(elpizein, elpis)
Los hombre de antaño no esperaban cosas buenas del porvenir; por eso los judíos podían fácilmente designar a los paganos como gentes sin esperanza (1 Tes 4,13). Al contrario, la Escritura apela con frecuencia a la confianza en Dios, en la espera de los bienes venideros. ¿Acaso no es Dios la esperanza de Israel (Jr 17,13)? Sin embargo, este motivo no fue recogido en los evangelios, a diferencia de Pablo, sobre todo en la Primera Carta a los Tesalonicenses y en la Carta a los Romanos.
En 1 Tes, habla de la espera de la parusía, enumerando en particular la tríada «fe, caridad y esperanza» (1 Tes 1,3), en un orden diferente al de 1 Cor 13,13 (fe, esperanza y caridad). En Rom se observan 12 menciones de la esperanza, que acaban con un grito: Que Dios, de quien procede la esperanza, llene de alegría y de paz vuestra fe, y que el Espíritu, con su fuerza, os colme de esperanza (Rom 15,13).
Semejante esperanza se encuentra acumulada en la persona de Cristo (1 Cor 15,19); y, en una justificación que tiene ya en Cristo su fundamento, mueve al creyente hacia la salvación que todavía está por venir, hacia una salvación que todavía hay que esperar (Rom 8,24). Así pues, la esperanza se refiere a la salvación (1 Tes 5,8), a la vida y a la gloria divina (Rom 5,2) y, finalmente, a la renovación del hombre y la transformación de la creación entera (Flp 1,20; Rom 8,20s). Exige para el presente constancia y perseverancia (Rom 5,4; 15,4). Los escritos posteriores a Pablo no se olvidarán de este mensaje, aunque con frecuencia intentarán dirigir progresivamente la mirada hacia arriba, hacia el cielo, y no ya hacia el devenir de los hombres, el de la historia y el del universo en su totalidad.
C. P.
AA. VV., Vocabulario de las epístolas paulinas, Verbo Divino, Navarra, 1996
Fuente: Vocabulario de las Epístolas Paulinas