(-> pecado, opresión, éxodo, Jesús). Es la expresión de una llamada fuerte, que brota del dolor o la opresión, por encima de las razones o argumentos del sistema. En la Biblia aparecen dos gritos significativos.
(1) Los hebreos en Egipto. En el principio del éxodo está el grito de los oprimidos: «Los hijos de Israel gemían a causa de la esclavitud y clamaron a Dios, y el clamor de ellos a causa de su esclavitud subió a Dios. Dios escuchó el gemido de ellos y se acordó de su pacto con Abrahán, con Isaac y con Jacob. Dios miró a los hijos de Israel y reconoció su condición» (Ex 2,23-25). En el límite de la opresión, el hombre no tiene más que un grito, que puede presentarse a veces como un simple gemido, un latido sin fuerza para gritar. Pues bien, el dolor del hombre llega hasta Dios. Este es el principio de toda la experiencia israelita. Dios escucha (wayyisma†™). Aunque todos los hombres pasen de largo, aunque nadie atienda, Dios escucha. Por eso, antes de definir al hombre como posible «oyente de la palabra» que viene de Dios (K. Rahner), la Biblia define al mismo Dios como «oyente del gemido» de los hombres. Dios mira (wayyare†™). En las teofanías suele afirmarse que el hombre mira y ve a Dios, iniciándose así un proceso de contemplación sagrada; pues bien, aquí no se habla de la acción y obligación del hombre que mira a Dios, sino del Dios que contempla a los hombres. Dios se acuerda (wayyizkar). Acordarse significa ser fiel a su compromiso. Dentro del contexto israelita es evidente que ese recuerdo ha de entenderse como fidelidad, es decir, como «fe de Dios»; ciertamente, es importante la fe de los hombres, pero antes de ella está el gesto de Dios que es siempre fiel con los hombres. Dios conoce (wayyida†™). Esta palabra ha de tomarse en un sentido intenso: Dios conoce, es decir, se compromete, en gesto de amor, en la línea del pacto o del matrimonio (varón y mujer se conocen uno al otro).
(2) Jesús en la cruz. El grito de Jesús en la Cruz (cf. Mc 15,34-37) constituye un enigma, tanto por su forma (¡un grito grande!) como por su contenido: parece suponer que Dios le ha abandonado. Pues bien, leído desde el conjunto del Evangelio, ese grito forma parte del drama de Jesús tal como lo ha formulado la carta a los Hebreos: «Cristo, en los días de su vida física, habiendo ofrecido ruegos y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído por su temor reverente. Aunque era Hijo, aprendió la obediencia por lo que padeció. Y habiendo sido perfeccionado, llegó a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen, y fue proclamado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec» (Heb 5,7-10). Este es el drama del amor, entendido como entrega creadora de vida. Este es el sentido del sacerdocio* de Jesús, que no ofrece a Dios la vida de animales ajenos (como los sacerdotes de la línea de Aarón), sino que se ofrece a sí mismo, en amor total, conforme al signo de Melquisedec*, que aquí aparece como modelo del verdadero sacerdocio.
Cf. K. Rahner, Oyente de la Palabra. Fundamentos para una filosofía de la religión, Herder, Barcelona 1967; J. Moltmann, El Dios crucificado, Sígueme, Salamanca 1976.
PIKAZA, Javier, Diccionario de la Biblia. Historia y Palabra, Verbo Divino, Navarra 2007
Fuente: Diccionario de la Biblia Historia y Palabra