ANCIANO

Anciano (heb. 5âqên, literalmente «barbudo»; gr. presbúteros). En el AT la palabra designa a una persona de cierto nivel oficial o cargo entre sus hermanos, como cabeza de fammilia, casa o tribu (Gen 50:7; Exo 3:16, 2Sa 5:3); también describe a los miembros de una sociedad considerados sabios y venerables en virtud de su edad y conocimientos (el vocablo no necesariamente implica mucha edad, pero sí­ madurez y experiencia; 1Sa 24:13; Isa 3:2, 5; etc.). Dios instruyó a Moisés para que eligiera 70 ancianos que le ayudasen en la gran responsabilidad de gobernar Israel (Num 11:16, 17); fueron hombres preparados especialmente por Dios para hacer esa obra (vs 24-26). Además, en caso de que toda la nación pecara, los ancianos debí­an representarla en la expiación (Lev 4:13- 15). Cada ciudad tení­a su grupo, con ciertas responsabilidades civiles y religiosas (Exo 12:21; Deu 19:11, 12; Rth 4:2, 4, 9, 11; etc.), y, en ciertos casos, tení­an que responder por toda la ciudad (Deu 21:1-9). Evidentemente los ancianos de otros pueblos antiguos tení­an responsabilidades semejantes a las de los ancianos de Israel (Num 22:4; Jos 9:3, 4, 11), pero éstos conservaron un lugar de importancia incluso después que la nación era gobernada por reyes (1Ki 8:1; 20:7, 8; 2Ch 5:2), y retuvieron esa posición por algún tiempo (Ezr 5:9; Eze 8:1; Jl. 1:14; Mat 26:47; 27:1; Mar 8:31; Luk 7:3; Act 4:8). La palabra «ancianos» se aplica por 1ª vez a un miembro de la iglesia cristiana en Act 11:30, donde se hace referencia a ciertos dirigentes de Judea. En Act 15:2, 4, 6 se menciona a los ancianos por separado de los apóstoles, y aparentemente habí­a más de uno en cada iglesia (14:23; Tit. 1:5). Si se comparan los vs 17 y 28 del cp 20, se verá que los términos presbúteros y epí­skopos -que generalmente se traduce por «obispo», pero que literalmente significa «supervisor»-, se usan como sinónimos. Es decir, los obispos y los ancianos debí­an tener las mismas cualidades (1 Tit 3:2-7; Tit. 1:5-9). Cuando Pedro escribió a las iglesias del Asia Menor (1Pe 1:1), amonestó a los ancianos a cuidar de los que estaban bajo su supervisión, no por fuerza sino voluntariamente; no cumplir su cargo por ganancia personal o con una actitud dominante (5:1-4). Algunas de sus funciones eran: predicar y enseñar (1 Tit 5:17), pastorear (Act 20:28), administrar (Tit. 1:6-9), ungir a los enfermos y orar por ellos (Jam 5:14, 15). Entre los sí­mbolos del Apocalipsis aparecen 24 ancianos. Se los presenta sentados sobre 24 tronos que rodean el trono de Dios, vestidos de ropas blancas y con coronas de oro (Rev 4:4). Se unen a los «cuatro seres vivientes» en alabanza y adoración a Dios (vs 8-10; 11:16; 19:4). En otra ocasión se los presenta con incensarios de oro y arpas, cantando un cántico nuevo (5:8, 9). La información bí­blica es insuficiente para identificarlos fehacientemente, en especial a la luz de evidencias textuales que indican que se debe leer «los» en vez de «nos» en el v 10, y que hay dudas sobre el «nos» del v 9 (CBA 7:783,784,789). Véase Obispo.

Fuente: Diccionario Bíblico Evangélico

hebreo zaquén, traducido al griego presbyteros, latí­n presbyter, español presbí­tero, que se usa hoy. En las culturas antiguas los a. eran venerados y acatados Gn 50, 7; Nm 22, 7. La edad avanzada era sinónimo de experiencia y sabidurí­a Jb 32, 7, por esta razón se les consideraba idóneos para gobernar, aconsejar a los soberanos, representar a las familias, al pueblo, a la nación, por tal los tuvieron Moisés y Aarón Ex 3, 16; 4, 29 y 12, 21. Cuando la travesí­a del desierto, Moisés, por consejo de su suegro Jetró, descentralizó el poder e instituyó los a., para que juzgaran los casos menores, pues los graves eran llevados a Moisés, Ex 18, 21-24; Yahvéh le manda a Moisés el número de setenta a. Ex 24, 1-9; Nm 11, 16-25; Jos 8, 14.

Habiendo entrado en Palestina las ciudades tuvieron cada una consejo de a. 1 S 11, 3; 1 R 21, 8; 2 R 10, 1. Durante la monarquí­a de Israel los a. tení­an mucho poder 1 S 8, 4-22; 2 S 5, 3; 1 R 8, 1-3 y 20, 7-9; igualmente cuando el exilio en Babilonia Jr 29, 1; Ez 8, 1; 14, 1; 20, 1, y al volver, cuando la construcción del templo Esd 5, 9 y 6, 7. De esta institución de los a. se deriva el ® Sanedrí­n. En el N T, siguiendo la institución de los a. judí­os, en las comunidades cristianas encontramos los presbí­teros o a., encargados de la labor pastoral y de la predicación de la palabra Hch 11, 30; 14, 23; St 5, 14; 1 Tm 5, 17; Tt 1, 5.

Diccionario Bí­blico Digital, Grupo C Service & Design Ltda., Colombia, 2003

Fuente: Diccionario Bíblico Digital

(heb., zaqen; gr., presbyteros). En épocas antiguas se llamaba ancianos a los hombres mayores de la comunidad. Gobernaban a la comunidad y tomaban todas las decisiones importantes. Moisés juntó a los ancianos de Israel para anunciar que el Señor habí­a oí­do su clamor por ayuda y que lo habí­a designado a él para sacarlos de Egipto (Exo 4:29). Más adelante los llamó para instituir la Pascua (Exo 12:21). En el Sinaí­, 70 ancianos subieron la montaña con Moisés y vieron al Dios de Israel (Exo 24:9).

En el desierto 70 ancianos compartieron el ungimiento divino de Moisés para darle alivio (Num 11:25). Después de que los israelitas se habí­an establecido en Canaán y tení­an rey, los ancianos seguí­an ejerciendo funciones (1Ki 8:1). Cada pueblo tení­a su grupo de ancianos (Ezr 10:14; comparar 1Sa 16:4). Después del regreso del exilio los ancianos formaron el Sanedrí­n, el consejo gobernante judí­o.

Los ancianos se unieron a los sacerdotes y los escribas en oponerse a Jesús (Mat 27:12). Cuando nacieron las iglesias, se designaron ancianos para cada congregación (Act 14:23). En el NT se utilizan los términos ancianos y obispos intercambiablemente (Act 20:17, Act 20:28; Tit 1:5, Tit 1:7).

Se exigí­a que estos hombres tuvieran vidas intachables y fueran obedientes a la verdad en su fe (1Ti 3:1-7; Tit 1:6-9). Sus deberes incluí­an la supervisión espiritual de la congregación y la enseñanza de la Palabra (1Ti 5:17). Antes de que hubiese terminado el siglo I d. de J.C., el término obispo habí­a adquirido un significado especial, indicando el lí­der único de la iglesia. Un ejemplo bí­blico de esto (en el libro de Hechos tanto como en las epí­stolas de Pablo) es Santiago, el hermano de Jesús, quien obviamente era el lí­der de la iglesia de Jerusalén.

Fuente: Diccionario Bíblico Mundo Hispano

(a) Antiguo Testamento: En el Antiguo Testamento, magistrado, a la vez civil y religioso, que, hasta allí­ donde podemos saber, era nombrado en virtud de su derecho de edad, a la cabeza de una casa patriarcal, de una familia de la tribu, o de la misma tribu (1 R. 8:1-3; Jue. 8:14,16). Al tener la posición de jefe de una tribu o de las familias más grandes, el anciano tení­a la autoridad de prí­ncipe. Ordinariamente, sólo los hombres de edad madura accedí­an a estas funciones. Otros pueblos, como los madianitas y moabitas (Nm. 22:4, 7), organizados en tribus, tení­an ancianos. Este tí­tulo designa generalmente a altos funcionarios (Gn. 50:7) que: Gobernaban al pueblo (Dt. 27:1; Esd. 10:8); representaban a la nación en las transacciones que la concerní­an (Ex. 3:18; Jue. 11:5-11; 1 S. 8:4); cuando se tení­a que honrar a un huésped (Ex. 18:12); celebrar una alianza (2 S. 5:3), o celebrar actos religiosos (Lv. 4:13- 15; Jos. 7:6). Un cuerpo de 70 ancianos ayudaba a Moisés a gobernar a los israelitas (Nm. 11:16-24). Cada ciudad tení­a sus ancianos, que eran probablemente los cabezas de las familias de la localidad, y que ejercí­an la autoridad civil y religiosa (Dt. 19:12; 21:2; Rt. 4:2-11; 1 S. 11:3; Esd. 10:14). Los ancianos seguí­an ejerciendo estas funciones en Judea durante la ocupación romana (Mt. 15:2; 21:23; 26:3, 47). (Véanse SINAGOGA y SANEDRíN) (b) Nuevo Testamento: En el Nuevo Testamento los términos «anciano» y «epí­scopos» (que significa supervisor u obispo) eran intercambiables (cp. Hch. 20:17, 28; Tit. 1:5, 7), pero no eran totalmente sinónimos. El término de «anciano» (presbí­tero) denota la dignidad de su función, en tanto que «episcope» denota aquellos deberes que ejercí­a. La distinción que establece dos categorí­as de ministerio (la de anciano y la de obispo) data del siglo II. En el año 44 d.C. encontramos ya ancianos en la iglesia en Jerusalén (Hch. 11:30). Durante su primer viaje misionero, Pablo nombró ancianos en cada iglesia (Hch. 14:23). De hecho, los ancianos en las iglesias de la gentilidad, hasta allí­ donde nos lo muestra el NT, fueron siempre nombrados por la irremplazable autoridad apostólica, ya ejercida personalmente, o bien delegada expresamente en unas personas determinadas (cp. 1 Ti. 3:1-15; Tit. 1:5). Las instrucciones para su establecimiento oficial nos vienen dadas en epí­stolas dirigidas a colaboradores apostólicos, en las llamadas Epí­stolas Pastorales. También cumplí­an sus funciones en las comunidades de cristianos de origen judí­o (Stg. 5:14; 1 P. 5:1). Es evidente que la dignidad de anciano en la iglesia cristiana se correspondí­a con la de anciano entre los judí­os. Ambos cargos estaban revestidos de la misma autoridad. Los ancianos estaban asociados con los apóstoles en el gobierno de la Iglesia (Hch. 15:2, 4, 6, 22, 23; 16:4; cp. Hch. 21:18). Eran los obispos o supervisores de las iglesias locales (Hch. 20:17, 28; Tit. 1:5), y su función era ocuparse del estado espiritual de la congregación, ejerciendo la disciplina, enseñando (1 Ti. 3:5; 5:17; Tit. 1:9; Stg. 5:14; 1 P. 5:1-4; cp. He. 13:17). Habí­a en la iglesia local varios obispos o supervisores (Fil. 1:1), llamados también ancianos (Hch. 11:30). No se hace alusión alguna a una distinción de funciones entre ellos. Dentro de la iglesia cristiana de los tiempos apostólicos, como en la sinagoga, la predicación no era una función esencial de los ancianos; no les estaba reservada de una manera exclusiva. Como pastores del rebaño, los ancianos debí­an instruir bien y ser aptos para enseñar (1 Ti. 3:2; Tit. 1:9). Pero toda persona que poseyera el don de profecí­a o de enseñanza tení­a derecho a dar exhortaciones (1 Co. 12:28-30; 14:24, 31). En relación con esto es importante señalar la distinción entre «don» y «cargo». El primero proviene directamente del Señor; el segundo, por el ejercicio de la autoridad humana. El don no precisaba por ello de autoridad humana para ser ejercitado, y se ejercí­a en sujeción inmediata a la Cabeza. La autoridad de los ancianos, como cargos, derivaba de su establecimiento oficial por los apóstoles, y tení­a su esfera en el seno de la asamblea local indivisa. Nada se dice en las Escrituras acerca de una sucesión. (c) Los ancianos en el cielo: Los veinticuatro ancianos vistos por Juan en el cielo son mencionados frecuentemente en Apocalipsis. Son vistos alrededor del trono, sentados en tronos, vestidos de blanco y con coronas de oro, adorando a Dios (Ap. 4:4, 10). En el AT, cuando todo estaba en orden habí­a veinticuatro grupos sacerdotales, teniendo cada uno de estos grupos a un anciano como cabeza o jefe (1 Cr. 24:7-18); puede que el número veinticuatro para los ancianos en Apocalipsis sea una alusión a estas veinticuatro suertes de sacerdocio. Los ancianos en el cielo tienen arpas de oro llenas de perfume «que son las oraciones de los santos», evidenciando que actúan como sacerdotes (Ap. 5:8), celebrando la redención en un cántico (Ap. 5:9). Se trata indudablemente de la Iglesia vista ya en el cielo en su carácter de «real sacerdocio» (cp. 1 P. 2:9). (Véanse OBISPO y PASTOR) exc, ANCIANO DE DíAS

tip, TITU Un tí­tulo de Dios utilizado por Daniel, aludiendo a Su eternidad. No puede ser separado de Cristo, porque en Dn. 7 el Señor recibe los dos nombres, el de Anciano de Dí­as y de Hijo del hombre, y sin embargo el Hijo del hombre comparece ante el Anciano de Dí­as para recibir el dominio, la gloria y el reino (Dn. 7:9, 13, 22). Es a la vez Dios y hombre (cp. Ap. 1 y Ap. 5).

Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico Ilustrado

SUMARIO:
I. Contexto socio-cultural:
1. Situación;
2. Perspectivas
II. La espiritualidad del anciano:
1. Prepararse para la ancianidad;
2. Peligros y valores de la ancianidad:
a) El «presente» del anciano,
b) El «futuro» del anciano
III. El anciano y la comunidad de fe:
1. Exigencia de complementariedad:
2. Comunión afectiva.

I. Contexto socio-cultural
1. SITUACIí“N – Biológicamente, después de los cuarenta se comprueba una lenta involución, cuyo principio fisiológico viene de atrás. Hacia los sesenta, se entra en la llamada «tercera edad».

No consta hasta ahora que el progreso sanitario prolongue el término máximo de vida para la especie humana, que oscila en torno a los cien años; pero si permite a un número cada vez mayor de personas alcanzar una edad avanzada.

Se está registrando una proporción diversa entre el número de personas que han superado los sesenta años y los más jóvenes en comparación con las generaciones precedentes; y este fenómeno se acentúa cada vez más en los paí­ses más desarrollados, donde concurren una mayor eficiencia sanitaria y la disminución de la natalidad.

A la problemática cuantitativa del mayor número de personas ancianas se añade la problemática social y psicológica provocada por el progreso tecnológico, que tiende a marginar a las personas conforme avanza su edad. La experiencia del anciano es menos apreciada que la ductilidad juvenil para adaptarse a la novedad cientí­fica. De ahí­ que se prefiera al joven en vez de la persona más adulta.

La consecuencia es inhumana: la sociedad actual prolonga la vida, pero quita el interés por ella. El anciano se siente como aislado, marginado, rebasado, y la sociedad comienza a interrogarse sobre la carga económica de los ancianos, particularmente si no son autosuficientes. La ancianidad, como el sufrimiento [Enfermo/sufrimiento] y la muerte [Muerte/resurrección], ponen en crisis nuestras concepciones de la vida.

2. PERSPECTIVAS – A nivel sociológico, se propone la hipótesis de aplazar la edad de la jubilación, habida cuenta de que el progreso sanitario y la misma tecnificación permiten a la persona prolongar más la actividad laboral, y también para que no recaiga en un grupo relativamente reducido la carga de los más jóvenes y de los más ancianos. Propuesta válida, pero que desplaza y no resuelve el problema.

Se propone también aplazar lo más posible el internamiento de las personas ancianas, promoviendo nuevas formas asistenciales: asistencia a domicilio, ambulatorios y centros recreativos especialmente dispuestos. La orientación es mantener lo más posible a la persona anciana en su ambiente natural o, por lo menos, establecer residencias de tipo hotelero adaptadas en su estructura a las personas ancianas, y que den la sensación de naturalidad del ambiente, ya sea por la convivencia mixta, ya por la posibilidad de movimiento, ya por la participación activa de los huéspedes, que deben sentirse sujetos responsables.

A nivel psicológico, se invita a las personas a habituarse ya antes de la ancianidad a fomentar amistades e intereses, además de los ví­nculos familiares y profesionales, a fin de que la vida conserve vivacidad incluso cuando lleguen a faltar los ví­nculos familiares y los intereses profesionales [Amistad].

La persona anciana ha de vigilar la dieta, pero no debe reducir la actividad fí­sica y el interés cultural y social, aunque evitando exageraciones que, si para todos son nocivas, lo son sobre todo más para una persona anciana.

Perspectivas válidas, sin duda; pero, en el fondo, queda en pie el interrogante: ¿Qué sentido tiene la ancianidad?
II. La espiritualidad del anciano
1. PREPARARSE PARA LA ANCIANIDAD – Un enfoque de la vida fundado en la eficiencia personal, social y religiosa provoca repulsa psicológica a reflexionar sobre la propia ancianidad más o menos remota. ¿Es realista y humano un enfoque de vida que no sabe dar sentido a la totalidad de la existencia terrena? ¿Tiene sentido esta carrera desenfrenada hacia el placer y la afirmación de si, cuando ya antes de alcanzar estas metas se advierte que las fuerzas van a menos? Es necesario conquistar ya de jóvenes una visión de la vida y una espiritualidad capaces de dar un sentido más profundo a cada una de las edades de nuestro existir.

Para el cristiano, la edad no se mide por el tiempo cronológico, sino por la propia maduración en Cristo. Para esto no basta nacer; es preciso «renacer» con el renacimiento que proviene «del Espí­ritu» (Jn 3,6) y que implica una continua conversión a los valores del Espí­ritu para crecer «hasta que todos lleguemos a constituir el estado del hombre perfecto a la medida de la edad de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13). Así­ pues, nuestra edad, nuestra madurez se mide por la comunión eciesial verificada en Cristo.

Las pruebas para verificar nuestra espiritualidad están a nuestro alcance:

¿Sobrevaloramos la eficiencia, el efecto externo, aunque sea apostólico, la estima humana? ¿Nos esforzamos por comprender a los demás, aunque tengan una edad y una mentalidad diversas? ¿Procuramos no tenernos por indispensables, sonreí­mos ante nuestras limitaciones y sabemos adaptarnos a situaciones imprevistas? ¿Apreciamos los momentos de distensión, buscamos pausas de reflexión, sabemos gozar de las pequeñas alegrí­as, de la naturaleza, de la serenidad fraterna, y sonreí­r incluso cuando sufrimos contrariedades? ¿Sabemos encontrar tiempo para escuchar a Dios y dirigirle nuestra oración con un poco de tranquilidad de espí­ritu?
Los tiempos de silencio y de contemplación corren el riesgo de desaparecer; mas con ello perdemos una fuente de humanización y de espiritualidad. Corremos el riesgo de perdernos a nosotros mismos en el frenesí­ de la actividad; y cuando esa actividad está a punto de cesar, entonces creemos que lo hemos perdido todo sólo porque no estamos habituados a encontrarnos a nosotros mismos, a Dios y al prójimo más allá de la actividad exterior.

Es preciso un clima diverso, una espiritualidad interior, para que madure nuestra edad en Cristo.

2. PELIGROS Y VALORES DE LA ANCIANIDAD – La vitalidad psicológica se estimula con el interés por el presente y el futuro. La crisis de la ancianidad, a nivel psicológico, parte de una percepción más o menos vaga que se tiene poco presente, reduciendo así­ el propio futuro. De ahí­ el espontáneo volverse a los recuerdos del pasado. Son recuerdos legí­timos, proque están enriquecidos por muchos momentos de vida intensa; pero pueden constituir una evasión del presente. No se da vitalidad a la existencia evadiéndose del presente; no se vive en el pasado; solamente se camina si existe una meta, un futuro.

¿Cuál es el presente y el futuro de una persona anciana?
a) El «presente» del anciano. Aceptación de la propia edad y de la sociedad en que se vive. Es el primer requisito realista, porque no se puede vivir sólo de fantasí­a o de irritación neurótica.

La persona, en cualquier edad, ha de tomar conciencia de los condicionamientos psicofisiológicos y ambientales. El anciano debe haber madurado en esta «sabidurí­a de vida».

Evite el anciano querer imponer sus propias directrices a los hijos ya adultos, aunque convivan con él y continúen su actividad profesional; no presuma de ser un experto absoluto -aunque tiene pleno derecho a aportar su propia contribución de reflexión- y sepa estimular el acceso de personas nuevas a los puestos directivos, ofreciendo también el don de sus propias renuncias.

No por estos motivos el anciano está privado de un «presente» propio, que consiste en un testimonio maduro de sabidurí­a, entendida como visión global y espiritual de la vida. Esta es la tí­pica perspectiva del anciano que se recuerda en la Biblia, incluso en el NT, en el que se adoptó la palabra griega «presbí­tero» (que significa literalmente «anciano») para designar a quienes son consagrados como guí­as espirituales y autorizados de las comunidades cristianas.

El anciano no se convierte automáticamente en maestro de vida, según lo recuerda también la Biblia. Es sintomático a este respecto el episodio de Susana, salvada por el joven Daniel de la perversidad de los dos jueces ancianos (Dan 131-63).

La sabidurí­a, como percepción global de los valores de la vida, es un don de Dios, y madura en la comunicación con El: «Toda sabidurí­a viene del Señor y con El está eternamente» (Eclo 1,1), yunque el hombre no lo advierta.

Compete a los individuos y ala comunidad cristiana dejarse compenetrar por la sabidurí­a, don del Espí­ritu Santo, y madurar espiritualmente. El salmista canta esta fecundidad del espí­ritu, que es aún más lozana en el anciano si es «justo», es decir, riel a Dios: «El justo florecerá como palmera, se alzará como cedro del Lí­bano… En la vejez aún llevará fruto; se mantendrá lozano y florido, para anunciar lo recto que es Yahvé» (Sal 92,13.15-16).

El testimonio de fe es un compromiso que se deriva del bautismo, el cual nos ha hecho participes del sacerdocio y del profetismo de Cristo. Este compromiso asume en la persona anciana un carácter particular, porque está encarnado y es trasmitido por una prolongada experiencia de vida. Esta experiencia puede manifestarse bien en una fidelidad que se ha cultivado desde la juventud, bien en una capacidad de conversión que refleja un itinerario sufrido y madurado en Cristo.

Este itinerario espiritual se evidencia en los santos, incluso no canonizados, que justamente hacia el último periodo de su existencia han sabido demostrar una comunión más intima con Dios y una mayor comprensión y sensibilidad hacia los demás.

Este crecimiento del espí­ritu no es fácil. Existe el riesgo de dejarse vencer por el cansancio, de replegarse en si mismo, de caer en la aprensión, en el ansia, en las pequeñas compensaciones terrenas. Es lo que recuerda el apóstol Pablo, tan realista en sus cartas pastorales: «Que los ancianos sean sobrios, hombres ponderados, prudentes, sanos en la fe, en la caridad, en la paciencia; que las ancianas igualmente observen una conducta digna de personas santas, que no sean calumniadoras, ni dadas al mucho vino, sino capaces de instruir en el bien, a fin de que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, honestas, cuidadosas de los quehaceres domésticos…» (Tit 2,2-5).

Una dificultad que encuentran los ancianos es cómo trasmitir esta experiencia suya cristiana de vida, cómo enseñar el bien, de acuerdo con la invitación de Pablo. Es una dificultad real, pues, por desgracia, existe alergia a las intervenciones de los ancianos. De ahí­ un sentido de frustración, como si la vida de los ancianos no tuviera ya sentido para los demás.

Debemos recurrir a la ley del grano de trigo, que parece morir, pero suscita vitalidad (Jn 12,24); al >misterio pascual, que se completa cuando Cristo es abandonado de todos y dejado humanamente impotente en la cruz; debemos renovar nuestra fe en aquella comunión de los santos que constituye la energí­a profunda y vital de que se sirve el Espí­ritu Santo para completar la redención de Cristo.

También a nivel psicológico se reconoce que existen diversas posibilidades de comunicación, y que a menudo las no verbalizadas pueden tener mayor influencia. No raras veces, al morir una persona anciana sentimos un vací­o insospechado. Su presencia, quizá inadvertida, quizá considerada pesada acaso por su llamada implí­cita a una mayor coherencia en la fe, constituí­a una energí­a vitalizante, aunque a veces se intentara eludirla como se elude a veces la voz de la propia conciencia.

«Voz del que grita en el desierto» (Le 3,4); así­ presenta el evangelista a Juan el precursor, refiriendo a él el pasaje de Isaí­as. El anciano intenta presentar su propio testimonio de fe; testimonio de convicción, de calma interior, de serena disponibilidad, de renuncias valientes, como voz del espí­ritu, una voz suave y necesaria como la voz de la conciencia; no es presunción de mayor espiritualidad, sino deseo de valorizar este periodo de vida -menos exteriorista- en un apostolado un, poco diverso pero más í­ntimo, sirviéndose de la situación tí­pica existencial de la ancianidad.

Evite el anciano un espiritualismo equivocado que lo encierre en sí­ mismo, pretextando que ahora sólo debe pensar en Dios y en bien morir. La espiritualidad verdadera es siempre vitalidad de comunicación con Dios y los hermanos. Esta vitalidad de comunicación puede revestir formas diversas, de acuerdo con las circunstancias concretas; pero requiere mentalidad abierta, capacidad de interés por las diversas expresiones y problemáticas humanas, aunque revisadas con aquella capacidad de desprendimiento y de perspectiva más amplia que se acerca a la perspectiva de la eternidad de Dios y deberí­a caracterizar a la sabidurí­a del anciano.

Los datos psicobiológicos confirman que, para la mujer, el perí­odo de la menopausia provoca una disminución del interés sexual biológico, aunque, por reflejo hormonal diverso, reaviva una tensión sexual psí­quica. Para el hombre, la andropausia tiene menor incidencia en la tensión sexual biológica y psí­quica. Esta comprobación debe ayudar a los cónyuges a una comprensión recí­proca, y ha de hacer comprender a todos, casados o no, que esta vitalidad sexual psí­quica continuada es don de Dios, medio para superar el peligro de un egoí­smo narcisista y estimulo para una renovada capacidad de comunicación oblativa.

Tal es el «presente» del anciano en una perspectiva cristiana.

b) El «futuro» del anciano. ¿Cuál es su «futuro»? Lo describe el apóstol Pablo: «Por esto no desfallecemos, pues, aunque nuestro hombre exterior vaya perdiendo, nuestro hombre interior se renueva de dí­a en dí­a» (2 Cor 4,18). La perspectiva del creyente consiste en completar en si mismo el misterio pascual, constituido por muchas pequeñas muertes y continuas resurrecciones, a fin de tender a la resurrección definitiva en Cristo. Este es nuestro verdadero y perenne futuro, que da sentido a todas las edades de la vida y que puede expresarse en el anciano con las palabras de Pablo: «Yo ya voy a ser derramado en libación y está muy próximo el momento de mi partida. He combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he conservado la fe» (2 Ttm 4,8-7). El anciano creyente sabe darse hasta el final, incluso entre las comprensibles oscilaciones del espí­ritu por el cansancio psicofí­sico, y particularmente por los sufrimientos debidos a la pérdida de personas queridas, por falta de comprensión de quienes le conocen, por ausencia de aquella asistencia más adecuada a la que tendrí­a derecho y por la comprensible aprensión que suscita la sensación de una muerte más próxima; pero sabe recobrarse y seguir reaccionando, convencido de que el Señor está a su lado, y a El se confí­a.

Esta confianza en Dios Padre es lo que ayudará al anciano a no replegarse en preguntas sobre el pasado, que pertenece ya a la misericordiosa comprensión de Dios. Es inútil querer justificarse a toda costa o recriminarse continuamente por los comportamientos adoptados. Mejor es tomar conciencia con serena humildad de que cada uno de nosotros se resiente de sus limites y de la mentalidad del tiempo en que se desarrolla la propia existencia, y comete pecados. Hay que considerar más bien el comportamiento presente, pues este momento de la existencia nos pertenece todaví­a, y hemos de valorarlo en orden a una respuesta más oblativa a Dios y a quienes están a nuestro lado.

III. El anciano y la comunidad de fe
1. EXIGENCIA DE COMPLEMENTARIEDAD – El dinamismo que provoca la maduración de la persona y el progreso de la convivencia estriba en el conocimiento de la complementariedad que existe entre personas de sexo [ l Sexualidad IV], edad, caracteres, tendencias y opiniones diversas. Cuanto más mixta es la convivencia, mejor se consigue la naturalidad y la estimulación reciproca.

El Génesis revela que esta ley del complemento la ha querido el mismo Creador precisamente para hacernos a su imagen (Gén 1,27; 2,18-23), «porque Dios es amor» (1 Jn 4,8). En cierto modo, cada uno de nosotros ha de sentirse privado de algo (el sentido de la costilla tomada de Adán) y advertir la exigencia de completarse con otro diverso de él. Esta ley de complementariedad existe en todos los niveles de edad y debiera actuarse en una relación afectiva de pareja, de grupo, de convivencia entre los diversos hombres y las diversas mujeres, a fin de abrirse a aquel que es el más diverso y el más complementario: Cristo. Las palabras de Pablo: «No hay judí­o, ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gál 3,28), no significan que quedén abolidas las diferencias, sino que no se las considera ya motivo de división, como ocurre con frecuencia por nuestra condición de pecado; antes bien, constituyen la armoní­a de los diversos carismas, conforme al plan de la creación y ala nueva ley de la caridad, fuente de nuestra koinoní­a en el cuerpo único de Cristo.

La tendencia instintiva es hacer al otro semejante a uno mismo, siendo así­ que hemos sido hechos a imagen de Dios; de ahí­ que sólo la variedad pueda reflejar la infinita riqueza del Espí­ritu, y que cada uno, aunque sea dentro de los propios condicionamientos agravados por la propia condición de pecado, pueda reflejar un destello de la «luz verdadera, que ilumina a todo hombre» (Jn 1,9).

A cada uno le corresponde abrirse con estima respetuosa al otro por diverso que sea, e intentar comprenderlo sabiendo que al Padre le incumbe juzgar, porque sólo él escruta «los riñones y el corazón» (Jer 11,20). Se trata de imitar a Cristo, el cual vino no «para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El» (Jn 3,17). Por tanto, una comprensión no carente de discernimiento, que es don del Espí­ritu Santo, perceptible en proporción a nuestra fe y humildad, al desprendimiento de nuestros esquemas para no confundir la fidelidad ala tradición con el formulismo de las tradiciones humanas reprobadas por Cristo (cf Mt 15,2 y Me 7,3.5). Pablo nos invita: «Procurad que nadie vuelva a otro mal por mal, mas tened siempre por meta el bien, tanto entre vosotros como para los demás. Estad siempre alegres… No extingáis el Espí­ritu. No despreciéis las profecí­as. Examinadlo todo; retened lo bueno. Huid de toda especie de mal» (1 Tes 5,15-18.19-22).

Evitemos endurecer nuestra mentalidad y nuestros métodos, aceptemos con ánimo leal y con serena disponibilidad el diálogo con todos, convencidos de que la convivencia en relación fraterna nos enriquece recí­procamente, suscita mayor reflexión en los jóvenes y estimula el dinamismo de los ancianos. Es la dinámica de la evolución y de la maduración humana y cristiana; es vivir la comunión cristiana eclesial, donde cada uno aporta su propio carisma y sabe confiar en el otro, sea más joven o más anciano que él.

Esta comunión eclesial, siempre difí­cil entre generaciones diversas, lo es hoy aún más por la mayor rapidez de los cambios sociales y eclesiales; en consecuencia, requiere en todos mayor espí­ritu de comprensión reciproca, convencidos de que toda metodologí­a se resiente de defectos mientras vivimos en esta peregrinación terrena. La coexistencia de metodologí­as y de lenguajes diferentes no destruye la comunión eclesial, sino que puede favorecer la maduración reciproca, siempre que no falte el respeto aunque no se adopte nuestro mismo método educativo, de trabajo o de cura de almas. La invitación de vivir «la verdad en la caridad» (El 4,15) reprueba, ya sea el silencio fruto de miedo o de clausura, aunque razonado con un sentido erróneo de la caridad fraterna, ya la reacción neurótica o el estilicidio polémico que destruye el clima de fraternidad.

2. COMUNIí“N AFECTIVA – En cuanto es posible la persona anciana permanezca cerca de sus familiares, aunque se puede pensar en apartamentos diversos, y mantenga también contactos afectivos con la comunidad eclesial, bien con aquella en la que habí­a vivido, bien con la nueva comunidad, si cambia de residencia.

Se trata de darnos cuenta de quién está a nuestro lado, y de no limitarnos a saludos formalistas. Los jóvenes dense cuenta de que caminan por un sendero ya preparado no sin dificultad por quienes les han precedido, y los ancianos comprendan que el camino tiene que seguir, confiados en la historia de la salvación, que está guiada por el Espí­ritu de Dios. La historia de la salvación es recuerdo continuo de un pasado, del presente y de un futuro que nos une y nos transciende a todos en Cristo.

El anciano tiene derecho a una ocupación adecuada; pero sobretodo exige comunicación humana, que no puede sustituirse por el televisor o el tocadiscos.

En la pastoral de los ancianos, sean ellos sujetos activos y brinden animosamente sus propias sugerencias. Teniendo presente que la edad de la jubilación llega cuando una persona es aún capaz de muchas disponibilidades, la comunidad eclesial ha de valorar de maneras diversas a tales personas en beneficio de las múltiples exigencias sociales y eclesiales. Quien ha vivido el dinamismo de la espiritualidad cristiana sin cerrarse en sus propias costumbres encontrará en sí­ la energí­a y la ductilidad requeridas para hacerse útil, aunque sea en actividades diversas de las ejercitadas con precedencia.

Es el clima de fraternidad el que debe estimular esta coparticipación afectiva.

Estimúlese la coparticipación activa del anciano sin instrumentalizarlo. En algunas familias se explota al anciano sin caer en la cuenta de su menor resistencia, y éste intenta cumplir por miedo a ser considerado persona rebasada e inútil. En ambas posiciones hay subyacente una mentalidad de consumismo y de eficientismo, que está en contradicción con el respeto al valor de la persona y con la espiritualidad cristiana. No es el hacer, sino la capacidad de ofrecer una disponibilidad de comunicación y de testimonio de vida, lo que constituye el valor de una existencia que cree en la vitalidad más í­ntima de la comunión de los santos.

El anciano no le pide a la comunidad que prolongue lo más posible su existencia biológica, sino que le deje espacio para disfrutar un poco de libertad y de tranquilidad y le ofrezca un poco de empatí­a cristiana [ r Muerte/resurrección V, 3].

G. Davanzo
DicES

BIBL.-Aguirre, I, Ocio activo y tercera edad: un proyecto comunitario, San Sebastián 1981.-Auclair, M. Hacia una vejez dichosa, Iberia, Barcelona 1972.-Bemage, 8., Saber envejecer, G. Gili, Barcelona 1888.-Bize, P. R, Una vida nuevo: la tercero edad, Mensajero, Bilbao 1978.-liopp, L, Sentido y misión de la vejez, Studium, Madrid 1988.-Cantevella, J, La sociedad contra los ancianos, PPC, Madrid 1978.-Comfort. A, Una buena edad: da tercera edad, Debate, Madrid 1978.-Couvrour, A. M, Plenitud en el ocaso de lo vida, Mensajero, Bilbao 1970.-Farguea, M. Lo paz del otoño, Narcea, Madrid 1974.-Lecleroq, J, La alegrí­a de envejecer, Sí­gueme, Salamanca 1982.-Lehr, U, Psicologí­a de la senectud, Herder, Barcelona 1880.-Miguel y Miguel, A. de. Misión de atardecer, Studium, Madrid 1978.-Miguel y Miguel, A. de, La tarasca edad, Ed. Católica. Madrid 1979.-Mon Pascual, J, Problemática de la ancianidad: glosa del libro de Marco lidio Cicerón De senectute, Bayer Hnos., Barcelona 1979.-Roberts, N, Nuestro propio futuro, Euremérlca, Madrid 1971.-Soler, M. del Carmen, Cómo enriquecer la tercero edad, Argos Vergara, Barcelona 1879.

S. de Fiores – T. Goffi – Augusto Guerra, Nuevo Diccionario de Espiritualidad, Ediciones Paulinas, Madrid 1987

Fuente: Nuevo Diccionario de Espiritualidad

Tanto la palabra hebrea za·qén como la griega pre·sbý·te·ros significan †œhombre mayor† o †œanciano†, y su uso no se circunscribe a la acepción literal, personas de edad avanzada (Gé 18:11; Dt 28:50; 1Sa 2:22; 1Ti 5:1, 2) o de más edad que otras (Lu 15:25), sino que también aplica de manera especial a aquellos que ocupan una posición de autoridad y responsabilidad en una comunidad o nación. Es en este último sentido como con mayor frecuencia se utiliza este término tanto en las Escrituras Hebreas como en las Griegas.
Desde tiempos antiguos se ha acostumbrado a tener en alta estima al hombre de edad avanzada y a respetarlo por su experiencia y conocimiento, así­ como por la sabidurí­a y el buen juicio que ese bagaje puede aportar. Los habitantes de muchas naciones se han sometido a la dirección de sus ancianos, ya fueran los miembros de más edad de algunos linajes o los que se destacaban por su conocimiento y sabidurí­a. Como resultado, la expresión †œanciano† tení­a un doble significado: tanto podí­a aplicar en sentido fí­sico como designar un puesto o cargo. Las referencias a los †œancianos [†œfuncionarios que tení­an autoridad†, VP] de la tierra de Egipto†, así­ como a †œlos ancianos de Moab y los ancianos de Madián†, no incluí­an a todos los varones de edad avanzada de esas naciones, sino que aplicaban a aquellos que serví­an como consejo para dirigir y guiar los asuntos nacionales: eran los †œprí­ncipes [heb. sa·rí­m; †œjefes†, VP]† de esas naciones. (Gé 50:7; Nú 22:4, 7, 8, 13-15; Sl 105:17, 21, 22.)
De la misma manera, las expresiones †œancianos de Israel†, †œancianos de la asamblea†, †œancianos de mi pueblo† y †œancianos del paí­s†, se utilizan en este sentido oficial, y no aplican a cada hombre de edad avanzada de la nación de Israel. (Nú 16:25; Le 4:15; 1Sa 15:30; 1Re 20:7, 8.) En los relativamente pocos casos donde aparece zeqe·ní­m (ancianos) sin ninguna palabra calificativa, hay que contar con el contexto para determinar si aplica simplemente a varones ancianos o a los que tienen un puesto oficial de jefes.

Ancianos de Israel. Ya antes del éxodo los israelitas tuvieron †œancianos†, quienes presentaban ante el pueblo los asuntos que merecí­an su atención, actuaban como sus voceros y tomaban ciertas decisiones. A Moisés se le dijo que cuando regresara a Egipto, presentara su comisión a estos ancianos, y ellos, o al menos los principales, le acompañaron cuando compareció ante Faraón. (Ex 3:16, 18.)
Cuando Moisés, como representante de Dios, presentó el pacto de la Ley a la nación, fueron los †œancianos† oficiales los que representaron al pueblo a la hora de entrar en esa relación de pacto con Jehová. (Ex 19:3-8.) Algún tiempo después, cuando los israelitas se quejaron de las condiciones que experimentaban en el desierto, Moisés le confesó a Jehová que la carga administrativa del pueblo era demasiado pesada para él. Jehová entonces le respondió: †œReúneme setenta hombres de los ancianos de Israel, de quienes de veras conozcas que son ancianos del pueblo y oficiales suyos […] y tendré que quitar parte del espí­ritu que está sobre ti y colocarlo sobre ellos, y ellos tendrán que ayudarte a llevar la carga†. (Nú 11:16, 17.) A estos †œancianos† se les nombró teocráticamente para ese puesto de servicio. (Nú 11:24, 25.) A partir de ese momento, Jehová los hizo partí­cipes, junto con Moisés, del acaudillamiento y administración del pueblo.
Con el transcurso del tiempo, los israelitas conquistaron la Tierra Prometida y abandonaron la vida nómada para establecerse de nuevo en pueblos y ciudades, tal como habí­an estado en Egipto. Como resultado, recayó sobre los ancianos la responsabilidad de atender a la gente dentro de cada una de esas comunidades. Actuaron como un cuerpo de superintendentes en sus respectivas comunidades y designaron jueces y funcionarios para que se encargaran de la administración de la justicia, la conservación de la paz, el buen orden y el bienestar espiritual. (Dt 16:18-20; 25:7-9; Jos 20:4; Rut 4:1-12.)
Las referencias a †œtodo Israel, a sus ancianos y sus cabezas y sus jueces y sus oficiales† (Jos 23:2; 24:1), y †œa los ancianos de Israel y a todos los cabezas de las tribus, los principales de las casas paternas† (2Cr 5:2), no significan que los †œcabezas†, †œjueces†, †œoficiales† y †œprincipales† fuesen otras personas distintas de los †œancianos†; más bien, indica que los que fueron denominados de esa manera especí­fica desempeñaban cargos especiales en su función de ancianos. (Compárese con 2Re 19:2; Mr 15:1.)
A los †œancianos† que tení­an jurisdicción nacional se les designaba con expresiones como †œancianos de Israel† (1Sa 4:3; 8:4), †œancianos del paí­s† (1Re 20:7), †œancianos de la asamblea† (Jue 21:16) o, después de la división del reino y con referencia al reino meridional, †œancianos de Judá y de Jerusalén†. (2Re 23:1.)
Al igual que muchos reyes y sacerdotes de Israel, los †œancianos† en general resultaron ser infieles en el cumplimiento de su responsabilidad para con Dios y el pueblo. (1Re 21:8-14; Eze 7:26; 14:1-3.) Debido a que perdieron el apoyo divino, se predijo que †˜muchachos llegarí­an a ser sus prí­ncipes†™ y que †˜el estimado en poco llegarí­a a estar contra el que mereciese honra†™. (Isa 3:1-5.) En consecuencia, las Escrituras Hebreas recalcan que la edad por sí­ sola no basta, que si bien †œla canicie es corona de hermosura†, solo resulta ser así­ †œcuando se halla en el camino de la justicia†. (Pr 16:31.) †œNo son los que simplemente abundan en dí­as los que resultan sabios, ni los que simplemente son viejos los que entienden el juicio†, sino aquellos que, además de su experiencia, dejan que el espí­ritu de Dios los guí­e y adquieren entendimiento de su Palabra. (Job 32:8, 9; Sl 119:100; Pr 3:5-7; Ec 4:13.)
La dirección por parte de un cuerpo de †œancianos† continuó a lo largo de toda la historia de la nación, incluso durante el exilio en Babilonia y después del regreso a Judá. (Jer 29:1; Esd 6:7; 10:7, 8, 14.) En el tiempo de Jesús habí­a †œancianos† (gr. pre·sbý·te·roi) que atendí­an asuntos públicos (Lu 7:3-5), tanto en la comunidad como a escala nacional. La †œasamblea de ancianos† (gr. pre·sby·té·ri·on) de Jerusalén constituyó una importante fuente de oposición a Jesús y sus discí­pulos. (Lu 22:66; Hch 22:5.)

Ancianos de la congregación cristiana. Partiendo de esta base, no es difí­cil entender las referencias a los †œancianos† (pre·sbý·te·roi) de la congregación cristiana. Al igual que en el Israel natural, en el Israel espiritual los †œancianos† u †œhombres mayores† eran los encargados de dirigir la congregación.
En el dí­a del Pentecostés, los apóstoles actuaron como un cuerpo, en el que Pedro sirvió de vocero al ser dirigido por el espí­ritu derramado de Dios. (Hch 2:14, 37-42.) Está claro que ellos eran †œancianos† en sentido espiritual en virtud de la asociación í­ntima que desde un principio habí­an tenido con Jesús y debido a que él personalmente los habí­a comisionado para enseñar. (Mt 28:18-20; Ef 4:11, 12; véase Hch 2:42.) Los que llegaron a ser creyentes reconocieron que los apóstoles tení­an autoridad para gobernar en la nueva nación bajo la autoridad de Cristo (Hch 2:42; 4:32-37; 5:1-11) y hacer nombramientos para puestos de servicio, ya fuera directamente como cuerpo o por medio de representantes, siendo el apóstol Pablo un ejemplo sobresaliente. (Hch 6:1-6; 14:19-23.) Cuando surgió la controversia sobre la circuncisión, algunos †œancianos† se reunieron en asamblea junto con los apóstoles para tratar el asunto. Su decisión se dio a conocer a las congregaciones de todas partes y se aceptó como definitiva. (Hch 15:1-31; 16:1-5.) Por consiguiente, tal como algunos fueron †œancianos† de toda la nación de Israel, es obvio que estos †œancianos† formaron junto con los apóstoles un cuerpo gobernante para toda la congregación cristiana internacional. Del propio Pablo se dice que posteriormente fue a Jerusalén y se encontró con Santiago y †œtodos los ancianos†, a quienes relató los resultados de su obra y de quienes recibió consejo sobre ciertos asuntos. (Hch 21:15-26.)
En unos cuantos casos se utiliza el término †œancianos† en contraste con hombres más jóvenes o en paralelo con mujeres de edad avanzada, sin ningún indicio de que implique un puesto de responsabilidad en la congregación. Por lo tanto, en estos casos se refiere simplemente a hombres de edad madura. (Hch 2:17, 18; 1Ti 5:1, 2.) La palabra también se utiliza para referirse a †œhombres de tiempos antiguos†. (Heb 11:2.) Sin embargo, en las Escrituras Griegas Cristianas se usa en la mayor parte de los casos con referencia a los †œancianos† responsables de la dirección de la congregación. En algunos textos se llama a los †œancianos† e·pí­Â·sko·poi o †œsuperintendentes† (†œobispos†, NC). Pablo utilizó este término al hablar a los †œancianos† de la congregación de Efeso, y en su carta a Tito lo empleó de nuevo para referirse a los †œancianos†. (Hch 20:17, 28; Tit 1:5, 7.) Ambas palabras, por lo tanto, se refieren al mismo puesto: pre·sbý·te·ros indica las cualidades maduras del que ha sido nombrado, y e·pí­Â·sko·pos, los deberes propios del cargo.
Respecto a la palabra griega pre·sbý·te·ros, la obra Epí­scopos y Presbyteros (de Manuel Guerra y Gómez, Burgos, 1962, págs. 117, 257) dice: †œLa traducción precisa del término [pre·sbý·te·ros] en la casi mayorí­a de los testimonios helénicos, que han llegado hasta nosotros, es la de hombre mayor sinónimo de hombre maduro. La madurez de juicio y de criterio orientador es su nota distintiva. […] Tenga o no sentido técnico el término [pre·sbý·te·ros] tanto en el mundo helénico como en el israelita designa no al viejo achacoso, sino al hombre maduro, apto por su experiencia y prudencia para el gobierno de su familia o de su pueblo†.
Es indudable que los †œancianos† del antiguo Israel eran hombres de edad. (1Re 12:6-13.) Asimismo, los †œancianos† o superintendentes de la congregación cristiana no eran hombres muy jóvenes, como lo muestra la referencia del apóstol a sus esposas e hijos. (Tit 1:5, 6; 1Ti 3:2, 4, 5.) No obstante, la edad fí­sica no era el factor único y principal, como se ve por los otros requisitos enunciados (1Ti 3:2-7; Tit 1:6-9), y tampoco se estipulaba una edad especí­fica. Por ejemplo, aunque Timoteo era relativamente joven, tomó parte en el nombramiento de †œancianos† y, obviamente, también fue reconocido como tal. (1Ti 4:12.)
Los requisitos para acceder al puesto de †œanciano† en la congregación cristiana estipulaban que la persona tuviera una alta norma de conducta y espiritualidad. La aptitud para enseñar, exhortar y censurar desempeñaba un papel determinante entre los requisitos que hací­an a la persona acreedora al puesto. (1Ti 3:2; Tit 1:9.) Pablo le hizo a Timoteo este encargo solemne: †œPredica la palabra, ocúpate en ello urgentemente en tiempo favorable, en tiempo dificultoso; censura, corrige, exhorta, con toda gran paciencia y arte de enseñar†. (2Ti 4:2.) Como †œpastores†, los †œancianos† son responsables de la alimentación espiritual del rebaño, de cuidar de los que se hallan enfermos espiritualmente y de proteger al rebaño de las incursiones de los †œlobos†. (Hch 20:28-35; Snt 5:14, 15; 1Pe 5:2-4.) Además, Pablo, un hombre que se dedicó con celo a enseñar †œpúblicamente y de casa en casa†, también le recordó a Timoteo su responsabilidad de †˜hacer la obra de evangelizador†™ y de †˜efectuar su ministerio plenamente†™. (Hch 20:20; 2Ti 4:5.)
Cada congregación tení­a su cuerpo de †œancianos† o †œsuperintendentes†, a los que por lo general se les menciona en plural. Algunos ejemplos son: Jerusalén (Hch 11:30; 15:4, 6; 21:18), Efeso (Hch 20:17, 28) y Filipos (Flp 1:1). También se hace mención del †œgrupo de ancianos† (gr.: pre·sby·té·ri·on) que †œimpuso las manos† a Timoteo. (1Ti 4:14.) Como superintendentes de la congregación, los †œancianos† †˜presidí­an†™ a sus hermanos. (Ro 12:8; 1Te 5:12-15; 1Ti 3:4, 5; 5:17.)
Como †œancianos† con autoridad apostólica, Pablo y Pedro a veces ejercieron superintendencia sobre otros †œancianos† en ciertas congregaciones (compárese con 1Co 4:18-21; 5:1-5, 9-13; Flp 1:1; 2:12; 1Pe 1:1; 5:1-5), lo mismo que el apóstol Juan y los discí­pulos Santiago y Judas, que escribieron cartas a las congregaciones. Pablo asignó a Timoteo y a Tito para que actuaran en representación suya en ciertos lugares. (1Co 4:17; Flp 2:19, 20; 1Ti 1:3, 4; 5:1-21; Tit 1:5.) En muchos casos, estos hombres trataban con congregaciones de creyentes recién establecidas; la comisión de Tito era †˜corregir las cosas que eran defectuosas [†œcarecí­an† o †œfaltaban†]†™ en las congregaciones de Creta.
Según el registro bí­blico, Pablo, Bernabé, Tito y Timoteo participaron en los nombramientos para los puestos de †œancianos† en las congregaciones. (Hch 14:21-23; 1Ti 5:22; Tit 1:5.) No hay registro de que estas hiciesen tales nombramientos independientemente. Al narrar el viaje de vuelta que hicieron Pablo y Bernabé por Listra, Iconio y Antioquí­a, Hechos 14:23 dice que †œles nombraron [gr.: kjei·ro·to·ne·san·tes] ancianos en cada congregación† (†œdesignaron presbí­teros en cada Iglesia†, BJ; †œconstituyeron ancianos en cada iglesia†, Val). Respecto al significado del verbo griego kjei·ro·to·né·o, se hace la siguiente observación en la obra The Acts of the Apostles (de F. F. Bruce, 1970, pág. 286): †œAunque el sentido etimológico de [kjei·ro·to·né·o] es †˜elegir mostrando las manos†™, se llegó a usar con el sentido de †˜designar†™, †˜nombrar†™: compárese la misma palabra con prefijo [pro, †œdelante†] en X. 41†. En el Greek-English Lexicon, de Liddell y Scott, en primer lugar se ofrece la definición común de kjei·ro·to·né·o, y después se dice: †œPosteriormente, por lo general, significó nombrar, […] nombrar a un puesto en la iglesia† (revisión de H. Jones, Oxford, 1968, pág. 1986). Así­ mismo, el Greek and English Lexicon to the New Testament (Londres, 1845, pág. 673), de Parkhurst, dice: †œSeguido de un complemento directo, nombrar o instaurar en un cargo, aunque sin mediar sufragios o votos†. El cargo para el que se nombraba a estos cristianos era el de †œanciano† u †œhombre mayor†, sin que mediase un recuento de votos a mano alzada.
Pablo escribió a Timoteo: †œQue los ancianos que presiden excelentemente sean tenidos por dignos de doble honra, especialmente los que trabajan duro en hablar y enseñar†. (1Ti 5:17.) En vista de lo que dice el versí­culo siguiente (18), y también de la anterior explicación en cuanto a honrar a las viudas ayudándolas en sentido material (vss. 3-16), esta †œdoble honra† probablemente incluirí­a remuneración material.

¿Quiénes son los †œveinticuatro ancianos† que están en tronos celestiales?
En el libro de Revelación el término pre·sbý·te·roi se aplica unas doce veces a criaturas espí­ritus. El entorno, la vestimenta y sus acciones dan un indicio de su identidad.
El apóstol Juan tuvo una visión del trono de Jehová en el cielo, rodeado de veinticuatro tronos inferiores, sobre los que estaban sentados veinticuatro ancianos vestidos de prendas exteriores de vestir blancas y con coronas de oro sobre sus cabezas. (Rev 4:1-4.) En el resto de la visión, Juan no solo vio a los veinticuatro ancianos caer repetidas veces en adoración delante del trono de Jehová, sino que también los observó desempeñar un papel activo en los diversos rasgos de la visión según esta progresaba. (Rev 4:9-11; 5:4-14; 7:9-17; 14:3; 19:4.) En especial, los contempló participando en la proclamación del Reino, especificando que Jehová habí­a tomado su gran poder y habí­a empezado a gobernar como Rey. (Rev 11:15-18.)
En el antiguo Israel, los †œancianos [hombres mayores] de Israel† representaban a la nación y hablaban en su nombre. (Ex 3:16; 19:7.) De la misma manera, los †œancianos† cristianos pueden representar a la entera congregación del Israel espiritual. Por consiguiente, los veinticuatro ancianos sentados sobre tronos alrededor de Dios muy bien podrí­an representar al entero cuerpo de cristianos ungidos, quienes, al resultar fieles hasta la muerte, reciben la prometida recompensa de una resurrección celestial y tronos cerca del trono de Jehová. (Rev 3:21.) El número veinticuatro también es significativo, pues esta fue la cantidad de divisiones sacerdotales que el rey David organizó para que sirviesen en el templo de Jerusalén. Los cristianos ungidos constituirán un †œsacerdocio real†. (1Pe 2:9; 1Cr 24:1-19; Lu 1:5-23, 57-66; Rev 20:6; véase SUPERINTENDENTE.)

