Uno de los libros del NT.
Autor y fecha. No se discute la autoría del apóstol †¢Pablo, que la escribió entre los años 56-60 d.C.
Circunstancias. En su tercer viaje misionero, Pablo trabajó extensamente en la ciudad de †¢éfeso (Hch. 19). Después fue a Macedonia y a Acaya, con una larga estancia en †¢Corinto. Desde allí pensaba viajar a Jerusalén acompañando a los hermanos que llevaban una ofrenda para los pobres de esa ciudad (†œMas ahora voy a Jerusalén a ministrar a los santos† [Rom 15:25]). En vez de tomar una trayectoria más directa, decidió subir a Macedonia y después a Troas, en su ruta hacia Jerusalén. La mayoría de los eruditos opinan que fue antes de emprender este viaje, estando en Corinto, cuando Pablo escribió esta epístola y la envió por mano de †¢Febe, †œdiaconisa de la iglesia en Cencrea†, que era un puerto de Corinto (Rom 16:1-2).
apóstol escribe a una comunidad de creyentes compuesta de judíos convertidos pero con un gran componente, quizá la mayoría, de gentiles. Hay que recordar que en años anteriores se había producido el famoso decreto del emperador †¢Claudio que ordenaba la expulsión de los judíos de Roma (Hch 18:2). El historiador Suetonio indica que el motivo había sido por unos alborotos causados entre ellos a causa de un tal †œChrestos†. Pero ese decreto, y otros similares, pasaban pronto al olvido y los judíos retornaban. Las matanzas que luego tendrían lugar en tiempos de †¢Nerón, indican que la población de cristianos era muy grande en Roma.
Propósito. El apóstol había desarrollado una labor de evangelización que alcanzó ciudades principales desde las cuales luego el mensaje se extendía a otras partes. Consideraba que esa estrategia había llenado su cometido en el E del Imperio Romano (†œ… desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado del evangelio de Cristo† [Rom 15:19]). Pensaba ahora que debía dirigirse al O del imperio, y llegar hasta España. De paso, quería pasar por Roma, donde había ya una iglesia que podía ayudarle en ese propósito. Además, Roma misma estaba en los pensamientos del apóstol como una especie de coronación de su ministerio misionero, dada la importancia de la ciudad y su influencia. Pablo sabía lo conveniente que era el mantener pura la doctrina de la iglesia allí, como un centro que irradiaría hacia otras partes del imperio. La iglesia de Roma había sido fundada sin la intervención de ninguno de los apóstoles. Con su carta, Pablo procura asegurarse de que la joven iglesia caminara por los senderos de la fe y la gracia, y evitar que fuera víctima de los judaizantes.
Características. La forma en que Pablo se expresa difiere mucho de sus otros escritos epistolares. él no estaba contestando una serie de preguntas, como le habían hecho los hermanos de Corinto, sino que expone de una forma sistemática, como quien da una clase magistral, no como quien conversa con conocidos. Sólo al final de la epístola se permite introducir el elemento personal, enviando saludos. Muchos, pues, dicen que Romanos es más un tratado que una epístola. La exposición del evangelio que hace el apóstol en Romanos es considerada de enorme importancia desde el punto de vista teológico, intelectual, histórico y práctico para los creyentes de todas las edades. Para Lutero, Romanos es el libro más importante de todo el NT. Es notable la semejanza en la utilización de términos que existe entre Romanos y Gálatas. Razón que lleva a algunos a pensar que ambas epístolas fueron escritas en fechas cercanas entre sí. Los problemas levantados alrededor de los temas de la gracia y la ley dominan ambos escritos.
Desarrollo. La epístola comienza con una salutación (†œ… a todos los que estáis en Roma† [Rom 1:7]). El apóstol ora siempre por ellos y quiere verles (†œ… para comunicaros algún don espiritual† [Rom 1:11]). Quiere predicarles el evangelio, pues †œla ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres† (Rom 1:18). Les habla de que la injusticia y la incredulidad de los hombres les había conducido a †œpasiones vergonzosas† (Rom 1:26) y detalla muchas de ellas (Rom 1:1-32).
hombres, entonces, son inexcusables. Dios hará juicio †œsegún verdad† (Rom 2:2). Este juicio es para todos, †œal judío primeramente y también al griego† (Rom 2:10). Se dirige entonces a los que llevan †œel sobrenombre de judío† (†œ… te apoyas en la ley, y te glorías en Dios† [Rom 2:27]). Les explica que si se transgrede la ley la circuncisión no vale de nada, pero si hay alguno que †œfísicamente es incircunciso, pero guarda la ley† está mejor. El verdadero judío es †œel que lo es en lo interior† (Rom 2:1-29).
hay ventaja en ser judío físicamente, pues a ellos †œha sido confiada la palabra de Dios† (Rom 3:2). Ahora bien, el fallo de los judíos y su incredulidad no quiere decir que los demás son mejores (†œ… pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado† [Rom 3:9]). Ahora, sin embargo, †œaparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas† (Rom 3:21). Esto sucede a través de Jesucristo. Dios es Dios tanto de los judíos como de los gentiles y la justicia se alcanza por la fe. De esta manera se confirma la ley (Rom 3:1-21).
sigue aclarando que la justicia de Dios se recibe mediante la fe. Pone el ejemplo de Abraham, quien creyó a Dios †œy le fue contado por justicia† (Rom 4:3). Abraham es padre de aquellos †œque siguen las pisadas de la fe que tuvo† (Rom 4:12), pues él †œcreyó en esperanza contra esperanza† (Rom 4:18). Lo que se escribió sobre Abraham en cuanto a que †œsu fe le fue contada por justicia† (Rom 4:22), también se aplica a nosotros, †œa quienes ha de ser contada† por haber creído †œen el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro† (Rom 4:24) (Rom 4:1-25).
†œJustificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios† (Rom 5:1). Por medio de Jesucristo †œhemos recibido ahora la reconciliación† (Rom 5:11). Explica Pablo que existía muerte antes de que se diera la ley, †œaun en los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán† (Rom 5:14). Compara el caso de Adán con el de Cristo. Con Adán, †œel juicio vino sobre muchos a causa de un solo pecado para condenación†, pero con Cristo †œel don vino a causa de muchas transgresiones para justificación† (Rom 5:16) (Rom 5:1-21).
no quiere decir que vamos a pecar †œpara que la gracia abunde† (Rom 6:1). Los cristianos hemos muerto al pecado. Habla del bautismo como símbolo de esa muerte y el nuevo andar en Cristo. †œY si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él† (Rom 6:8). Exhorta a los creyentes a no presentar sus †œmiembros al pecados como instrumentos de iniquidad, sino† a presentarse a Dios †œcomo vivos de entre los muertos† (Rom 6:13). Los creyentes han sido †œlibertados del pecado y hechos siervos de Dios† (Rom 6:22) (Rom 6:1-23).
se dirige a †œlos que conocen la ley† (Rom 7:1). Tienen que comprender que han †œmuerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo† (Rom 7:4) y ahora †œestamos libres de la ley† (Rom 7:6). La ley sirvió para darnos conocimiento de lo pecaminoso. La ley es buena y espiritual. †œPero yo soy carnal, vendido al pecado† (Rom 7:14). Eso produce una tensión interior (†œ… porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo† [Rom 7:18]), que conduce a la desesperación (†œÂ¡Miserable de mí!† [Rom 7:24]). Afortunadamente, Jesucristo es quien nos libra †œde este cuerpo de muerte† (Rom 7:1-25).
†œLo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne†, Dios lo resolvió enviando a su Hijo. Los que han creído son personas que andan †œconforme al Espíritu†. Sigue explicando que el creyente no puede vivir según la carne, sino según el Espíritu. Por medio de éste somos hechos †œhijos de Dios…. herederos de Dios y coherederos con Cristo† (Rom 8:16-17). La misma creación espera †œla libertad gloriosa de los hijos de Dios† (Rom 8:21). El Espíritu Santo nos ayuda en la oración. Y †œtodas las cosas les ayudan a bien … a los que conforme a su propósito son llamados† (Rom 8:28). Nada nos puede separar del amor de Cristo (Rom 8:1-39).
describe su cariño hacia el pueblo de Israel, pero aclara: †œNo los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino los que son hijos según la promesa† (Rom 9:8). Dios es soberano y elige, †œasí que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia† (Rom 9:16). El hombre no puede altercar con Dios por sus soberanas decisiones. †œLos gentiles, que no iban tras la justicia, han alcanzado la justicia, es decir, la justicia que es por fe† (Rom 9:30). Israel no la alcanzó †œporque iban tras ella no por fe† (Rom 9:31) (Rom 9:1-33).
apóstol ratifica su amor por Israel. †œEl fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree† (Rom 10:4). Para que las gentes tengan fe es necesario que se les predique, pues †œla fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios† (Rom 10:17). Israel ha oído, pero ha sido rebelde (†œTodo el día extendí mis manos a un pueblo rebelde y contradictor† [Rom 10:21]) (Rom 10:1-21).
Dios no ha desechado a su pueblo. Hay un remanente †œque no han doblado sus rodillas delante de Baal. Así también ha quedado un remanente escogido por gracia† (Rom 11:4-5). Pablo se dirige ahora a los gentiles (†œPorque a vosotros hablo, gentiles† [Rom 11:13]). No deben ensoberbecerse por lo acontecido a los israelitas (†œ… por su incredulidad fueron desgajadas, pero tú por la fe estás en pie. No te ensoberbezcas, sino teme† [Rom 11:20]). Los israelitas, †œsi no permanecieren en incredulidad, serán injertados† (Rom 11:23). Llegará el momento en que †œtodo Israel será salvo† (Rom 11:26), †œporque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios† (Rom 11:29) (Rom 11:1-36).
partir de este momento Pablo pasa a recomendaciones prácticas. Los creyentes deben ofrendar sus †œcuerpos en sacrificio vivo† (Rom 12:1). Deben pensar de sí mismos †œcon cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno† (Rom 12:3). Deben comportarse como miembros de un mismo cuerpo. Gozarse. Buscar la paz y no dejarse vencer por el mal, sino vencerlo haciendo el bien (Rom 12:1-21).
creyentes deben obedecer a las autoridades. Deben pagar sus impuestos (†œNo debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros† [Rom 13:8]). Exalta el amor como la suprema ley. Los creyentes deben vestirse de Jesucristo y no proveer †œpara los deseos de la carne† (Rom 13:1-14).
del trato para con el débil en la fe. Nadie debe juzgar †œal criado ajeno† (Rom 14:4). Trata el tema de las diferencias en los problemas de conciencia, especialmente en lo relativo a comer o no comer carne, y los que hacen diferencia entre día y día, llamando a la tolerancia y al amor (Rom 14:1-23).
fuertes deben †œsoportar las flaquezas de los débiles† (Rom 15:1). Desea que entre los romanos haya †œun mismo sentir según Cristo Jesús† (Rom 15:5). Deben recibirse los unos a los otros, tanto judíos como gentiles, pues Cristo vino †œpara confirmar las promesas hechas a los padres y para que los gentiles glorifiquen a Dios por su misericordia† (Rom 15:7-8). Reconoce que les ha escrito †œen parte con atrevimiento† (Rom 15:15), pero †œno osaría hablar sino de lo que Cristo† había hecho por medio de él †œpara la obediencia de los gentiles† (Rom 15:18). él se había esforzado en †œpredicar el evangelio† en los lugares donde nadie había ido, pues no quería †œedificar sobre fundamento ajeno† (Rom 15:20). †œPero ahora, no teniendo más campo en estas regiones† (Rom 15:23) y queriendo ir a España, desea ir a ellos después del viaje a Jerusalén a llevar la ofrenda de los hermanos de Macedonia y Acaya. Pide que oren por él (Rom 15:1-33).
último capítulo contiene una serie de salutaciones personales, y termina con una doxología: †œY al que puede confirmaros según mi evangelio … al único y sabio Dios, sea gloria mediante Jesucristo para siempre. Amén.† (Rom 16:1-27).
Fuente: Diccionario de la Biblia Cristiano
I. Bosquejo del contenido
a. Introducción (1.1–15)
El apóstol envía un prolongado saludo, y a continuación expone sus razones para desear visitar la iglesia de Roma.
b. Exposición doctrinal (1.16–8.39)
El tema principal es la justicia de Dios.
(i) Tanto los gentiles como los judíos son igualmente culpables frente a la justicia de Dios (1.18–3.20). Esto a pesar de los muchos privilegios de los judíos.
(ii) No obstante, Dios se ha ocupado de esta situación, y ha provisto un sacrificio propiciatorio en Cristo (3.21–26). Como este beneficio se obtiene por la fe, el camino está abierto a judíos y gentiles (3.27–31). El ejemplo de Abraham muestra que la justificación es por la fe y no por las obras (4.1–25). Muchas bendiciones siguen a la justificación del creyente (5.1–11). Como el pecado se hizo universal a través de Adán, así la vida viene por medio de Cristo (5.12–21).
(iii) La justicia debe tener aplicación a la vida. Esto se logra por medio de la unión con Cristo, porque asi como el creyente ha muerto con él también ahora vive en él (6.1–14). Esta nueva vida envuelve un nuevo tipo de servicio, porque el creyente, aunque libre de la ley, se ha convertido en esclavo de Dios (6.15–7.6). La ley no ayuda a obtener la santificación, ya que produce un conflicto interno (7.7–25). Pero la vida en el Espíritu proporciona victoria al creyente, porque el pecado pierde su poder y la nueva condición de hijo de Dios remplaza al cautiverio que representa el pecado (8.1–17). El creyente tiene gran esperanza para el futuro, esperanza que comparte incluso con la creación material (8.18–25). La vida presente se fortifica por la intercesión del Espíritu y la seguridad que da el amor de Dios (8.26–39).
c. El problema de Israel (9.1–11.36)
A continuación se trata el tema de la justicia de Dios históricamente en respuesta al aparente conflicto con el rechazo de Israel.
