JUAN DE LA CRUZ, SAN

SUMARIO: I. El Dios de San Juan de la Cruz: 1. Impresión falsa; 2. Lectura verdadera.-II. Vivencia trinitaria: 1. Devoción personal; 2. Experiencia vital y modo de expresarla.-III. Conclusión.

I. El Dios de Juan de la Cruz
1. IMPRESIí“N FALSA. El tema central de los escritos de san Juan de la Cruz es la unión o comunión del hombre con Dios’. En algunos lectores puede cundir la impresión de que el santo es algo así­ como un monoteí­sta a ultranza, como si el Dios del que habla fuera el Dios de la filosofí­a o el del Antiguo Testamento, sin la revelación definitiva de Dios Padre, Hijo y Espí­ritu Santo. Es una impresión que desaparece con una lectura más atenta y precisa y con una buena metodologí­a.
2. LECTURA VERDADERA. El Dios de que habla, lo encuentra Juan de la Cruz «como es en sí­» en la «revelación del misterio de la Santí­sima Trinidad y unidad de Dios».

Es el Dios Trinidad: Padre, Hijo y Espí­ritu Santo, del que habla en el poema que bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche y en el Romance sobre el evangelio «in principio erat Verbum» acerca de la Santí­sima Trinidad, compuestas ambas poesí­as en la cárcel de Toledo (1577-1578).

Este es el Dios de la historia de la salvación cantada por san Juan más que nada en la segunda de estas obras poéticas. La esencia o el ser más profundo de este Dios es el amor. Lo canta así­: «Este ser es cada una / y éste solo las uní­a / en un inefable nudo / que decir no se sabí­a; / por lo cual era infinito / el amor que las uní­a, / porque un solo amor tres tienen, / que su esencia se decí­a: / que el amor cuanto más uno / tanto más amor hací­a»
Es el Dios que, impulsado por ese amor, hace culminar la plenitud de los tiempos con la encarnación del Hijo en Marí­a, de cuyo consentimiento / el misterio se hací­a; / en la cual la Trinidad / de carne al Verbo vestí­a; / y aunque tres hacen la obra, / en el uno se hací­a; / y quedó el Verbo encarnado / en el vientre de Marí­a’.

No es ésta la única vez que recuerda el principio de que las actiones ad extra sunt communes toti Trinitati. Del modo más explí­cito formula esa misma verdad en la Llama, cuando «da a entender el alma cómo las tres Personas de la Santí­sima Trinidad, Padre, Hijo y Espí­ritu Santo, son los que hacen en ella esta divina obra de unión», y poco más abajo añade: «Y aunque aquí­ nombra las tres por causa de las propiedades de los efectos, sólo con uno habla, diciendo: en vida la has trocado, porque todos ellos obran en uno, y así­ todo lo atribuye a uno, y todo a todos».

Actora de la unión del hombre con Dios es la Trinidad; y no serí­a verdadera y total transformación del alma en Dios «si no se transformase en las tres Personas de la Santí­sima Trinidad»‘, aquí­ en la oscuridad de la fe y allí­ en la visión beatí­fica.

II. Vivencia trinitaria de Juan de la Cruz
1. DEVOCIí“N PERSONAL. Juan de la Cruz era conocido por su gran devoción a la Santí­sima Trinidad. Siempre que las normas litúrgicas se lo permití­an, decí­a Misa de la Santí­sima Trinidad, teniéndola, como él decí­a con gracia, por el santo más grande del cielo.
Hombre tan recatado en manifestar sus vivencias espirituales, contó, no obstante «que de tal manera comunicaba Dios su alma acerca del misterio de la Santí­sima Trinidad, que si no le acudiese nuestro Señor con particular auxilio del cielo, serí­a imposible vivir, y así­ tení­a muy acabado el natural». Decí­a así­ mismo «que la ordinaria presencia de Dios nuestro Señor que traí­a, era traer su alma dentro de la Santí­sima Trinidad, y que en compañí­a de aquel misterio de tres Divinas Personas le iba muy bien a su alma»». Y a una de sus dirigidas, Ana de san Alberto, manifestó: «Yo, hija, traigo siempre mi alma dentro de la Santí­sima Trinidad, y allí­ quiere mi señor Jesucristo que yo la traiga»». Conociendo estos secretos de su espí­ritu no es maravilla que anduviese repitiendo aquella jaculatoria: «Â¡Oh, qué bienes serán aquellos que gozaremos con la vista de la Santí­sima Trinidad!»».

2. EXPERIENCIA VITAL Y MODO DE EXPRESARLA. Desde las manifestaciones exteriores de su devoción y desde las confesiones de su interior, podemos intuir y comprobar cómo los dos poemas citados: que bien sé yo la fonte y el Romance sobre la historia de la salvación están llenos de la sustancia autobiográfica de quien ha meditado y cantado su fe en circunstancias litúrgicas del misterio eucarí­stico y trinitario. La fonte que mana y corre es la Trinidad, escondida no sólo en el alma del encarcelado sino también en la eucaristí­a de la que está privado y que tanto ansí­a: Aquesta viva fuente que deseo / en este pan de vida yo la veo, / aunque es de noche.

Teniendo en cuenta también su estilo personal de vivir el misterio trinitario, inmerso en él, podemos aventurarnos sobre la experiencia trinitaria que traducen no sólo sus poemas sino también sus grandes obras, encontrando en esos relatos sus propias vivencias. Al menos, no tenemos por qué excluirlas sabiendo, como él asegura, que se va a servir de su propia experiencia para escribir. Tenemos bien claro el testimonio de su confesor, Juan Evangelista, que declara: «que se echa bien de ver que es experiencia y ejercicio, y que pasaba por él aquello que allí­ dice».

La inhabitación de la Santí­sima Trinidad es considerada por Juan de la Cruz como una presencia dinámica y transformadora del hombre «haciéndole a él vivir y morar en el Padre, Hijo y Espí­ritu Santo en vida de Dios»», «ilustrándole el entendimiento divinamente en la sabidurí­a del Hijo, y deleitándole la voluntad en el Espí­ritu Santo, y absorbiéndola el Padre poderosa y fuertemente en el abrazo abisal de su dulzura»». La gran apologí­a que hace de la generosidad de Dios que se quiere comunicar a sus hijos culmina con las palabras, apenas citadas, pero comienza con este arranque tan significativo: «Pero a todos éstos yo respondo». Su respuesta no es puramente bí­blica sino que además de escudarse con la Biblia lleva toda la fuerza de la experiencia personal del autor. Las descripciones de la experiencia trinitaria que hace a lo largo de la Llama y del Cántico son así­ mismo grandes capí­tulos de su vida personal. No habla simplemente el teólogo, ni el mí­stico teórico sino el mí­stico experimental. Juan de la Cruz habla en estos casos «más como teópata que como teólogo. Sus escritos contienen más que sus teologí­as, sus teopatí­as. El teólogo acude, ciertamente, a interpretar y a narrar lo sufrido, lo experimentado, pero siempre con un sentido inmenso de desazón interior al encontrarse en la misma persona con el teópata y con su constante autocrí­tica y autoconciencia que le lleva a decir que todo lo que acierta a expresar dista tanto de la realidad experimentada, como lo pintado de lo vivo», como el retrato, de la persona viva cuyo es, por muy sublime que sea el pintor.

Con esa conciencia relativa y relativizante de todas sus explicaciones, pero también con la certidumbre de sus experiencias, extiende su mejor autobiografí­a trinitaria cuando escribe: «amar Dios al alma es meterla en cierta manera en sí­ mismo, igualándola consigo, y así­ ama al alma en sí­ consigo con el mismo amor que él se ama». Desde esa fuerte vivencia, padecida en lo interior del misterio, se arriesga a decir lo que dice de la igualdad de amor con Dios, cuando el alma «toda revertida en gracia» está amando «a Dios con voluntad y fuerza del mismo Dios, unida con la misma fuerza de amor con que es amada de Dios; la cual fuerza es el Espí­ritu Santo, en el cual está el alma allí­ transformada; que siendo él dado al alma para la fuerza de este amor, supone y suple en ella, por razón de la tal transformación de gloria, lo que falta en ella». Esta incursión en la vida del cielo la opera Juan de la Cruz desde su experiencia situacional en este mundo, ya que «aun en la transformación perfecta de este estado matrimonial a que en esta vida el alma llega, en que está toda revertida en gracia, en alguna manera ama tanto por el Espí­ritu Santo, que le es dado en la tal transformación».

Cómo y de qué quilates será la intimidad y fuerza de este amor dado y enseñado por Dios al alma lo dice así­: «…demás de enseñar Dios allí­ a amar al alma pura y libremente sin interese, como él nos ama, la hace amar con la fuerza que él la ama transformándola en su amor, como habemos dicho, en lo cual le da su misma fuerza con que pueda amarle, que es como ponerle el intrumento en las manos y decirle cómo lo ha de hacer, haciéndolo juntamente con ella, lo cual es mostrarle (=enseñarle) a amar y darle la habilidad para ello».

La vida normal y corriente de esta persona llena del Espí­ritu Santo, al que siente tan activo y operante, es la de quien le siente «no sólo como fuego que la tiene consumada y transformada en suave amor, sino como fuego que, demás de eso, arde en ella y echa llama». Experimenta la vida de Dios en su alma, donde «pasa esta fiesta del Espí­ritu Santo». Destinada la persona humana a vivir la vida de Dios «dentro de Dios absorta», Dios la hace ya aquí­ abajo entrar en esa intimidad trinitaria, participando en las relaciones divinas, las cuatro relaciones reales de que hablan los dogmáticos. Desde su experiencia larga se atreve a decir: «No hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta, que el alma aspire en Dios, como Dios aspira en ella, por modo participado». El Espí­ritu Santo, «a manera de aspirar, con aquella su aspiración divina muy subidamente levanta el alma y la informa y habilita para que ella aspire en Dios la misma aspiración de amor que el Padre aspira en el Hijo y el Hijo en el Padre, que es el mismo Espí­ritu Santo que a ella la aspira en el Padre y el Hijo en la dicha transformación, para unirla consigo».

Entre las experiencias mí­sticas más altas y soberanas identifica Juan de la Cruz dos: «el recuerdo» y «la aspiración de Dios en el alma». Ilustra como puede el recuerdo y llega a los tres últimos versos de la cuarta y última canción de la Llama: y en tu aspirar sabroso / de bien y gloria lleno, / ¡cuán delicadamente me enamoras!
Frente al contenido de sus propios versos se siente desbordado y confiesa: «En (=de) la cual aspiración, llena de bien y gloria y delicado amor de Dios para el alma, yo no querrí­a hablar, ni aun quiero, porque veo claro que no lo tengo de saber decir, y parecerí­a que ello es si lo dijese»». Con este silencio habla fuertemente Juan de la Cruz de las experiencias dadas por Dios y recibidas por él. Viene a repetir constantemente que una cosa es sentir (=experimentar) y otra saber y acertar a explicar adecuadamente lo sentido, lo experimentado. Una de las páginas más ricas del santo se refiere precisamente a la experiencia de los atributos divinos. Queda uno al leerle y reelerle con la impresión de que escribe satisfecho sobre la experiencia de tales atributos que se indentifican con la divina esencia. Pero podemos estar seguros de que está insatisfecho, al tener que recordar que «cada una de estas cosas (los atributos de omnipotencia, bondad, sabidurí­a, santidad, liberalidad, etc.,) sea el mismo ser de Dios en un solo supuesto suyo, que es el Padre, o el Hijo, o el Espí­ritu Santo, siendo cada atributo de éstos el mismo Dios»

III. Conclusión
Juan de la Cruz escribe como teólogo dogmático, injertado en el filósofo que era, acerca de la presencia de Dios en el alma y en todo cuanto existe. Aquí­, sin olvidar ese fondo doctrinal, interesaba poner de relieve sus experiencias trinitarias y su modo de expresarlas. Rompió el silencio, por ejemplo, en su gran poema trinitario: ¡Oh llama de amor viva!,. ¡Oh cauterio suave!; ¡Oh lámparas de fuego!; ¡Cuán manso y amoroso!». Entró en el silencio, después de compuestas las canciones; y cuando le llegó de nuevo la inspiración superior se puso a declararlas, rompiendo de nuevo el silencio. Pero, al fin de sus comentarios le pudo de nuevo el silencio y se encerró en esa doxologí­a: al cual (Dios Trino y Uno) sea honra y gloria in saecula saeculorum. Amen» . Así­ termina la llama y de modo parecido concluye el Cántico donde hace acto de presencia «el dulcí­simo Jesús, Esposo de las almas fieles, al cual es honra y gloria, juntamente cqn el Padre y el Espí­ritu Santo, in saecula saeculorum. Amén».

[–> Amor;; Comunión; Espí­ritu Santo; Eucaristí­a; Experiencia; Fe; Filosofia; Gloria; Hijo; Historia; Inhabitación; Jesucristo; Marí­a; Misterio; Mí­stica; Monoteí­smo; Naturaleza; Padre; Relaciones; Revelación; Trinidad.]
José Vicente Rodrí­guez

PIKAZA, Xabier – SILANES, Nereo, Diccionario Teológico. El Dios Cristiano, Ed. Secretariado Trinitario, Salamanca 1992

Fuente: Diccionario Teológico El Dios Cristiano