PRESENCIA DE DIOS

Dios está en todas partes viendo y oyendo lo que hago y aun lo que pienso: (Sal 139:7-12, Jer.23:?3, Hec 17:27-28. Isa 46:10). y, no solo lo sabe todo, sino que todas nuestras obras quedan escritas en el «libro de la vida», por el que seremos juzgados en el Juicio Final, Rev 20:12.

Dios está presente en todas partes, pero más especialmente cuando dos o más se reunen en nombre de Jesús: (Mat 18:20), y está especialí­simamente presente en la Eucaristí­a, con el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo: (Jua 6:48-55, 1Co 11:25-30). Ocurre como con el So: Está en todas partes. aun en el sótano sin ventanas está el calor del sol. pero está más presente en la calle, en un dí­a de sol, y más en un dí­a caluroso en una playa del Caribe. y si con un cohete pudiéramos llegar al mismo sol, ahí­ estarí­a más presente. pues la Eucaristí­a es como estar en el mismo corazón de Dios, ¡sólo que en fe!, en el Cielo será lo mismo, sólo que viéndolo «cara a cara»: (Jua 17:24).

El Cristiano es «templo de Dios»: (1Co 3:16).

Morada del Padre, Sagrario de Jesucristo y Templo del Espí­ritu Santo: (Jua 14:23, 1Co 6:19). ¡en fe!, no lo vemos, ni sentimos, porque el dí­a que lo veamos o sintamos un poquito, nuestro cuerpo no podrá aguantar tanta maravilla, ¡estallará!, se morirá, para resucitar glorioso y estar eternamente alabando y gozando tante belleza y grandiosidad.

Diccionario Bí­blico Cristiano
Dr. J. Dominguez

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Fuente: Diccionario Bíblico Cristiano

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Se entiende en ascética por presencia de Dios la actualización en la conciencia del creyente de que Dios, infinitamente sabio y omnipresente, se halla activamente en nuestra vida. La ascética dice que Dios lo ve todo y lo conoce. Recordarlo de cuando en cuando y ofrecer a Dios una plegaria de alabanza, agradecimiento o de petición ha sido tradicional entre los cristianos.

Pedro Chico González, Diccionario de Catequesis y Pedagogí­a Religiosa, Editorial Bruño, Lima, Perú 2006

Fuente: Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa

El Dios de la Biblia no es sólo el altí­simo: es también el muy próximo (Sal 119,151); no es un ser supremo cuya perfección lo aí­sle del mundo, pero tampoco una realidad que se haya de confundir con el mundo. Es el Dios creador presente a su obra (Sab 11,25; Rom 1,20), el Dios salvador presente a su pueblo (Ex 19,4ss), el Dios Padre presente a su Hijo (Jn 8,29) y a todos los vivificados por el Espí­ritu de su Hijo y que le aman filialmente (Rom 8,14.28). La presencia de Dios no es material por el hecho de ser real; si bien se manifiesta por signos sensibles, es la presencia de un ser espiritua,l cuyo amor envuelve a su criatura (Sab 11,24; Sal 139) y la vivifica (Act 17,25-28) quiere comunicarse al hombre y hacer de él un testigo luminoso de su presencia (Jn 17,21).

AT. Dios, que ha creado al hombre, quiere estarle presente; si por el pecado huye el hombre esta presencia, el llamamiento divino no deja de perseguirle a través de la historia: «Adán, ¿dónde estás?» (Gén 3, 8s).

I. LA PROMESA DE LA PRESENCIA DE DIOS. Dios se manifiesta primero a algunos privilegiados, a los que ase-gura su presencia: a los padres con quienes hace alianza (Gén 17,7; 26, 24; 28,15) y a Moisés que tiene la misión de liberar a su pueblo (Ex 3,12). A este pueblo revela su *nombre y el sentido de este nombre; le garantiza también que el Dios de sus padres estará con él como ha estado con ellos. *Dios, en efecto, se denomina Yahveh y se define así­: «Yo soy el que soy», es decir, yo soy el eterno, el inmutable y ell fiel; o también: «Yo soy el que es», que es, y está, siempre, en todas partes, marchando con su pueblo (3,13ss; 33,16). La promesa de esta presencia omnipotente (*poder) hecha en el momento de la alianza (34,9s) se renueva a los enviados por los que conduce Dios a su pueblo: Josué y los jueces (Jos 1,5; Jue 6,16; ISa 3.19). los reyes y los profetas (2Sa 7,9; 2Re 18.7; Jer 1,8.19). Igualmente significativo es el nombre del niño cuyo nacimiento anuncia Isaí­as y del que depende la salvación del pueblo: Emmanuel, es decir, «Dios con nosotros» (]s 7,14; cf. Sal 46,8).

Incluso cuando debe Dios castigar a su pueblo con el exilio, tampoco le abandona; es este pueblo que sigue siendo su servidor y su testigo (Is 41,8ss; 43,10ss), no deja de ser el *pastor (Ez 34.15s.31; Is 40,10s), el *rey (Is 52,7), el *esposo y el *redentor (Is 54,5s; 60,16); anuncia por tanto que va a salvarlo gratuitamente por fidelidad a sus_ *promesas (Is 52.3.6), que su *gloria regresará a la ciudad santa cuyo nombre será en adelante «Yahveh está aquí­» (Ez 48,35), y que así­ manifestará su presencia a todas las *naciones (Is 45,14s) y las reunirá en Jerusalén a su luz (Is 60); finalmente, el último dí­a estará presente como *juez y rey universal (Mal 3,1 ; Zac 14,5.9).

II. LOS SIGNOS DE LA PRESENCIA DE DIOS. Dios se manifiesta por signos diversos. La teofaní­a del Sinaí­ suscita el *temor sagrado por la *tormenta, el trueno, el fuego y el viento (Ex 20,18ss) que se vuelve a hallar en otras intervenciones divinas (Sal 29; 18,8-16; Is 66,15; Act 2, lss; 2Pe 3.10; Ap 11,19). Pero Dios aparece también en un clima muy diferente, el de la paz del Edén, donde sopla una brisa ligera (Gén 3,8), cuando conversa con sus amigos, Abraham (Gén 18,23-33), Moisés (Ex 33,11) y Elí­as (IRe 19,1 lss).

Por lo demás, por muy luminosos que sean los signos de la presencia divina, Dios se envuelve en *misterio (Sal 104,2); guí­a a su pueblo en una columna de *nube y de *fuego (Ex 13,21) y así­ *permanece en medio de él. llenando con su *gloria la tienda donde se halla el arca de laalianza (Ex 40,34) y más tarde el Santo de los Santos (IRe 8,10ss).

III. LAS CONDICIONES DE LA PRESENCIA DE DIOS. Para tener acceso a esta misteriosa y santa presencia hay que aprender de Dios las condiciones.

1. La búsqueda de Dios. El hombre debe responder a los signos que Dios le hace; por eso le tributa *culto en lugares en que se conserva el re-cuerdo de alguna manifestación divina, como Bersabé o Betel (Gén 26, 23ss; 28,16-19). Pero Dios no está ligado a ningún lugar, a ninguna morada material. Su presencia, de la que es signo el *arca de la alianza, acompaña al pueblo al que guí­a a través del desierto y del que quiere hacer su *morada viva y santa (Ex 19.5; 2Sa 7,5s.11-16). Dios quiere habitar con la descendencia de Da-vid, en su *casa. Y si acepta que Salomón le construya un *templo, lo hace afirmando que este templo es incapaz de contenerle (1Re 8,27; cf. ls 66,1); se le hallará allí­ en la medida en que se invoque su *nombre en *verdad (IRe 8,29s.41ss; Sal 145,18), es decir, en cuanto se bus-que su presencia mediante un culto verdadero, el de un corazón fiel.

Para obtener tal culto, eliminando el de los lugares altos y su corrupción, la reforma deuteronómica prescribió que se subiera tres veces al año a Jerusalén y que no se sacrificara en otra parte (Dt 12,5; 16, 16). Esto no significa que baste subir al templo para hallar al Señor; es preciso además que el culto que en él se celebra exprese el respeto debido al Dios que nos ve y la *fidelidad debida al Dios que nos habla (Sal 15; 24). De lo contrario se está lejos de él con el corazón (Ter 12, 2), y Dios abandona el templo cuya destrucción anuncia porque los hombres lo han convertido en una cueva de ladrones (Jer 7,1-5; Ez 10-11).

Por el contrario, Dios está cerca de los que caminan con 61 como los patriarcas (Gén 5,22; 6,9; 48,15) y están delante de él como Elí­as (IRe 17,1); que viven con confianza bajo su mirada (Sal 16,8; 23,4; 119,168) y le invocan en sus angustias (Sal 34,18ss); que *buscan el bien (Am 5.4.14) con un corazón humilde y contrito (Is 57,15) y socorren a los desgraciados (Is 58,9); tales son los fieles que vivirán incorruptibles, cerca de Dios (Sab 3,9; 6,19).

2. El don de Dios. Ahora bien, tal fidelidad ¿está en poder del hombre? En presencia del Dios *santo el hombre adquiere conciencia de su *pecado (Is 6,1-5), de una corrupción que sólo Dios puede curar (Jer 17,1.14). ¡Venga, pues, Dios a cambiar el *corazón del hombre, ponga en él su *ley y su *Espí­ritu (Jer 31, 33; Ez 36,26ss)! Los profetas anuncian esta renovación, fruto de una nueva alianza que hará del *pueblo santificado la habitación de Dios (Ez 37,26ss). También los sabios anuncian que Dios enviará a los hombres su sabidurí­a y su Espí­ritu Santo, a fin de que conozcan su voluntad y se hagan sus amigos recibiendo en ellos mismos esta sabidurí­a que se goza en habitar entre ellos (Prov 8,31; Sab 9,17ss; 7,27s).

NT. I. EL DON DE LA PRESENCIA EN JESÚS. Por su venida a la Virgen Marí­a realiza el Espí­ritu Santo el *don prometido a Israel: el Señor está con ella y Dios está con nosotros (Lc 1,28.35; Mt 1,21ss). En efecto, Jesús, hijo de David, es también el Señor (Mt 22,43s p), el Hijo del Dios vivo (Mt 16,16), cuya presencia se revela a los pequeños (Mt 11,25ss); es el Verbo de Dios, venido en la carne a habitar entre nos-otros (Jn 1,14) y hacer presente la *gloria de su Padre, del que su *cuerpo es el verdadero templo (Jn 2.21). Como su Padre, que está siempre con él, se llama «Yo soy» (Jn 8,28s; 16,32) y da cumplimiento a la promesa de presencia implicada por este *nombre; en él, en efecto, se halla la *plenitud de la divinidad (Col 2,9). Una vez acabada su misión, asegura a sus discí­pulos que está para siempre con ellos (Mt 28 20; cf. Lc 22,30; 23,42s).

II. EL MISTERIO DE LA PRESENCIA EN EL ESPíRITU. Cuando Jesús priva de su presencia corporal a sus discí­pulos, todaví­a pueden hallarle entre ellos si su fe lo busca donde está, según su promesa: está en todos los desgraciados, en los cuales quiere ser servido (Mt 25,40); está en los que llevan su palabra, en los cuales quiere ser escuchado (Lc 10,16); está en medio de los que se unen para orar en su nombre (Mt 18,20).

Pero Cristo no está sólo entre los creyentes: está en ellos, como lo reveló a Pablo al mismo tiempo que su gloria : «Yo soy Jesús al que tú persigues» (Act 9,5); en efecto, vive en los que lo han recibido por la fe (Gál 2,20; Ef 3,17) y a los que *alimenta con su cuerpo (lCor 10,16s). Su Espí­ritu los habita, los anima (Rom 8,9.14) y hace de ellos el *templo de Dios (lCor 3,16s; 6,19; Ef 2,21s) y los miembros de Cristo (1 Cor 12,12s.27).

Por este mismo Espí­ritu vive Jesús en los que comen su *carne y beben su *sangre (In 6,56s.63); está en ellos, como su Padre está en él (Jn 14,19s). Esta *comunión supone que Jesús ha retornado al Padre y ha enviado su Espí­ritu (Jn 16,28; 14,16ss); por esto es mejor que esté ausente corporalmente (Jn 16,7); esta ausencia es la condición de una presencia interior realizada por el don del *Espí­ritu. Gracias a este don, los discí­pulos tienen en sí­ mismos el amor que une al Padre y al Hijo (Jn 17,26): por eso mora Dios en ellos (lJn 4,12).

III. LA PLENITUD DE LA PRESENCIA EN LA GLORIA DEL PADRE. Esta presencia del Señor que Pablo desea a todos (2Tes 3,16; 2Cor 13,11) no será perfecta sino después de la liberación de nuestros cuerpos mortales (2Cor 5,8). Entonces, resucitados por el Espí­ritu que está en nosotros (Rom 8, 11), veremos a Dios, que será todo en todos (lCor 13,12; 15,28). Entonces en el supuesto que Jesús nos ha preparado cerca de él veremos su gloria (Jn 14,2s; 17,24), luz de la nueva Jerusalén, morada de Dios con los hombres (Ap 21,2s.22s). Entonces será perfecta la presencia en nosotros del Padre y del Hijo por el don del Espí­ritu (1Jn 1,3; 3,24).

Tal es la presencia que ofrece el Señor a todo creyente. «Estoy a la puerta y llamo» (Ap 3,20). No es una presencia accesible a la *carne (Mt 16,17), ni reservada a un pueblo (Col 3,1i), ni ligada a un lugar (Jn 4,21); es el don del Espí­ritu (Rom 5,5; Jn 6,63), ofrecido a todos en el cuerpo de Cristo, donde está en *plenitud (Col 2,9), e interior al creyente que entra en esta plenitud (Ef 3,17ss). El Señor hace este don a quien le responde con la esposa y por el Espí­ritu: «Â¡Ven!» (Ap 22, 17).

-> Culto – Espí­ritu de Dios – Gloria – Nombre – Nube – Templo.

LEON-DUFOUR, Xavier, Vocabulario de Teologí­a Bí­blica, Herder, Barcelona, 2001

Fuente: Vocabulario de las Epístolas Paulinas