(i) Las acciones de Dios son soberanas y justas. Ninguna criatura tiene derecho a cuestionar las decisiones del Creador (9.1–29).
(ii) El rechazo de Israel no es arbitrario sino que emana de su propia culpa, porque ha tenido amplia oportunidad para arrepentirse (9.30–10.21).
(iii) No obstante, Israel cuenta con la esperanza de la restauración. Dios siempre ha preservado un remanente (11.1–6). El propio fracaso de Israel ha hecho que sean incluidos los gentiles (11.7–12). Los gentiles constituyen el medio por el cual Israel sera restaurada (analogía del olivo) (11.13–24). La posición definitiva de Israel está en manos de Dios, en quien hay sabiduría inescrutable (11.25–36).
d. Exhortaciones prácticas (12.1–15.13)
(i) Deberes de carácter personal y general que resultan de una vida dedicada (12.1–21).
(ii) Deberes que afectan a la sociedad en general, tales como el de la obediencia cívica, el de ser buen vecino, y el de la conducta sobria (13.1–14).
(iii) La necesidad de que los cristianos se toleren mutuamente. Se trata esto en relación con el problema particular de las comidas (14.1–15.13).
e. Conclusión (15.14–16.27)
(i) El autor indica el motivo que lo lleva a escribir la epístola (15.14–21).
(ii) Luego se mencionan sus planes futuros (15.22–29).
(iii) Les solicita su oración como apoyo para su visita a Jerusalén (15.30–33).
(iv) Saluda individualmente a muchos creyentes (16.1–16).
(v) Advertencia acerca de falsos maestros (16.17–19).
(vi) Más saludos personales, una bendición, y 4 doxología cierran la epístola (16.20–27).
II. La iglesia cristiana en Roma
En el mundo de la época de Pablo Roma significaba mucho, y no dejaba de ejercer fascinación para el mismo apóstol, ya que expresa un gran deseo de predicar el evangelio allí. Como misionero estrategia reconoce la inmensa importancia de que la iglesia cristiana esté presente en el centro mismo del imperio, y esto bien puede haber tenido que ver con la forma que adoptó para la epístola. Poco sabemos del origen de esta importante iglesia, y quizás sea inútil tratar de hacer conjeturas. Bien puede haber sido fundada por personas que se convirtieron el día de Pentecostés y que retornaron a sus hogares en Roma regocijándose en su nueva fe. Pero aunque Hch. 2 menciona a algunos romanos, no indica si hubo convertidos a la fe ese mismo día. Por otra parte era relativamente fácil viajar entre Roma y las provincias en aquellos tiempos, y muchos cristianos deben haberse unido a los viajeros que recorrían las carreteras imperiales. Lo que sabemos con certeza es que en la época en que Pablo les escribe, no sólo existía una iglesia, sino que había alcanzado considerables proporciones. Si algo tuvo que ver con la iglesia cristiana la expulsión de judíos de Roma decretada por el emperador Claudio, como parece muy probable por la referencia a “Cresto” en el informe de Suetonio, es evidente que era lo suficientemente grande como para que se tomara una medida tan drástica. Y por cierto que, cuando se desencadenó la persecución de Nerón, no mucho tiempo después de haberse escrito la epístola, los cristianos ya formaban una comunidad considerable.
La cuestión de la relación de Pedro con Roma no puede contestarse en forma concisa, aunque podemos desechar de entrada todas las pretenciones de que Pedro fue el fundador de la iglesia de dicha ciudad. El apóstol todavía se encontraba en Jerusalén en la época del edicto de Claudio, y la iglesia debe de haberse iniciado muchos años antes. Además, Pablo no lo menciona en absoluto en esta epístola, lo cual resulta difícil de explicar si Pedro realmente era la cabeza de la iglesia de Roma en aquellos días, aparte de contradecir claramente su afirmación en 15.20. No obstante, la tradición apoya fuertemente el punto de vista de que tanto Pedro como Pablo sufrieron el martirio en Roma, dado que un testigo de épocas tan tempranas, Clemente, así lo indica.
Ha habido discusión acerca de la composición de la iglesia romana, pero lo más probable es que la hayan integrado gentiles y judíos, los primeros de los cuales seguramente serían mayoría. Sería de esperar que asi fuera en una ciudad cosmopolita con una fuerte colonia judía, hipótesis que un análisis de la epístola misma apoya. En algunas partes de su argumentación parecería que Pablo se dirige a los judíos, como, por ejemplo, cuando se refiere a Abraham “nuestro padre’ (4.1), y en su respuesta directa a un interrogador judío en el
III. Lugar y fecha de composición
Todas las indicaciones que ofrece la misma epístola con respecto al lugar en que se encontraba Pablo apuntan hacia el período de su residencia en Grecia, al final de su tercer viaje misionero (Hch. 20.2). Es ese momento indudablemente tiene la mirada puesta en occidente, porque se propone no sólo ir a Roma, sino seguir adelante, encarando futuras actividades misioneras, hasta llegar a España (Ro. 15.24, 28). Por lo tanto, ya van terminando sus viajes en oriente, y esto concordaría perfectamente con la situación en Hch. 20. Además está camino a Jerusalén, y en Ro. 15.25 dice que sus planes consisten en ir a Jerusalén con la contribución que han hecho muchas iglesias para ayudar a los cristianos que allí se debaten en la pobreza. No puede haber duda, por lo tanto, de que escribe esta carta casi al final de su tercer viaje.
Como confirmación de esta conclusión hay ciertas indicaciones en el cap(s). 16 que nos hacen pensar en Corinto como el lugar desde donde fue despachada, aunque no todos los eruditos están dispuestos a apelar a este capítulo en busca de apoyo para esta posibilidad, ya que algunos creen que fue enviada a Éfeso y no a Roma (véase
En consecuencia, podemos fechar la epístola con relativa precisión; aunque los problemas de la *cronología neotestamentaria en general, y la paulina en particular, nos impiden fijar fechas precisas. Una fecha comprendida entre los años 57 y 59 d.C. concordaría con todos los datos de que disponemos.
IV. Propósito de la epístola
Ciertas circunstancias inmediatas pueden haber sido las que impulsaron a Pablo a escribir la epístola. La intensión de realizar obra misionera en España llevó a Pablo a solicitar apoyo a los cristianos de Roma (cf. Ro. 15.24). Mientras piensa en su visita a la iglesia de Roma se da cuenta de que es posible que él tenga algún don espiritual que impartirles y que tanto él como ellos puedan alentarse mutuamente (1.11–12).
Es probable que el apóstol haya oído acerca de ciertas dificultades prácticas que estaban experimentando los creyentes, y que en la parte ética de su carta se haya propuesto corregir (
Pero los propósitos incidentales que acabamos de considerar no explican la forma teológica de la parte principal de la epístola. ¿Qué llevó al apóstol a ofrecer una exposición teológica tan extensa? En realidad no necesitaba hacerlo (en vista de su próxima visita) para estimular interés en sus planes misioneros occidentales. Obviamente debe de haber tenido algún otro propósito dominante. Los primeros once capítulos posteriores a la parte introductoria (1.1–15) se parecen más a un tratado que a una carta, y es importante que consideremos la razón de esta circunstancia.
Tiene mucho de elogiable la opinión de que Pablo deseaba confiar a la iglesia romana una declaración completa de su posición doctrinal. Aquí vemos, guardados para la posteridad, algunos de los más nobles conceptos del cristianismo, que merecidamente han encontrado su lugar de honor en la teología cristiana. Pero es necesario hacer una distinción perfectamente clara entre el uso básico que los cristianos pueden haber hecho de esta epístola y el propósito que originalmente puede haber movido a Pablo a escribirla. No es posible sostener que fue un intento de presentar los fundamentos de la teología paulina de esta manera. Más todavía, hay ciertos aspectos de esta teología que no están representados en la argumentación de esta epístola, aspectos tales como la escatología y la doctrina de la iglesia. No es posible, por lo tanto, considerarla como una declaración completa de la doctrina de Pablo. Sin embargo, hace una presentación perfectamente razonada de algunos de sus conceptos más dominantes, y es muy posible que Pablo haya querido transmitirlos a la iglesia de Roma a fin de que cuando los visitara, los creyentes ya tuvieran un conocimiento esclarecido de sus enseñanzas.
Es muy probable que el apóstol estuviese perfectamente consciente de que había pasado el punto culminante de su carrerra misionera, y en consecuencia su mente se detiene a considerar algunos de los principales conceptos que formaban parte de su incesante labor docente. En este caso, la inclusión de sus maduras reflexiones en una carta dirigida a Roma puede no haber sido más que un accidente de las circuntancias en momentos en que contemplaba la posibilidad de viajar a la metrópoli. Pero nos parece mejor asignar cierta importancia a la propia estimación de Pablo de la importancia estratégica de esta iglesia, y suponer que el tener conciencia de ello influyó en alguna medida en el carácter de la epístola.
Un problema más concreto relacionado con el propósito dogmático de la carta es la importancia relativa de la sección que se ocupa de la posición de los judíos (caps. 9–11). Algunos de los eruditos críticos del pasado (e. d. de la escuela de Tubinga) consideraban que esta parte era la médula de la epístola, en cuyo caso se supuso que su propósito fue el de tratar de reconciliar los elementos opuestos entre judíos y gentiles. Pero actualmente se descarta completamente esta teoría. Armoniza mejor con los hechos afirmar que esta sección sigue naturalmente al debate antenor, de carácter más teológico. El problema que presentan estos capítulos es la dificultad de reconciliar la justicia de Dios, tema de los primeros capítulos, con el aparente incumplimiento de las antiguas promesas en el rechazo de Israel. Este tema debe de haber sido candente para todos los judeocristianos, y tendría pertinencia en un discurso dirigido a cualquier iglesia en la que estuvieran representados.
V. Integridad de la epístola
Pocos estudiosos han tenido la temeridad de cuestionar la autenticidad de esta epístola, y actualmente se consideran infundados y subjetivos los argumentos de quienes así lo han hechó. Pero hay muchos eruditos que cuestionan el capítulo final, no porque nieguen que Pablo haya sido el autor, sino porque sostienen que no pertenece a la epístola. Esta opinión se basa en diferentes consideraciones: el gran número de saludos personales, que les parece improbable tratándose de una iglesia que nunca había visitado el apóstol; el hecho de que tres personas, Aquila, Priscila y Epeneto, tenían más conexiones con Asia que con Roma (aunque los dos primeros habían estado en Roma inicialmente); la encomendación de Febe, que se considera poco apropiada por ser una iglesia en la que Pablo no era conocido; lo inesperado de la alusión a los falsos maestros en los vv. 17–19; y lo adecuado de 15.33 como final de la epístola. Pero estas consideraciones no son concluyentes, y pueden explicarse de otra manera. Pablo no acostumbraba mencionar individualmente a determinadas personas en las iglesias en que era conocido; y en vista de las facilidades para viajar, no sería sorprendente que conociera a muchos de los creyentes de Roma, o que ahora estuvieran allí algunos que anteriormente habían estado en Asia. Como Pablo era lo suficientemente conocido en Roma como para poder escribirles una carta, la encomendación de Febe no ofrece dificultades, mientras que las advertencias contra los falsos maestros pueden haber sido introducidas abruptamente porque este problema acababa de serle mencionado, o porque expresamente dejó este asunto para el final con el objeto de no darle una importancia desproporcionada. Las palabras de 15.33 son posibles como final, pero no tienen paralelo en las otras epístolas paulinas. Sobre la base de indicios internos parecería injustificado considerar que el capítulo final no formaba parte de la carta originalmente y que tenía un destino diferente, como podría ser Éfeso o algún otro lugar.
Debemos decir algo con respecto a las pruebas textuales en torno a la parte final de esta epístola, aunque no corresponde aquí una discusión completa. Es suficiente mencionar que hay diferentes líneas de corroboración textual en relación con la ubicación de la bendición final y la doxología, y ciertas variaciones en cuanto a la referencia a Roma en 1.7, 15. Incluso hay indicaciones de que en algunos círculos se recibió la epístola sin sus dos capítulos finales. Parecería que esto se debió particularmente a Marción. De ninguna manera es fácil encontrar una teoría que explique todas las variaciones en las pruebas textuales, y se ha formulado un buen número de hipótesis diferentes. Algunos consideran que los cap(s). 1–14 fueron los originales, mientras que para otros lo fueron los cap(s). 1–15, y para otros los cap(s). 1–16. Es probable que la epístola original sea la que actualmente conocemos, pero que Marción la haya acortado. En ese caso su texto sería responsable de las diferentes tradiciones textuales.
VI. Los temas principales de la epístola
a. La justicia de Dios
Al comienzo de la parte doctrinal de la epístola Pablo introduce el tema de la justicia de Dios, que según afirma ha sido revelada ya a los creyentes (1.17). Para comprender el desarrollo de la argumentación de Pablo en su totalidad es necesario considerar la manera en que usa el concepto de *justicia (dikaiosynē). Sanday y Headlam, en su excelente artículo sobre la justicia de Dios (A Critical and Exegetical Commentary on the Epistle to the Romans, 1895, pp. 34–39), señalan cuatro diferentes aspectos de la justicia divina en esta epístola. El primero es la fidelidad, porque las promesas de Dios deben cumplirse para concordar con la naturaleza divina (3.3–4). El segundo es la ira, aspecto particular de la justicia en su aborrecimiento de todo pecado, y no, como a veces se supone, una cualidad opuesta a la justicia (cf. 1.17s; 2.5). En realidad la justicia y la ira son indivisibles, y es una falsa exégesis aquella que se ocupa de la justicia de Dios sin dar cabida a la manifestación de su ira. El tercero es la aplicación. de la justicia en la muerte de Cristo, cuya declaración clásica se encuentra en 3.25s. Diremos más sobre este particular más adelante; pero para lo que nos ocupa en este momento es necesario tener en cuenta que de algún modo el hecho de que Dios haya entregado a Cristo como sacrificio propiciatorio pone de manifiesto su justicia. No es algo que se considera arbitrario o caprichoso, sino eminentemente correcto y justo. Sólo de esta manera podía revelarse la justicia. El cuarto aspecto es el vínculo de la justicia con la fe. Se puede decir que es caracteríscico de la teología paulina el que a la justicia de Dios que ha sido manifestada puede el hombre hacerla suya por medio de la fe. Por lo tanto, se considera que la justicia de Dios es activa y pasiva a la vez, y en su forma activa declara justos a aquellos que por naturaleza están enemistados con Oios (véase 5.10). Este es el significado de la justificación; no que en realidad los hombres sean hechos justos, sino que se los considera justos. Toda la epístola, en realidad, es una exposición de este tema, que se considera básico no sólo para la teología paulina, sino para la teología reformada posterior, que tanto se ha apoyado en ella.
b. La bondad de Dios
En caso de que alguien pueda pensar que el concepto que Pablo tenía de Dios se basaba principalmente en su justicia, independientemente de sus otros atributos, es bueno que recordemos que en su epístola Pablo tiene mucho que decir sobre el carácter amoroso de Dios. El solo hecho de concebir la justicia de Dios como algo activo en la salvación del hombre indica un motivo de amor unido a la santidad. Pero Pablo específicamente llama la atención a la bondad, la tolerancia y la paciencia de Dios (2.4). Hace notar que la suprema manifestación del amor de Dios se encuentra en el sorprendente hecho de que Cristo murió por nosotros mientras todavía éramos pecadores (5.8). La declaración clásica de lo duradero de ese amor la encontramos en 8.35ss, pasaje en el que Pablo manifiesta que no hay nada, ya sea circunstancial o espiritual, que pueda separarnos del amor de Dios.
Cuando trata el problema del rechazo de israel, Pablo hace hincapié en la misericordia de Dios, y lisamente rehúsa reconocer la posibilidad de su injusticia (9.15). Cita con aprobación la declaración de Isaías de que todo el día Dios había tendido su mano al desobediente pueblo de Israel (10.21). Aun cuando el apóstol se ve obligado a hablar de la severidad de Dios, al mismo tiempo nos recuerda su bondad haria aquellos que continúan permaneciendo en él (11.22). Es la gran prerrogativa de Dios el tener misericordia (11.32). Aun en la parte práctica de su epístola Pablo menciona frecuentemente el carácter benevolente de Dios. Su voluntad es buena, aceptable y perfecta (12.2). Recibe tanto al débil como al fuerte, lo que menciona como razón por la cual el uno no debe juzgar al otro. Se le llama Dios de la paciencia y la consolación (tēs hypomonēs kai tēs paraklēseōs, 15.5), y esto sirve de base para una exhortación a cultivar cualidades similares en nosotros mismos. También, dado que Dios es un Dios de esperanza (15.13), por el poder del Espíritu Santo el cristiano debe abundar en esperanza. En toda la epístola, en realidad, el pensamiento de Pablo está dominado por su concepción de Dios. Pero hay otro aspecto que requiere un breve comentario propio.
c. La soberanía de Dios
En los cap(s). 9–11, principalmente, adquiere prominencia la soberanía de Dios. En ellos Pablo analiza el destino de Israel y su relación con el destino de los gentiles. El tema plantea de inmediato el problema de la justicia de Dios, y Pablo nos ofrece sus puntos de vista sobre la elección divina. Ilustra sus puntos de vista con referencia a la época patriarcal y la mosaica. Para quien pudiera todavía discutir la elección soberana de Dios en la historia de Israel, emplea la ilustración del alfarero y la arcilla (9.19ss), y demuestra que el poder de Dios siempre va acompañado de misericordia. Debemos ver sus propósitos soberanos no solamente en la inclusión de los gentiles, sino también en la promesa de restauración para Israel. Durante todo este análisis Pablo se esfuerza por afirmar la soberanía de Dios, aun cuando ocasione problemas. Es la convicción de que los caminos de Dios tienen que ser forzosamente los que corresponden lo que llevó al apóstol a escribir su majestuosa doxología en 11.33–36.
d. La gracia de Dios
No es posibie comprender la gracia de Dios mientras no se aprecie adecuadamente el pecado del hombre, aspecto muy bien ilustrado en esta epístola. El propósito de los tres primeros capítulos es el de demostrar el fracaso del hombre en sus intentos de alcanzar la justicia de Dios. No sólo nos presenta Pablo un sorprendente inventario de los pecados de los gentiles (cap. 1), sino que hace resaltar también la culpabilidad de Israel, a pesar de los privilegios que había recibido. A medida que desenvuelve su argumento, Pablo pone el acento en la naturalea pecaminosa del nombre valiéndose del término carne (sarx), con el cual alude a la pecaminosidad moral más que física del hombre. Cuando habla de Cristo Pablo traza cuidadosamente la diferencia entre su carne, que era sólo semejante a la carne pecaminosa, y la carne del hombre. Resulta evidente que Cristo tuvo que hacerse hombre para redimir a la humanidad; este concepto sirve de base a la doctrina paulina del primero y el segundo *Adán (5.12ss). En la descripción de sus propias luchas contra el pecado (cap. 7) Pablo manifiesta un agudo sentido del poder del pecado. Casi se trata de un enemigo personal que hace todo lo posible para destruir el alma y aprovecha la carne para sus fines. Convierte a los miembros en esclavos de sus principios, que Pablo llama la ley del pecado (7.23). Reduce al hombre a la máxima miseria, de la que sólo Dios por medio de Cristo puede liberar.
Esto nos lleva a considerar la actividad salvadora de Dios en Cristo. Mucho se ha discutido la significación de la palabra hilastērion (propiciación) en 3.25, y no es este el lugar para analizar su significado. Pero es importante que recordemos que el aspecto más significativo de la declaración de Pablo es que Dios tomó la iniciativa. Esto concuerda con el enfoque general de Pablo sobre el proceso de la redención en esta epístola. Ve la obra de Cristo en la cruz como un sacrificio objetivo ofrecido por Dios, sobre la base del cual puede lograrse la remisión de los pecados.
En el cap(s). 6 Pablo se ocupa de la operación de la gracia de Dios, y nos muestra que la superabundancia de esa gracia nunca debe considerarse como ocasión para cometer mayores pecados. Esto es imposible, debido a que el creyente está en estrecha unión con Cristo, doctrina que ocupa un lugar importante en el pensamiento de Pablo. Utiliza la ilustración del bautismo para mostrar la naturaleza de la transformación efectuada. El pecado ya no ejerce dominio a causa de que ahora nos encontramos bajo la gracia (6.14). No obstante, la gracia nos ha hecho esclavos de Dios, de modo que una nueva obligación ha remplazado a la anterior (6.20s).
e. La ley de Dios
Es evidente que el apóstol tenía gran estima por la ley judía, ya que declara que el mandamiento es santo, justo y bueno (7.12). También reconoce la función útil de la ley al poner de manifiesto la naturaleza del pecado (7.7). Pero está convencido, por amarga experiencia, de que la ley carece de efectividad como medio de salvación, no a causa de deficiencias inherentes a la ley misma, porque lo mejor del espíritu del hombre se deleita en la ley (7.22), sino por bs propias deficiencias del hombre.
Pero mientras considera la ley de Dios, el apóstol percibe de inmediato que para el cristiano ley significa algo más que la simple letra de la ley mosaica. Ella envuelve lo que el apóstol llama la ley del Espíritu (8.2), y su doctrina del Espíritu Santo, especialmente en lo que concierne a su obra de santificación (en el cap(s). 8), no debe separarse de su estrecha relación con la ley de Dios. Bajo el nuevo pacto los mandamientos han de escribirse en el corazón, lo que sólo se produce por mediación del Espíritu que mora en nosotros. Pablo introduce una nueva forma de considerar los requerimientos de Dios, porque se han convertido en las leyes de un Padre sujetas a una relación enteramente nueva.
Se contrapone el Espíritu de Dios a la carne (8.4s), que nos da vida en lugar de muerte (8.11), da testimonio de nuestra condición de hijos de Dios (8.14s), e intercede por los creyentes de acuerdo con la voluntad de Dios (8.26s). En consecuencia, la vida cristiana no es sumisión a un código legal, sino una vida controlada por el Espíritu sobre la base de una nueva ley que envuelve cualidades tales como la justicia, la paz, el gozo, la esperanza, y el amor (cf. 5.3s; 12.11; 14.17; 15.13, 30).
Bibliografía. °H. C. G. Moule, Exposición de la epístola de san Pablo a los romanos, 1924; J. Calvino, La epístola del apóstol Pablo a los romanos, 1977; X. Kertelge, Carta a los romanos, 1973; O. Kuss, Carta a los romanos, carta a los corintios, carta a los gálatas, 1976; id., San Pablo, 1975; A. Nygren, Epístola a los romanos, 1969; J.W. McCorman, Romanos, el evangelio para todo hombre, 1976.
Comentarios por R. Haldane, 1874, reimpreso en 1958; C. Hodge, 1886, reimpreso en 1951; H. C. G. Moule,
Douglas, J. (2000). Nuevo diccionario Biblico : Primera Edicion. Miami: Sociedades Bíblicas Unidas.
Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico