HOMILIA

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Término griego que indica «exposición en una reunión». Litúrgicamente es la exposición viva y aplicativa de la Palabra de Dios en forma rememorativa y celebrativa. No es un «sermón», subjetivo del que la pronuncia ni un entretenimiento para el que la escucha. Es una proclamación adaptativa de la misma Palabra de Dios hecha alimento espiritual.

El Concilio Vaticano II decí­a: «Se recomienda encarecidamente como parte de la misma Liturgia, la homilí­a, en la cual se exponen durante el año litúrgico, a partir de los textos sagrados, los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana. Más aún: en las misas que se celebran los domingos y en las fiestas de precepto, con asistencia del pueblo, nunca se debe omitir la homilí­a si no es por causa grave.» (Sacr. Conc. 52)

Los elementos religiosos de la homilí­a son su referencia a la Palabra de Dios, el recuerdo de los dones de Dios que se agradecen y festejan, el sentido participativo de la comunidad que se identifica con los sentimientos y las ideas expuestas, la fe que inspira al grupo que la recibe y a la persona de autoridad religiosa que la pronuncia.

Por eso la homilí­a no es cualquier exposición, exhortación, conferencia o coloquio piadoso que se ofrece a un grupo.

Es un «Ministerio de la Palabra» que culmina el valor de los otros ministerios: evangelización para anunciar, catequesis para formar, teologí­a para profundizar. La homilí­a es acción litúrgica para celebrar. Y es la forma ministerial más cercana a la catequesis, sobre todo cuando se hace oportuna, agradable y de forma planificada, nunca improvisada, de cara a la formación de la fe de los oyentes que acuden a celebrarla en comunidad.

Fue la forma de vivificar la fe y comunicarla en la comunidad a los demás, que más se usó entre los primeros cristianos. Se hizo siempre con estilo vivencial, es decir con la palabra fraterna, aunque muchas veces quedó consignada por escrito por parte de algunos autores significativos. Algunos de los mejores recuerdos pueden ser citados en las pronunciadas y proclamadas por San Clemente a los Corintios, por S. Justino, S. Juan Crisóstomo, San Cirilo de Jerusalén, S. Gregorio Taumaturgo, San Ambrosio, S. Agustí­n.

Pedro Chico González, Diccionario de Catequesis y Pedagogí­a Religiosa, Editorial Bruño, Lima, Perú 2006

Fuente: Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa

Compartir la celebración litúrgica

La expresión «homilí­a» indica conversación o comunicación familiar. Es un momento especial de la predicación evangélica, puesto que se anuncia en evangelio en el ambiente de una comunidad eclesial que celebra los misterios del Señor. La dimensión litúrgica y familiar comunica la nota de «homilí­a» a la predicación cristiana.

En la homilí­a se anuncia comentando o conversando, en contexto familiar, lo que en aquel momento está celebrando la Iglesia entera, en el cielo y en la tierra. Puesto que es en la Eucaristí­a cuando se celebra y hace presente, de modo especial, la muerte y resurrección del Señor, es también entonces principalmente cuando tiene lugar la homilí­a. También es homilí­a la predicación en otras celebraciones sacramentos, liturgia de las horas, fiestas, etc.

Fuentes inspiradoras

Las fuentes donde se inspira la homilí­a son la Escritura (con la Tradición) y la liturgia que se celebra, «ya que es una proclamación de las maravillas obradas por Dios en la historia de la salvación o misterio de Cristo, que está siempre presente y obra en nosotros particularmente en la celebración de la liturgia» (SC 35). La homilí­a «es parte de la misma liturgia… a partir de los textos sagrados, los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana» (SC 52). A partir de esas fuentes, se quiere responder a la realidad concreta personal y comunitaria. No basta con compartir unas experiencias.

La homilí­a se inspira en la Palabra bí­blica, dentro del contexto litúrgico, donde resuena la situación o realidad humana. Es el servicio ministerial de anunciar el «hoy» de la historia de salvación, al estilo de Jesús en Nazaret «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de escuchar» (Lc 4,21). Llegar a captar este «hoy», supone, por parte del predicador (en colaboración con la comunidad eclesial), la actitud contemplativa y el estudio bí­blico, litúrgico, teológico y pastoral.

Dinámica interna y evangelizadora

La homilí­a tiene una dinámica interna peculiar se parte de la Palabra de Dios o del misterio de Cristo que se celebra, para responder a las situaciones concretas de personas y comunidades (lí­nea inductiva). Puesto que la misma Palabra de Dios se ha insertado en la realidad humana (cfr. Jn 1,14), se puede partir también de la misma realidad o situación humana para buscar la luz en el mensaje evangélico (lí­nea deductiva). Se dirige al hombre concreto en su circunstancia, para anunciarle el «hoy» de la Palabra de Dios.

Cuando la homilí­a tiene lugar en la celebración eucarí­stica dominical, adquiere su máximo grado de evangelización, puesto que se anuncia a Cristo muerto y resucitado, presente y comunicado. La vida del apóstol que predica forma parte del anuncio como signo personal o testimonio. La homilí­a «tiene ciertamente un puesto en la evangelización, en la medida en que expresa la fe profunda del ministro sagrado que predica, y está impregnada de amor… Muchas comunidades, parroquiales o de otro tipo, viven y se consolidan gracias a la homilí­a de cada domingo» (EN 43).

Referencias Anuncio, evangelización, kerigma, predicación, testimonio.

Lectura de documentos SC 52; EN 43.

Bibliografí­a AA.VV., El arte de la homilí­a (Barcelona, CPL, 1979); (Comisión Episcopal de Liturgia, España), Partir el pan de la palabra. Orientaciones sobre el ministerio de la homilí­a (Madrid, PPC, 1985); L. DELLA TORRE, Homilí­a, en Nuevo Diccionario de Liturgia (Madrid, Paulinas, 1987) 1015-1038; M. MAGRASSI, L’omelia, prolungamento della Parola (Padova, Messaggero, 1974); L. MALDONADO, El menester de la predicación (Salamanca 1972); R. SPIAZZI, Teologia pastorale didattica kerigmatica e omiletica (Torino, Marietti, 1965).

(ESQUERDA BIFET, Juan, Diccionario de la Evangelización, BAC, Madrid, 1998)

Fuente: Diccionario de Evangelización

SUMARIO: 1. Aportaciones del Vaticano II. – 2. Pasos en la homilí­a: 2.1. Homilí­a y anuncio gozoso. 2.2 Homilí­a y memorial. 2.3. Homilí­a y el hoy de la comunidad.

Dentro de la teologí­a pastoral y de la teologí­a kerigmática actuales, la homilí­a posee un sentido muy concreto. Es la predicación que tiene lugar en el interior de la liturgia y de modo muy especial, en el marco de la eucaristí­a.

Es cierto que, desde muy antiguo, se denominó homilí­a a la predicación cristiana en general. Como verbo («homilein») aparece ya en Hechos 20, 21. Y como sustantivo lo encontramos en Ignacio de Antioquí­a (Poi. 5, 1), en Eusebio de Cesarea (H.E. VI, 19) y en Gregorio Magno (Ep. 10, 52).

1. Aportaciones del Vaticano II
El sentido más particular y especí­fico de predicación litúrgica se va imponiendo a partir de la época de las Luces. Lo consagra el Vaticano II con la Constitución «Sacrosanctum Concilium» en su número, 52 que afirma: «Se recomienda encarecidamente, como parte de la misma liturgia, la homilí­a, en la cual, durante el ciclo del año, litúrgico, se exponen, a partir de los textos sagrados, los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana. Más aún, en las misas que se celebran los domingos y fiestas de precepto con asistencia del pueblo, nunca se omita, si no es por causa grave».

La mejor ejemplificación de esta doctrina conciliar la tenemos en uno de los textos más antiguos de la Iglesia apostólica sobre la liturgia primitiva, a saber, la Apologí­a 1 de san Justino escrita en torno al año 153. Ahí­ hallamos el siguiente relato descriptivo: «El dí­a llamado del sol, se tiene una reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en las ciudades o en los campos. Y se leen las memorias de los apóstoles o las escrituras de los Profetas mientras el tiempo lo permite. Luego, cuando el lector ha acabado, el que preside hace una invitación y una exhortación a imitar es estas cosas excelsas. Después nos levantamos todos a una y recitamos oraciones. Y … cuando hemos terminado de orar, se presenta pan y vino y agua, y el que preside eleva … acciones de gracias… Y el pueblo aclama diciendo: Amén» (4). El término usado por Justino para aludir a la homilí­a (exhortación o «próklesis») es una variante del empleado para describir la predicación de Pablo tras Pentecostés (Hechos 2, 41 «paráklesis»). En este último pasaje va unido como un sinónimo, al verbo «dar testimonio» que conocemos como termino habitual para la predicación o ministerio kerigmático.

Queda claro, tras los textos anteriores, que la homilí­a es parte de la liturgia. ¿Cómo? Según la SC 52, a través de la relación que esta predicación tiene, y debe tener, con el año litúrgico y con la misa; más en concreto, con sus textos sagrados o lecturas bí­blicas.

Pues bien, la cuestión concreta es: ¿cómo se puede realizar esta enseñanza conciliar?; ¿Qué significa propiamente eso de ser parte de la liturgia o estar dentro de la liturgia? Porque, evidentemente, el estar dentro o formar parte no debe ser entendido de una manera extrí­nseca, exterior, como una mera circunstancia externa, sino como algo interno e intrí­nseco. ¿La homilí­a no puede ser un cuerpo extraño dentro del conjunto litúrgico, sino un elemento sintonizado desde dentro con el conjunto de la celebración. Esta no debe ser mero contexto sino concausa determinante de su realidad interior.

2. Pasos en la homilí­a
Analicemos los pasos que debe dar el predicador homilético para realizar esta tarea.

Ante todo mostrará las relaciones concretase que hay entre la Palabra de Dios proclamada en las lecturas y el comentario a esta Palabra, por un lado, y la liturgia por otro. Estas relaciones son tres: el anuncio gozoso o pregón, el memorial y el hoy. Veámoslo.

2.1. Homilí­a y anuncio gozoso
No sólo la predicación cristiana es una evangelización, es decir, el anuncio y pregón de la Buena Noticia. También lo es la liturgia, concretamente la liturgia eucarí­stica. Efectivamente, San Pablo, al terminar de describir la eucaristí­a, de acuerdo con la tradición que él habí­a recibido, hace una especie de sí­ntesis final de lo que es y lo que hace la celebración eucarí­stica. Dice entonces: «Pues siempre que coméis este pan y bebéis este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva» (1 Cor. 11, 26). El verbo que encontramos en la oración principal de esta afirmación paulina es el verbo «kataggellein», sinónimo de «evangelizar». Los dos tienen la misma raí­z «proclamar la Buena Noticia». Por tanto, Pablo afirma que la eucaristí­a es una proclamación gozosa como lo es la predicación cristiana. Coinciden y tiene en común este carácter kerigmático, evangelizador (no hay que olvidar que kerygma significa también proclamación, pregón).

Pero no queda aquí­ el paralelismo. No sólo el acto es semejante a sino sobre todo el objeto del acto (o complemento directo): lo que anuncia la eucaristí­a es la muerte del Señor. Explicitando lo que dice san Pablo, podrí­amos traducir: «anunciáis la muerte y señorí­o de Jesús», es decir, su ser hecho Señor, su glorificación y resurrección. Por tanto, lo que se anuncia en la eucaristí­a es el misterio pascual o la muerte y resurrección de Cristo. Tal es el contenido del kerygma o de la Palabra en su versión cristológica. Por tanto, la coincidencia entre liturgia (eucaristí­a) y predicación es clara.

¿Cómo realiza la eucaristí­a esta proclamación? A través de sus gestos, sus sí­mbolos y textos oracionales. Sus gestos son los del banquete sacramental: la reunión de la asamblea litúrgica en torno a una misma mesa, la comunión del pan partido y del vino repartido transformados en cuerpo y sangre de Cristo que se entrega y se hace presente con su persona y su acción salví­fica, tanto en la asamblea reunida como en cada uno de sus miembros, y así­ hace a todos partí­cipes de su muerte, su perdón su redención y su nueva vida, sí­mbolos sacramentales del misterio pascual en su realidad tanto cristológica como eclesiológica.

Luego están las anáforas, los prefacios, que son la proclamación del misterio de Cristo, bien en su unidad, bien en cada uno de sus diversos momentos y aspectos. Aquí­ el destinatario se diversifica; no es sólo el pueblo, como en la predicación, sino Dios mismo como meta de la alabanza y la acción de gracias. Se anuncian los misterios cristológicos para alabar por ellos al Padre al que están dirigidos estos textos oracionales. Por tanto, la homilí­a deberá mostrar esta importante convergencia, esta semejanza profunda entre la Palabra de Dios y la liturgia eucarí­stica. Deberá presentar el kerigma, no sólo con los textos de la Palabra, sino con las imágenes, los signos y las expresiones tanto del rito eucarí­stico como de las plegarias eucarí­sticas. Es lo que dice la SC: «Por ser la predicación (homilética) parte de la acción litúrgica, se indicará en las rúbricas el lugar más apto… Sus fuentes principales serán la Sagrada Escritura y la Liturgia ya que esta predicación es la Proclamación de las maravillas obradas por Dios en la historia de la salvación o misterio de Cristo, que está siempre presente y actuante en nosotros, particularmente en la celebración de la liturgia» (35,2).

2.2. Homilí­a y memorial
Un segundo punto de convergencia entre la Palabra de Dios y la Liturgia que mostrará la homilí­a es el carácter de memorial. No sólo la predicación es memorial en cuanto relato narrativo sino también la liturgia en cuanto «anamnesis». Para comprobarlo basta con que volvamos al texto paulino de ICor.11, 25. Ahí­ ya no es Pablo sino el mismo Jesús el que, concluyendo el rito encarí­stico, es decir, la última Cena dice: «Cada vez que bebáis (de este cáliz) hacedlo en memoria mí­a». Antes, a propósito del comer el pan, su cuerpo, ha dicho lo mismo: «Haced esto en memoria mí­a» (1 Cor. 11, 24). En consecuencia, la eucaristí­a, en su núcleo ritual de comida y bebida sacramentales, es un memorial, una «anamnesis» del Cristo que se entrega, es decir, de su persona y su acción salví­ficas. Pero no sólo en su núcleo ritual, también en la plegarí­a, la anáfora, constatamos lo mismo. La anáfora es una gran plegarí­a doxológica que apoya su alabar a Dios y su acción de gracias al Padre en un motivo fundamental: las grandes acciones por él realizadas a lo largo de la historia salví­fica. Para ello hace memoria siempre de esta historia salví­fica, bien en su conjunto, bien en sus etapas fundamentales, bien en alguna otra de sus etapas. Así­ se convierte en relato narración. La anáfora es la «haggadá» cristiana.

Es sabido que la liturgia judí­a, en su celebración de la Pascua, tiene un relato central de lo sucedido en esta noche y en todas las noches salví­ficas de la historia de Israel. Tal relato se denomina «haggadá». Pues bien, los cristianos tenemos nuestra «haggadá» en la que, mediante una narración hacemos memoria de lo sucedido en nuestra historia como pueblo de Dios y, sobre todo, en la noche de la Ultima Cena, núcleo de la historia centrada en Cristo y su Misterio Pascual. Un ejemplo muy claro de esto lo tenemos en la IV anáfora o plegaria eucarí­stica del Misal Romano. En ella se va haciendo un recorrido de las etapas del Antiguo Testamento, de la encarnación, de la vida del Jesús histórico, de los misterios últimos de su existencia terrestre; todo culmina en el relato de la Ultima Cena. Hay otro ejemplo muy interesante que a veces pasa desapercibido. Son los prefacios (una de las partes de la anáfora) asignados a cada uno de los domingos de cuaresma. En ellos se recoge el relato de los evangelios que han sido proclamados en la Liturgia de la Palabra, concretamente: las tentaciones de Jesús en el primer domingo (Mt 4, 1-11 -ciclo A; Mc 1,12-15 -ciclo B-; Lc 4, 1-13 -ciclo C-), la transfiguración de Cristo en el segundo domingo (Mt 17, 1-9 -ciclo A-, Mc 9, 1-9 -ciclo B-, Lc.9, 28b-36 -ciclo C-), el episodio de la samaritana en el domingo tercero (Jn 4, 5-42 para los tres ciclos); la curación del ciego en el cuarto domingo (Jn 9, 1-41 para los tres ciclos) y la resurrección de Lázaro en el quinto domingo (Jn 11,1-41, también para los tres cielos). Igualmente el prefacio propio el domingo de Ramos alude muy directamente al relato de la pasión proclamado ese dí­a como lectura evangélica. Y un último ejemplo a tener en cuenta es el texto litúrgico del pregón de la Vigilia pascual que, en forma de himno, contiene una admirable sí­ntesis de la historia santa tal como la narran las Escrituras. Tenemos pues que el relato hecho en la liturgia de la palabra reaparece en la liturgia sacramental eucarí­stica. Pues bien, la homilí­a debe recoger esa semejanza, mostrar ese común carácter de relato, memoria o anamnesis, exponerlo con los elementos que le ofrecen tanto las lecturas como los oraciones centrales de la Eucaristí­a.

2.3. Homilí­a y el hoy de la comunidad
El tercer elemento que nos muestra la relación entre Palabra de Dios y Liturgia es el hoy. Sabemos que la predicación de Jesús culmina en la sentencia: «Hoy se cumple ante vosotros esta Escritura» (Lc, 4, 21). Pues bien, la liturgia gravita también en torno al hoy, al presente a la actualidad. Cuando llegan los tiempos litúrgicos, sus textos no se cansan de repetir esta hodiernidad. Lo tenemos sobre todo en los ejes del año litúrgico: Navidad, vigilia pascual. Recuérdense los introitos o antí­fonas del canto de entrada en las diversas fiestas navideñas, por un lado, y el pregón de la Vigilia pascual, por otro. (Lo mismo que la Palabra anuncia no solo el pasado sino el presente de la acción de Dios, igualmente la liturgia no es nunca mero recuerdo sin actualización presencialización de la historia santa. He aquí­ la convergencia que debe mostrar la homilí­a.

A modo de sí­ntesis última digamos que la homilí­a debe mirar por un lado a las lecturas y, por otro, a la acción sacramental (con sus sí­mbolos, ritos, gestos, oraciones, cantos…). Pero debe tener una tercer mirada o dimensión: debe prestar una real atención a la realidad extralitúrgica, a la vida concreta de los fieles con sus problemas, sufrimientos, también alegrí­as y valores positivos («signos de los tiempos»). En la hábil confección de esta trí­ada consiste el arte y el logro de una buena homilí­a.

BIBL. -VARIOS. El arte de la homilí­a C.P.L. Barcelona 1979; COMISIí“N EPISCOPAL DE LITURGIA, Partir el pan de la Palabra. Orientaciones sobre el ministerio de la homilí­a. PPC. Madrid 1985; P. GRELOT.- M. Y,. DuMAS. Homilí­as sobre la Escritura en la época apostólica. Herder. Barcelona 1991; J. COMES, La homilí­a ese reto semanal. EDICEP. Valencia 1992; J. RAMOS. Retórica-Sermón-Imagen. Universidad Pontificia Salamanca 1997; L. MALDONADO. Anunciar la Palabra hoy. Ed. San Pablo, Madrid 2000.

Luis Maldonado

Vicente Mª Pedrosa – Jesús Sastre – Raúl Berzosa (Directores), Diccionario de Pastoral y Evangelización, Diccionarios «MC», Editorial Monte Carmelo, Burgos, 2001

Fuente: Diccionario de Pastoral y Evangelización

Como su mismo nombre indica, la homilí­a es una «conversación»; en un estilo discursivo, propio de la comunicación familiar, la fe es declarada y propuesta a ios hermanos. Subrayo este aspecto no solamente para insistir en la oportunidad de que la predicación tenga un estilo sencillo y familiar; lo hago también porque estoy convencido de que la homilí­a es, por su naturaleza, dialogada. El que cree en la Palabra y se adhiere a ella, comparte su fe proponiéndosela a otros, para favorecer en ellos el desarrollo de una verdadera capacidad de acogida del don de Dios. Estoy seguro de que interpretar de este modo la homilí­a significa también manifestar continuamente —a nosotros mismos y a los demás— una manera profunda y rica de vivir el ministerio del presbí­tero. Nos sentimos hermanos entre los hermanos; comprometidos con todas nuestras fuerzas en hacer circular ese «lenguaje familiar» basado en la acogida de los criterios y de la sensibilidad comunicada por la Palabra de Dios. El que aprende a predicar con este espí­ritu, igualmente aprende a vivir con idéntico estilo las múltiples relaciones con los hermanos y las hermanas de la comunidad que preside. Del mismo modo, el que percibe su ministerio de presbí­tero como un servicio a los hermanos —servicio que les ayude a vivir con fe las diferentes situaciones de la vida diaria— tendrá la sabidurí­a de valorar y amar profundamente el momento de la homilí­a, en el que esta actitud de vida se convierte también públicamente en «función» dentro de la gran asamblea dominical.

Carlo Marí­a Martini, Diccionario Espiritual, PPC, Madrid, 1997

Fuente: Diccionario Espiritual

SUMARIO: I. La homilí­a en la vida del pueblo de Dios: 1. La tradición bí­blica: a) Antiguo Testamento, b) Judaí­smo intertestamentario, c) Nuevo Testamento; 2. La tradición eclesiástica: a) Los tres primeros siglos, b) Epoca patrí­stica, c) Epoca medieval, d) Epoca moderna, e) Epoca contemporánea – II. La homilí­a en los documentos conciliares y en la experiencia posconciliar: 1. En el Vat. 11: a) En la constitución SC, h) En los demás documentos; 2. La homilí­a en los libros litúrgicos: a) Misal romano, h) El Ritual y el Pontifical romano, c) Liturgia de las Horas; 3. La experiencia posconciliar: a) Exégesis bí­blica e iniciativas de base, b) El análisis de las ciencias humanas, c) La homilí­a en los últimos documentos eclesiásticos – III. La homilí­a en el proyecto litúrgico-pastoral: 1. La mesa de la palabra y la homilí­a: a) La «lectio divina» y la escucha creyente, b) La homilí­a como mediación interpretativa, c) Las funciones de la palabra y la homilí­a; 2. La homilí­a, parte de la celebración: a) Las intervenciones «espontáneas» y el discurso homilético, b) Los modelos de gestión de la celebración y la homilí­a; 3. Sujeto y forma del discurso homilético: a) El presidente homileta; b) Los fieles en el discurso homilético, c) Las formas de la comunicación homilética.

En su condición de acto por el que toma la palabra el presidente durante una celebración, y ordinariamente después de las lecturas bí­blicas, la homilí­a ha tenido un realce particular en el Vat. II, en la legislación posterior y en los nuevos -> libros litúrgicos.

Como «parte de la acción litúrgica» (SC 35), tiene una multiplicidad de funciones en la vida de fe del pueblo de Dios, que a menudo han sido aumentadas, entre otras cosas, por la carencia de las otras formas del ministerio de la palabra, indispensable para la comunidad creyente. Ante el creciente interés por la naturaleza y las modalidades de la evangelización y de la catequesis se va precisando el papel de la homilí­a en el contexto celebrativo y en relación con la vida concreta de los creyentes y de la comunidad eclesial. De la historia, recorrida aquí­ rápidamente en los momentos sobresalientes y que más interesan, provienen estí­mulos e indicaciones que permiten comprender algunas exigencias que surgen en la práctica pastoral y que todaví­a no se han hecho notar en la legislación eclesiástica. Por ello, tras el excursus histórico, las afirmaciones conciliares y la experiencia posconciliar, se tratará de colocar la homilí­a en el proyecto litúrgico-pastoral con la atención vuelta hacia el futuro.

I. La homilí­a en la vida del pueblo de Dios
«El pueblo de Dios se congrega primeramente por la palabra del Dios vivo, que con toda razón es buscada en la boca de los sacerdotes» (PO 4). Este principio es válido a lo largo de toda la historia de este pueblo, aunque varí­an los sujetos de cuyos labios sale la palabra, por cuyo medio Dios se revela y se da a su pueblo. Si consideramos la homilí­a como la comunicación no ritualizada de la palabra divina en un contexto celebrativo, es útil buscar en la rica y variada tradición de este pueblo las formas y las caracterí­sticas que ha tomado. La amplitud de la materia obliga a una exposición seleccionada por épocas y temas, capaz de recoger algunos datos útiles para la comprensión de lo que puede y deber ser hoy la homilí­a.

1. LA TRADICIí“N BíBLICA. En cuanto testimonio histórico de la fe del pueblo de Dios, la biblia documenta también las formas orales de la fe que precedieron a la Escritura y el uso interpretativo de ésta. Se reconoce ya que el lugar privilegiado para la formación de las tradiciones orales fue el culto del pueblo de Dios, y que a menudo se destinaban al culto los escritos que recogí­an e interpretaban las tradiciones orales.

a) Antiguo Testamento. En el rito de alianza del Sinaí­, la aspersión con la sangre y el banquete cultual sellan el pacto establecido por Dios «mediante todas estas palabras» (Exo 24:8), dichas precedentemente por Moisés al pueblo y luego escritas y leí­das. El contenido de esta comunicación verbal ha de buscarse en los cc. 20-23 del Exodo, donde las prescripciones morales y rituales van precedidas de un anuncio del Dios que ha liberado y revelado’. En el c. 18, en el ámbito de una celebración menos ritualizada, «contó Moisés a su suegro todo lo que habí­a hecho Yavé». Al celebrar la alianza en la asamblea de Siquén, Josué narra la historia de Israel como iniciativa salví­fica del Señor (Jos 24). En todas estas situaciones, el pueblo responde en forma dialogada. En el Deuteronomio tenemos una colección de discursos homiléticos; las conversaciones toman en consideración sentimientos y pensamientos del pueblo («Si se te ocurriera pensar… Guárdate de decir en tu corazón…»: 7,17;8,17), y las exhortaciones se basan en la evocación de la historia salví­fica (6,20-24; 8,2-6), comprendida y anunciada como actual (5,3). Estos discursos son interpretación y actualización de los acontecimientos salví­ficos y de las palabras de la alianza para la nueva situación del pueblo.

La asamblea convocada a la vuelta del exilio de Babilonia ve a los levitas ocupados en actividades homiléticas: «Y Esdras leyó el libro de la ley de Dios, traduciendo y explicando el sentido. Así­ se pudo entender lo que se leí­a» (Neh 8:8).

Los profetas predican en asambleas cultuales, a menudo en contraste con los sacerdotes oficiales. Amós (Neh 7:12-17) toma la palabra en el «santuario del rey y templo del reino»; Jeremí­as responde a Amasí­as, profeta cortesano que «inducí­a al pueblo a confiar en la mentira», «bajo los ojos de los sacerdotes y de todo el pueblo que estaban en el templo del Señor» (c. 28). Otra vez, al verse impedido de dirigirse al templo, ordena a su secretario que escriba las palabras del Señor, y lo manda al templo para que «las lea en alta voz al pueblo en el templo de Yavé un dí­a de ayuno» (c. 36). Las liturgias eran, por tanto, ocasión para tomar la palabra, como se desprende también de los Salmos. En las asambleas los salmistas dan testimonio de lo que Dios ha obrado en ellos (39 [hebr. 40], 10-11; 117 [hebr. 118], 10-14) o dirigen al pueblo instrucciones narrativas o sapienciales y exhortaciones de tono homilético (134 [hebr. 135], 4-12; 89 [hebr. 90], 2-6.9-2; 94 [hebr. 95], 8-11). En esta múltiple actividad oral, los jefes, los sacerdotes, los profetas, los escribas, los sabios o los mismos fieles tienen la conciencia de referir la palabra de Dios, madurada en ellos en el recuerdo meditado de los acontecimientos salví­ficos transmitidos y en la confrontación con las nuevas situaciones, a menudo dolorosamente vividas, y comunicada al pueblo para que se dé cuenta de lo que el Señor obra y dice actualmente, se convierta y viva según la ley, admire, alabe y bendiga al Señor.

b) Judaí­smo intertestamentario. En la asamblea descrita en Nehemí­as (c. 8) se pone convencionalmente el comienzo del judaí­smo, caracterizado por un intenso trabajo de los sacerdotes-escribas para dar a conocer la ley al pueblo a fin de que la viva. El culto sinagogal sabático es el lugar privilegiado para la lectura de los escritos sagrados y para el comentario homilético. Escribe Filón: «Moisés prescribió que el pueblo se reúna en asamblea en el mismo lugar en este séptimo dí­a y, sentándose juntos con respeto y orden, escuchen la lectura de las leyes de modo que nadie pueda ignorarlas. Y, en verdad, siempre se reúnen y se encuentran juntos, por lo común en silencio, excepto cuando deben decir algo para manifestar su aprobación a lo que se ha leí­do. Pero algún sacerdote presente o uno de los ancianos les lee las santas leyes y las explica punto por punto hasta bien avanzada la tar:ie; luego se van, después de haber adquirido un seguro conocimiento de las santas leyes y un notable progreso en la piedad»‘. En otro lugar llama a las sinagogas «escuelas de sabidurí­a práctica y de continencia», y a la homilí­a «discurso de consolación» tenido por «uno de los mejor cualificados» que, «estando de pie, los instruye en la ley moral y en lo que es bueno y más se ajusta al bien, cosas que pueden mejorar toda su vida»‘
El Targum, paráfrasis en lengua aramea del texto bí­blico que se leí­a en el original hebreo, «se propone interpretar la Escritura, es decir, dar claramente su sentido; y ha conservado hasta nuestros dí­as su valorde comentario, incluso después de no haberse usado ya como traducción»‘. Del Targum palestinense se dice que «muy probablemente fue en el origen una especie de midrás homilético, o simplemente un bosquejo apenas esbozado de una serie de homilí­as, que se tení­an en la sinagoga después de la lectura pública de la Torá»fi. «Peter Borgen ha hecho un estudio sobre las homilí­as que él cree haber podido identificar en las obras de Filón. Considera todas estas homilí­as semejantes, en cuanto a las estructuras, a la homilí­a de Jua 6:31-58, y estima que la homilí­a de Juan y las de Filón están construidas según un modelo hallado en los madrashim homiléticos palestinenses más recientes»‘. El autor, del que nos servimos aquí­ ampliamente, concluye: «La homilí­a judí­a es un bello ejemplo de midrash haggádico porque aplica el texto bí­blico a situaciones actuales»’.

c) Nuevo Testamento. Lucas describe los comienzos de la predicación de Jesús en las sinagogas (Jua 4:15) y muestra al Resucitado explicando las Escrituras a los dos que están en camino hacia Emaús y a los once: «Era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito acerca de mí­ en la ley de Moisés y en los profetas y en los salmos» (Jua 24:44). Los apóstoles, que a menudo se sirven de la homilí­a sinagoga] para anunciar la buena nueva (Heb 13:15) y construyen sus discursos sobre la interpretación de las Escrituras a la luz del acontecimiento pascual de Jesús, seguirán este método. Se admite que la cena del Señor era lugar y momento de amplias conversaciones (cf Heb 20:7.11) 9 que recordaban hechos y palabras del Señor, interpretándolos y aplicándolos a las situaciones particulares de la comunidad'». Antes de la redacción de los textos evangélicos y neotestamentarios, muchas tradiciones orales tomaron cuerpo y forma en estas situaciones cultuales, pero no es fácil aislar las partes homiléticas indiscutiblemente contenidas en el NT. Se reconocen verdaderas homilí­as en 1 Pe y en Heb.

La comunicación oral en estas asambleas debí­a de tener un tono discursivo y también un carácter dialogal; Pablo, al dar disposiciones sobre la disciplina de las asambleas, reconoce que tanto el hombre como la mujer «ora o profetiza» (1Co 11:4s); y, al intervenir para que se haga «todo con decoro y orden» (1Co 14:40), testimonia una pluralidad de carismas y, por tanto, de formas de palabra. «Cuando os reuní­s, cada cual podrá tener un salmo, una instrucción, una revelación, un discurso en lenguas, una interpretación: que todo se haga para edificación» (1Co 14:26). Si bien esta abundante toma de la palabra debí­a de plantear problemas a los responsables de las comunidades, el Apóstol invita a no apagar el Espí­ritu (1Ts 5:19s), pero exhorta a usar sus dones para la edificación de la comunidad» (1Co 14:12). Entre los carismas enumerados por Pablo, los de palabra son, con gran diferencia, los más numerosos (1Co 12:8ss; Rom 12:6s), así­ como las figuras ministeriales para la palabra (Efe 4:11 : apóstoles, profetas, evangelistas, maestros) «. La palabra apostólica, que realiza la presencia del Señor que habla a sus discí­pulos, es también profética en cuanto que la memoria de Jesús no sólo es anunciada, sino también interpretada y actualizada.

Cuando surgen preocupaciones por la difusión de las herejí­as y por el hablar vací­o, Pablo invita a Timoteo y a Tito a transmitir con fidelidad el depósito de la fe recibido y a enseñar la sana doctrina (2Ti 4:1-5; Tit 2:1). La tarea de la lectura, exhortación, enseñanza corresponde al cabeza de la comunidad en virtuddel don recibido, pero su designación se ha producido por indicación de los profetas (1Ti 4:13s). Ante los mismos problemas, las comunidades juanistas reaccionan apelando a la «unción que viene del Santo», por la que los fieles permanecen en la verdad transmitida sin «necesidad que os enseñe nadie» (1Jn 2:20.27), y formulando homilí­as que, por una parte, remiten a la promesa profética («y serán todos enseñados por Dios»: Jua 6:43-47) y, por otra, se desarrollan en forma dialoga] según el es-quema de la haggadah pascual.

El NT conserva la memoria eclesial, también de la praxis litúrgico-pastoral, en todas sus virtualidades; si en ciertas épocas prevalece un modelo, esto no quiere decir que los otros se excluyan para siempre. De todas maneras, el modelo de homilí­a eclesial es el de Jesús en la sinagoga de Nazaret: leí­do el fragmento de Isaí­as, comenzó a decir: «Hoy se está cumpliendo ante vosotros esta Escritura que habéis escuchado con vuestros oí­dos» (Lev 4:16-21). La palabra dicha en la asamblea cultual, como interpretación de lo que está escrito, es acontecimiento actual que salva y edifica a la comunidad.

2. LA TRADICIí“N ECLESIíSTICA. Tractatus o sermo, «que los griegos llaman homilí­a» (Agustí­n, Efe 224:2; En. in Ps. 118, proem.), son los términos usados en el Occidente latino para indicar el acto de tomar la palabra, casi exclusivamente por parte del presidente, en la asamblea litúrgica; estos actos son momentos y formas de la tarea más general de la iglesia: praedicare.

a) Los tres primeros siglos. La homilí­a más antigua que nos ha llegado es la II carta de Clemente, de contenido sencillo y, en general, parenético («No parezcamos creyentes y atentos sólo cuando nos amonestan los presbí­teros, sino también, una vez de regreso en nuestras casas, recordemos los preceptos del Señor»: 18,3), en correspondencia con la descripción de Justino: «Cuando el lector termina, el presidente, de palabra, hace una exhortación e invita a que imitemos estos bellos ejemplos» (1 Apologí­a 67). Ignacio de Antioquí­a invita a Policarpo de Esmirna a «hacer una homilí­a contra los oficios deshonestos» (Ep. ad Poi. 5,1). Aunque eran moralizantes, estas intervenciones orales se producí­an después de lecturas bí­blicas y basándose en ellas. Del presidente dependí­a la elección y la longitud de las lecturas. Tertuliano alude a la elección de textos bí­blicos adecuados «cuando las vicisitudes de los tiempos presentes nos obligan a recordar o a aprender a conocer una cosa» (Apologeticum 39), y al estilo parenético de las homilí­as («en ellas se hacen también exhortaciones, correcciones, reproches divinos»: ib). En las fiestas, la homilí­a cobraba un carácter particular, como demuestran las homilí­as pascuales del s. It, cuyas fuentes «se pueden encontrar en tres fuentes principales: la haggadah pascual judí­a, algunas partes del NT nacidas como catequesis pascuales, los misterios paganos para la terminologí­a y algunos escritos gnósticos utilizados en función polémica» °.

La pluralidad de ministros de la palabra persiste. La Didajé testimonia la mayor estima en relación con «los que enseñan» (11,1-2), y documenta la actividad de apóstoles, profetas, didáscalos o doctores. Hermas describe en el Pastor al profeta como «hombre poseí­do del Espí­ritu divino» que «llega a una reunión de hombres justos que tienen la fe en el Espí­ritu divino» y «habla… a la muchedumbre conforme lo quiere el Señor» (Mand. 11,9), mientras que la Epí­stola de Bernabé se demora enhablar de los doctores que tienen el don de la ciencia para conducir a los fieles a una penetración más profunda del significado de las Escrituras y a la comprensión de la voluntad divina para vivirlas. Cuando la organización litúrgico-pastoral de las comunidades requiere ministerios más estables y reconocidos, los obispos, los presbí­teros y los diáconos llevarán a cabo el servicio de la palabra en las asambleas, porque «ellos os administran el ministerio de los profetas y maestros; por tanto, no los despreciéis, porque ellos son los honrados entre vosotros, juntamente con los profetas» (Didajé 15,1-2). Evidentemente, las funciones carismáticas de la palabra gozaban de mayor consideración en la asamblea. A pesar de abusos y dificultades, propios de toda comunidad viva, «no hay traza de una oposición por principio entre las manifestaciones del Espí­ritu y la enseñanza ordinaria de la iglesia, ni entre lo que se ha convenido en llamar pneuma y la función eclesiástica»
Didáscalo-doctor en Alejandrí­a, Orí­genes es el iniciador del género de la homilí­a como explicación de las Escrituras para captar su sentido espiritual y sacar orientaciones prácticas. En las doscientas homilí­as que nos han llegado muestra la preocupación por edificar a los oyentes: «No es éste el tiempo para un comentario minucioso; debemos edificar a la iglesia y provocar, con explicaciones mí­sticas (mysteria) y con el ejemplo de los santos, a los oyentes perezosos e inertes» (Homilí­as sobre el Gén 10:5). Su método hará escuela («partiendo de la misma historia, sólo después de haber enunciado el misterio y en relación con él, se llega a las explicaciones espirituales… Orí­genes expone una ascesis y una mí­stica de impronta cristológica, eclesiástica y sacramental, una verdadera historia de la vida espiritual fundada en el dogma», y sus homilí­as, traducidas al latí­n por Rufino, serán leí­das y saqueadas, incluso sin referencias explí­citas, sobre todo en el medievo latino. Mientras que, en Alejandrí­a, Orí­genes instruí­a a los catecúmenos, en Palestina le invitan los obispos a explicar las Escrituras en la asamblea eucarí­stica. Al obispo de Alejandrí­a, que se lamenta de ello, le comunica Alejandro, el obispo de Jerusalén: «Escribiendo sobre Demetrio…, añade en su carta que esto jamás se oyó, ni ahora se hace, el que prediquen laicos estando presentes los obispos. Yo no sé cómo dice lo que evidentemente no es verdad, porque dondequiera que se encuentran hombres con capacidad para aprovechar a los hermanos, los santos obispos les invitan a predicar al pueblo. Como invitaron nuestros bienaventurados hermanos Neón a Evelpis en Laranda, Celso a Paulino en Iconio y Atico a Teodoro en Sí­nade. Es probable que también en otros lugares ocurra igual, sin que nosotros lo sepamos» (Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica 6,19; 17-18, BAC 350, Madrid 1973, 384). De todos modos, para Orí­genes, que no puede ordenarse de sacerdote, «el presbí­tero es el doctor» y «cometido del doctor es explicar la Escritura, dando a cada categorí­a el alimento que necesita»
Aunque la lengua litúrgica sigue siendo el griego, muy pronto en las regiones de lengua latina pasa a ser ésta la de las lecturas bí­blicas y la predicación ‘9. En el Africa septentrional nace la lengua latina cristiana, que influirá también en la homilí­a; Tertuliano purifica las expresiones judeo-cristianas de lo que tienen de fantasioso; Cipriano conjuga la fe en la mentalidad romana: «Exhortamos fuerte y constantemente a nuestros hermanos y a nuestras hermanas. Vigilamos con todos los medios que pueden ayudar a sostener la observancia eclesiástica. Nosotros, que tememos a Dios, debemos mantener los preceptos divinos de la disciplina en la plena observancia» (Efe 4:1-2). Praecepta, disciplina, observatio: estos términos dan a entender el tenor de la predicación reservada al obispo.

b) Epoca patrí­stica. Del s. iv al vi grandes figuras de obispos dan forma oratoria y contenido doctrinal a la predicación homilética, llegando a constituir modelos imitados hasta la época moderna. Para Oriente baste recordar a Juan Crisóstomo por sus innumerables discursos sobre textos bí­blicos leí­dos en la asamblea, a menudo en lectura continuada, especialmente los libros del NT. El sigue el método antioqueno, ateniéndose al sentido literal de las Escrituras y con la continua preocupación de actualizar la palabra de Dios en las diversas situaciones de la comunidad cristiana. Pero a menudo, en las partes parenéticas de sus homilí­as, las referencias al texto bí­blico no respetan el sentido literal.

Para Occidente es obligado recordar a Agustí­n por sus numerosos sermones, pero también por el primer tratado exegético-homilético, en cuatro libros: De doctrina christiana. En el libro primero estudia la res, es decir, la verdad que hay que descubrir en la Escritura; en el segundo estudia los signa, es decir, los signos que hay que interpretar; en el tercero da las reglas para una correcta hermenéutica; en el cuarto expone los procedimientos de expresión oratoria. El criterio exegético seguido es: «El que escruta las palabras divinas debe esforzarse por comprender la intención del autor que ha sido intermediario del Espí­ritu, verdadero autor de la Escritura» (1 2Cr 3:23, 2Cr 3:38). El intérprete-predicador no se atiene sólo al sentido literal,porque toda la biblia está llena de un vasto misterio, presente y escondido por doquier, y por eso de un texto bí­blico se pueden extraer significados diferentes 20. Acercar entre sí­ las lecturas del AT y del NT, dada la unidad fundamental de los dos testamentos, hace comprender el mensaje divino. En cada homilí­a extiende la mirada por toda la Escritura, interpretando la biblia con la biblia; «quizá no hay predicación de Agustí­n en que no se note el esfuerzo por explicar el texto comentado con las citas de otros textos»,,. Pero a Agustí­n no le interesa la erudición; él quiere edificar a su gente, y define como populares sus sermones y tractatus. El predicador es oyente de la palabra no menos que los que lo escuchan: «Lo que os sirvo a vosotros no es mí­o. De lo que coméis, de eso como; de lo que viví­s, de eso vivo. En el cielo tenemos nuestra común despensa: de allí­ procede la palabra de Dios» (Sermón 95,1; BAC 441, Madrid 1983, 629).

Pese a haber sido maestro de retórica y orador elocuente, Agustí­n no pretende que los predicadores usen los artificios del arte oratoria; es mejor hablar sapienter que eloquenter «para ayudar a los oyentes» (Doct. chr., 1 2Cr 4:5, 2Cr 4:7). Si pide que se estudie a los oradores profanos, y él mismo examina el De oratore, de Cicerón, invita a encontrar ejemplos de elocuencia en la Escritura, especialmente en Pablo, en Cipriano y Ambrosio. Concluye dando algunas reglas para la elocuencia eclesiástica, para «hacerse escuchar con inteligencia, con placer y con docilidad» (1 2Cr 4:26, 2Cr 4:56) en correspondencia con los tres objetivos «instruir, agradar, persuadir» (1 2Cr 4:12, 2Cr 4:27): preparación minuciosa, preocupación por santificar a los oyentes, vida ejemplar, oración.

Gregorio Magno (+ 604) concibe el ministerio pastoral como praedicatio; él mismo es praedicator excelente e incansable (se conservan más de seiscientas homilí­as) y da sabias directrices pastorales a los praedicalores «. El método interpretativo de la Escritura es el de Orí­genes y de Agustí­n, que ha llegado a ser ya tradicional: «Las palabras de la Sagrada Escritura… en cada acontecimiento pasado que narran, en cada acontecimiento futuro que anuncian, en cada valor moral que predican, en cada realidad espiritual que proclaman, son estables por todos los lados…» (Homilí­as in Ez., 1 2Cr 2:9, 2Cr 2:8); pero el método expositivo debe adecuarse concretamente a las diferentes categorí­as de personas hasta tender al coloquio individual. En la Regla pastoral especifica nada menos que cincuenta y dos categorí­as de personas, algunas de las cuales aparecen desdobladas en los caracteres opuestos (por ejemplo, doctos e ignorantes, sanos y enfermos, siervos y amos, sencillos e hipócritas…), a las que adaptar la palabra de Dios. Sus homilí­as siguen la tradición monástica de la lectio continua, pero están siempre atentas al contexto polí­tico y cultural del tiempo.

En esta época la predicación homilética se reserva casi exclusivamente a los obispos. Aunque Agustí­n y Gregorio no exijan el conocimiento del arte oratoria, de hecho lá palabra pública debí­a ser declamada con arte y propuesta con elegancia, según la forma comunicativa de la paideia. Esto resultaba discriminatorio en relación con quien, aun estando en condiciones de edificar a los fieles con la palabra de fe, no poseí­a las cualidades oratorias. Sin embargo, en Jerusalén, en el s. iv, la peregrina Egeria constata que «aquí­ hay la costumbre de que todos los presbí­teros que se hallan presentes prediquen los que quieran, y después de todos ellos predica el obispo, predicaciones que siempre se hacen los dí­as de domingo para que el pueblo sea instruido siempre en las Escrituras y en el amor a Dios» (Per Eg., 25). Se puede pensar que eran predicaciones diferenciadas según carismas y competencias. Mas por el mismo tiempo Jerónimo observa en una carta que «en algunas iglesias vige una costumbre feí­sima, según la cual cuando están presentes los obispos los sacerdotes están callados, no predican, como si aquéllos estuvieran celosos de éstos y no se dignaran escucharlos» (Efe 52:7). A León Magno, hacia la mitad del s. v, se remonta la prohibición hecha a los monjes y a los laicos, cualquiera que sea el grado de su ciencia, de enseñar y predicar: «… Nadie, sea monje o laico, se atreva a arrogarse el derecho de enseñar y predicar… No se debe permitir que alguien fuera del orden sacerdotal se atribuya la prerrogativa de predicar, siendo conveniente que en la iglesia de Dios todos las cosas estén ordenadas» (Efe_1 19:6). Conviene notar que la amonestación dirigida a Máximo, obispo de Antioquí­a, en el 453, estaba motivada por la predicación de algún monje, fautor del monofisismo»». La represión de algunos abusos lleva a una afirmación de valor general, que entrará en la legislación canónica, olvidando que el mismo criterio del orden lleva a san Pablo a dar disposiciones más articuladas. Por lo demás, todaví­a en el s. iv afirman las Constitutiones Apostolicae: «El que enseña, aunque sea laico, enseña por ser experto en la palabra y probo en la costumbre. Muchos, en efecto, serán enseñados por Dios (Jua 6:45)» ( Jua 8:32, Jua 8:17).

Un cambio análogo se produce en el mundo monástico, donde se habí­a conservado la tradición primitiva de la lectio divina a menudo en forma de collatio, «collocutio plurium de rebus ad salutem ac perfectionem pertinentibus» (Nigronio, Tract. ascet.); los abades doctos, únicos capaces de tener un discurso en buena forma oratoria, quitan la palabra a los plures, la collatio se convierte en «conferencia» y la lectio divina se reduce a «lectura espiritual».
En los siglos siguientes las homilí­as de los padres, especialmente Agustí­n y Gregorio, se recogen en libros, homiliarios, donde se disponen según el año litúrgico, tanto para uso de los predicadores como para ser leí­das directamente a los fieles.

Cesáreo de Arlés, en el s. vi, compone sus homilí­as y las recoge «para suplir la incapacidad de los sacerdotes y de los obispos de su tiempo… Pone a su disposición una catequesis elemental, pero sólida, sobre los aspectos principales de la vida cristiana… El más largo de estos sermones (admonitiones) puede pronunciarse en veinte minutos; para la mayor parte bastan diez o quince minutos» i8. En caso de que el obispo o el sacerdote no esté en condiciones de predicar, Cesáreo les pide «que manden leer por el ministerio de los santos sacerdotes las homilí­as de los antiguos padres en las asambleas, para la salvación de las almas» (Sermo 1,15).

c) Epoca medieval. La novedad traí­da por la escolástica es la predicación temática. La Escritura ofrece el tema en una frase textual, que luego será desarrollada con orden, según reparticiones, subdivisiones, definiciones y explicaciones que hacen de la predicación una construcción compleja e ingeniosa. Se pierde la referencia a los textos bí­blicos en su complejidad, para que el tema «de biblia sumptum habeat sensum perfectum, non nimis longum, non nimis breve, bene quotatum»‘v, así­ como la conexión con la realidad de los oyentes. Nace como reacción la predicación popular, que se preocupa sobre todo de la vida religioso-moraldel pueblo, utilizando ejemplos, narraciones, leyendas.

Los numerosos movimientos religiosos populares que surgen en los siglos medievales plantean con insistencia la cuestión de la predicación de los laicos, que corrí­a pareja con la lectura de la biblia, en lengua vulgar, por parte del pueblo. Durante el concilio Lateranense III (1179), el papa Alejandro 1II concede a los valdenses, tras un examen sobre su fe, permiso para predicar sólo a petición de los sacerdotes de las zonas en que ellos viví­an. Lo mismo se concedió a los humillados «con tal que predicasen de poenitentia: de articules fidei et sacramentis ecclesiae non loquantur». Esta predicación se hací­a también en las iglesias, con el consentimiento de los prelados. Para justificar tal concesión, contra los obispos que se oponí­an, el papa cita el texto de 1Ts 5:19. Lo mismo hará Inocencio III con los seguidores de Francisco de Así­s (1210). El concilio Lateranense IV (1215) desconfí­a y excomulga al que pretenda ejercer el oficio de la predicación sin autoridad recibida de la sede apostólica o del obispo; y diez años después (1228) Gregorio IX escribe al arzobispo de Milán para que «prohiba a todos los laicos, cualquiera que sea el grupo a que pertenezcan, usurpar el oficio de la predicación» e inserta esta carta en las Decretales.

d) Epoca moderna. Caracterizada por la reforma protestante, que propugnaba una liturgia en lengua vulgar, un acceso de los fieles a la biblia y una predicación más fiel a la palabra de Dios, y que desarrollaba propuestas y expectativas presentadas ya desde hací­a aproximadamente un siglo por los reformadores católicos, de hecho para la catolicidad esta época estuvo dominada por una interpretación restrictiva del conciliode Trento. Este habí­a afrontado la cuestión en la V sesión publicando (17-6-1546) el decreto Super lectione et praedicatione, que trata de la lectura de la biblia, que ha de favorecerse, y de la predicación del evangelio al pueblo cristiano, que ha de hacerse obligatoriamente los domingos y los dí­as festivos. «Este decreto fue la primera y, añadamos inmediatamente, la única tentativa de realizar la reforma de la iglesia basándose en el ideal del humanismo cristiano», que propugnaba una valoración de la biblia y del método catequí­stico y homilético de los padres. No tuvo continuación porque la estructura que se querí­a usar, los canonicatos teologales del concilio Lateranense IV, no habí­a funcionado nunca y era inadecuada para la nueva situación.

Con la constitución de los seminarios prevalece el planteamiento escolástico, que continúa la predicación temático-catequí­stica, eludiendo también las indicaciones de la sesión XXIV, can. 4, que prescriben predicar «las Sagradas Escrituras y la ley divina». Fuera de loables excepciones, no es de extrañar que la predicación de la época moderna, especialmente la barroca, trate de hacerse acepta por la reforma oratoria retórica y redundante y por el contenido inspirado en la mitologí­a, en la literatura y en la filosofí­a. La biblia se ve reducida a lugar en que surtirse de citas que produzcan efecto, sin valor alguno de mensaje salví­fico.

El concilio de Trento reafirmó la prohibición a los laicos de predicar «contra la prohibición del obispo» (ses. XXIV, can. 5); que no se trata de un principio general contra la predicación de los laicos, incluso durante la misa, lo demuestran hechos elocuentes. Al reanudarse los trabajos conciliares en Trento, a finales de 1561, en los pontificales de inauguración «se unió una predicación, efectuada en la fiesta de los Inocentes por un laico al servicio del cardenal Madruzzo, el médico Pablo Guidello, hecho paralelo a la predicación que el 26 de diciembre de 1545 habí­a tenido el conde Ludovico Nogarola en la catedral de Trento ante el concilio, poco antes»
e) Epoca contemporánea. Las intervenciones de los pontí­fices romanos se ordenan a condenar los abusos en la predicación y a establecer reglas rí­gidas para la concesión de la facultad de predicar, reservada a los obispos. León XIII, en el motu proprio Sacrorum antistitum (31-7-1894), sobre la sagrada predicación, deplora los «abusos en la elección de los temas y en la forma de tratarlos»; Benedicto XV, en la encí­clica Humane generis redemptionem, sobre la predicación de la palabra divina (15-6-1917), presenta al apóstol Pablo como modelo de predicador, tanto por la preparación interior como por el objeto y el modo de la predicación. «Â¡Vemos a no pocos oradores sagrados que predican prescindiendo de la Sagrada Escritura, de los padres y doctores de la iglesia y de los argumentos de la sagrada teologí­a, y casi sólo hablan el lenguaje de la razón!» El 28 de junio de 1917, la sagrada Congregación consistorial publica un «reglamento» para la aplicación de la encí­clica; pero a pesar de que comienza con la famosa cita tridentina sobre la obligación de la predicación dominical, no dedica una lí­nea a la homilí­a durante la misa.

El CDC promulgado en 1917, en los cáns. 1344-1345 prescribe que los domingos y las fiestas todo párroco anuncie al pueblo la palabra de Dios, consueta homilia, en la misa más frecuentada, y se desea que esto suceda en cada iglesia cuando el pueblo asiste a misa: «Hágase una breve explicación del evangelio o de alguna parte de la doctrina cristiana». Nótese la diferencia respecto al precepto tridentino, que exigí­a la explicación «de algunas cosas que se leen en la misa» (ses. XXII, c. VIII), a saber: las lecturas bí­blicas o los textos del «ordinario». La alusión del CDC a argumentos o temas de vida cristiana conducirá en los años que preceden al Vat. II a llevar a la misa dominical la catechetica institutio, que es deber graví­simo de los pastores (can. 1329) y que no parecí­a poder asegurarse en otras circunstancias, dado que la misa se habí­a convertido en el único momento de encuentro con el pueblo cristiano.

Entre tanto, el movimiento litúrgico iba descubriendo el verdadero sentido de la homilí­a en el ámbito de la celebración en relación con las lecturas bí­blicas y con el misterio celebrado 13. La instrucción De musita sacra, del 3 de septiembre de 1958, se limita todaví­a a remitir (n. 22d) al célebre texto del Tridentino.

II. La homilí­a en los documentos conciliares y en la experiencia posconciliar
También respecto a la homilí­a el Vat. II representa un viraje por los términos en que hablan de ella tanto los documentos conciliares como los nuevos libros litúrgicos, pero también por la experiencia de renovación eclesial puesta en marcha y que tiene repercusiones notables en esta forma de predicación.

1. EN EL VAT. II. Aun dedicando a la homilí­a una atención especí­fica, el Vat. II ofrece una doctrina sobre la palabra de Dios y sobre la predicación que se debe tener presente para comprender la colocación de la homilí­a en la misión de la iglesia y en la celebración.

a) En la constitución SC. Al proponer la homilí­a como «parte de la misma liturgia» y haciéndola obligatoria «los domingos y fiestas de precepto con asistencia del pueblo», la constitución litúrgica la describe así­: en ella «se exponen durante el ciclo del año litúrgico, a partir de los textos sagrados, los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana» (SC 52). En el n. 35,2 se habí­a prescrito que las rúbricas indicasen el momento de la homilí­a en las celebraciones que la requieren, que la homilí­a se alimentase en la fuente de «la Sagrada Escritura y la liturgia», y se la definí­a como «una proclamación de las maravillas obradas por Dios en la historia de la salvación o misterio de Cristo, que está siempre presente y obra en nosotros particularmente en la celebración de la liturgia». La instrucción í­nter oecumenici añade a estas disposiciones la recomendación de hacer la homilí­a «en algunas ferias de adviento y de cuaresma y en otras ocasiones en las que los fieles acuden en mayor número a la iglesia» (n. 53), pero concede que en la misa se sigan usando «esquemas de predicación» catequí­stica según el uso entonces vigente (n. 54). Es un eco de discusiones conciliares, que volverán a suscitarse en adelante.

b) En los demás documentos. La misión de la iglesia de anunciar la palabra de Dios es deber primario de los obispos (LG 25), de los presbí­teros (PO4) y de los diáconos (LG 29), en continuidad con el mandato de Cristo a los apóstoles (DV 7), y no se excluye de ella al pueblo de Dios, al que Cristo confiere dignidad y funciones proféticas (LG 12), en cuanto que constituye a los laicos «en testigos y les dota del sentido de la fe y de la gracia de la palabra» (LG 35).

Se pone la predicación en relación con la palabra revelada (DV 2-6);con su tradición en la iglesia, sobre todo en las Sagradas Escrituras (DV 7-10); con su interpretación eclesial y magisterial (LG 25); con la tarea misionera (AG 13), y con la celebración litúrgica (SC 33 y 35). Ya en su forma de manifestarse tiene la revelación una estructura sacramental («obras y palabras intrí­nsecamente ligadas»: DV 2); su comprensión implica a toda la iglesia («crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian…, cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los apóstoles en el carisma de la verdad: DV 8); tiende al encuentro dialogal de Dios con su pueblo («habla a los hombres como amigos, trata con ellos»; DV 2). Tal objetivo se alcanza siempre que en la iglesia se lee y se explica la biblia: «En los libros sagrados el Padre, que está en el cielo, sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos» (DV 21). Aunque la predicación de la iglesia es aquí­ y ahora palabra de Dios para quien la acoge con fe (PO 4; AG 13), dado que la iglesia considera la biblia como «suprema norma de su fe», «toda la predicación de la iglesia, como toda la religión cristiana, se ha de alimentar y regir con la Sagrada Escritura» (DV 21).

Para cumplir adecuadamente su misión, «es deber permanente de la iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos…» (GS 4). Las caracterí­sticas más destacadas del mundo contemporáneo, delineadas a continuación, son, más que una descripción siempre válida, un método que hay que seguir. La predicación debe tener en cuenta el esfuerzo hecho por los padres conciliares para escuchar la palabra de Dios «con devoción» (DV 1) y para interpretar, compartiéndolos, «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» (GS 1).

2. LA HOMILíA EN LOS LIBROS LITÚRGICOS. Cada libro litúrgico tiene indicaciones sobre el momento de la homilí­a, y a menudo también sobre su contenido.

a) Misal romano. En la Ordenación General del MR, en el n. 33, se inserta la homilí­a en la estructura de la liturgia de la palabra, convirtiéndola en un gozne del diálogo consciente entre Dios y su pueblo; en los nn. 41-42 se traen a colación las normas sobre su obligatoriedad; y en el n. 9 se subraya su necesidad, para que la palabra de Dios leí­da y escuchada en las lecturas bí­blicas se vuelva más inteligible y eficaz. La homilí­a le corresponde al sacerdote «en cuanto que ejercita el cargo de presidente de la asamblea reunida» y se conjuga con las otras intervenciones colocadas al comienzo, antes de las lecturas, en la plegaria eucarí­stica y antes de la despedida (n. I1). En la instrucción Liturgicae instaurationes (5-9-1970) se acentúa la preocupación por la adaptación de la homilí­a «a la sensibilidad de la época» (n. 2), en relación con el cuidado constante por adaptar a las condiciones concretas, incluso culturales, la liturgia en general (SC 37) y la misma misa (Ordenación General del MR, n. 5).

La editio typica altera (1981) del Ordo Lectionum Missae (= OLM) tiene nuevos praenotanda, que recogen la enseñanza habitual sobre la homilí­a (nn. 24-27), y añaden que ésta «debe llevar a la comunidad de los fieles a una activa participación en la eucaristí­a» y que debe ser «fruto de meditación, debidamente preparada, ni demasiado larga ni demasiado corta» (n. 24). Más interesante es lo que se dice del presidente, que con la homilí­a «guí­a a sus hermanos hacia una sabrosa comprensión de la Sagrada Escritura, abre el corazón de los fieles a la acción de gracias por las maravillas de Dios; alimenta la fe de los presentes en la palabra que, en la celebración, por obra del Espí­ritu Santo, se convierte en sacramento, los prepara para una provechosa comunión y los invita a asumir las exigencias de la vida cristiana» (n. 41). Hay una alusión a las moniciones que preceden a las lecturas bí­blicas: «Hay que atender con mucho cuidado a [su] género literario» (n. 15) y hacerlo de modo que ayuden «a la asamblea reunida a escuchar mejor la palabra de Dios…, promuevan el hábito de la fe y de la buena voluntad» (n. 42). La parte más nueva del documento se encuentra en los nn. 44-48, donde se habla de la tarea de los fieles en la celebración de la liturgia de la palabra intra missam: frente a las lecturas bí­blicas y la homilí­a no son receptores pasivos, sino oyentes que desarrollan una actividad interior bajo la acción del Espí­ritu Santo.

Tenemos un caso particular en la misa con -> niños, en la que se permite que «un fiel adulto, después del evangelio, dirija la palabra a los niños, especialmente si al sacerdote le resulta difí­cil adaptarse a la mentalidad de los pequeños oyentes» (Directorio para las misas con niños, n. 24).

El Ritual de la sagrada comunión y del culto a la eucaristí­a fuera de la misa considera oportuna la homilí­a en el rito de la exposición y de la bendición eucarí­sticas (n. 95).

b) El Ritual y el Pontifical romano. El RICA aconseja los contenidos de la homilí­a en el «Rito de entrada en el catecumenado» (n. 92), en el «Rito de la elección o de la inscripción del nombre» (n. 142), para cada uno de los «escrutinios» (nn. 161; 168; 175), para la «Entrega del Sí­mbolo» (n. 185) y la «Entrega de la oración dominical» (n. 191), así­ como para sus «nuevas entregas» (n. 196). En el RBN hay indicaciones genéricas (n. 116), mientras que en el RC se aconseja al obispo una homilí­a mistagógica: explica «las lecturas proclamadas a fin de preparar a los confirmandos, a sus padres y padrinos y a toda la asamblea de los fieles a una inteligencia más profunda del significado del sacramento de la confirmación» (n. 26). En el RO se propone un texto-guí­a al obispo, que debe dirigir la palabra a los ordenandos y al pueblo (obispos, c. VII, n. 18; presbí­teros, c. V, n. 14; diáconos, c. IV, n. 14). El RM prescribe que se tenga la homilí­a sobre el texto sagrado, ilustrando el misterio del matrimonio cristiano (n. 90). En las celebraciones penitenciales, con o sin absolución sacramental, tiene un papel decisivo la proclamación de la palabra de Dios (RP 17 y 36), que comprende, además de las lecturas bí­blicas (n. 24), también una homilí­a, para la que se indican los temas que hay que exponer (n. 25). Para la unción de los enfermos se requiere una breve explicación después de la lectura bí­blica (RUE 103), y para las exequias se aconseja tener en cuenta a los presentes según su nivel de fe o su no-creencia para una homilí­a que «al ofrecerles el consuelo de la fe… alivie, sí­, a los presentes, pero no hiera su justo dolor» (RE 69), quedando «excluido el género literario llamado elogio fúnebre» (RE 47). En el RPR la homilí­a explicará, bien las lecturas bí­blicas, bien el don y la misión de la profesión religiosa (nn. 29; 61), mientras que en el RCV se propone también un texto ejemplar sobre el don de la virginidad (n. 16).

c) Liturgia de las Horas. Aunque la liturgia de las Horas tenga un acentuado aspecto eucológico, y la escucha de la palabra de Dios tenga un fin especialmente meditativo, hasta el punto de que después de las lecturas bí­blicas, breves o largas, se aconseja un tiempo de silencio, a propósito de los laudes de la mañana y de las ví­speras se dice: «En la celebración con el pueblo puede tenerse una homilí­a ilustrativa de la lectura precedente, si se juzga oportuno» (Ordenación General de la Liturgia de las Horas, n. 47). Se prevé la homilí­a también para las «vigilias litúrgicas» después del evangelio (n. 73). Entre los usuarios de la liturgia de las Horas se presta una atención particular a los predicadores: en el oficio de lecturas deben deleitarse en las lecturas bí­blicas «para que puedan transmitir a otros la palabra de Dios» (n. 55) y en las lecturas patrí­sticas, por hallar en ellas «ejemplos insignes de sagrada predicación» (n. 165).

3. LA EXPERIENCIA POSCONCILIAR. La progresiva puesta en práctica de la l reforma litúrgica poní­a a los predicadores ante las lecturas bí­blicas proclamadas en la lengua de los fieles y ante las expectativas de éstos, invitados ya a una participación activa. La homilí­a debí­a adecuarse a la nueva situación; de lo contrario, entrarí­a rápidamente en crisis. Esta se estudiaba entre tanto con los instrumentos sociológicos de investigación.

a) Exégesis bí­blica e iniciativas de base. El primer esfuerzo, siguiendo las pautas del concilio en atención al reconocimiento que éste habí­a dado a la exégesis histórico-crí­tica aplicada a la biblia y en particular a los evangelios (DV 12; 19), consistió en ofrecer a los presbí­teros una exégesis de las lecturas bí­blicas que respondiese a las exigencias crí­ticas y pusiese de relieve los temas revelados. Para quien querí­a y podí­a usarlas, resultaron útiles las perspectivas abiertas por la teologí­a bí­blica’°. La homilí­a comenzó a renovarse sobre todo en el contenido doctrinal, tomado más directamente de la biblia.

Muy pronto resultó evidente que esta lí­nea, aun siendo necesaria, era insuficiente, tanto por el ámbito en que se ofrecí­a la explicación de los textos bí­blicos como por las exigencias de fe de los presentes. La celebración y las expectativas de los fieles iban en la dirección de una actualización de la palabra, que ha de celebrarse ritualmente y ha de vivirse en la existencia cotidiana. En el clima candente de los años posconciliares, se comenzó a hablar de reapropiación de la biblia por parte del pueblo cristiano y de derecho de los bautizados a la toma de la palabra en las asambleas litúrgicas, llegando a discutir la capacidad del clero para traducir adecuadamente la palabra de Dios en el contexto cultural y polí­tico de nuestro tiempo i5. Por estos motivos, pero también por otros de naturaleza pedagógica y pastoral, se dio comienzo a las homilí­as participadas, sobre todo en comunidades reducidas y en grupos particulares. La pluralidad de palabra en las celebraciones, sin atentar contra la función presidencial del presbí­tero, se convirtió en una caracterí­stica de la praxis eclesial de las comunidades de base, pero también de iniciativas pastorales tendentes a implicar a las asambleas
b) El análisis de las ciencias humanas. Fenomenológicamente, la homilí­a es un hecho de I comunicación [infra 11I, 3] oral dentro del sistema eclesial concretamente manifestado por las asambleas litúrgicas. También él ha sido sometido a examen con los métodos propios de las ciencias antropológicas, a menudo con finalidades pastorales, para calibrar la eficacia de esta comunicación y determinar sus lí­mites y posibilidades.

Prescindiendo de las realizaciones concretas, el modo mismo de la comunicación homilética convencional a la luz de la ciencia de las comunicaciones aparece incompleto porque falta el feed-back, el efecto retroactivo, a través del cual el emisor puede comprobar si los destinatarios han recibido, descodificado e interpretado el mensaje, y cómo lo han hecho. La homilí­a en la forma difundida en la iglesia es unidireccional y no suscita esa circulación de la palabra que hace a una asamblea verdaderamente participante. La dinámica de esta comunicación es de tipo monológico-jerárquico, y la imagen de iglesia que induce en los oyentes es de tipo monopolista-autoritario «. De tal sistema de comunicación, hecho saeral por el contexto litúrgico, no podrá nacer esa iglesia del pueblo de Dios, toda ella participante y ministerial, que los documentos eclesiásticos van augurando y describiendo.

La verificación de esta tesis está en el resultado de las encuestas sobre la predicación homilética, por muy limitadas que sean ‘5. Normalmente se advierte una falta de conexión con la historia y la situación concreta de los oyentes; pero a menudo las homilí­as resultan deficientes también en cuanto a calidad doctrinal y expositiva, por una inadecuada preparación remota y próxima de los predicadores. La predicación durante la misa en el mejor de los casos desarrolla una función de entretenimiento del auditorio, confirmándolo en las propias convicciones religiosas, y sólo raramente llega a ser evangelizadora y profética, y por tanto dotada de virtud para promover. De hecho, los ámbitos de renovación donde la palabra de Dios se hace viva y edifica a la comunidad son normalmente distintos respecto a las asambleas litúrgicas habituales.

De una encuesta sobre la situación litúrgica en Italia (1982) se desprende que la casi totalidad de los practicantes tiene dificultades en la liturgia de la palabra, y en abrumadora mayorí­a se expresan a favor de una homilí­a que sea aplicación del evangelio a la vida diaria y a la actualidad, o por lo menos una explicación de las lecturas bí­blicas de la misa. Un buen porcentaje (22 por 100 siempre, 23,1 por 100 a veces) desea que la homilí­a sea un momento en que también puedan intervenir los laicos.

c) La homilí­a en los últimos documentos eclesiásticos. Los años setenta demostraron gran interés por los temas y las iniciativas de evangelización y de catequesis, pero la homilí­a no tuvo un relieve especí­fico, si bien cada documento eclesiástico hace una alusión a ella reconociendo su importancia.

El Sí­nodo de los obispos de 1974 sobre la Evangelización en el mundo contemporáneo, tras haber reconocido que la misión de proclamar el evangelio corresponde a todo el pueblo de Dios (cf n. 5) y que por la variedad cultural y sociológica de los oyentes es legí­tima y necesaria la búsqueda de las iglesias particulares en pro de una traducción adecuada del mensaje evangélico (cf n. 9), dejó al papa Pablo VI la tarea de describir las modalidades de la evangelización como comunicación verbal: entre éstas, la homilí­a es «un instrumento válido y muy apto para la evangelización» (Evangelii nuntiandi 43). El Sí­nodo de 1977 asistió a un retorno pasajero de las demandas de organizar los leccionarios para la misa según temáticas catequí­sticas «; además de las respuestas dadas en el aula, la determinación más significativa se lee en el Mensaje al pueblo de Dios. «La catequesis es una auténtica introducción a la lectio divina, es decir, a la lectura de la Sagrada Escritura hecha según el Espí­ritu, que habita en la iglesia tanto asistiendo a los ministerios apostólicos como actuando en los fieles» (n. 9). La Catechesi tradendae (1979), en la que no se pretende tratar toda la temática sinodal, no desarrolla esta preciosa intuición, que considera la lectio divina como la actividad propia de los fieles catequizados para mantenerse y crecer en la fe; en ella se pone la homilí­a en relación con el marco litúrgico cuya naturaleza y ritmo respeta, y con la catequesis, en cuanto que «vuelve a recorrer el itinerario de fe propuesto por la catequesis y lo conduce a su perfeccionamiento natural» (n. 48).

Entre 1973 y 1977, los diferentes documentos dedicados a Evangelización y sacramentos reafirman la naturaleza, la importancia y la obligatoriedad de la homilí­a. El surgimiento de iniciativas litúrgico-comunitarias de base que favorecen intervenciones de fieles en torno a las lecturas bí­blicas ha proporcionado ocasión de intervenir a algunos episcopados: «La homilí­a forma parte del carisma del sacerdocio ministerial… Habida cuenta de la naturaleza de los grupos pequeños, el presidente podrá eventualmente dar a cada uno en este momento la posibilidad de intervenir. El intercambio en el momento de la homilí­a permite a menudo una mejor asimilación de la palabra de Dios» (Francia) »; «el sacerdote, como presidente de la asamblea, repartirá la palabra de Dios, dirigiendo eventualmente una homilí­a participada» (Suiza) °’; a propósito de las misas populares: «Cuando es oportuno, conviene que la homilí­a cobre una forma dialogada en la que se invita a los fieles a aportar testimonio, referir hechos de la vida, expresar reflexiones, sugerir aplicaciones concretas de la palabra de Dios» (Brasil).

El Código de Derecho Canónico de 1983 dedica a la homilí­a el can. 767: «Entre las formas de predicación destaca la homilí­a, que es parte de la misma liturgia y está reservada al sacerdote o al diácono; a lo largo del año litúrgico, expónganse en ella, comentando el texto sagrado, los misterios de la fe y las normas de vida cristiana (§ 1). En todas las misas de los domingos y fiestas de precepto que se celebran con concurso del pueblo debe haber homilí­a, y no se puede omitir sin causa grave (§ 2). Es muy aconsejable que, si hay suficiente concurso del pueblo, haya homilí­a también en las misas que se celebren entre semana, sobre todo en el tiempo de adviento y cuaresma, o con ocasión de una fiesta o de un acontecimiento luctuoso (§ 3). Corresponde al párroco o rector de la iglesia cuidar de que estas prescripciones se cumplan fielmente (religiose serventur) (§ 4).

La Comisión episcopal de Liturgia de España ha publicado unas orientaciones sobre el ministerio de la homilí­a (Pastoral litúrgica, nn. 131-132, octubre 1983, pp. 11-32) con el tí­tulo «Partir el pan de la palabra». El documento en los principios doctrinales presenta la homilí­a al servicio de la palabra de Dios, del misterio celebrado y del pueblo de Dios; en las aplicaciones prácticas orienta en las tareas concretas de preparar y desarrollar la homilí­a.

III. La homilí­a en el proyecto litúrgico-pastoral
Experiencias y reflexiones que se están llevando a cabo sobre la basede los documentos eclesiásticos, de las tentativas recientes y de datos tradicionales no tenidos en cuenta en el último milenio, configuran tareas y modalidades de la homilí­a en el contexto celebrativo y en relación con las diversas. formas del ministerio de la palabra.

1. LA MESA DE LA PALABRA Y LA HOMILíA. La imagen clásica de la mesa y del alimento a propósito de la palabra de Dios distribuida al pueblo cristiano, recogida por el Vat. II (DV 21), es una metáfora susceptible de útiles profundizaciones, tanto para los pastores que deben preparar esta mesa como para los fieles que deben alimentarse en ella. Dado que comer es actividad no sólo de quien prepara el alimento, sino también de quien se alimenta, esta metáfora ayuda a superar la impresión de pasividad por parte de la asamblea que parece caracterizar a la escucha de la palabra bí­blica y homilética.

a) La `lectio divina «y la escucha creyente. La homilí­a no es una forma cualquiera de predicación, que podrí­a dirigirse también a no creyentes; siempre está relacionada con lecturas bí­blicas y se dirige a una asamblea de creyentes. El Sí­nodo episcopal de 1977 [-> supra, 11, 3, c] afirma que la catequesis es una introducción a la lectio divina, y define a ésta como «lectura de la Sagrada Escritura hecha según el Espí­ritu, que habita en la iglesia, tanto asistiendo a los ministerios apostólicos como actuando en los fieles». Si se considera la liturgia de la palabra como una forma de lectio divina’, es obvio que los participantes en ella deben ser creyentes catequizados, es decir, idóneos para una escucha creyente de lo que se lee y se dice en la asamblea eclesial. Esta capacidad de escucha la asegura el Espí­ritu Santo,que infunde a cada bautizado el «sentido sobrenatural de la fe», que le «permite recibir no ya una palabra humana, sino verdaderamente la palabra de Dios» y penetrar «más profundamente en ella con juicio certero y darle más plena aplicación en la vida» (LG 12). Por tanto, la capacidad de percibir en las diversas palabras humanas, tanto bí­blicas como eclesiásticas, la palabra que Dios dirige ahora a su pueblo la da el Espí­ritu Santo, que permite una comprensión interpretativa y actualizadora. Este don no es mecánico, sino que requiere iniciación y ejercicio, los cuales sólo son posibles cuando en la catequesis se introduce a los creyentes en el lenguaje de la Escritura y en el diálogo en torno a la página sagrada, para percibir la palabra viva de Dios con actividad que interpreta y aplica a la vida. Por eso Cristo, el Señor, da a sus fieles junto con el sentido de la fe también la «gracia de la palabra» (LG 35). La condición normal para una liturgia de la palabra deberí­a ser una asamblea de creyentes educados en el ejercicio de estos dones del Espí­ritu y, por tanto, capaces de alimentarse activamente en la mesa de la palabra que el ministerio eclesiástico sirve en cada liturgia.

b) La homilí­a como mediación interpretativa. Es Dios mismo quien en la liturgia quiere hablar con sus fieles: esta reiterada afirmación de los documentos sobre la liturgia está en consonancia con la misma finalidad de la celebración (DV 2). La comunicación Dios-creyente es directa, pero no inmediata; la mediatizan múltiples autoridades: la biblia, la tradición, el magisterio, la predicación ministerial, el testimonio eclesial, los signos de los tiempos… i» En el juego de estas diversas autoridades el creyente percibe la palabra que Dios le dirige; para ello se ledebe ayudar a ejercitar su sentido de la fe, en sintoní­a con la comunidad eclesial, interpretando y actualizando. En el contexto litúrgico, la autoridad que sobresale es la biblia, leí­da en la asamblea; pero también la tradición litúrgica, que funciona ya como criterio interpretativo: la aplicación de la lectura veterotestamentaria-salmo-evangelio, la referencia al signo sacramental que sigue, la fiesta celebrada o el tiempo litúrgico. La situación socio-cultural y la misma coyuntura histórico-polí­tica de la asamblea constituyen un ulterior criterio interpretativo y el ambiente vital en que actualizar la palabra de Dios. Entre todos estos elementos no ofrece la homilí­a como ayuda a los fieles para que entren personalmente en el diálogo que Dios quiere mantener con su pueblo reunido aquí­ y ahora para celebrar la salvación experimentada e invocada. La homilí­a tiene, por tanto, una función eminentemente hermenéutica, requerida tanto por la lejaní­a, que a menudo es desconocimiento cultural de los textos bí­blicos, como por la heterogeneidad de los miembros de la asamblea. Si se limitase a una simple explicación exegética de las lecturas bí­blicas, ilustrarí­a el objeto dejando a los sujetos fuera; debe tender a la comprensión, conduciendo a los sujetos a sentirse implicados en las palabras que les atañen personalmente y les afectan como comunidad. Esta actividad hermenéutica informa, solicita y hace pensar, exhortando para que cada uno tome decisiones ante el mensaje de Dios. Aunque cada fiel presente fuera cultural y espiritualmente capaz de interpretar y actualizar las lecturas bí­blicas, la homilí­a es necesaria porque explicita el sentido que la palabra de Dios tiene para la asamblea reunida y pone de manifiesto la llamada que el Señor dirige a su iglesia, y no sólo a los individuos. La homilí­a se propone, por tanto, llevar a la asamblea a ese acuerdo que es condición para que el Padre oiga su oración (Mat 18:19).

c) Las funciones de la palabra y la homilí­a. La reforma litúrgica ha proporcionado «lecturas de la Sagrada Escritura más abundantes, más variadas y más apropiadas» (SC 35,1). Hojeando los leccionarios, se encuentran todos los géneros literarios: relatos mí­ticos, narraciones histórico-catequéticas, formas parabólicas, trozos sapienciales, textos proféticos, elaboraciones doctrinales. Esta variedad literaria requiere ya una adecuación de la homilí­a para ayudar a los fieles a no detenerse en la letra, sino a captar los mensajes. Sin embargo, la variedad se refiere también a las funciones que la palabra bí­blica desarrolla en el seno del pueblo de Dios y que la palabra homilética debe garantizar en cada asamblea. Tomando en préstamo de la retórica clásica sus caracterí­sticas propias, la predicación eclesiástica se proponí­a como finalidad persuadir a los oyentes. A menudo aspiraba a la persuasión de lo que piensa el predicador más que a disponer a los fieles para la escucha de lo que les dice el Señor. La homilí­a, que en una escucha creyente es también ella vehí­culo de la palabra de Dios, debe estar atenta a las finalidades que tal palabra se propone alcanzar.

Un análisis atento de la biblia muestra que la palabra, bien que en la diversidad de formas literarias, tiende a desarrollar las siguientes funciones: anuncio, testimonio, profecí­a, doctrina, exhortación, invocación, acción de gracias. Estas dos últimas funciones encuentran expresión especialmente en la parte cucológica de la celebración, pero puede suceder que la misma homilí­a contenga una invocación o concluya con una acción de gracias. Aunque la homilí­a se dirige a creyentes, a menudo se convierte en anuncio que proclama o evoca, con formulación breve e incisiva, la iniciativa divina para nuestra salvación. Esta salvación, siempre históricamente determinada, aunque sólo de modo parcial por ser realidad escatológica, se narra y se reconoce en el testimonio. La narración se refiere a la salvación experimentada por el homileta, o a la percibida en la comunidad, o a la que se ha verificado en la vida de personas santas (el clásico ejemplo) y da lugar a la confesión de la misericordia divina, que revela nuestro pecado y lo perdona. Para que pueda acogerse la salvación divina, se necesita la profecí­a, que lee la situación histórica, personal o social, sobre la que cae la palabra de Dios, denuncia lo que se opone a la realización histórica de la salvación e indica las opciones que el pueblo cristiano está llamado a hacer para ser fiel al Señor, que obra en la historia. Dada la complejidad de las situaciones humanas y de las condiciones culturales, agravadas hoy por el pluralismo existente en la misma asamblea, la palabra homilética debe medirse o ponerse a prueba con la doctrina (la didajé del NT), que no es simple exposición de la «doctrina cristiana» consolidada, sino reflexión sobre las relaciones entre palabra de Dios y cultura, entre fe y vida. A veces la homilí­a debe proporcionar informaciones exegéticas sobre los textos leí­dos, para luego aculturar en el hoy el mensaje entendido en su significado originario. Este proceso, que es exquisitamente teológico, no puede desarrollarse habitualmente en la homilí­a; pero el homileta debe saber responder a las exigencias, incluso a las intelectuales, de los oyentes. Aunque el contexto litúrgico no es favorable a la catequesis, la homilí­a deberá tener a veces referencias catequéticas, especialmente de tipo mistagógico, para introducir en la inteligencia creyente de los signos litúrgicos que tienen lugar en la celebración. En fin, es tarea del homileta la exhortación, palabra fraterna y autorizada, motivada por el acontecimiento pascual y por el tiempo (kairós) de salvación que se nos da, para amonestar, reprender, alentar o consolar. Funciones múltiples y complejas, que en las comunidades neotestamentarias eran llevadas a efecto por varias figuras ministeriales (evangelista, profeta, doctores) sobre la base de carismas de la palabra, y que no pueden faltar en una comunidad eclesial, que debe estar bien alimentada de la palabra de Dios.

2. LA HOMILíA, PARTE DE LA CELEBRACIí“N. Considerada como un elemento integrante e indispensable de la liturgia, la homilí­a no está vinculada sólo a las lecturas bí­blicas, sino que se extiende a toda la celebración, y se armoniza con las demás intervenciones de palabra previstas. Está, por tanto, vinculada a las modalidades de dirección u organización de toda la celebración, particularmente de la liturgia de la palabra.

a) Las intervenciones «espontáneas»y el discurso homilético. En la misa se reconoce al presidente la oportunidad de intervenir «para preparar a los fieles, al comenzar la celebración, para la misa del dí­a; antes de las lecturas, para la liturgia de la palabra; antes del prefacio, para la plegaria eucarí­stica; igualmente, dar por concluida la entera acción sacra, antes de la fórmula de despedida» (Ordenación General del MR, n. 11). Todas estas tomas de la palabra no ritualizada deben corresponder al momento celebrativo, pero también han de estar en sintoní­a con la homilí­a; el presidente, como homileta, distribuye así­ su toma de la palabra a lo largo de la celebración, con el intento de prestar un servicio a la asamblea para que pueda participar con mayor atención y consonancia más comunitaria.

Por eso, más que de homilí­a deberá hablarse de discurso homilético, que ha de desplegarse a lo largo de la celebración, si bien el desarrollo mayor y especí­fico del mismo se tiene después de las lecturas bí­blicas. Si esta distribución es monótona (por ejemplo, siempre didascálica o exhortativa), puede correr el riesgo de sofocar la liturgia y de aburrir a los presentes. Nada es más nocivo para una celebración que un presidente que quiere explicar todo o que exhorta repetidamente a participar. La variación de los géneros verbales es una obligación, adaptándolos según el momento ritual introducido y subrayado. Si la palabra explicativa es adecuada al comienzo o antes de las lecturas bí­blicas, para la introducción de la plegaria eucarí­stica, del padrenuestro o de un signo litúrgico es más idónea la palabra evocadora, de tipo poético. El régimen ritual-simbólico propio de la liturgia debe respetarse también en las intervenciones orales no rituales.

b) Los modelos de gestión de la celebración y la homilí­a. Dado que la homilí­a no es una predicación inserta en la celebración, sino un elemento de ésta al servicio de la asamblea, debe estar en consonancia con el programa ritual de la liturgia de la palabra que se considere pastoralmente más idóneo para una asamblea concreta. La posibilidad de «ser seleccionadas y ordenadas aquellas formas y elementos propuestos» (Ordenación General del MR, n. 5) permite elaborar la hipótesis de varios modelos de gestión, que aquí­ ejemplificamos por lo que se refiere a la liturgia de la palabra. En el tipo en que predomina la catequética es obvio que la homilí­a tenga la parte mayor, y que las didascalí­as introductorias a las lecturas tengan la función de despertar atención e interés. Pero a veces precisamente estas introducciones pueden proporcionar aquellos datos exegéticos que favorecen una escucha más fructuosa, permitiendo luego a la homilí­a limitarse a la función hermenéutica. En el tipo meditativo, en una asamblea espiritualmente educada, la función de la homilí­a puede casi agotarse en la introducción a la liturgia de la palabra, ilustrando las lecturas bí­blicas, sugiriendo pistas de reflexión y oración o, antes incluso, haciendo obra de discernimiento de las situaciones personales y comunitarias en las que la palabra de Dios es acogida. En el tipo más celebrativo festivo se puede proceder así­: unas palabras iniciales que introduzcan en el sentido de la fiesta, ofreciendo aquellas informaciones que se consideran útiles; una breve homilí­a que, partiendo de las lecturas bí­blicas, muestre en el hoy litúrgico de la iglesia el acontecimiento celebrado para que el don de Dios se haga vida en el hoy histórico; algunas didascalí­as mistagógicas que precedan a los ritos más significativos (por ejemplo, la plegaria eucarí­stica).

3. SUJETO Y FORMAS DEL DISCURSO HOMILETICO. «La homilí­a la hará ordinariamente el mismo sacerdote celebrante» (Ordenación General del MR, n. 42) y no otro sacerdote que no celebra, dado que la homilí­a es una función presidencial. La preparación y el desarrollo deben tener en cuenta la ley propia de toda celebración, que es la participación.

a) El presidente homileta. La inserción de un discurso en una celebración estructurada con textos bí­blicos y eucológicos y en una asamblea determinada requiere que el presidente, por una parte, respete y explicite los mensajes celebrativos, y, por la otra, que se ajuste a la situación cultural y a las exigencias de fe de los creyentes. Deberá ser consciente de los propios condicionamientos culturales y espirituales: la pertenencia a una categorí­a social (tal es todaví­a el clero) y su historia personal influyen fuertemente en la interpretación y en el lenguaje. Además, su temperamento, su preparación, los carismas de la palabra (cf PO 4), la competencia normalmente ejercida lo llevan a privilegiar una función de palabra (así­ se tiene un homileta catequista hasta convertirse en doctrinario; un homileta testigo que corre el riesgo del exhibicionismo; un homileta profético que roza la histeria; un homileta exhortador que se reduce a moralista…), mientras que la comunidad tiene necesidad de una equilibrada variedad no sólo de contenidos, sino también de funciones de la palabra.

b) Los fieles en el discurso homilético. Para que la homilí­a satisfaga exigencias tan complejas, es oportuno que el presidente la prepare con un grupo de fieles. Las experiencias en este sentido son ya numerosas, extendidas y consolidadas. Se trata de una aplicación del n. 73 de la Ordenación General del MR. La preparación de tales grupos puede ser fatigosa y requerir paciencia; sólo después de cierto tiempo comienzan los fieles a apreciar las explicaciones exegéticas que permiten un conocimiento más exacto de los textos bí­blicos. Lo que estos grupos dan al sacerdote es la percepción más directa de cómo se entienden los mensajes bí­blicos y cuáles de ellos responden a las necesidades de la gente. Además, de estos intercambios vienen iluminaciones fecundas,ya que el grupo está reunido en el nombre del Señor, para un servicio a la asamblea, y es por tanto lugar privilegiado para el ejercicio de los carismas de la palabra para la edificación común. El homileta aprenderá asimismo el lenguaje más adecuado para ayudar a los fieles a traducir los mensajes bí­blicos y a comprender la palabra de Dios en la vida cotidiana.

En el trabajo de grupo algunos fieles muestran particular aptitud para la toma de la palabra y manifiestan carismas que deben ponerse al servicio de la asamblea. A éstos podrí­a encomendar el presidente algunas de las intervenciones que configuran el discurso homilético a lo largo de la celebración, y que las mismas rúbricas permiten que sean tenidas por colaboradores. La consonancia de estas intervenciones con la homilí­a está asegurada por haber reflexionado y orado juntos.

En algunas circunstancias o sobre algunos pasajes bí­blicos se pueden producir aportaciones interesantes: un testimonio significativo de cómo se ha cumplido la palabra, las descripciones de una situación concreta sobre la que versa la palabra, la denuncia profética de actitudes y hechos que se oponen a la venida del reino, una exhortación vigorosa y ví­vida… Estos dones que hace el Espí­ritu a la comunidad, es bueno que se hagan manifiestos en la asamblea. Por tanto, el presidente podrá invitar a ese hermano o hermana a intervenir en el momento homilético cuando él considera humildemente que no puede desarrollar la función que la palabra requiere en esos momentos. El Directorio para las misas con niños admite una posibilidad en este sentido: «Nada impide que alguno de estos adultos…, con permiso del párroco o del rector de la iglesia, les [a los niños] dirija la palabra después del evangelio, sobre todo si el sacerdote se adapta con dificultad a la mentalidad de los niños» (n. 24)
c) Las formas de la comunicación homilética. El término homilí­a, del griego homilein (conversar, departir familiarmente), connota el estilo conversacional, propio de quien se dirige convivalmente a familiares y amigos, de esta forma de predicación.

Las formas retóricas de la elocuencia clásica se han tomado una y otra vez como modelos para la homilí­a, pero actualmente no parece que prevalezcan esquemas o modos especí­ficos para esta actividad eclesial de la palabra °». La amplificación electrónica ha hecho posible el tono conversacional incluso en locales espaciosos y para amplias asambleas, y los modos de comunicación radio-televisiva han terminado con las modalidades oratorias solemnes y peraltadas. Esto no significa que la conversación homilética deba desenvolverse sin un orden incluso conceptual, una elección circunspecta del lenguaje e incluso una propiedad estilí­stica.

El homileta en adelante debe tener en cuenta la cultura audiovisual en la que está inmersa gran parte de la gente; debido a ello se está engendrando un nuevo lenguaje, el contornual (de contorno), que como proceso comunicativo es el opuesto al conceptual, preferentemente usado por los eclesiásticos. Los -> massmedia están acostumbrando a la gente a percibir el discurso verbal de forma que las palabras no evoquen conceptos, sino situaciones visual y emocionalmente participadas. La comunidad de lenguaje, como la de conocimientos previos y de mentalidad, es indispensable para que pueda establecerse una verdadera comunicación.

Pero la comunicación no está influida sólo por el lenguaje hablado, sino también por las modalidades en que se produce. Hoy el monólogo y la forma expositiva están en grave crisis, y despierta y mantiene la atención una pluralidad de sujetos comunicantes, a menudo entrevistados dialogalmente por un speaker. Esto invita a repensar los modelos convencionales de comunicación eclesial también en las asambleas litúrgicas, preguntándonos si los vigentes derivan de un planteamiento teológico o son deudores de culturas autoritarias y unidireccionales. Los experimentos se deberán llevar a cabo con cautela y nunca como expedientes didácticos, sin haber valorado su alcance teológico y eclesial: si la homilí­a en las misas con niños puede cobrar forma de diálogo (pregunta-respuesta), esto no debe hacerse sólo para mantener la atención, sino para educar en aquella profundización de la palabra de Dios y en aquella aplicación concreta que cada creyente debe estar en condiciones de hacer. Las modalidades pueden ser muchas, entre una homilí­a presidencial, en una asamblea amplia, y una homilí­a participada, pero siempre presidida ministerialmente, de una comunidad pequeña»
[-> Biblia y liturgia, IV-V].

L. Della Torre

BIBLIOGRAFíA: Agulles Estrada J., Servidores de la palabra, Separata del B.O.O., Valencia 1981; Aldazábal J., La homilí­a, educadora de la te, en «Phase» 126 (1981) 447-459; Aldazábal J.-Roca J., El arte de la homilí­a, «Dossiers del CPL» 3, Barcelona 1979; Comisión Episcopal de Liturgia, «Partir el pan de la palabra». Orientaciones sobre el ministerio de la homilí­a, en «Pastoral Litúrgica» 131-132 (1983) 11-32; Fesenmayer G., La homilí­a en la celebración litúrgica, en G. Barauna, La sagrada liturgia renovada por el concilio, Studium, Madrid 1965, 525-550; Fournier E., La homilí­a según la constitución sobre sagrada liturgia. Estela, Barcelona 1965; Goenaga J.A., La homilí­a: acto sacramental y de magisterio, en «Phase» 95 (1976) 339-358; Gomis J., La homilí­a como problema, ib, 85 (1975) 55-61; La homilí­a en las exequias, ib, 109 (1979) 67-70; Grasso D., Teologí­a de la predicación, Sí­gueme, Salamanca 1966; La predicación a la comunidad cristiana, Verbo Divino, Estella (Navarra) 1971; Grelot P., Palabra de Dios y hombre de hoy, Sí­gueme, Salamanca 1965; Haensli E., Homilética, en SM 3, Herder, Barcelona 1973, 525-533; Llopis J., Exégesis bí­blica y homilí­a litúrgica, en «Phase»‘ 66 (1971) 527-541; Maldonado L., El mensaje de los cristianos, Flors, Barcelona 1965; La homilí­a, esa predicación siempre vieja y siempre nueva, en «Phase» 56 (1970) 183-202; El menester de la predicación, Sí­gueme, Salamanca 1972; Rahner K.-Háring B., Palabra en el mundo. Estudios sobre teologí­a de la predicación, Sí­gueme, Salamanca 1972; Rebok J., La homilí­a eucarí­stica: su originalidad y sus dimensiones fundamentales, en «Didaskalia» (Argentina) 38 (1984) 4-20; Reixach M., Homilí­as y celebraciones, en «Phase» 71 (1971) 27-41; VV.AA., La predicación cristiana, en «Concilium» 33 (1968) 357-516; VV.AA., La homilí­a hoy, en «Phase» 91 (1976) 2-68.

D. Sartore – A, M. Triacca (eds.), Nuevo Diccionario de Liturgia, San Pablo, Madrid 1987

Fuente: Nuevo Diccionario de Liturgia

I

La palabra homilía se deriva de la palabra griega homilia (de homilein), la cual significa tener comunión o tener interacción con una persona. En este sentido homilia se usa en 1 Cor. 15,33. En Lucas 24,14, encontramos la palabra homiloun, y en Hch. 24,26, homilei, ambas usadas en el sentido de “hablar con”. En Hch. 20,11, encontramos el término homilsas; aquí se usa por primera vez para denotar un sermón a los cristianos en relación con el partir del pan. Evidentemente era un discurso informal, o exposición de la doctrina, pues se nos dice que San Pablo “habló largo rato… hasta el amanecer”. De ahí en adelante la palabra se usó como señal del culto cristiano (San Justino, “Apol. I”, c. LXVII; Ignacio, “Ep. Ad PLyc.”, V).

Orígenes fue el primero en distinguir entre logos (sermo) y homilia (tractatus). Desde la época de Orígenes homilía ha denotado, y todavía denota, un comentario, sin una introducción formal, división o conclusión, de alguna parte de la Escritura, cuya meta es explicar el sentido literal, y desarrollar el sentido espiritual del texto sagrado. El último, como regla, es el más importante; pero si, como en el caso de Orígenes, se le da más atención al primero, la homilía se llama explicativa en lugar de moral o exhortatoria. Es la forma más antigua de predicación. Se puede decir que Cristo mismo predicó en este estilo (cf. Lc. 4,16-20), pero con una diferencia que se señalará luego. Fue el tipo de predicación utilizado por los Apóstoles y los Padres al dirigirse a los fieles. En la «Primera Apología» de San Justino Mártir (c. LXVII) se lee: «En el día llamado domingo todos reunidos en el mismo lugar, donde se leían los memoriales [apomnemoneumata] de los Apóstoles y los profetas… y cuando el lector termina, el obispo pronuncia un sermón», etc.

En este sentido, la «Enciclopedia Británica» (novena edición), dice: «La costumbre de pronunciar exposiciones o comentarios más o menos improvisados sobre las lecturas del día en todo caso pasó pronto y fácilmente a la Iglesia cristiana” (es decir, a partir de la sinagoga judía). El punto de vista católico difiere de esto, y afirma que la clase de homilía que menciona San Justino no era una continuación del comentario judío sobre la Escritura, sino que era parte esencial del culto cristiano, una continuación del sermón apostólico, en cumplimiento de la comisión de Cristo a sus discípulos. De hecho, ambas tenían una similitud externa (ver Lc. 4,16-20), pero en esencia una difería de la otra tanto como la religión cristiana difiere de la judía.

La más antigua homilía existente es la llamada Segunda Epístola de Clemente a los Corintios; sin embargo, ahora se admite generalmente que no es de Clemente (vea Bardenhewer, «Patrologi», tr Shahan, p. 29.). Tenemos ciento noventa y seis de Orígenes; algunas de San Atanasio, aunque él era más un polemista que un predicador; las breves y antitéticas homilías de León I también han llegado hasta nosotros; y las más importantes son las de Gregorio I. Otros autores de homilías son: Hilario, Ambrosio, Crisóstomo, Jerónimo, Agustín, Fulgencio, Isidoro, Beda, Bernardo y muchos otros. Incluso después que el arte de la retórica influyó en la predicación, la forma de oratoria sagrada continuó, de modo que se reconocieron dos estilos de predicación: el estilo improvisado, sin pulir, o familiar, y el pulido, o preparado cuidadosamente. Buenos ejemplos de ambos se pueden ver en San Juan Crisóstomo, también en San Agustín, quien, al referirse a la predicación de la oratoria sagrada, dijo que se humilló a sí mismo para que Cristo fuese exaltado. La homilía fue el estilo favorito de predicación en la Edad Media; y muchos de los sermones predicados entonces, a partir del uso frecuente de los Textos Sagrados, podrían llamarse mosaicos bíblicos (vea Neale, «Mediaeval Sermons»).

En la actualidad hay cuatro formas reconocidas de tratamiento de la homilía, pero no todas son igualmente recomendables.

  • El primer método consiste en tratar por separado cada frase del Evangelio. Este fue el método uniforme de San Anselmo, según se infiere de las dieciséis homilías que nos han llegado. No se recomienda, pues da, a lo mejor, solo un tratamiento fragmentario y disperso.
  • El segundo método es todo lo contrario; enfoca la totalidad del contenido del Evangelio en una sola idea. Usualmente se le llama “homilía superior”, y sólo difiere del sermón oficial o formal en la ausencia de introducción y peroración. Está claro que sólo ciertos evangelios pueden ser tratados de esta manera.
  • La tercera clase selecciona alguna virtud o vicio que surge del Evangelio, y trata uno o el otro con exclusión de todo lo demás. A esta clase de homilía se le llama comúnmente un “propenso”.
  • La cuarta clase es la que primero parafrasea y explica todo el Evangelio, y luego hace una aplicación de él. Éste, el método de San Juan Crisóstomo, parece ser el mejor, excepto donde se aplica la “homilía superior”, debido a que puede evitar el defecto que aqueja a la homilía, es decir, una tendencia a la falta de unidad y continuidad.

Las ventajas de la homilía son que es una forma de predicación que estuvo en uso desde el principio mismo del cristianismo; es simple y fácil de entender; provee una mejor oportunidad que el sermón oficial para entretejer la Sagrada Escritura. El momento más apropiado para la homilía es en la primera Misa; para el sermón formal, en la Misa principal; y para el sermón [[catequesis|catequético (vea oratoria sagrada), en las devociones vespertinas. En cuanto a su lugar en la Misa, la homilía es usualmente predicada después del primer Evangelio; pero San Francisco de Sales preferiría que viniese después de la Comunión, y en su carta al arzobispo de Bourges, cita las palabras de San Juan Crisóstomo : «Quam os illud quod SS Mysteria suscepit, daemonibus terrible est”; también las de San Pablo (2 Cor. 13,3); «in experimentum quaeritis ejus, qui in me loquitur Christus.»

Para las homilías clementinas, vea Clementinos.

Bibliografía: KEPPLER en «Kirchenlex.», s.v. «Homiletik»; DUCHESNE, «Christian Worship» (tr. San Luis, 1908); SCHMID, «Manual of Patrology» (San Luis, 1899); THOMASSIN, «Vetus et Nova Ecclesiae Doctrina» (París, 1688); DIGBY, «Mores Catholici» (Londres, 1846); NEALE, «Mediaeval Sermons» (Londres, 1856); MACNAMARA, «Sacred Rhetoric» (Dublín, 1882); POTTER, «Sacred Eloquence» (Nueva York, 1891); SCHUECH, «The Priest in the Pulpit» (tr. Nueva York, 1905); HAMON, «Traite de la Predication» (París, 1906); MOURRET, «Lecons sur l’art de precher» (París, 1909). BARDENHEWER, «Patrology», tr. SHAHAN (San Luis, 1908): Vea la bibliografía en el artículo ORATORIA SAGRADA.

Fuente: Beecher, Patrick. «Homily.» The Catholic Encyclopedia. Vol. 7. New York: Robert Appleton Company, 1910.
http://www.newadvent.org/cathen/07448a.htm

Traducido por Luz María Hernández Medina. rc

II

Se denomina homilía o «sermón» a la exhortación panerética, en la cual el obispo, el sacerdote o el diácono se dirigen a los fieles tras la proclamación de las lecturas y del Evangelio propios de la eucaristía, o del sacramento que se esté desarrollando. La homilía, como parte integrante de la Liturgia de la Palabra viene ya descrita en el testimonio escrito en el año 155 de san Justino en el que explica al emperador Antonino Pío, cuáles son las prácticas de los cristianos. Ya entonces como ahora la homilía se situaba entre la lectura de la Palabra y la Oración de los fieles u Oración Universal.

La función de la homilía es la de realizar una exhortación sobre las lecturas y/o el sacramento que se realiza, con el fin de hacer más inteligibles los pasajes de la Biblia que se acaban de proclamar en la asamblea litúrgica. Para la confección de la homilía suelen elegirse varias fuentes privilegiadas como son los textos de los Padres de la Iglesia o de doctores y santos de la Iglesia católica.

Según las normas litúrgicas promulgadas por el Concilio Vaticano II en la Constitución sobre la Sagrada Litúrgia, Sacrosanctum Concilium dice: («Se recomienda encarecidamente, como parte de la misma Liturgia (de la Palabra), la homilía, en la cual se exponen durante el ciclo del año litúrgico, a partir de los textos sagrados, los misterios de la fe y las normas de la vida cristiana. Más aún: en las Misas que se celebran los domingos y fiestas de precepto, con asistencia del pueblo, nunca se omita si no es por causa grave.»)

Y en la Instrucción General del Misal Romano, aprobada por Juan Pablo II el Jueves Santo del 2000, la homilía, como parte integrante de la liturgia, debe ser un comentario vivo de la Palabra de Dios que ha ser comprendido como parte integral de la acción litúrgica. La homilía la debe hacer el sacerdote que preside, un sacerdote concelebrante o un diácono, pero nunca un laico. En casos particulares y con una razón legítima, la homilía la puede hacer un Obispo o un sacerdote que están presentes en la celebración pero que no pueden concelebrar. Los domingos y días de precepto ha de haber homilía y, solamente por un motivo muy grave, se puede eliminar de las Misas que se celebran con asistencia del pueblo. El sacerdote puede hacer la homilía de pie o bien desde la sede, o bien desde el ambón (o púlpito), o, cuando sea oportuno, desde otro lugar adecuado.

En cuanto a su finalidad, (como fue expresado por algunos de los primeros documentos litúrgicos posteriores al Vaticano II) es principalmente la de instrucción del Pueblo Santo de Dios, entonces sería lógico que quedara reservada al ‘teólogo experto’, pues la homilía es un «acto de interpretación», y el predicador debe ser un ministro ordenado, instruido y que comprenda las diversas experiencias de la asamblea a la cual se dirige y que pueda «interpretar la condición humana a través de las Escrituras».

Fuente: Enciclopedia Católica