Fuente: Diccionario de la Biblia

Sumario: 1. La condición del anciano en el mundo bí­blico: 1. Debilidad y proximidad de la muerte; 2. La
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función social del anciano: a) Ancianidad y sabidurí­a, b) El anciano y la transmisión de la fe, c) El anciano como lugar de manifestación de la gracia. II. El anciano como depositario de autoridad,
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1. LA CONDICION DEL ANCIANO EN EL MUNDO BIBLICO.
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1. Debilidad y proximidad DE LA muerte.
El texto bí­blico más sugerente que describe la progresiva decadencia del anciano hasta los umbrales de la muerte es! Qo 12,1-7. Por medio de atrevidas metáforas, el texto pone de relieve el seguro debilitamie.nto de las fuerzas fí­sicas, la decadencia irrefrenable de la vigilancia psí­quica y presenta el cuadro de un rápido e inevitable paso hacia el finaLdel hombre, cuando †œel polvo torna a la tierra como era antes, y el espí­ritu vuelve a Dios que es quien lo dio†™.(12,7). Como es sabido, el Qo-hélet no conoce una esperanza de vida más allá de la muerte; por eso su exhortación inicial es: †œAcuérdate de tu creador en los dí­as de tu juventud† (12,1), aceptando antes de que venga la vejez la llamada divina a gozar de las pequeñas cosas que Dios da al hombre [1 Vida III; ! Resurrección III], La experiencia de la decadencia fí­sica y psí­quica, así­ como la concien-cialde la proximidad de la muerte, no provocan, sin embargo, ningún extraví­o, ni mucho menos la desesperación. –
La muerte en edad tardí­a se considera tanto en el AT como en el NT como un hecho totalmente natural. La muerte del anciano se siente como un cese de la vida, más bien por saciedad que por agotamiento. Y es aceptada sin dramatismos. Así­ muere, por ejemplo, Jacob, después de haber dispuesto lúcidamente la transmisión a sus hijos de la bendición que Diosje habí­a otorgado (Gn 49). Con la misma naturalidad se recuerda la muerte de otros ancianos, como Abrahán, José, Tobí­as. El pensamiento de la muerte sólo es traumático para el que siente que tiene aún muchas energí­as que emplear, no para el que experimenta su total agotamiento.
Este concepto se expresa en términos que rozan con la rusticidad en Si 41 ,1-2:.†Oh muerte, qué amargo es tu recuerdo para el hombre que goza en paz en medio de sus bienes; para el hombre sin preocupaciones y afortunado en todo, que todaví­a tiene fuerzas para gozar de los placeres! ¡Ph muerte, bienvenida es tu sentencia para el hombre indigente y falto de fuerzas; para el cargado de años y cuidados, que se rebela y ha perdido toda esperanza!. De aquí­ se derí­vala consecuencia de que normalmente no se le invita al anciano a entristecerse con el pensamiento de la muerte. Su proximidad se la señalan los males que experimenta; pero se le invita a tenerla presente con serena objetividad y a vivir con lucidez consciente de los lí­mites que le impone la edad. En este sentido puede resultar significativo el comportamiento de Barzi-lay, que, no expresamente, sino por la simpatí­a con que se refiere, puede ciertamente considerarse ejemplar. Cuando David le ofrece la posibilidad de trasladarse con él a Jerusalén, responde: ,Cuántos años me quedan de vida para ir con el rey a Jerusalén? Tengo ahora ochenta años. ¿Puedo distinguir todaví­a entre el bien y el mal? ¿Puede saborear tu siervo lo que come y lo que bebe? ¿Puedo escuchar todaví­a la voz de los cantores y cantoras? ¿Por qué va a ser tu siervo una carga para mi señor, el rey?… Déjame volver a mi ciudad para morir allí­, junto al sepulcro de mis padres†™
(2S 19,35s.38).
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2. LA FUNCION SOCIAL DEL ANCIANO.
Como en todas las sociedades antiguas, el anciano es tratado con mucho respeto en el mundo bí­blico; además del cuarto mandamiento, podemos recordar el precepto de Lev 19,32: †œPonte en pie ante el hombre de canas, honra al anciano y teme a Dios. El llegar a una edad avanzada daba al hombre autoridad entre otras cosas porque, dentro del ámbito de la concepción clásica hebrea de la retribución, la longevidad era considerada como el premio que Dios concedí­a al hombre justo (Ex20,12; Pr 10,27 16,31, etc. ). Aun prescindiendo de las funciones directivas que le reconoce al anciano el derecho consuetudinario (de las que hablaremos más tarde), el hombre de edad avanzada se veí­a rodeadode un particular respeto y era considerado como un elemento esencial de la vida social en cuanto que era maestro de vida y de sabidurí­a y transmisor de la fe.
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a) Ancianidad y sabidurí­a. El valor de las enseñanzas de los ancianos para la formación de las nuevas generaciones estaba ligado en gran parte al tipo de vida de las sociedades antiguas, y no es posible concebirlo ahora de la misma forma con idéntica intensidad en la sociedad de nuestros dí­as. Hoy la producción industrial exige la aplicación de tecnologí­as continuamente nuevas, y la aportación de la
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experiencia del anciano puede resultar casi nula incluso en un perí­odo breve, dada la continua necesidad de nuevas búsquedas y experimentaciones, a las que también el anciano tiene que dedicarse si quiere seguir en actividad, aceptando a menudo verse enseñado por personas más jóvenes. En el sistema de producción agrí­cola y artesanal del mundo antiguo, por el contrario; el aprendizaje de las técnicas se basaba casi exclusivamente en la experiencia de los más viejos, y por eso éstos tení­an un papel primordial en el desarrollo de la vida social. Se comprende entonces por qué es una gran maldición para la casa de Eh el que †œninguno llegará a viejo† (IS 2,32).
El secreto del éxito en la vida consistí­a en el respeto de las reglas de comportamiento que, desde los tiempos más remotos, se habí­an revelado como las más adecuadas. Gran parte de la sabidurí­a del antiguo Oriente era fruto de largas observaciones sobre los casos de la vida, catalogadas, comparadas unas con otras, confrontadas con una especie de método estadí­stico embrional y, finalmente, condensadas en una fórmula resumida y fácilmente memorizable como es el proverbio. Muchas veces la prueba de la veracidad de un proverbio estaba en el hecho de que el que lo enseñaba garantizaba que lo habí­a verificado él mismo durante largos años en el curso de su vida. Las reglas del buen vivir se buscaban en el pasado, no en la proyección hacia el futuro, como a menudo sucede en las modernas investigaciones sociológicas. Por todas estas razones, solamente el anciano podí­a jactarse con naturalidad de una especie de derecho congénito a adoctrinar y a educar a la juventud, proponiendo soluciones a los problemas aparentemente más difí­ciles. Por esto mismo, por ejemplo, el autor de Ps 37 puede decir: †œFui joven y ya soy viejo; y nunca vi al justo abandonado ni a sus hijos pidiendo limosna† (Sal 37,25). Pero es importante observar que el mismo AT no supone ni mucho menos una identificación simplista y automática entre la ancianidad y la sabidurí­a, ni favorece en lo más mí­nimo un sistema de pura conservación gerontocrática. Podrí­a citarse en este sentido la estructura de los diálogos del libro de / Jb, en donde la sabidurí­a de los tres amigos de Jb, repetida mecánicamente según módulos arcaicos, se ve radicalmente criticada, lo mismo que la del más joven, Elihú, que no hace más que modificar en la forma o en los detalles los axiomas adquiridos desde antiguo. Aun sin adentramos en la difí­cil hermenéutica del libro de Jb, pueden encontrarse en otros textos reservas crí­ticas más sencillas sobre la fiabilidad del anciano en general como maestro de sabidurí­a. Véase, p.ej., la forma de auspicio, no de axioma, con el que el / Sirácida, después de citar como detestable el caso de un †œviejo adúltero y necio†, escribe: †œiQUé bien sienta el juicio a los cabellos blancos, y a los ancianos el consejo! Qué bien sienta la sabidurí­a en los ancianos, y en los nobles la reflexión y el consejo! La rica experienda es la corona del anciano, y su glorí­a el temor del Señor† (Si 25,2-6).
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La última mención del temor del Señor, que refleja la tí­pica teologí­a del Sirácida, hace comprender que en la visión de fe del AT la sabidurí­a no es un atributo natural de la edad avanzada, sino un don propio de esa edad, que se adquiere con una vida de fidelidad y de acogida de la palabra de Dios. Ser sabios es más una tarea y una vocación del anciano que una prerrogativa suya connatural. A veces esto se expresa afirmando brutalmente que un joven fiel a Dios puede tener más sabidurí­a que un anciano rebelde. Lo atestigua el célebre contraste entre Daniel y los dos ancianos en Dan 13 y, por poner otro ejemplo, la afirmación de Ps 119,100: †œSoy más sabio que todos los ancianos, pues guardo tus preceptos†. Esta idea pasa a ser un principio general en Sg 4,8-9: †œLa vejez venerable no es la de largos dí­as ni se mide por el número de los años. La prudencia es la verdadera ancianidad, la vida intachable es la honrada vejez†.
La conexión entre la vejez y la sabidurí­a está presente en el NT con un planteamiento análogo: se supone que el anciano tiene que ser sabio; pero se constata que es indispensable exhortarle a que esté a la altura de su misión, quizá con mayor conciencia de los peligros que como aparece en el AT. Así­ se lee en Tt 2,2- 5 una doble advertencia detallada a los hombres y mujeres de avanzada edad: †œQue los ancianos sean sobrios, hombres ponderados, prudentes, sanos en la fe, en el amor, en la paciencia; que las ancianas, igualmente, observen una conducta digna de personas santas; que no sean calumniadoras ni dadas a la bebida, sino capaces de instruir en el bien, a fin de que enseñen alas mujeres jóvenes…, de modo que no den ocasión a que se blasfeme contra la palabra de Dios†. Se da por descontada la dependencia de la sociedad en su crecimiento de los ancianos, pero la eficacia depende de la fidelidad a la †œpalabra†.
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b) El anciano y la transmisión de la fe. El comienzo de Ps 44: †œOh Dios, hemos oí­do con nuestros oí­dos, nos han contado nuestros padres la obra que en sus dí­as hiciste…†, nos da a conocer otra función del anciano en el ámbito del pueblo de Dios: la de transmisor de los contenidos de la fe. Esta situación queda teorizada en la célebre liturgia de la pascua que se lee en Ex 12, donde el más joven de la familia recibe del más anciano la memoria del suceso constitutivo del pueblo hebreo. La función de Simeón y Ana en Lc 2,25-38 se presenta como sí­mbolo de todo el AT, que transmite al NT la autenticidad de la fe y de la esperanza [1 Niño III, 1]. Aunque no se encuentran testimonios en el NT, sabemos que la Iglesia subapostólica veneraba a los ancianos que habí­an conocido al Señor y a los apóstoles, y le gustaba escuchar de ellos el recuerdo vivo de su experiencia irrepetible.
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A falta de otros testimonios, solamente podemos suponer la importancia de la función educativa de los ancianos para la custodia y la transmisión de las tradiciones de fe en el ámbito del pueblo de Dios.
Una célebre perí­copa de la tradición sinóptica pone, sin embargo, de manifiesto el posible riesgo de esta función de los ancianos: el de una supervaloración de las tradiciones humanas, un conservadurismo acrí­tico y el hermetismo ante las novedades que Dios inserta en la historia. Se trata del célebre texto de Mc 7,1-23, donde se destaca el peligro de que el anciano juzgue necesario el inmovi-lismo para la conservación de la tradición, en vez de confiar en la capacidad de nueva fidelidad de las generaciones jóvenes, y sobre todo de tener fe en la palabra de Dios. Quizá, aunque la aplicación pueda parecer acomodaticia, sirva como situación ejemplar la de Elias, desalentado por el fracaso de su lucha en favor del antiguo yahvismo, que es invitado por Dios a reconocer en el joven Elí­seo al que serí­a al mismo tiempo el continuador y el renovador de la tradición.
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c) El anciano como lugar de manifestación de la gracia. Además de todo lo que hemos dicho sobre la necesidad del temor de Dios para sostener la dignidad y la ejemplaridad del anciano como sabio y como transmisor de la verdadera fe, se puede vislumbrar otra serie de condiciones en las que la edad avanzada puede ser el lugar donde Dios manifiesta algunas caracterí­sticas particulares de su plan de salvación. Queremos referirnos al nacimiento de Isaac de Abrahán y al de Juan Bautista de Zacarí­as, ambos viejos y maridos de dos mujeres estériles. La impotencia para engendrar del varón y la esterilidad de la mujer se unen especialmente en el caso de Abrahán; en este sentido, más que el relato del Génesis, resulta iluminadora la reflexión de Pablo en Rom 4,17-21: †œComo dice la Escritura: Te he constituido padre de muchos pueblos. Lo es (Abrahán) delante de Dios, en quien creyó; el Dios que da la vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas que no existen. Abrahán, apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza, que llegarí­a a ser padre de muchos pueblos, tal y como Dios habí­a dicho: Así­ será tu descendencia. Su fe no decayó, aunque veí­a que su cuerpo estaba ya sin vigor al tener casi cien años, y que el seno de Sara estaba ya como muerto. Ante la promesa de Dios no dudó ni desconfió, sino que se reafirmó en la fe, dando gloria a Dios, bien convencido de que él es poderoso para cumplir lo que ha prometido†™. Según Pablo, Abrahán creyó, en figura y en el misterio, en aquel mismo poder con que Dios resucitó a Jesucristo de entre los muertos (y. 24). De este modo la ancianidad de Abrahán, anticipación en sí­ misma de la muerte, es el lugar donde la gracia, acogida con fe, inserta la vida y se convierte en signo de la nueva creación que la pascua de Cristo realiza en el mundo viejo y muerto por el pecado.
Aquí­ la ancianidad se convierte en el signo de un principio general que domina toda la historia de la salvación, el del grano de trigo que ha de morir para poder dar fruto (Jn 12,24), o el de la elección divina de las cosas débiles e innobles, †œde lo que es nada, para anular a los que son algo† (1Co 1,28).
Aunque el texto bí­blico no sugiere ninguna conexión, no creemos que esté fuera de lugar recordar dentro de esta temática un posible significado simbólico de la tradición arcaica de sabor mitológico sobre la reducción de la duración de la vida, que Dios habrí­a decidido al comienzo de la historia humana. No es fácil descubrir cuáles fueron las intenciones por las que las tradiciones que confluyeron en Gen 1-11 incorporaron el cómputo de las edades tan elevadas de los patriarcas antediluvianos y de las otras más modestas de los posdi-luvianos. El versí­culo (quizá J) de Gen 6,3: †œMi espí­ritu no permanecerá por siempre en el hombre, porque es de carne. Sus dí­as serán ciento veinte años†, puede ofrecernos, sin embargo, una lí­nea de interpretación. La pretensión de obtener, mediante la aspiración a ciertas prerrogativas sobrehumanas, una longevidad excepcional queda bloqueada por Dios para reducir al hombre a la conciencia de sus lí­mites, de la que sólo puede derivar su salvación, en la humilde acogida de la soberaní­a de Dios y de su dominio sobre la vida. A la luz de esto podemos suponer que la experienda de un envejecimiento más precoz de cuanto el hombre se ve inclinado a soñar puede interpretarse como un recuerdo de la verdad de que sólo Dios es fuente y sostén de la vida. Por eso, cuando él le devuelve a la ancianidad el vigor de la vida, esto se convierte, sobre el trasfondo de una mí­tica longevidad perdida, en un claro anuncio de que no es la pretensión humana de la autosuficiencia, sino sólo la libre iniciativa divina de la gracia la que puede marcar la victoria de la vida sobre la muerte y sobre la decadencia que la prepara. El anciano, convertido en fuente de vida para el pueblo, es el signo de que la economí­a de la fe en la gracia es la única alternativa salví­fica frente al dominio de la muerte, tal como observa Pablo en el pasaje citado que †œcomenta la historia de Abrahán.
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Evidentemente, la revitalización del anciano no se repite materialmente para cada uno de los miembros del pueblo de Dios, sino que se concentra en algunos personajes clave de la historia de la salvación. Sin embargo, es signo de una eficacia que actúa en el misterio. Todo anciano caduco o decrépito, lo mismo que todo enfermo que no se cura, tiene la certeza de estar, a los ojos de Dios y en dependencia de él, totalmente inserto en la vida, a pesar de encontrarse experi-mentalmenté dominado por la muerte, de forma análoga a lo que decí­a Pablo, no anciano todaví­a, pero consciente de la debilidad progresiva de su
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vitalidad: Por esto no desfallecemos, pues aunque nuestro hombre exterior vaya perdiendo, nuestro hombre interior se renueva de dí­a en dí­a (2Co 4,16). Siempre que en el anciano permanece todaví­a cierta fuerza vital no común, la espiritualidad bí­blica parece invitarnos a leerla como signo de la benevolencia del Dios de la vida, que hace visible desde ahora la eficacia de su promesa en aquellos que eligen pertenecerle por completo. En este sentido podrí­a leerse una de las plegarias más hermosas de un anciano que se encuentra en el salterio: †œNo me rechaces ahora que soy viejo, no me abandones cuando me faltan ya las fuerzas… jOh Dios! Desde mi juventud me has instruido, he anunciado hasta aquí­ tus maravillas; ahora que estoy viejo y encanecido, oh Dios, no me abandones, para que pueda anunciar a esta generación las obras de tu brazo, y tu poder a las edades venideras (SaI 71,9; SaI 71,17-18).
Comparándolo con las mí­ticas edades de los antediluvianos, el precoz envejecimiento actual es, por tanto, un signo de que la limitación de la vida depende de la voluntad de Dios. De este modo se nos revela que sólo él es su señor y su fuente; y, mientras que queda excluida toda pretensión absurda de huir de este lí­mite, se abre la certeza de que el Dios que dispone de la duración de nuestra vida puede decidir libremente la superación de la barrera de la muerte. Es lo que ocurrió con Abrahán, que significativamente se sitúa en los comienzos de la historia de la salvación como profecí­a de la victoria de Cristo sobre la muerte. Tanto la decadencia como el inesperado vigor de los ancianos son, aunque aparentemente opuestos, dos signos convergentes que remiten a la fe en el Dios de la vida y señalan en la dependencia total de él el núcleo de toda sabidurí­a. En estos valores se funda la función del anciano en la comunidad y su posible valoración en la vida de la Iglesia, tanto en el caso de una sana longevidad como en el de una dolorosa decadencia.
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II. EL ANCIANO COMO DEPOSITARIO DE AUTORIDAD.
El término †œanciano† puede indicar también una determinada función social de autoridad; en este caso no implica necesariamente que el sujeto esté en edad avanzada. Esto vale sobre todo para el término hebreo que suele traducirse por †œanciano† (za-qen), que indica un hombre con barba, y por tanto puede aplicarse igualmente a un hombre maduro. Otro término que indica la canicie sirve para designar al viejo ya muy entrado en años. Tampoco el grupo de vocablos derivados de la raí­z griega présbys implica exclusiva y necesariamente una definición de edad tardí­a. El hecho de que tradicionalmen-te ciertas funciones autoritativas fueran ejercidas por los más ancianos de un grupo social ha dado a las palabras que designan la edad la posibilidad de pasar a indicar una función.
En el AT anciano es un término que indica una estructura polí­tica concreta, prescindiendo de la edad, y que tiene probablemente su origen en la estructura de grupos no completamente sedentarizados todaví­a. En el Israel del norte los ancianos estaban ligados a la estructura tribal; e incluso durante la monarquí­a dividida existió un organismo central con competencias administrativas, con derecho de elección e incluso de control sobre el rey. En Judá, por el contrario, los ancianos parecen estar más bien ligados a la organización de la vida ciudadana, y, durante la monarquí­a, mantienen derechos y funciones judiciarias en el plano local; pero en el plano nacional van perdiendo progresivamente su poder frente a los funcionarios de la corte, que son calificados también de †œancianos. Después del destierro los ancianos recobraron su autoridad y su poder, hasta desembocar en la estructura polí­tica del †œconsejo de ancianos† o sanedrí­n, que encontramos en tiempos del NT. A este consejo se refiere el término †œancianos† en las profecí­as y en la narración de la pasión de Jesús.
El término presbí­teros indica también a los responsables de las comunidades cristianas en Ac 11,30; 14,23; 15,2-23; 16,4; 20,17; 21,18. Se usa además, en paralelismo con epí­sko-pos, en las cartas pastorales (lTm 5,1; lTm 5,17; lTm 5,19 Tt 1,5, y en otros lugares sólo en Hb 11,2; St 5,15 y en el encabezamiento y 3Jn). También aquí­ indica una función y no necesariamente la edad. La Biblia no impone ninguna preferencia a la hora de confiar a los ancianos tareas directivas, aunque ésta pudo haber sido muchas veces la praxis social del tiempo que se refleja en ella. La juventud de Timoteo (lTm 4,12) es una confirmación de este hecho. La edad avanzada es adecuada para la comunicación de la sabidurí­a, de la tolerancia, del testimonio de fe, pero no necesariamente para el gobierno, como observaba ya Qo 4,13; †œMás vale un muchacho pobre y sabio que un rey necio y viejo, que no sabe ya escuchar consejos†.
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BIBL.: Bettenzoli G., Gil anzianhin Israele. Gil anzianhin Giuda, en †œBib† 64 (1983) 48-74, 211-224; Bornkamm G., Présbys, en GLNTXI, 82-1 72; Cavedo R., Gil anzianinella Bibbia, en AA.W., Premesse per una paslorale degli anzian Oari, Várese 1972, 83-1 13. Se pueden encontrar otras referencias de estudios de antropologí­a bí­blica en / Corporeidad y / Hombre.
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R. Cavedo
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Fuente: Diccionario Católico de Teología Bíblica

Sumario: 1. La condición del anciano en el mundo bí­blico: 1. Debilidad y proximidad de la muerte; 2. La función social del anciano: a) Ancianidad y sabidurí­a, b) El anciano y la transmisión de la fe, c) El anciano como lugar de manifestación de la gracia. II. El anciano como depositario de autoridad,
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1. LA CONDICION DEL ANCIANO EN EL MUNDO BIBLICO.
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1. Debilidad y proximidad DE LA muerte.
El texto bí­blico más sugerente que describe la progresiva decadencia del anciano hasta los umbrales de la muerte es / Qo 12,1-7. Por medio de atrevidas metáforas, el texto pone de relieve el seguro debilitamie.nto de las fuerzas fí­sicas, la decadencia irrefrenable de la vigilancia psí­quica y presenta el cuadro de un rápido e inevitable paso hacia el finaLdel hombre, cuando †œel polvo torna a la tierra como era antes, y el espí­ritu vuelve a Dios que es quien lo dio†.(12,7). Como es sabido, el Qo-hélet no conoce una esperanza de vida más allá de la muerte; por eso su exhortación inicial es: †œAcuérdate de tu creador en los dí­as de tu juventud† (12,1), aceptando antes de que venga la vejez la llamada divina a gozar de las pequeñas cosas que Dios da al hombre [1 Vida III; / Resurrección III], La experiencia de la decadencia
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fí­sica y psí­quica, así­ como la concien-cialde la proximidad de la muerte, no provocan, sin embargo, ningún
extraví­o, ni mucho menos la desesperación. –
La muerte en edad tardí­a se considera tanto en el AT como en el NT como un hecho totalmente natural. La muerte del anciano se siente como un cese de la vida, más bien por saciedad que por agotamiento. Y es aceptada sin dramatismos. Así­ muere, por ejemplo, Jacob, después de haber dispuesto lúcidamente la transmisión a sus hijos de la bendición que Diosje habí­a otorgado (Gn 49). Con la misma naturalidad se recuerda la muerte de otros ancianos, como Abrahán, José, Tobí­as. El pensamiento de la muerte sólo es traumático para el que siente que tiene aún muchas energí­as que emplear, no para el que experimenta su total agotamiento.
Este concepto se expresa en términos que rozan con la rusticidad en Si 41 ,1-2:.†iOh muerte, qué amargo es tu recuerdo para el hombre que goza en paz en medio de sus bienes; para el hombre sin preocupaciones y afortunado en todo, que todaví­a tiene fuerzas para gozar de los placeres! iPh muerte, bienvenida es tu sentencia para el hombre indigente y falto de fuerzas; para el cargado de años y cuidados, que se rebela y ha perdido toda esperanza!†™. De aquí­ se derí­vala consecuencia de que normalmente no se le invita al anciano a entristecerse con el pensamiento de la muerte. Su proximidad se la señalan los males que experimenta; pero se le invita a tenerla presente con serena objetividad y a vivir con lucidez consciente de los lí­mites que le impone la edad. En este sentido puede resultar significativo el comportamiento de Barzi-lay, que, no expresamente, sino por la simpatí­a con que se refiere, puede ciertamente considerarse ejemplar. Cuando David le ofrece la posibilidad de trasladarse con él a Jerusalén, responde: †œ,Cuántos años me quedan de vida para ir con el rey a Jerusalén? Tengo ahora ochenta años. ¿Puedo distinguir todaví­a entre el bien y el mal? ¿Puede saborear tu siervo lo que come y lo que bebe? ¿Puedo escuchar todaví­a la voz de los cantores y cantoras? ¿Por qué va a ser tu siervo una carga para mi señor, el rey?… Déjame volver a mi ciudad para morir allí­, junto al sepulcro de mis padres†
(2S 19,35s.38).
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2. LA FUNCION SOCIAL DEL ANCIANO.
Como en todas las sociedades antiguas, el anciano es tratado con mucho respeto en el mundo bí­blico; además del cuarto mandamiento, podemos recordar el precepto de Lev 19,32: †œPonte en pie ante el hombre de canas, honra al anciano y teme a Dios†. El llegar a una edad avanzada daba al hombre autoridad entre otras cosas porque, dentro del ámbito de la concepción clásica hebrea de la retribución, la longevidad era considerada como el premio que Dios concedí­a al hombre justo (Ex20,12; Pr 10,27 16,31, etc. ). Aun prescindiendo de las funciones directivas que le reconoce al anciano el derecho consuetudinario (de las que hablaremos más tarde), el hombre de edad avanzada se veí­a rodeadode un particular respeto y era considerado como un elemento esencial de la vida social en cuanto que era maestro de vida y de sabidurí­a y transmisor de la fe.
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a) Ancianidad y sabidurí­a. El valor de las enseñanzas de los ancianos para la formación de las nuevas generaciones estaba ligado en gran parte al tipo de vida de las sociedades antiguas, y no es posible concebirlo ahora de la misma forma con idéntica intensidad en la sociedad de nuestros dí­as. Hoy la producción industrial exige la aplicación de tecnologí­as continuamente nuevas, y la aportación de la experiencia del anciano puede resultar casi nula incluso en un perí­odo breve, dada la continua necesidad de nuevas búsquedas y experimentaciones, a las que también el anciano tiene que dedicarse si quiere seguir en actividad, aceptando a menudo verse enseñado por personas más jóvenes. En el sistema de producción agrí­cola y artesanal del mundo antiguo, por el contrario; el aprendizaje de las técnicas se basaba casi exclusivamente en la experiencia de los más viejos, y por eso éstos tení­an un papel primordial en el desarrollo de la vida social. Se comprende entonces por qué es una gran maldición para la casa de Eh el que †œninguno llegará a viejo† (IS 2,32).
El secreto del éxito en la vida consistí­a en el respeto de las reglas de comportamiento que, desde los tiempos más remotos, se habí­an revelado como las más adecuadas. Gran parte de la sabidurí­a del antiguo Oriente era fruto de largas observaciones sobre los casos de la vida, catalogadas, comparadas unas con otras, confrontadas con una especie de método estadí­stico embrional y, finalmente, condensadas en una fórmula resumida y fácilmente memorizable como es el proverbio. Muchas veces la prueba de la veracidad de un proverbio estaba en el hecho de que el que lo enseñaba garantizaba que lo habí­a verificado él mismo durante largos años en el curso de su vida. Las reglas del buen vivir se buscaban en el pasado, no en la proyección hacia el futuro, como a menudo sucede en las modernas investigaciones sociológicas. Por todas estas razones, solamente el anciano podí­a jactarse con naturalidad de una especie de derecho congénito a adoctrinar y a educar a la juventud, proponiendo soluciones a los
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problemas aparentemente más difí­ciles. Por esto mismo, por ejemplo, el autor de Ps 37 puede decir: †œFui joven y ya soy viejo; y nunca vi al justo abandonado ni a sus hijos pidiendo limosna† (Sal 37,25). Pero es importante observar que el mismo AT no supone ni mucho menos una identificación simplista y automática entre la ancianidad y la sabidurí­a, ni favorece en lo más mí­nimo un sistema de pura conservación gerontocrática. Podrí­a citarse en este sentido la estructura de los diálogos del libro de / Jb, en donde la sabidurí­a de los tres amigos de Jb, repetida mecánicamente según módulos arcaicos, se ve radicalmente criticada, lo mismo que la del más joven, Elihú, que no hace más que modificar en la forma o en los detalles los axiomas adquiridos desde antiguo. Aun sin adentramos en la difí­cil hermenéutica del libro de Jb, pueden encontrarse en otros textos reservas crí­ticas más sencillas sobre la fiabilidad del anciano en general como maestro de sabidurí­a. Véase, p.ej., la forma de auspicio, no de axioma, con el que el / Sirácida, después de citar como detestable el caso de un †œviejo adúltero y necio†, escribe: †œiQUé bien sienta el juicio a los cabellos blancos, y a los ancianos el consejo! Qué bien sienta la sabidurí­a en los ancianos, y en los nobles la reflexión y el consejo! La rica experienda es la corona del anciano, y su glorí­a el temor del Señor† (Si 25,2-6).
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La última mención del temor del Señor, que refleja la tí­pica teologí­a del Sirácida, hace comprender que en la visión de fe del AT la sabidurí­a no es un atributo natural de la edad avanzada, sino un don propio de esa edad, que se adquiere con una vida de fidelidad y de acogida de la palabra de Dios. Ser sabios es más una tarea y una vocación del anciano que una prerrogativa suya connatural. A veces esto se expresa afirmando brutalmente que un joven fiel a Dios puede tener más sabidurí­a que un anciano rebelde. Lo atestigua el célebre contraste entre Daniel y los dos ancianos en Dan 13 y, por poner otro ejemplo, la afirmación de Ps 119,100: †œSoy más sabio que todos los ancianos, pues guardo tus preceptos†. Esta idea pasa a ser un principio general en Sg 4,8-9: †œLa vejez venerable no es la de largos dí­as ni se mide por el número de los años. La prudencia es la verdadera ancianidad, la vida intachable es la honrada vejez†.
La conexión entre la vejez y la sabidurí­a está presente en el NT con un planteamiento análogo: se supone que el anciano tiene que ser sabio; pero se constata que es indispensable exhortarle a que esté a la altura de su misión, quizá con mayor conciencia de los peligros que como aparece en el AT. Así­ se lee en Tt 2,2- 5 una doble advertencia detallada a los hombres y mujeres de avanzada edad: †œQue los ancianos sean sobrios, hombres ponderados, prudentes, sanos en la fe, en el amor, en la paciencia; que las ancianas, igualmente, observen una conducta digna de personas santas; que no sean calumniadoras ni dadas a la bebida, sino capaces de instruir en el bien, a fin de que enseñen alas mujeres jóvenes…, de modo que no den ocasión a que se blasfeme contra la palabra de Dios†. Se da por descontada la dependencia de la sociedad en su crecimiento de los ancianos, pero la eficacia depende de la fidelidad a la †œpalabra†.
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b) El anciano y la transmisión de la fe. El comienzo de Ps 44: †œOh Dios, hemos oí­do con nuestros oí­dos, nos han contado nuestros padres la obra que en sus dí­as hiciste…†, nos da a conocer otra función del anciano en el ámbito del pueblo de Dios: la de transmisor de los contenidos de la fe. Esta situación queda teorizada en la célebre liturgia de la pascua que se lee en Ex 12, donde el más joven de la familia recibe del más anciano la memoria del suceso constitutivo del pueblo hebreo. La función de Simeón y Ana en Lc 2,25-38 se presenta como sí­mbolo de todo el AT, que transmite al NT la autenticidad de la fe y de la esperanza [1 Niño III, 1]. Aunque no se encuentran testimonios en el NT, sabemos que la Iglesia subapostólica veneraba a los ancianos que habí­an conocido al Señor y a los apóstoles, y le gustaba escuchar de ellos el recuerdo vivo de su experiencia irrepetible.
A falta de otros testimonios, solamente podemos suponer la importancia de la función educativa de los ancianos para la custodia y la transmisión de las tradiciones de fe en el ámbito del pueblo de Dios.
Una célebre perí­copa de la tradición sinóptica pone, sin embargo, de manifiesto el posible riesgo de esta función de los ancianos: el de una supervaloración de las tradiciones humanas, un conservadurismo acrí­tico y el hermetismo ante las novedades que Dios inserta en la historia. Se trata del célebre texto de Mc 7,1-23, donde se destaca el peligro de que el anciano juzgue necesario el inmovi-lismo para la conservación de la tradición, en vez de confiar en la capacidad de nueva fidelidad de las generaciones jóvenes, y sobre todo de tener fe en la palabra de Dios. Quizá, aunque la aplicación pueda parecer acomodaticia, sirva como situación ejemplar la de Elias, desalentado por el fracaso de su lucha en favor del antiguo yahvismo, que es invitado por Dios a reconocer en el joven Elí­seo al que serí­a al mismo tiempo el continuador y el renovador de la tradición.
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c) El anciano como lugar de manifestación de la gracia. Además de todo lo que hemos dicho sobre la necesidad del temor de Dios para sostener la dignidad y la ejemplaridad del anciano como sabio y como transmisor de la verdadera fe, se puede vislumbrar otra serie de condiciones en las que la edad avanzada puede ser el lugar donde Dios manifiesta algunas caracterí­sticas particulares de su plan de salvación.
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Queremos referirnos al nacimiento de Isaac de Abrahán y al de Juan Bautista de Zacarí­as, ambos viejos y maridos de dos mujeres estériles. La impotencia para engendrar del varón y la esterilidad de la mujer se unen especialmente en el caso de Abrahán; en este sentido, más que el relato del Génesis, resulta iluminadora la reflexión de Pablo en Rom 4,17-21: †œComo dice la Escritura: Te he constituido padre de muchos pueblos. Lo es (Abrahán) delante de Dios, en quien creyó; el Dios que da la vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas que no existen. Abrahán, apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza, que llegarí­a a ser padre de muchos pueblos, tal y como Dios habí­a dicho: Así­ será tu descendencia. Su fe no decayó, aunque veí­a que su cuerpo estaba ya sin vigor al tener casi cien años, y que el seno de Sara estaba ya como muerto. Ante la promesa de Dios no dudó ni desconfió, sino que se reafirmó en la fe, dando gloria a Dios, bien convencido de que él es poderoso para cumplir lo que ha prometido. Según Pablo, Abrahán creyó, en figura y en el misterio, en aquel mismo poder con que Dios resucitó a Jesucristo de entre los muertos (y. 24). De este modo la ancianidad de Abrahán, anticipación en sí­ misma de la muerte, es el lugar donde la gracia, acogida con fe, inserta la vida y se convierte en signo de la nueva creación que la pascua de Cristo realiza en el mundo viejo y muerto por el pecado.
Aquí­ la ancianidad se convierte en el signo de un principio general que domina toda la historia de la salvación, el del grano de trigo que ha de morir para poder dar fruto (Jn 12,24), o el de la elección divina de las cosas débiles e innobles, †œde lo que es nada, para anular a los que son algo†™ (1Co 1,28).
Aunque el texto bí­blico no sugiere ninguna conexión, no creemos que esté fuera de lugar recordar dentro de esta temática un posible significado simbólico de la tradición arcaica de sabor mitológico sobre la reducción de la duración de la vida, que Dios habrí­a decidido al comienzo de la historia humana. No es fácil descubrir cuáles fueron las intenciones por las que las tradiciones que confluyeron en Gen 1-11 incorporaron el cómputo de las edades tan elevadas de los patriarcas antediluvianos y de las otras más modestas de los posdi-luvianos. El versí­culo (quizá J) de Gen 6,3: †œMi espí­ritu no permanecerá por siempre en el hombre, porque es de carne. Sus dí­as serán ciento veinte años, puede ofrecernos, sin embargo, una lí­nea de interpretación. La pretensión de obtener, mediante la aspiración a ciertas prerrogativas sobrehumanas, una longevidad excepcional queda bloqueada por Dios para reducir al hombre a la conciencia de sus lí­mites, de la que sólo puede derivar su salvación, en la humilde acogida de la soberaní­a de Dios y de su dominio sobre la vida. A la luz de esto podemos suponer que la experienda de un envejecimiento más precoz de cuanto el hombre se ve inclinado a soñar puede interpretarse como un recuerdo de la verdad de que sólo Dios es fuente y sostén de la vida. Por eso, cuando él le devuelve a la ancianidad el vigor de la vida, esto se convierte, sobre el trasfondo de una mí­tica longevidad perdida, en un claro anuncio de que no es la pretensión humana de la autosuficiencia, sino sólo la libre iniciativa divina de la gracia la que puede marcar la victoria de la vida sobre la muerte y sobre la decadencia que la prepara. El anciano, convertido en fuente de vida para el pueblo, es el signo de que la economí­a de la fe en la gracia es la única alternativa salví­fica frente al dominio de la muerte, tal como observa Pablo en el pasaje citado que †œcomenta la historia de Abrahán.
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Evidentemente, la revitalización del anciano no se repite materialmente para cada uno de los miembros del pueblo de Dios, sino que se concentra en algunos personajes clave de la historia de la salvación. Sin embargo, es signo de una eficacia que actúa en el misterio. Todo anciano caduco o decrépito, lo mismo que todo enfermo que no se cura, tiene la certeza de estar, a los ojos de Dios y en dependencia de él, totalmente inserto en la vida, a pesar de encontrarse experi-mentalmenté dominado por la muerte, de forma análoga a lo que decí­a Pablo, no anciano todaví­a, pero consciente de la debilidad progresiva de su vitalidad: †œPor esto no desfallecemos, pues aunque nuestro hombre exterior vaya perdiendo, nuestro hombre interior se renueva de dí­a en dí­a (2Co 4,16). Siempre que en el anciano permanece todaví­a cierta fuerza vital no común, la espiritualidad bí­blica parece invitarnos a leerla como signo de la benevolencia del Dios de la vida, que hace visible desde ahora la eficacia de su promesa en aquellos que eligen pertenecerle por completo. En este sentido podrí­a leerse una de las plegarias más hermosas de un anciano que se encuentra en el salterio: †œNo me rechaces ahora que soy viejo, no me abandones cuando me faltan ya las fuerzas… jOh Dios! Desde mi juventud me has instruido, he anunciado hasta aquí­ tus maravillas; ahora que estoy viejo y encanecido, oh Dios, no me abandones, para que pueda anunciar a esta generación las obras de tu brazo, y tu poder a las edades venideras (SaI 71,9; SaI 71,17-18).
Comparándolo con las mí­ticas edades de los antediluvianos, el precoz envejecimiento actual es, por tanto, un signo de que la limitación de la vida depende de la voluntad de Dios. De este modo se nos revela que sólo él es su señor y su fuente; y, mientras que queda excluida toda pretensión absurda de huir de este lí­mite, se abre la certeza de que el Dios que dispone de la duración de nuestra vida puede decidir libremente la superación de la barrera de la muerte. Es lo que ocurrió con Abrahán, que significativamente se sitúa en los comienzos de la historia de la salvación como profecí­a de la victoria de Cristo sobre la muerte. Tanto la decadencia como el inesperado vigor de los ancianos son, aunque aparentemente opuestos, dos signos convergentes que remiten a la fe en el Dios de la vida y señalan en la dependencia total de él el núcleo de toda sabidurí­a. En estos valores se funda la función del anciano en la comunidad y
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su posible valoración en la vida de la Iglesia, tanto en el caso de una sana longevidad como en el de una dolorosa decadencia.
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II. EL ANCIANO COMO DEPOSITARIO DE AUTORIDAD.
El término †œanciano† puede indicar también una determinada función social de autoridad; en este caso no implica necesariamente que el sujeto esté en edad avanzada. Esto vale sobre todo para el término hebreo que suele traducirse por †œanciano† (za-qen), que indica un hombre con barba, y por tanto puede aplicarse igualmente a un hombre maduro. Otro término que indica la canicie sirve para designar al viejo ya muy entrado en años. Tampoco el grupo de vocablos derivados de la raí­z griega présbys implica exclusiva y necesariamente una definición de edad tardí­a. El hecho de que tradicionalmen-te ciertas funciones autoritativas fueran ejercidas por los más ancianos de un grupo social ha dado a las palabras que designan la edad la posibilidad de pasar a indicar una función.
En el AT anciano es un término que indica una estructura polí­tica concreta, prescindiendo de la edad, y que tiene probablemente su origen en la estructura de grupos no completamente sedentarizados todaví­a. En el Israel del norte los ancianos estaban ligados a la estructura tribal; e incluso durante la monarquí­a dividida existió un organismo central con competencias administrativas, con derecho de elección e incluso de control sobre el rey. En Judá, por el contrario, los ancianos parecen estar más bien ligados a la organización de la vida ciudadana, y, durante la monarquí­a, mantienen derechos y funciones judiciarias en el plano local; pero en el plano nacional van perdiendo progresivamente su poder frente a los funcionarios de la corte, que son calificados también de †œancianos†. Después del destierro los ancianos recobraron su autoridad y su poder, hasta desembocar en la estructura polí­tica del †œconsejo de ancianos† o sanedrí­n, que encontramos en tiempos del NT. A este consejo se refiere el término †œancianos† en las profecí­as y en la narración de la pasión de Jesús.
El término presbí­teros indica también a los responsables de las comunidades cristianas en Ac 11,30; 14,23; 15,2-23; 16,4; 20,17; 21,18. Se usa además, en paralelismo con epí­sko-pos, en las cartas pastorales (lTm 5,1; lTm 5,17; lTm 5,19 Tt 1,5, y en otros lugares sólo en Hb 11,2; St 5,15 y en el encabezamiento y 3Jn). También aquí­ indica una función y no necesariamente la edad. La Biblia no impone ninguna preferencia a la hora de confiar a los ancianos tareas directivas, aunque ésta pudo haber sido muchas veces la praxis social del tiempo que se refleja en ella. La juventud de Timoteo (lTm 4,12) es una confirmación de este hecho. La edad avanzada es adecuada para la comunicación de la sabidurí­a, de la tolerancia, del testimonio de fe, pero no necesariamente para el gobierno, como observaba ya Qo 4,13; †œMás vale un muchacho pobre y sabio que un rey necio y viejo, que no sabe ya escuchar consejos†.
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BIBL.: Bettenzoli G., Gil anzianhin Israele. Gil anzianhin Giuda, en †œBib† 64 (1983) 48-74, 211-224; Bornkamm G., Présbys, en GLNTXI, 82-1 72; Cavedo R., Gil anzianinelia Bibbia, en AA.W., Premesse per una pasiorale degli anzian Oari, Várese 1972, 83-1 13. Se pueden encontrar otras referencias de estudios de antropologí­a bí­blica en / Corporeidad y / Hombre.
R. Cavedo
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Fuente: Diccionario Católico de Teología Bíblica

zaqen (ºqezE , ,), «anciano, anciana, viejo». Zaqen aparece 174 veces en el Antiguo Testamento hebreo como nombre y adjetivo. Se usa primero en Gen 18:11 «Y Abraham y Sara eran viejos, de edad avanzada; y a Sara le habí­a cesado ya la costumbre de las mujeres». En Gen 19:4, el término «viejo» se usa como antónimo de «joven»: «Pero antes que se acostasen, rodearon la casa los hombres de la ciudad, los varones de Sodoma, todo el pueblo junto, desde el más joven [na>ar, hombre joven] hasta el más viejo» (cf. Jos 6:21). Como estos, hay otros pasajes que relacionan zaqen con «joven»: «Pero [Roboam] dejó el consejo que los ancianos le habí­an dado, y pidió consejo de los jóvenes [yeled, muchacho, niño] que se habí­an criado con él» (1Ki 12:8). «Entonces la virgen se alegrará en la danza, los jóvenes [bajuí†r] y los viejos juntamente; y cambiaré su lloro en gozo, y los consolaré, y los alegraré de su dolor» (Jer 31:13). El «hombre viejo» es de «edad avanzada» (Gen 18:11), o sea, «anciano y lleno de años» (Gen 25:8). El género femenino de zaqen es zeqenah («anciana»). El término «anciano», en el sentido de «mayor», es un uso más especializado de zaqen (más de 100 veces). El pueblo reconocí­a al «anciano» por sus dones de liderazgo, sabidurí­a y justicia. Se consagraba para administrar justicia, resolver disputas y guiar a las personas bajo su responsabilidad. Se conoce también a los ancianos como oficiales (shotréí†m), prí­ncipes (jefes de tribus) y jueces. Nótese el uso paralelo: «[Josué] llamó a todo Israel, a sus ancianos, sus prí­ncipes, sus jueces y oficiales, y les dijo: Yo ya soy viejo y avanzado en años» (Jos 23:2). El rey consulta a los «ancianos» antes de tomar decisiones (1Ki 12:8). En una ciudad cualquiera, el consejo gobernante lo constituyen «ancianos» que tienen la responsabilidad de velar por el bienestar de la población: «Hizo, pues, Samuel como le dijo Jehová; y luego que él llegó a Belén, los ancianos de la ciudad salieron a recibirle con miedo, y dijeron: ¿Es pací­fica tu venida?» (1Sa 16:4). Los ancianos sesionaban en la puerta de la ciudad (Rt 4.1–2). El lugar de «reunión» (bla) se llegó a conocer como «congregación» (rv), «consejo» (bj, nbe) o «asamblea» (Psa 107:32). La Septuaginta traduce el término como: presbutera («hombre de antaño; anciano; presbí­tero»), presbutes («hombre viejo, de edad»), gerousia («consejo de ancianos»). La rv traduce a zaqen de diversas maneras, según el contexto. Zaqan quiere decir «barba». Este es el caso en Salmo 133.2: «Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras» Esta asociación entre «edad» y «barba» es legí­tima, aunque no se debe enfatizar. El verbo zaqen («ser viejo») surge de este nombre.

Fuente: Diccionario Vine Antiguo Testamento

1. gerousia (gerousiva, 1087), consejo de ancianos (de geron, hombre anciano, término este que pronto adquirió un significado polí­tico entre los griegos, incorporándose la noción de edad en la de dignidad). Se usa en Act 5:21, aparentemente para clarificar la palabra anterior sunedrion, «consejo», el sanedrí­n.¶ 2. presbutes (presbuvth», 4246), hombre anciano, es una forma más larga de presbus, cuyo grado comparativo es presbteros, anciano; siendo ambos vocablos, así­ como el verbo presbio, ser anciano, ser un embajador, derivados de proeisbano, estar muy adelantado. El nombre se traduce como, «viejo» (Luk 1:18); y «ancianos» (Tit 2:2; Flm 9), donde se debe aceptar la traducción que se da en algunos márgenes, «Pablo, embajador», siendo que el original, casi con toda certeza, dice presbeutes, y no presbutes, embajador. Y así­ es como se describe a sí­ mismo en Eph 6:20: Como señala Lightfoot, difí­cilmente hubiera hecho de su edad una base para su petición a Filemón, que, si era padre de Arquipo, no puede haber sido mucho más joven que el mismo Pablo. Véase VIEJO. 3. presbuterion (presbutevrion, 4244), asamblea de ancianos. Denota: (a) el consejo o senado entre los judí­os (Luk 22:66; Act 22:5); (b) los ancianos u obispos en una iglesia local (1Ti 4:14 «el presbiterio»). Para sus funciones, véase Nº 4. Véase PRESBITERIO.¶ 4. presbuteros (presbuvtero», 4245), adjetivo, grado comparativo de presbus, anciano. Se usa: (a) de edad, de cuál sea la más anciana de dos personas (Luk 15:25), o entre más (Joh 8:9, «el más viejo»); o de una persona entrada ya en años, con experiencia (Act 2:17); en Heb 11:2, los «ancianos» son los patriarcas de Israel; igualmente en Mat 15:2; Mc 7.3,5. Se usa el femenino del adjetivo de las mujeres ancianas en las iglesias (1Ti 5:2), no con respecto a la posición de ellas, sino en cuanto a ser de mayor edad. (b) De rango o posiciones de responsabilidad: (1) entre los gentiles, como en la LXX en Gen 50:7; Num 22:7; (2) en la nación judí­a, en primer lugar, aquellos que eran las cabezas o lí­deres de las tribus y de las familias, como en el caso de los setenta que ayudaban a Moisés (Num 11:16; Deu 27:1), y aquellos reunidos por Salomón; en segundo lugar, miembros del sanedrí­n, que consistí­an de los principales sacerdotes, ancianos, y escribas, conocedores de la ley judí­a (p.ej., Mat 16:21; 26.47); en tercer lugar, aquellos que dirigí­an los asuntos públicos en las varias ciudades (Luk 7:3); (3) en las iglesias cristianas, aquellos que, siendo suscitados y calificados para la obra por el Espí­ritu Santo, eran designados para que asumieran el cuidado espiritual de las iglesias, y para supervisarlas. A estos se aplica el término de obispos, episkopoi, o supervisores (véase Act_20, v. 17 con v. 28, y Tit 1:5 y 7), indicando el último término la naturaleza de su actividad, presbuteroi su madurez de experiencia espiritual. La disposición divina que se ve en el NT era que se debí­a señalar una pluralidad de ellos en cada iglesia (Act 14:23; 20.17; Phi 1:1; 1Ti 5:17; Tit 1:5). El deber de los ancianos se describe por el verbo episkopeo. Eran designados en base de la evidencia que daban de cumplir las calificaciones que Dios habí­a dispuesto (Tit 1:6-9; cf. 1Ti 3:1-7 y 1Pe 5:2); (4) los veinticuatro ancianos entronizados en el cielo alrededor del trono de Dios (Rev 4:4,10; 5.5-14; 7.11,13; 11.16; 14.3; 19.4). La cantidad de veinticuatro es representativa de condiciones terrenales. La palabra «anciano» no se aplica en ningún lugar a ángeles. Véanse MAYOR, VIEJO (MíS). 5. sumpresbuteros (sumpresbuvtero», 4850), un co-anciano (sun, con). Se usa en 1Pe 5:1 «anciano †¦ con».¶

Fuente: Diccionario Vine Nuevo testamento

«Los ancianos del pueblo» o los «ancianos de Israel» frecuentemente aparecen asociados con Moisés en su relación con el pueblo (Ex. 3:16; 4:29; 17:5; 18:12; 19:17; 24:1, 11; Nm. 11:16). Más tarde ellos participaron en el gobierno local (Jue. 8:14; Jos. 20:4; Rt. 4:2) y tuvieron una parte importante en los asuntos nacionales (1 S. 4:3) incluso después de la institución de la monarquía (1 S. 8:4; 30:26; 2 S. 3:17; 5:3; 1 R. 21:8). Adquirieron prominencia durante el exilio (Jer. 29:1; Ez. 7:1; 14:1; 20:1) y, después del regreso, estuvieron asociados tanto con los gobernantes en sus funciones (Esd. 5:9ss; 6:7) y con la administración local (Esd. 10:14). Tenían ciertas funciones jurídicas (Dt. 22:15; 25:7ss.) y estaban asociados con los jueces, quienes probablemente fueron designados de entre estos en la administración y ejecución de la justicia (Dt. 16:18; 21:2ss.; Esd. 7:25; 10:14). También están ellos asociados con Moisés y Aarón en administrar la palabra de Dios al pueblo (Ex. 3:14; 4:29; 19:7) y en la representación del pueblo delante de Dios (Ex. 17:5; 24:1; Nm. 11:16) en las grandes ocasiones. Supervisaban los arreglos para la celebración de la Pascua (Ex. 12:21).

Otras naciones tenían ancianos (cf. Gn. 50:7; Nm. 22:7) cuyo título se debía a veces a la edad o a la estima que un individuo tenía o al desempeño de un oficio definido dentro de la comunidad (cf. romano senator, griego geruosia). El anciano en Israel, no hay dudas que derivaba su autoridad al principio así como su status y su nombre en razón de su edad y experiencia.

En el período de los macabeos, el título «ancianos de Israel» se usaba para los miembros del Sanedrín judío que se creía había sido señalado por Moisés en su elección de los setenta ancianos en Nm. 11:16ss. A nivel local una comunidad de 120 (cf. Hch. 1:15) o más podía elegir siete ancianos (Mishna, Sanhedrin 1:6). Estos eran llamados los «siete de una ciudad», y es posible que los siete elegidos en Hechos 6 fueran identificados como estos ancianos (cf. D. Daube, The New Testament and Rabinic Judaism, p. 237). En los Evangelios, los ancianos se asocian con los escribas y principales sacerdotes en cuyas manos Jesús (Mt. 16:21; 27:1) y los apóstoles (Hch. 6:12) sufrieron.

En el NT los ancianos o «presbíteros» (presbuteroi) aparecen tempranamente en la vida de la iglesia tomando su lugar junto con los apóstoles, profetas y maestros. En Jerusalén se asocian con Santiago en el gobierno de la iglesia local a la manera de la sinagoga (Hch. 11:30; 21:18), pero en asociación con los apóstoles también comparten en mayor o menor grado el gobierno de la iglesia (Hch. 15:2, 6, 23; 16:4). Un apóstol puede ser un presbítero (1 P. 5:1).

Los presbíteros no aparecen en Antioquía durante la estadía de Pablo allí (Hch. 13:1), ni se mencionan en las primeras cartas de Pablo. Posiblemente el gobierno era entonces una cuestión de una importancia menor. Pero Pablo y Bernabé en su primer viaje misionero eligieron presbíteros en todas las iglesias que ellos fundaron (Hch. 14:23).

Los presbíteros a los que Pablo se dirige en Éfeso (Hch. 20:17ss.) y aquellos mencionados en 1 Pedro y Tito tienen un lugar decisivo en la vida de la iglesia. Aparte de su función de supervisión pastoral, eran responsables de la estabilidad y pureza del rebaño en tiempos de tentación y crisis. Ellos están en una posición de autoridad y privilegio que puede a veces confundirse con el abuso. Ellos comparten el ministerio de Cristo hacia el rebaño (1 P. 5:1–4; Hch. 20:28; cf. Ef. 4:11).

Se afirma a menudo que en las iglesias gentiles el nombre episkopos se usa como sustituto para presbuteros con un significado idéntico. Las palabras parecen ser intercambiables en Hch. 20:17; 20:28 y Tito 5–9. Pero aunque todos los episkopoi indudablemente son presbuteroi, no es tan claro que lo contrario sea siempre verdad. La palabra presbuteros tiene que ver más con el estado de anciano en tanto que episkopos se refiere a la función de por lo menos algunos ancianos. Pero pudiera haber ancianos que no eran episkopoi.

En 1 Ti. 5:17 la enseñanza así como la supervisión se señala como una función deseable del presbítero. Parece ser que cuando los apóstoles, maestros y profetas cesaron de ministrar a la iglesia en sus viajes se desarrollaron las condiciones y el oficio de anciano en la iglesia al recaer sobre éstos las funciones de enseñanza y predicación. Esto puede haber conducido a una distinción dentro del presbiterio. El presidente del cuerpo de presbíteros, tanto en el orden de la congregación como en la celebración de la Cena del Señor, puede haber llegado a ser un oficio permanente desempeñado por un hombre.

El «anciano» en 2 y 3 de Juan se refiere a alguien profundamente estimado dentro de la iglesia. Los 24 ancianos que aparecen con frecuencia en las visiones del libro de Apocalipsis son ejemplos de como toda autoridad debe humildemente alabar a Dios y al Cordero (Ap. 4:10; 5:8–10; 19:4). Debe notarse que incluso estos presbíteros parecen ministrar en el cielo a la iglesia sobre la tierra (Ap. 5:5; 5:8; 7:13).

En el tiempo de la Reforma, Calvino encontró que el oficio de anciano era uno de los cuatro «órdenes u oficios» que Cristo había instituido para el gobierno ordinario de la iglesia, siendo los otros los pastores, doctores (maestros) y los diáconos. Los ancianos como representantes del pueblo, junto con los pastores u obispos eran los responsables de la disciplina. En Escocia, el anciano más tarde fue ordenado para toda la vida sin imposición de manos, y se le dio la responsabilidad de examinar a los miembros y de visitar a los enfermos. Se le exhortó a enseñar. Se levantó la teoría basada en 1 Ti. 5:17 de que los ministros y ancianos eran presbíteros de un mismo orden, el primero como el anciano docente y el último como el anciano gobernante. Pero en forma general, en la iglesia presbiteriana existe una distinción en la ordenación del ministro y la del anciano, ordenación que es determinada por el fin al que ésta se dirige. El anciano ha sido estimado como el representante del pueblo (aunque no es elegido por el pueblo o tenga que ser responsable ante él) en el sistema de ordenación eclesiástica y ha realizado muchas de las funciones que se señalan para los diáconos en el NT. El modelo de la obra de los ancianos dentro de la obra de la iglesia se relaciona estrechamente con las de los «ancianos del pueblo» del AT.

BIBLIOGRAFÍA

  1. M. Lindsay. The Church and Ministry in the Early Centuries; B.H. Streeter, The Primitive Church; G. Bornkamm en TWNT; G.D. Henderson, The Scottish Ruling Elder; J.M. Ross, What is an Elder? (Presbiterian Church of England); A.A. Hodge. What is Presbyterianism?

Ronald S. Wallace

TWNT Theologisches Woerterbuch zum Neuen Testament (Kittel)

Harrison, E. F., Bromiley, G. W., & Henry, C. F. H. (2006). Diccionario de Teología (28). Grand Rapids, MI: Libros Desafío.

Fuente: Diccionario de Teología

En la mayoría de las civilizaciones la autoridad la han investido los que en razón de su edad o experiencia se tenían como los que estaban mejor capacitados para gobernar. Por lo tanto no ha de sorprender que los dirigentes en muchas comunidades antiguas hayan ostentado un título derivado de una raíz que significa “edad madura” o “ancianidad”. En este sentido el heb. “anciano” (zāqēn) es equivalente al gerontes homérico, al presbys espartano, al senatus romano, y al sheikh árabe.

En el Pentateuco se hace referencia a ancianos entre los egipcios (Gn. 50.7) y entre los moabitas y los madianitas (Nm. 22.7), al igual que entre los israelitas. En Ex. 3.16 se da a entender que los israelitas tenían ancianos ya en la época de la cautividad egp., y es con ellos que se le manda a Moisés que colabore en la empresa de liberación. Probablemente se trataba de los jefes de familia en primer lugar, pero Ex. 24.1 indica que había un número fijo de setenta. Sobre este círculo íntimo de setenta ancianos el Señor derramó el espíritu con el fin de que compartieran el gobierno del pueblo con Moisés (Nm. 11.25).

Después de la peregrinación por el desierto cada ciudad parece haber tenido su propio cuerpo gobernante de ancianos cuyas responsabilidades, según la legislación deuteronómica, incluía la de actuar como jueces en la detención de asesinos (Dt. 19.12), la de realizar indagaciones (Dt. 21.2), y la de resolver disputas matrimoniales (Dt. 22.15; 25.7). Si vivían en una ciudad de refugio también escuchaban los pedidos de asilo (Jos. 20.4; pero véase tamb. Nm. 35.24). Su número variaba (Sucot tenía 77, Jue. 8.14), y se asocian con otras autoridades civiles, p. ej. los jefes de tribus (Dt. 5.23; 29.19) y los oficiales y jueces (Jos. 8.33). Tal vez el término “anciano” haya sido un vocablo general para hacer referencia al núcleo gobernante e incluía algunos de dichos oficiales.

El cuerpo nacional de “ancianos de Israel” todavía ejercía influencia considerable bajo la monarquía como jefes del pueblo, habiendo primero promovido el movimiento para la instauración de rey (1 S. 8.4s) y habiendo finalmente aceptado a David (2 S. 5.3). Su posición y su influencia fueron reconocidas por Salomón (1 R. 8.1, 3), Acab (1 R. 20.7), Jezabel (1 R. 21.8), Jehú (2 R. 10.1), Ezequías (2 R. 19.2), y Josías (2 R. 23.1). Ezequiel en la cautividad tuvo trato con ellos (Ez. 8.1; 14.1; 20.1), y aparecen también en la época de Esdras y en el período gr. Si bien su autoridad fue civil originalmente, para la época del NT los “ancianos del pueblo” (presbyteroi tou laou) compartían con los jefes de los sacerdotes el poder de determinación en asuntos religiosos y, en caso necesario, el de resolver la expulsión de la *sinagoga. Véase tamb. * sinagoga y (para el uso en el NT) * Presbítero.

J.B.Tr.

En Sal. 105.22 av traduce como “senadores” el heb. zeqēnı̂m (LXX presbyteroi), mientras que °vrv2 y otras vss. Tienen “ancianos”. En Hch. 5.21 el gr. gerousia, ‘asamblea de ancianos’, (°vrv2 “ancianos”), se traduce “senado” en °vha y °vm.

J.D.D.

Bibliografía.R. de Vaux, Instituciones del Antiguo Testamento, 1985; L. Coenen, “Anciano”, °DTNT, t(t). I, pp. 122–129; R. S. Wallace, “Anciano”, °DT, pp. 39–40.

Douglas, J. (2000). Nuevo diccionario Biblico : Primera Edicion. Miami: Sociedades Bíblicas Unidas.

Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico