el Sumo Sacerdote del santuario celeste (cf. Heb 8,1-2; etc.), el intercesor permanente ante el Padre (cf. Rom 8,34; 1 Jn 2,1; Heb 7,25) para que enví­e el Espí­ritu sobre la iglesia (cf. Jn 14,16). Cristo, camino único para llegar al Padre (cf. Jn 14,6; Ef 2,18), «asocia siempre consigo a su amadí­sima esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por él tributa culto al Padre eterno» (SC 7; cf. 83-84). Por eso san Pablo exhortaba a la comunidad cristiana a cantar a Dios y a darle gracias «en el nombre del Señor Jesucristo» y «por mediación de él» (Col 3,16-17; cf. Ef 5,19-20), como él mismo hací­a (cf. 1 Cor 1,4-9; 2 Cor 1,3-5; Gal 1,3-5; Ef 1,3ss.; etc.).

La patrí­stica está llena de testimonios bellí­simos de plegarias dirigidas al Padre por medio de Jesucristo, que concluyen con doxologí­as, y afirmaciones como ésta: «Cristo ora por nosotros, ora en nosotros y es invocado por nosotros. Ora por nosotros como sacerdote nuestro, ora en nosotros por ser nuestra cabeza y es invocado por nosotros como Dios nuestro»20. Pero basta remitir a las plegarias eucarí­sticas de las diversas familias litúrgicas de Oriente y de Occidente. Un ejemplo caracterí­stico es la I plegaria eucarí­stica del Misal Romano: Te igitur, clementissime Pater, per Iesum Christum Filium tuum…, que termina con la doble doxologí­a: Per quem haec omnia… Per ipsum et cum ipso et in ipso… . Lo mismo ocurre en la eucologí­a menor de la Liturgia Romana, cuyas oraciones expresan siempre en la conclusión la mediación sacerdotal de jesucristo: per Christum Dominum nostrum en la forma breve, o per Dominum nostrum lesum Christum Filium tuum… en la larga.

En el siglo IV, en la lucha contra el arrianismo, se quiebra la primitiva táxis de la oración dirigida al Padre por medio de Jesucristo [supra II,1] y se empiezan a dirigir algunas oraciones a Cristo. En el ámbito de la Liturgia Romana esta orientación encontró fuerte resistencia, salvo en épocas de decadencia litúrgica y de predominio del devocionalismo. Incluso la primitiva doxologí­a final Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto, en la que se confiesa la igualdad sustancial de las divinas personas en razón de la naturaleza, sonabaasí­: Gloria Patri per Filium in Spiritu Sancto .

La plegaria litúrgica, por tanto, expresa la centralidad del misterio pascual de Cristo en la liturgia, y hace memoria de toda la obra redentora a la vez que ésta se hace presente en la acción sagrada. Pero, sobre todo, la liturgia indica la glorificación de Cristo junto al Padre para derramar sobre los redimidos el Espí­ritu Santo y ejercer el sacerdocio sumo y eterno. El sacerdocio de Cristo se hace visible en las celebraciones litúrgicas y anima el ministerio de la Iglesia, la esposa asociada a su Señor para rendir el culto verdadero al Padre en el Espí­ritu Santo e invocar continuamente al «que ha de venir»: Marana tha (cf. 1 Cor 16,22; Ap 22,17.20).

c) Cristo, objeto del culto litúrgico: Junto a la plegaria litúrgica orientada al Padre por medio de Jesucristo, la iglesia nunca ha dejado de dirigirse a su Señor, alentada por el Espí­ritu Santo, para darle gloria e invocarle. La adoración y la veneración hacia Cristo ha encontrado en la liturgia su cauce más ní­tido en la celebración de las Horas y, de modo particular, en las composiciones poéticas del Antifonario y de la Himnologí­a, sin olvidar la interpretación cristológica de los salmos. Si el Padre lo glorificó (cf. Jn 8,54; 12,28; 13,32; 17,1; He 2,36; Flp 2,9-11; etc.), es obvio que la Iglesia también lo haga. Esta tradición se remonta al mismo NT, en el que se encuentran fragmentos de himnos cristológicos de singular belleza (cf. Flp 2,6-11; Col 1,15-20; 1 Tim 3,16; 1 Pe 2,21-25; Ap 5,9-14; etc.).

El Ordinario de la Misa del Misal Romano contiene las invocaciones dirigidas a Cristo, Kyrie eléison, Christe eléison, resto de las antiguas letaní­as, así­ como el canto del Benedictus en la doxologí­a angélica y el Agnus Dei durante la fracción del Pan. Además están las aclamaciones Gloria tibi, Domine y Laus tibi, Christe al que es la Palabra eterna del Padre, etc..

3. LA PRESENCIA Y LA OBRA DEL ESPíRITU SANTO EN LA LITURGIA: Jesucristo ocupa, como puede verse, un puesto verdaderamente sobresaliente en la liturgia, especialmente romana. Algunos autores ortodoxos han reprochado a la teologí­a católica un «cristomonismo» con detrimento de la pneumatologí­a. Lo cierto es que, aparte los acentos propios de cada tradición teológica, la teologí­a occidental en general no ha tenido demasiado en cuenta a la liturgia como locus theologicus, salvo con fines apologéticos en muchos casos. De haberlo hecho, se habrí­a procurado una visión más completa y más coherente de la presencia y de la misión del Espí­ritu Santo en el misterio de la SS. Trinidad y en la economí­a de la salvación. Es cierto también que la tradición litúrgica latina – occidental en general y no sólo romana- no tiene la riqueza pneumatológica de la tradición griega y oriental – especialmente sirí­aca-, pero también es cierto que se ha hecho un esfuerzo muy notable en las últimas décadas para poner de manifiesto la pneumatologí­a de la liturgia.

a) El don de la Pascua del Señor: El Espí­ritu Santo es el don del Padre, entregado a su Hijo jesucristo como respuesta amorosa en el misterio pascual, para derramarlo abundantementé sobre la humanidad redimida (cf. Jn 7,37-39; 19,30.34; He 2,33). «Don de Dios» (Jn 4,10; He 11,15), prometido para los tiempos mesiánicos (cf. Is 32,15; 44,3; Ez 36,26-27; 37,14; Jl 3,1-2; Zac 12,10), que reposa sobre Jesús (cf. Jn 1,32-34; Lc 3,21-22) y lo guí­a en su misión (cf. Lc 4,1.14-15.18-19; etc.) hasta su ofrecimiento en la cruz (cf. Heb 9,14), es también el don que el Mediador único del culto verdadero [supra I,2.b] entrega a la Iglesia para que ésta realice, a su vez, su misión (cf. Jn 20,21-23; He 2,1-4.33; 8,14-17; 10,44-48; 19,1-8).

En efecto, los apóstoles son guiados también por el Espí­ritu y bajo su impulso dan testimonio de Jesús y desempeñan su tarea (cf. He 4,8.33; 6,5.8.10; 7,55; 9,17.22; 11,24; 13,9; etc.). El Espí­ritu, después de la resurrección de Jesús (cf. Rom 1.3-4), es enviado a los creyentes para renovarlos y regenerarlos (cf. Tit 3,5; Jn 3,4-6), asimilarlos al Hijo de Dios y hacerlos partí­cipes de la filiación divina (cf. Rom 8,14-16; Gál 4,6), hacerlos templos vivientes de Dios (cf. 1 Cor 6,19; Ef 2,20-22), orar en su interior (cf. Rom 8,26-27), cantar y celebrar al Padre (cf. Ef 5,18-20; Col 3,16-17), confesar a Jesús como Señor (cf. 1 Cor 12,3b; Flp 2,11) e invocarle en la espera de su retorno (cf. 1 Cor 11,26; 16,122; Ap 22,17.20).

En este sentido la liturgia, en í­ntima conexión con la revelación bí­blica, es donación continua del Espí­ritu Santo que Cristo, presente en las acciones litúrgicas, sigue comunicando a los creyentes. El Espí­ritu Santo es el Espí­ritu del Padre y del Hijo que, derramado sobre toda la Iglesia e infundido en los fieles, realiza la comunión en la vida divina e inicia el retorno de todos los dones hacia el que es su fuente y su término.

b) Liturgia «en el Espí­ritu Santo»: Esta expresión quiere decir, en primer lugar, que en la liturgia cristiana se realiza «la adoración en el Espí­ritu y en la verdad» (Jn 4,23-24), pero quiere decir también que no hay liturgia sin el Espí­ritu Santo. La liturgia pone de manifiesto esta realidad mediante la fórmula in unitate Spiritus Sancti, que cierra las oraciones. La expresión permite subrayar tanto la unidad substancial de las divinas personas como la unidad de la iglesia que arranca del misterio trinitario y es realizada por el Espí­ritu Santo».

Por este motivo la oración litúrgica es siempre oración eclesial «en el Espí­ritu Santo», de manera que el «nosotros» que aparece como sujeto de la plegaria y aun de toda la celebración, es siempre la Iglesia «congregada por el Espí­ritu Santo». «La unidad de la Iglesia orante es realizada por el Espí­ritu Santo, que es el mismo en Cristo, en la totalidad de la Iglesia y en cada uno de los bautizados… No puede darse oración cristiana sin la acción del Espí­ritu Santo, el cual realizando la unidad de la Iglesia, nos lleva al Padre por medio del Hijo».

El mismo Espí­ritu, en orden a la unidad y a la comunión, habilita a los creyentes para recibir la Palabra divina y acogerla en sus corazones. Por la acción del Espí­ritu, que acompaña siempre a la Palabra (cf. Gén 1,2-3; Sal 33,6; etc.) y va recordando y guiando hacia la verdad plena (cf. Jn 14,15-17.26; 15,26-27; 16,13-15), «la Palabra de Dios se convierte en fundamento de la acción litúrgica y en norma y ayuda de toda la vida»333. ,:
Por eso la acción ritual que sigue a la liturgia de la Palabra, arranca de la petición al Padre, por medio de Jesucristo, para que venga en ayuda del ministerio eclesial y enví­e su Espí­ritu Santo sobre los elementos sacramentales y sobre quienes van a servirse de ellos con alguna finalidad santificadora. El ejemplo más patente de lo que es la epí­clesis lo constituyen las dos invocaciones que tienen lugar en la plegaria eucarí­stica: «epí­clesis consecratoria» y «epí­clesis eclesial»34. Invocaciones análogas se encuentran en todas las demás fórmulas de consagración, dedicación o bendición, tanto de personas -las ordenaciones, la bendición del abad, la consagración de ví­rgenes- como de elementos naturales -el agua para el bautismo, el aceite para el crisma y la unción de enfermos, etc.-, lugares -la iglesia, el altar, etc.- y los objetos para la liturgia o para la vida humana.

4. SíNTESIS: En suma, el Espí­ritu Santo hace posible con su acción invisible que los actos sacramentales de la iglesia realicen lo que significan, conduciendo la obra de Cristo a su plenitud según el designio eterno del Padre. Por esto la acción del Espí­ritu en la liturgia, como todas las obras ad extra de la SS. Trinidad, pertenece por entero e igualmente a las tres divinas personas. La presencia y la acción del Espí­ritu Santo en los nuevos magnalia Dei realizados en la liturgia se insertan en la divina economí­a de la salvación descendente-ascendente o, si se prefiere, cristológico-trinitaria y eclesiológica. La atribución de «obras» al Padre, al Hijo Jesucristo, y al Espí­ritu Santo en las diferentes etapas de la historia salví­fica,no sólo no disminuye sino que pone de manifiesto la í­ntima conexión entre las divinas personas.

La «economí­a» del Espí­ritu y su manifestación en la liturgia no significa disociación respecto de la «economí­a» de Cristo, sino continuidad, perfeccionamiento y consumación de ésta. Y, a la vez, la «economí­a» del Espí­ritu es la «economí­a» del Padre que enví­a al Espí­ritu escuchando la epí­clesis permanente del Hijo Jesucristo (cf. Jn 14,15) en la invocación de la iglesia. Por otra parte la acción del Espí­ritu en la liturgia glorifica al Hijo Jesucristo (cf. Jn 16,14; 17,10) y, por su medio, el Padre es también glorificado (cf. Jn 17,1.4). La liturgia se hace eco continuamente de esta especie de perikhóresis manifestada en la economí­a salví­fica sacramental: el Hijo está en el centro para revelar la caridad infinita del Padre y transmitir el don del Espí­ritu a los hombres en los sacramentos de la Iglesia, singularmente en la eucaristí­a; el Hijo sigue estando en el centro para que la conciencia filial y la alegrí­a de los nuevos hijos de Dios se transforme en alabanza bajo la acción del mismo Espí­ritu, y por Cristo, con él y en él, se efectúe la acción de gracias al Padre.

III. La SS. Trinidad en la liturgia
La liturgia es verdadero locus theologicus del misterio trinitario desde el punto de vista de la experiencia cristiana y eclesial de la presencia y de la «obra» de las tres divinas personas en la economí­a salví­fica. Pero la liturgia es también locus theologttus en un sentido más estricto, es decir, en cuanto en ella se expresa y se confiesa, mediante el lenguaje de la celebración, la fe de la iglesia «en la Trinidad santa y eterna y en su unidad indivisible». No es exagerado decir que todos los elementos de la liturgia, es decir, lecturas y salmos, textos eucológicos, himnos, antí­fonas, gestos y ritos, e incluso algunas estructuras o leyes internas de la celebración de los sacramentos, de la Liturgia de las Horas y del Año litúrgico, ponen de manifiesto la «inspiración» trinitaria que los preside e impregna.

Dada la limitación del artí­culo, sólo es posible hacer una breve reseña de la expresión teológico-litúrgica del misterio trinitario, aunque puede considerarse también como tal todo el apartado precedente, si bien desde la perspectiva antes indicada. Ahora bien, se impone una distinción y un tratamiento separado de la teologí­a litúrgica trinitaria de expresión griega -las Liturgias Orientales-, y de la de expresión latina -singularmente la Liturgia Romana
1. LAS LITURGIAS ORIENTALES: La expresión litúrgica de la fe trinitaria tiene caracterí­sticas propias en el Oriente cristiano, que tienen origen tanto en la sensibilidad espiritual como en la historia misma de las controversias teológicas de los primeros siglos.

a) Fiestas trinitarias: En Oriente no existe una fiesta de la SS. Trinidad, y sin embargo toda la liturgia es un maravilloso icono del misterio trinitario. De entre las numerosas fiestas mayores del calendario anual, emergen tres de especial densidad en este sentido. La primera es la santa Teofaní­a de N. S. Jesucristo, la heorté ton phótón (la fiesta de las luces) -6 de enero-, en la que tanto el leccionario, centrado en Tit 2,11-14; 3,4-7 y en Mt 3,13-17, como el tropario principal de la fiesta se refieren a la manifestación de la SS. Trinidad sobre la humanidad de Jesucristo: la voz del Padre que proclama la identidad del Hijo, el descenso «corporal» y la permanencia del Espí­ritu sobre éste, la aceptación obediente del Amado (agapétós) del Padre. La fiesta culmina con la bendición de las aguas en la qud se recita el gran Poema de san Sofronió de Jerusalén
La segunda gran fiesta (epifaní­a)’ trinitaria es la santa Transfiguración (metamórphósis) de N S. Dios y Salvado Jesucristo -6 de agosto-, entre la fiesta de Moisés y la fiesta de la Santa Cruz. Los textos principales son 2 Pez 1,10-19 y Mt 17,1-9. Como en el Jordán, se produce la manifestación plena de la SS. Trinidad: el Padre enví­a el Espí­ritu, simbolizado en la nube de gloria, sobre el Hijo y lo transfigura; el Espí­ritu anticipa la glorificación pascual y divina del Hijo; el Hijo acepta la voluntad del Padre e inicia su misión hacia la muerte y la resurrección. Los discí­pulos, aterrorizados, son llamados á «escuchar» y seguir en la obediencia ! Profeta (nuevo Elí­as) y Mediador (nuevo Moisés) de la salvación, con vistas a su propia «divinización» (theí­ósis) escatológica.

La tercera y más grande fiesta trinitaria es la Pentécosté, unida indisolublemente a la Pascua y «sello» de la Cincuentena pascual. En ella culmina la revelación de las tres divinas personas y se inaugura la «economí­a» eclesial de la vida en Cristo y de la transformación de todo lo creado. Las lecturas bí­blica de la misa son He 2,1-11 y Jn 7,37-518,12, aunque en los maitines se lee Jn 20, 19-23. Pentecostés es la fiesta integral de la SS. Trinidad, celebración del cumplimiento de la promesa hecha por el Hijo de enviar, de junto al Padre, al «otro Consolador» (paráclétos). En esto se distingue de Occidente, que tuvo que recurrir al domingo octava de Pentecostés para dedicarlo al misterio trinitario. No obstante la Liturgia Bizantina ha hecho del «lunes de Pentecostés» el dí­a del Espí­ritu Santo con el recuerdo del acontecimiento narrado en He 2,1-11.

b) Los textos litúrgicos: Por otra parte la teologí­a en Oriente ha aceptado el riesgo de manifestarse en los himnos, plegarias y aclamaciones litúrgicas, convirtiendo estos elementos en vehí­culo del kérygma, de la catequesis vital, de la apologí­a y de la mystagogí­a. El resultado es una masa inabarcable de documentación litúrgica.

No obstante, emergen algunas notas muy definidas que permiten hacerse una idea de la riqueza y de los acentos de la visión teológico-litúrgica del misterio trinitario en Oriente: 1. Los textos litúrgicos subrayan más la Trinidad y la distinción de personas que la unidad de Dios; 2. La mención de las personas se hace mediante trazos propios de cada una y por el papel particular que desempeña en la economí­a salví­fica (cf. Jn 15,26); 3. En numerosos textos litúrgicos la Trinidad es considerada como un solo sujeto, del que proceden las energí­as divinas que en otros textos se atribuyen separadamente, poniéndose de manifiesto de este modo la unidad dinámica que brota de la unión en la esencia idéntica en las tres personas; 4. Las expresiones litúrgicas referentes acada persona, se sitúan siempre en el conjunto del misterio trinitario (según el principio del todo en cada parte), excluyendo toda forma de monismo centrado sobre una sola de las personas de la Trinidad; 5. La triadologí­a litúrgica se apoya siempre en lá triadologí­a del AT y en las doxologí­as del NT, además de en la enseñanza de los SS. Padres y de los Concilios ecuménicos; 6. En las fórmulas litúrgicas aparece un elemento «catafático» (positivo), basado en la revelación y en la iluminación del Espí­ritu Santo, que no elimina el elemento «apofático» (negativo), mucho más rico y por el cual el misterio trinitario aparece inaccesible e impenetrable a la inteligencia humana y a la especulación racional y filosófica; 7. A pesar de todo, los textos litúrgicos trinitarios poseen un carácter dinámico abierto a nuevas formulaciones.

2. LA LITURGIA ROMANA: En representación de las Liturgias Occidentales nos centramos en la Liturgia Romana renovada, aunque de manera muy sucinta.

a) La celebración eucarí­stica: Como prototipo de toda celebración, el actual Ordinario de la Misa refleja el dinamismo trinitario del que se ha hablado antes [supra II,Introd.]. En efecto, la celebración eucarí­stica es, ante todo, una hierofaní­a del misterio divino, un espacio de encuentro con Dios en Jesucristo, el momento de la comunión (koinóní­a) con el misterio salví­fico anunciado en la liturgia de la Palabra de Dios -según el sistema de lecturas que va del AT y del Nuevo a Cristo y de éste a la iglesia-, evocado por la plegaria sacerdotal de la Iglesia, y realizado en la acción sacramental cuyo núcleo es la epí­clesis del Espí­ritu del Padre, para la «gloria» de su nombre.

La celebración es siempre y en su totalidad, eucharistí­a al Padre, anámnésis del Hijo, epí­clésis del Espí­ritu, koinóní­a de la iglesia y doxologí­a en honor de toda la SS. Trinidad, además de homologésis de la fe, etc., aun cuando cada uno de los aspectos se concentre y se exprese principalmente en la plegaria eucarí­stica y en otros momentos de la celebración, como la invocación trinitaria inicial, los saludos litúrgicos, la conclusión de las oraciones, el sanctus, la oración dominical, la bendición final, etc. Capí­tulo propio, desde el punto de vista trinitario, es también el himno Gloria in excelsis Deo, el canto al Padre y al Cordero que termina con una doxologí­a que menciona al Espí­ritu Santo.

b) Otras celebraciones: La expresión trinitaria de la liturgia se encuentra también en el Año Litúrgico, en el que no es dificil descubrir la acentuación de la referencia a cada una de las divinas personas en los dos grandes ciclos, el de la Manifestación del Señor (Adviento y Navidad-Epifaní­a) y el de la Pascua (Cuaresma, Triduo pascual y Cincuentena-Pentecostés): el primero destacando la misión del Hijo Jesucristo, y el segundo la misión del Espí­ritu Santo
En la Liturgia de las Horas, además de la orientación trinitaria de la plegaria litúrgica, cabe señalar el sentido cristológico de los salmos -la voz de Cristo que alaba al Padre en el Espí­ritu Santo-, la alabanza y las preces dirigidas al mismo Cristo, y la asistencia especial del Espí­ritu. De manera particular las tres horas Tercia, Sexta y Nona han sido consagradas desde el principio a la SS. Trinidad. En la Liturgia de las Horas se encuentran numerosos himnos trinitarios y no sólo para la solemnidad de la SS. Trinidad sino para el oficio ordinario. Entre estos himnos sobresalen O lux beata Trinitas, Nunc sancte nobis Spiritus, Aeterna lux divinitas, O sacrosancta Trinitas, Rerum creator optime, etc., además del Te Deum.

Sobre la expresión trinitaria en los sacramentos véanse los artí­culos dedicados a cada uno.

c) La fiesta de la SS. Trinidad: Celebrada paulatinamente desde el s. VIII con carácter devocional y monástico, hasta 1334 no fue introducida en el Calendario Romano universal, y en la actualidad se ha beneficiado ampliamente de la reforma litúrgica promovida por el Vaticano II. En efecto, no es justo considerarla como una «fiesta de ideas» -salvo que se consideren de igual modo las fiestas del Oriente cristiano y aun algunas latinas como Navidad y la Ascensión del Señor, fuertemente «teológicas»-, sino como la sí­ntesis del misterio celebrado durante toda la Cincuentena pascual y en la culminación del domingo de Pentecostés. Los textos litúrgicos de la fiesta son, en primer lugar, las nueve lecturas del Leccionario de la Misa repartidas en los tres ciclos, en las que sobresalen los evangelios que hablan de la misión del Hijo Un 3,16-18, ciclo A), de la misión del Espí­ritu Un 16,12-15, ciclo’ C) y del bautismo en el nombre de las’ divinas personas (Mt 28,16-20, ciclo` B). A estas lecturas hay que añadir 12 Cor 2,1-16 (con la Carta 1 de san Ata nasio a Serapión) del Officium lectionisty los restantes textos bí­blicos de las lecturas breves y responsorios de la Liturgia de las Horas, referidos todos a la revelación del misterio de la salvación.

Por su parte los textos eucológicos, renovados sobre todo en el Misal, giran en torno al prefacio De SS. Trinitate procedente del Sacramentario Gelasiano, para proponer ante todo la confesión de fe y el reconocimiento del misterio trinitarios’. Las antí­fonas del Oficio, tomadas del Breviarium precedente, insisten más en los aspectos de la adoración y de la alabanza divina. No son elucubraciones teológicas lo que proponen los textos de la fiesta, sino vivencias profundas unidas a formulaciones centradas casi exclusivamente en la unidad divina esencial y en la trinidad de personas, sin olvidar la presencia de éstas en la vida de los creyentes y la respuesta de la fe y de la adoración. La fiesta, por otra parte, llega fácilmente al pueblo cristiano, lo que prueba que responde a la experiencia espiritual de la relación de los creyentes con el Dios revelado por Jesucristo y comunicado en el don del Espí­ritu Santo.

IV. Liturgia terrena y liturgia celeste
En la liturgia «preguntamos y tomamos parte en la liturgia celestial» en la que Cristo, sentado a la derecha del Padre, actúa como Pontí­fice y Mediador del santuario verdadero (cf. Heb 5-9; SC 8; LG 50) y realiza la permanente epí­clesis del Espí­ritu Santo sobre su Iglesia, en diálogo con ésta (cf. Jn 14,16-17; Ap 22,17.20). Esta dimensión de la liturgia cristiana se olvida o se silencia con demasiada frecuencia. Ysin embargo constituye la fuente de la synergí­a de la Iglesia y del Espí­ritu, a través de la cual el Padre y el Hijo actúan juntos (cf. Jn 5,17).

Liturgia celeste y liturgia terrena son dos niveles del mismo misterio, como un icono, pero no porque uno sea el nivel superior y e’l otro el inferior, sino porque uno está dentro del otro. La liturgia celeste tiene como Pontí­fice al Verbo encarnado y glorificado (cf. Heb 8,lss.; etc.), a quien asisten como ministros los ángeles y todas la potencias del cielo (cf. Heb 1,13-14; 12,22; Ap 5,11; etc.). Esta liturgia fue introducida «en este exilio terreno» por Cristo, al tomar la naturaleza humana, y en ella participa ahora la iglesia asociada a la alabanza ante el trono de Dios y del Cordero (cf. SC 83; 85; LG 50). La liturgia terrena contribuye de este modo a presentar a la iglesia como una realidad «humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles… presente en el mundo y sin embargo peregrina» (SC 2).

Por otra parte la liturgia celeste es la liturgia eterna (cf. Is 6,1-3; Ez 10,lss.; Ap 4,8), mientras que la liturgia terrena lleva la «apariencia de este mundo que pasa» (cf. 1 Cor 7,31). Entre la liturgia celeste y la liturgia terrena existe un flujo-reflujo de vida que pasa por el Cristo glorioso, Señor del tiempo y de la eternidad (cf. Heb 13,8; Ap 1,8.17-18), y llega a toda la Iglesia, a los hombres y al universo para rescatarlos de la muerte e introducirlos en la gloria y en el amor fontal del Padre (cf. Ef 1,3-14; Col 1,16), es decir, en la situación de los cielos nuevos y de la tierra nueva (cf. Rom 8,19-23; 1 Cor 15,51-57; Flp 3,20-21; Ap 21,lss.). La «admirable conversión» eucarí­stica de los dones del pan y del vino preludian ya la transformación gloriosa de todo lo creado
[ – Adoración; Amor;; Arrianismo; Bautismo; Comunidad; Comunión; Confirmación; Concilios; Doxologí­a; Epí­clesis; Espí­ritu Santo; Eucaristí­a; Experiencia; Fe; Hijo; Historia; Icono; Iglesia; Jesucristo; Misión, misiones; Misterio; Naturaleza; Oración; Padre; Sacerdocio; Salvación; Teologí­a y economí­a; Trinidad; Vaticano II; Vida cristiana.]
Julián López Martí­n

PIKAZA, Xabier – SILANES, Nereo, Diccionario Teológico. El Dios Cristiano, Ed. Secretariado Trinitario, Salamanca 1992

Fuente: Diccionario Teológico El Dios Cristiano