GREGORIANO. CANTO

[480]

Estilo y modo musical que usa oficialmente la Iglesia católica como propio y especí­fico de su liturgia. Se suele llamar también canto llano o canto romano, por haber sido asumido como oficial por el Papa Gregorio I Magno (+ 604), de quien le vino el nombre de gregoriano.

Parece que fue el mismo Papa, aficionado a la música, el que compuso y pulió muchas canciones que se entonaban en el pueblo durante las celebraciones religiosas. El mismo preparó un antifonario y organizó una Schola cantorum, para ensalzar las ceremonias litúrgicas.

Pero ya cuando él llegó al pontificado, existí­an en la iglesia de Roma multitud de melodí­as y tradiciones musicales, procedentes unas de la sinagoga judí­a, de tonadas festivas populares, de himnos militares o de otros cultos incluso, y que se fueron adaptando en los actos cristianos, tanto en las eucaristí­as como en los ritos nupciales, bautismales y funerarios

Algunos compositores de piezas religiosas habí­an aportado riquezas significativas. Los más famosos compositores de piezas gregorianas fueron S. Ambrosio, San Hilario de Poitiers, Prudencio y Venancio Fortunato. San Beda el Venerable (+ 735), Alcuino de York (+ 804) y San Odón de Cluny (+942) compusieron tratados de música, dando consignas para la ejecución de las obras.

La historia posterior fue fecunda y constante en el desarrollo de las piezas gregorianas, sobre todo en los ámbitos monacales y en los ámbitos catedralicios. Nombres como Cluny y el Cí­ster, la escuela San Gallo, de Metz y de Chartres, entre muchas otras, fueron dejando piezas de valor hermoso para las fiestas o himnos a determinados santos.

El renacimiento se encargó de incrementar el repertorio musical, aunque con las reservas que impuso pronto el miedo a la reforma protestante. Hasta reyes como Felipe II se preocuparon el que la música estuviera al servicio de la ortodoxia y exigió en sus reinos una vigilancia estrecha para que no se deslizaran entonaciones o textos de dudosa fidelidad a la Iglesia.

El Motu propio de Pí­o X en 1903 sobre la Música sacra reclamó una vuelta a la pureza antigua indicando que todos los cristianos deberí­an familiarizarse con esas canciones sagradas, portadoras de tradición, de piedad y de sentido de comunidad eclesial.

En ese sentido es bueno recordar que la música es viva y cambiante. Y que es bueno y necesario cultivar las expresiones musicales de los tiempos actuales y de los diversos ámbitos religiosos. Pero conviene tener presente que la Iglesia es internacional, intercultural e interlingüí­stica. El que los catequizandos conozcan alguna pieza hermosa gregoriana, como una «Misa de Angelis» o un «Pange lingua», el que sean capaces de entornar un «Pater noster», un «Credo in unum Deum» o también un villancico como «Adeste Fideles», pues lo han degustado y entonado en alguna ocasión, les hará un dí­a sentirse integrados en una asamblea internacional a la que se pueda asistir. Es una de las conveniencias educativas que a veces provoca dudas en quienes viven la civilización de lo digital y de lo inestable, pero que sin motivación objetiva rechazan lo latino y lo gregoriano por falsos pretextos de antigüedad o de foraneidad

Pedro Chico González, Diccionario de Catequesis y Pedagogí­a Religiosa, Editorial Bruño, Lima, Perú 2006

Fuente: Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa