(vivir cerca).
Territorio de una Diócesis, encomendado a un Pastor-Sacerdote, que tiene la misma misión en su parroquia que el obispo en us Diócesis. 1 Tim., Tito, Canon515 y 516.
Diccionario Bíblico Cristiano
Dr. J. Dominguez
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Fuente: Diccionario Bíblico Cristiano
DicEc
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El término usado originariamente para designar a un grupo de cristianos era simplemente ekklésia (Iglesia). Durante el siglo siguiente a la paz de Constantino (313), observamos el comienzo de la organización en diócesis. Antes de este tiempo existían ya las primeras Iglesias rurales, que pertenecían al territorio del obispo urbano. A este se le llamaba en griego paroikia (distrito), en latín parochia, y en Occidente diócesis (del griego dioikésis). Era encomendado a un corepíscopo (del griego chórepiskopos o episkopos tón agrón), un obispo con la plenitud de las órdenes episcopales, pero con ciertas restricciones en el uso de su potestad. (Este oficio desapareció en el siglo XIII, pero todavía se mantiene como título honorífico en los patriarcados ortodoxo y uniata de Antioquía). En las >Constituciones apostólicas, de finales del siglo IV, el distrito confiado a un obispo recibe el nombre de paroikia: este podía ser pequeño, o podía abarcar varias Iglesias y extenderse al territorio alrededor de la ciudad, como en Jerusalén, Roma, Antioquía y Alejandría.
A partir del siglo VII cada vez fue más común el uso del término «diócesis» para referirse al territorio de un obispo, y «parroquia» para referirse a una comunidad particular. A mediados del siglo VI existían parroquias rurales por todo el Occidente cristiano. Numerosos concilios y sínodos locales prescribían una visita anual del obispo a las parroquias rurales; a comienzos de la Edad media hubo, además, tensiones entre los derechos de las parroquias y los de las diócesis. Las investiduras de los >laicos en el nombramiento de los párrocos y las interferencias de los laicos en el gobierno de las parroquias fueron también causa de problemas. En la época de los concilios medievales el concubinato y la simonía eran, por otro lado, serios problemas en muchas parroquias. Trento intentó llevar a cabo una serie de reformas: superar las dificultades planteadas por los pastores y párrocos ignorantes; poner remedio al comportamiento de los sacerdotes indignos»; asegurar la residencia en las parroquias; promover la adecuada instrucción del pueblo.
La reflexión moderna sobre las parroquias se inició en el contexto de la reforma litúrgica con un artículo de A. Wintersig publicado en 1925″. Una parroquia es una Iglesia en miniatura. Siendo la parroquia cuerpo y esposa dé Cristo, se da en ella una primera realización del misterio de la Iglesia en su relación con él. Durante las décadas de 1940 y 1950 se reflexionó mucho sobre la realidad de las parroquias: en Francia se consideró sobre todo su dimensión misionera; en Alemania se hicieron muchos estudios sobre el canon 216 del Código de Derecho canónico de 1917 y sobre el «principio parroquial», por el que se localiza a la Iglesia a través de las celebraciones eucarísticas.
En el Vaticano II no se trató mucho el tema de las parroquias (cf CD 23, 30, 31; OT 2)1. Se dice que la comunidad local (evidentemente la parroquia) puede denominarse «Iglesia de Dios» (LG 28). La relevancia del concilio de cara a la teología de la parroquia reside en la difícil hermenéutica de textos que hablan de la Iglesia local/particular y en su traslado del acento del aspecto jurídico al comunitario (SC 42; AA 20). El concilio habla explícitamente de las celebraciones litúrgicas parroquiales como una manifestación de la Iglesia en dependencia del obispo local (SC 24, 42). [De forma más específica referida a la parroquia afirma que esta representa, en cierto modo (quadammodo), la Iglesia visible establecida por todo el mundo (SC 42), que debe sentirse realmente miembro tanto de la diócesis como de toda la Iglesia universal (CD 30; AG 37), que debe tener como centro y cumbre la celebración de la eucaristía (CD 30) y que debe realizarse como un claro modelo comunitario (AA 10)].
El vigente Código de Derecho canónico se ocupa extensamente de las parroquias (CIC 515-552). Hay algunos cambios notables respecto del Código de 19171. Hay una nueva definición de la parroquia: «La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio» (515). El párroco es «el pastor propio de la parroquia que se le confía, y ejerce la cura pastoral de la comunidad que le está encomendada bajo la autoridad del obispo diocesano, en cuyo ministerio de Cristo ha sido llamado a participar, para que en esa misma comunidad cumpla las funciones de enseñar, santificar y regir, con la cooperación también de otros presbíteros o diáconos, y con la ayuda de fieles laicos, conforme a la norma del derecho» (519). En los cánones sucesivos se exponen las cualidades, derechos y deberes del pastor (521-535), insistiendo especialmente en el oficio de enseñar (528). Se admite la posibilidad de establecer equipos pastorales en las parroquias (517) y de determinar, con la aprobación de la conferencia episcopal, un tiempo determinado para el desempeño del oficio (522). Tras consultar con el consejo presbiteral, el obispo local puede establecer que en cada parroquia haya un consejo pastoral (536); en toda parroquia debe haber, además, un consejo de asuntos económicos. Donde haya escasez de sacerdotes, personas no sacerdotes, e incluso no clérigos, pueden desempeñar importantes oficios pastorales bajo la supervisión de un sacerdote (517 § 2). A los setenta y cinco años los párrocos tienen que presentar su renuncia al ordinario (538). El Código dedica también ocho cánones a los vicarios parroquiales o coadjutores (545-552).
La reflexión posterior sobre las parroquias insiste en la edificación de la comunidad y se inspira también en cierto modo en las >comunidades cristianas de base. Puede decirse que, aunque las parroquias no pueden convertirse en la única experiencia de la Iglesia, el pleno potencial de las parroquias está aún por explotar (>Iglesia local)». [De hecho también es útil describir la realidad de la parroquia a partir de los cinco elementos constitutivos de la Iglesia diocesana: el Espíritu Santo, el evangelio, la eucaristía, el ministerio y la «territorialidad» (CD 11). Más aún, cuando el mismo Vaticano II se refiere de forma más genérica a «las comunidades locales de fieles unidas a sus pastores», a las cuales se aplican los elementos constitutivos de la Iglesia local, ya que es «Pueblo que Dios llamó en el Espíritu Santo», reunido por el «anuncio del Evangelio», que «celebra el misterio de la Cena del Señor», y es «presidido por el ministerio sagrado del obispo» (LG 26). Por esta razón, el mismo texto concluye con profundidad eclesiológica: «En estas comunidades, aunque muchas veces sean pequeñas y pobres o vivan dispersas, está presente Cristo, quien con su poder constituye a la Iglesia una, santa, católica y apostólica».
Una síntesis de la teología del magisterio sobre la parroquia se encuentra en la exhortación de 1988, Christifideles laici nn 26-27, donde se afirma con rotundidad: «La comunión eclesial, aun conservando siempre su dimensión universal, encuentra su expresión más inmediata y visible en la «parroquia», que es la última localización (locus ultimus) de la Iglesia; es, en cierto sentido, la misma «Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas»». A partir de aquí, se pide una «decidida renovación» de la parroquia para que «sean verdaderamente comunidades cristianas», adaptando sus estructuras y promoviendo la participación de los laicos en las responsabilidades pastorales, y, a su vez, favoreciendo pequeñas comunidades vivas —por ejemplo, comunidades de base, movimientos apostólicos…— como «verdaderas expresiones de la comunión eclesial y centros de evangelización» (ChL 26).
De esta forma se visualiza mejor su dimensión de ser la «última localización de la Iglesia», ya que «la parroquia es la Iglesia que se encuentra entre las casas de los hombres, que vive y obra profundamente injertada en la sociedad humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y dramas», y que «permanece fiel a su originaria vocación y misión: ser en el mundo el «lugar» de la comunión de los creyentes y, a la vez, «signo e instrumento» de la común vocación a la comunión». Por esto puede ser llamada, siguiendo la preciosa expresión de Juan XXIII: «»la fuente de la aldea» (la fontana del villaggio), a la que todos acuden para calmar su sed» (ChL 27).
Las orientaciones básicas actuales tratan de sus dos modelos fundamentales: ya sea como lugar de acogida y de evangelización «popular», ya como lugar de comunión de grupos o comunidades o movimientos diversificados. Se habla también de la parroquia-servicio, de la parroquia-institución social para su territorio y de la parroquia-comunidad de personas. Cuatro son los elementos socio-religiosos principales para su tipificación: las tareas pastorales, los agentes responsables, la sensibilidad social y la estructura comunitaria.
Sobre su renovación he aquí los elementos más sobresalientes: un talante comunitario, la promoción de un equipo de responsables, favorecer la creación de grupos y movimientos y sus relaciones, dar primacía a la pastoral de educación de la fe, fomentar el sentido de asamblea y dar primacía a la evangelización y al compromiso social.]
En la Iglesia ortodoxa existe cierta tensión entre la insistencia en las parroquias propia de la eclesiología eucarística (>Eucaristía e Iglesia) y la insistencia en las diócesis y en los obispos, de los que depende la unidad en la doctrina y la fe.
Christopher O´Donell – Salvador Pié-Ninot, Diccionario de Eclesiología, San Pablo, Madrid 1987
Fuente: Diccionario de Eclesiología
SUMARIO: 1. Identidad y misión de las parroquias hoy. – 2. ¿Qué dimensiones eclesiales debe desarrollar y hacer crecer la parroquia? – 3. ¿Qué tipología de parroquias se han dado entre nosotros en estos últimos años? – 4. ¿Cómo debe ser la parroquia hoy? – 5. Participación de los laicos en la parroquia.
1. Identidad y misión de las parroquias hoy
La parroquia, con palabras de E. Bueno, «es la figura de la Iglesia y su imagen más pública». Para la mayoría de los bautizados es el lugar y el ámbito en que lo eclesial se hace accesible y experimentable. Para la mayoría de los no creyentes es en gran medida la referencia concreta que pueden tener de la Iglesia. ¿Cómo se define la parroquia?
Según SC 42, y CDC 515,1: «Es una determinada comunidad de fieles, constituida de modo estable en la Iglesia particular, para cuya pastoral, bajo la autoridad del obispo diocesano, se encomienda a un párroco (y vicarios) como sus pastores propios».
De esta definición sobresale: No es sólo un territorio sino principalmente, como sucede con la definición de Iglesia particular, una comunidad. No está centrada en el sacerdote sino en el Pueblo de Dios. Se subraya el que tiene que estar en comunión y sintonía con la Iglesia particular.
En otras palabras, la parroquia es: célula viva de la Iglesia diocesana. Donde se vive la comunión de fe, culto y compromiso. Y está formada por bautizados, principalmente, que éscuchan juntos la palabra de Dios, celebran los misterios de su fe, anuncian la Buena Nueva y se esfuerzan por transformar cristianamente las realidades temporales.
Hoy se debe fomentar una vivencia de una parroquia como comunidad de comunidades: la parroquia que, de alguna manera representa a la Iglesia visible establecida por todo el mundo (SC 42), y que es como una célula de la diócesis (AA 10), y que tiene la misma triple misión que le ha sido encomendada al pueblo de Dios: profética y de evangelización (testimonio de fe), sacerdotal y de celebración (consagración de la realidad temporal), y real y de compromiso (construcción de la Iglesia de la caridad). La parroquia concebida como comunidad de comunidades se sitúa en la óptica de la unidad, comunión, corresponsabilidad y evangelización. Y es capaz de unir en ella pequeñas comunidades o grupos, movimientos especializados, y acciones o vivencias a gran escala.
2. ¿Qué dimensiones eclesiales debe desarrollar y hacer crecer la parroquia?
a. Profética: vive, a escala personal y comunitaria un testimonio coherente; es capaz de evangelizar y de iluminar y transformar las realidades sociales y existenciales.
b. Sacerdotal: capaz de consagrar el mundo a Dios; orar personal y comunitariamente y celebrar comunitariamente los sacramentos.
c. Real: es una Iglesia del compromiso, en su doble vertiente: microcaridad (atención personal) y macrocaridad (transformación de estructuras); sensible a todos los problemas humanos, especialmente los de los más marginados.
d. Comunión: se vive la comunión y la corresponsabilidad (reparto de tareas y roles; participación en consejos; riqueza de ministerios).
3. ¿Qué tipología de parroquias se han dado entre nosotros en estos últimos años?
a. Preconciliar o de pastoral de cristiandad: -Su misión principal era el culto, lo sagrado. -Importaba más el número, y la masa que la comunidad. -No existía proyecto pastoral. -La catequesis era sólo para los sacramentos. -La responsabilidad recaía en el sacerdote. -Lo social se entendía sólo como caridad. -No había consejos parroquiales. -Los laicos eran sujetos pasivos.
b. Conciliar o de conservación renovada: -Se reconoce la necesidad de un cambio. -Sigue predominando la catequesis y el culto, pero con un lenguaje teológico renovado y más bíblico. -Mucha importancia a la formación para los jóvenes que se confirman. -Ofrece servicios religiosos más dignos y cómodos. -La preocupación por los pobres es principalmente de tipo caritativo. -Vive eucaristías más participadas, con intervención de laicos. -Hay un mínimo proyecto pastoral. -Sigue siendo el responsable último el párroco, aunque se rodea de un grupo de laicos competentes. -Comienzan a existir en el seno de la parroquia un cierto número de grupos con diversos carismas y ministerios. -El compromiso social sigue siendo más de tipo caritativo que promocional. Insuficiente conocimiento de la realidad y del compromiso a largo plazo.
c. Modelo postconciliar: -De clara pastoral de misión y de nueva evangelización. -Corresponsabilidad real de los laicos en todas sus dimensiones (comunión y consejos, litúrgico-sacramental, catequética, diakónica o de servicio comprometido). -Insertada en el contexto social, compartiendo problemas sociales. -Necesaria programación pastoral. -Coexisten grupos diversos con sus carismas, siendo comunidad de comunidades. -Mucha importancia a la evangelización y catequesis de todos (también de los adultos). -Clara conciencia diocesana, abierta y de colaboración con los arciprestazgos, y organismos diocesanos (delegaciones).
4. ¿Cómo debe ser la parroquia hoy?
Según J. L. Larrabe, la teología de la parroquia debe realizarse desde estas claves:
– Es sacramento de Cristo, para unir los hombres con Dios y los hombres entre sí. Por eso nos reunimos en nombre de Jesucristo resucitado, presididos por el Padre, animados por el Espíritu Santo, en torno al sacramento de la Eucaristía.
– La parroquia es sevidora de la Palabra de Dios: la escucha, la acoge y la hace vida.
– La parroquia se edifica y se sustenta sobre el fundamento de los sacramentos. Principalmente, la Eucaristía, que anticipa la salvación definitiva y es el signo de comunión, compromiso y corresponsabilidad entre todo el Pueblo de Dios.
– La parroquia es testimonial y misionera y, siendo levadura, luz y sal en la masa (Mt 5,13), debe salir al encuentro pricipalmente de los más pobres.
– Todos somos responsables de la parroquia, porque no es un lugar o piedras muertas. Es el Pueblo de Dios, como piedras vivas, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo.
– La parroquia debe ser y estar abierta y sin fronteras, en comunión con toda la Iglesia, haciendo visible su nota de catolicidad.
– La parroquia, participando de la comunión de los santos y acompañados de María, hace visible y transparente al Señor de la Historia hasta que El vuelva.
Si se pregunta, además, por las notas que debe tener una parroquia, en resumen remitiríamos a lo expresado en los Hechos de los Apóstoles:
– Comunidad de comunidades, donde se escuchaba y vivía de la Palabra (Hc 2,42).
– Vivían en comunión con Dios (Hc 2,42) y entre sí (Hc 4,32-35), teniendo todo en común (Hc 2,42). Siendo un solo corazón y una sola alma, y no padeciendo nadie necesidad (Hc 4,32-35).
– Comunidad eucarística (Hc 2,46).
– Comunidad gozosa y alegre (Hc 2,46).
– Comunidad misionera (Hc 2,48).
– Comunidad con diversos carismas y ministerios.
Por todo ello, decimos que la parroquia tiene que ser:
* Presencia viva y transparente de Cristo. – Modelo de vivencia eclesial.
* Luminoso ejemplo de corresponsabilidad. – Verdadera vivencia de comunión para la misión. – Preocupada por el crecimiento personal y comunitario de la fe.
* Signo testimonial de profetismo, especialmente para los más necesitados.
En resumen, a la pregunta ¿qué tiene que ser y hacer la parroquia hoy?, la respuesta es sencilla: que la parroquia sea de verdad lo que está llamada a ser. Aunque es el lugar más tradicional y accesible para todos, y la institución eclesial más universal, secular y perdurable, tiene, sin embargo, sus limitaciones:
– No es toda la Iglesia particular (en ella, pero más allá de ella se sitúan las comunidades de base, movimientos laicales, prelaturas, Institutos de vida consagrada, ordinariato castrense…).
– No tiene todos los carismas con que el Espíritu Santo dota a su pueblo.
– Ni es capaz por sí misma de realizar toda la misión evangelizadora de la Iglesia (no llega a algunos «ambientes»: mundo obrero, universidad, etc.).
– Necesita ámbitos o instancias supraparroquiales: tanto a escala territorial (arciprestazgo) como los llamados sectoriales-específicos y de ambientes (delegaciones e iniciativas interparroquiales).
En cualquier caso debe desarrollar las cuatro dimensiones de la Iglesia particular:
– Koinonía o de comunión.
– Litúrgica o de celebración.
– Kerigmática o catequética.
– Diakónica o de compromiso y misión.
Y todo ello, pisando tierra desde la situación sociocultural en la que vive.Y sintiéndonos todos responsables.
Para que esto sea una realidad, necesita una nueva mentalidad. Señalo un decálogo para seguir caminando en ese sentido:
– Parroquia diocesana, y no feudal o autónoma.
– Comunidad de seguidores de Jesús, en lugar de estación de servicios.
– Conversión permanente, personal y comunitaria, en lugar de instalación.
– Comunidad de comunidades vivas y responsables, en lugar de masa amorfa.
– Corresponsabilidad de todos, en lugar de clericalismo.
– Pastoral de misión y evangelización, en lugar de mantenimiento.
– Apertura a lo social, en lugar de ghetto cerrado.
– Corresponsabilidad comunitaria, en lugar de religiosidad sociológica.
– Confianza en el Espíritu, en lugar de miedo, resignación, inhibición e inercia.
– Comunidad de Bienaventuranzas, en lugar de privilegios, poderes o prestigio.
Se necesitan, igualmente, nuevas actitudes:
– Del culto al «yo», al sentido comunitario y fraterno.
– De la incomunicación, a la apertura (personal y comunitaria).
– De la obsesión por la eficacia (hacer cosas), a la preocupación por la pedagogía (hacer personas y comunidades).
– Del egoísmo (lo mío), a la generosidad de compartir.
– De la enemistad, envidia, recelo y confrontación, a la estima, confianza y cercanía.
– De la amargura de la crítica sistemática, negativa y destructiva, a la corrección fraterna y ayuda mutua.
– Del miedo al futuro, a la confianza en el Espíritu.
– Del protagonismo personal o de mi grupo, al servicio generoso
– Todo ello con buena dosis de amor, humor y paciencia: no querer todo de inmediato y a corto plazo.
5. Participación de los laicos en la parroquia
Si para concretar aún más se piden pistas para dinamizar la parroquia, en cuanto a participación de todo el pueblo de Dios, especialmente los laicos, me atrevería a señalar las que no hace mucho subrayaron los obispos alemanes. Siempre teniendo en cuenta que nuestra Iglesia particular ofrece sus propias características y que, particularmente en el mundo rural, el concepto de parroquia tradicional hay que alargarlo y contemplarlo desde las denominadas «Unidades de Atención Pastoral». Pues bien, los diversos ministerios y funciones pudieran caminar por estos derroteros:
a. Servicios litúrgicos: un equipo de liturgia para preparar las eucaristías dominicales y festivas, así como la celebración de los principales sacramentos en el marco de la comunidad; ministros extraordinarios de la comunión; coro parroquial; cuidado de los objetos litúrgicos y su limpieza, así como de la adecuada ambientación litúrgica según los ciclos de años.
b. Servicio de la Palabra y Catequético: principalmente, los catequistas de iniciación (primera comunión, infancia adulta y confirmación); catequistas y monitores de formación de jóvenes; catequistas de adultos; pastoral prematrimonial y familiar; animadores de tercera edad; animadores misioneros.
c. Servicio de la caridad: responsables de Cáritas parroquial; visitadores de enfermos y asistencia a ancianos; coordinadora de estudio y resolución de casos especiales; animadores-coordinadores de campañas de sensibilización y acción social.
d. Servicios de voluntariado: equipo de mantenimiento de la parroquia y de su
Raúl Berzosa Martínez
Vicente Mª Pedrosa – Jesús Sastre – Raúl Berzosa (Directores), Diccionario de Pastoral y Evangelización, Diccionarios «MC», Editorial Monte Carmelo, Burgos, 2001
Fuente: Diccionario de Pastoral y Evangelización
SUMARIO: I. Historia: 1. Los orígenes; 2. Evolución en la Edad media; 3. La reforma tridentina; 4. De institución a comunidad. II. Problemática actual. III. Características teológico-pastorales: 1. Presencia de la Iglesia particular; 2. Comunidad cristiana; 3. Comunidad estable y pública; 4. Comunidad integral; 5. Comunidad territorial; 6. Comunidad bautismal; 7. Comunidad eucarística; 8. Comunidad misionera; 9. Fermento de nueva humanidad.
El Directorio general para la catequesis, tras afirmar que la comunidad cristiana es hogar de la catequesis, por ser el origen, lugar y meta de la misma (cf DGC 254), presenta la parroquia como «el lugar más significativo en que se forma y manifiesta la comunidad cristiana» (DGC 257), y, por tanto, como el lugar privilegiado, aunque no único, de la catequesis. Así la presentan también los obispos españoles en La iniciación cristiana. Reflexiones y orientaciones, cuando afirman que es «el ámbito privilegiado para realizar la iniciación cristiana en todas sus facetas catequéticas y litúrgicas del nacimiento y del desarrollo de la fe» (IC 33).
Esta toma de posición supone una auténtica vuelta al hogar en el que han recibido y vivido su fe la mayoría de las generaciones cristianas, después de la importante contestación que ha sufrido la institución parroquial a lo largo del siglo XX.
Nacida en el movimiento evangelizador del siglo IV, la parroquia recogió las experiencias comunitarias de los primeros siglos cristianos e intentó adaptarlas a las estructuras sociales, primero del tardío Imperio romano, y después de los grandes fenómenos que han modificado el tejido social: el feudalismo, la revolución urbana de la Baja Edad media y la revolución industrial. A lo largo de su dilatada historia, la institución parroquial ha sido una de las principales manifestaciones de la Iglesia, como comunidad concreta de fe y de culto, como instancia educadora, como lugar de encuentro de la fe cristiana con la cultura y las costumbres de cada pueblo y como punto de referencia sociológico del carácter público del mensaje cristiano. Gracias a la parroquia, el cristianismo se ha encarnado en la idiosincrasia, las instituciones, las formas de expresión y las costumbres de los distintos pueblos.
La parroquia ha construido en gran parte la Iglesia y también el pueblo o la ciudad. Pero, precisamente por eso, en su historia podemos encontrar todas las insuficiencias y oscurecimientos que ha sufrido la Iglesia en su caminar por los siglos. Hoy, cuando la conciencia eclesial se centra en la preocupación evangelizadora, la parroquia, demasiado anclada en concepciones de cristiandad, puede parecer como el principal soporte de un cristianismo sociológico, poco apto para convertirse en sujeto de la evangelización.
Sin embargo, cada día se impone más el criterio de que no se puede renovar la Iglesia a partir de cero, prescindiendo de lo que ha sido en la mayor parte de su historia. Las acciones alternativas a la parroquia corren el riesgo de crear puros grupos subjetivos, de no conseguir la suficiente relevancia social, ni la continuidad y estabilidad suficientes para lograr una eficacia evangelizadora. De nuevo caemos en la cuenta de que no es posible reinventar la Iglesia; hay que renovar la Iglesia que ya existe. Y la Iglesia existe, sobre todo, en las parroquias.
I. Historia
1. Los ORíGENES. Durante los tres primeros siglos, la Iglesia fue una realidad exclusivamente urbana. Este hecho se explica por la misma configuración social del Imperio romano, que era principalmente urbana, y por la precaria situación legal de los cristianos, que les impedía organizarse y moverse con facilidad. En cada ciudad había una sola comunidad cristiana, presidida por un obispo, a quien ayudaban los presbíteros y los diáconos.
A partir del siglo IV, el cambio radical producido por el Edicto de Milán, que reconoció el derecho de ciudadanía y amplia libertad a los cristianos, favoreció una rápida expansión de cristianismo, que exigía profundos cambios en la organización de la Iglesia. En primer lugar, las Iglesias de las ciudades se lanzaron a evangelizar la población rural que vivía en su entorno más inmediato. Y, como medio y fruto de esta evangelización, se fueron creando comunidades en los núcleos más importantes. Estas comunidades, que dependían totalmente del obispo de la ciudad y estaban servidas por un presbítero, recibieron pronto el nombre de parroquias. Esta denominación, que al principio sirvió para definir a la Iglesia como comunidad de peregrinos, de extranjeros en este mundo, dejó progresivamente de tener un sentido teológico para convertirse en término jurídico y administrativo.
Al mismo tiempo, el crecimiento del número de cristianos en la ciudad episcopal obligó también a dividir la Iglesia urbana en comunidades menores confiadas a un presbítero, que recibieron el nombre de títulos. En principio se trataba de comunidades personales, sin fijación territorial. Pero, con el tiempo, se llegó a una división territorial de la ciudad en varias parroquias.
2. EVOLUCIí“N EN LA EDAD MEDIA. Las invasiones de los pueblos germánicos y su conversión rápida al cristianismo dio un nuevo impulso a la creación de parroquias en el campo. La nueva organización feudal, fundamentalmente rural y fraccionada en núcleos dependientes de un señor, favoreció la multiplicación de comunidades parroquiales con escasa relación con los obispos. Podemos decir que entre los siglos V y VIII se configura definitivamente el sistema parroquial con sus características administrativas, económicas y pastorales.
En España, los concilios de Toledo tuvieron una gran importancia en orden a fijar las obligaciones y deberes de las parroquias, creando así un incipiente derecho parroquial.
Un momento importante en la evolución de la parroquia es la reforma carolingia del siglo VIII. Carlomagno dividió todo su Imperio en diócesis y parroquias. De este modo, las circunscripciones territoriales tenían, a la vez, una finalidad de administración civil y otra religiosa o pastoral: parroquia y pueblo llegaron a coincidir. Se hizo un esfuerzo por vincular las parroquias al gobierno de los obispos y se obligó a obispos y presbíteros a residir en su demarcación. Y el elemento más importante de esta reforma fue el establecimiento del sistema beneficial, que fijaba unas rentas para asegurar el ejercicio de los oficios eclesiásticos.
Este sistema beneficial produciría en los siglos siguientes un deterioro notable en la cura de almas. Porque, lo que en principio nació para favorecer la asistencia ministerial a las comunidades, «el oficio para el beneficio», acabaría invirtiéndose. Muchas personas, sobre todo segundones de las familias feudales, accedieron al ministerio con el único propósito de gozar de las rentas de los beneficios. Así lo denunciaron los concilios generales de los siglos XII y XIII, que intentaron corregir los abusos, aunque sin demasiado éxito.
3. LA REFORMA TRIDENTINA. El concilio de Trento, en el decreto De reformatione, aprobado en la sesión XIV (1563), se planteó seriamente la reforma de la parroquia, que consideraba como la unidad pastoral más importante. Aunque conservó el sistema beneficial, Trento intentó que prevaleciera el sentido pastoral de los ministros, como servicio a la instrucción religiosa del pueblo y a un culto digno. Para ello, favoreció la multiplicación de parroquias con objeto de favorecer el contacto personal entre sacerdotes y fieles, obligó a la residencia de los párrocos, creó los seminarios y distintos cauces de formación permanente para elevar el nivel teológico y cultural del clero, y estableció un nuevo sistema de financiación para reforzar el beneficio, la portio congrua, es decir, la ofrenda de los fieles por la prestación de determinados servicios cultuales.
La reforma de Trento logró elevar considerablemente la calidad de la pastoral parroquial en dos grandes actividades: la catequesis y la administración de los sacramentos. Y dotó a las parroquias de una importante infraestructura financiera y burocrática con la creación de los derechos de estola y los libros sacramentales. Y estas actividades e instrumentos serían animados y controlados por las visitas pastorales, que, de acuerdo con las normas del Concilio, los obispos debían realizar con frecuencia. Otro elemento que contribuiría a desarrollar el derecho y la vida de las parroquias serían los sínodos diocesanos.
4. DE INSTITUCIí“N A COMUNIDAD. Aunque la parroquia experimentó algunos cambios durante la Edad moderna, sobre todo por la intromisión de los poderes políticos, que intentaron manipularla para sus intereses, la visión de Trento ha seguido dominando hasta bien entrado el siglo XX. De hecho, esta visión es la que quedaría plasmada en el primer Código de Derecho canónico, promulgado en 1917 por Benedicto XV. En su canon 216 define la parroquia como una parte territorial de la diócesis con iglesia propia y población determinada, al frente de la cual está un rector especial como pastor propio de la misma para la necesaria cura de almas. Y en los cánones 451-470 se configura un tipo de parroquia como demarcación territorial en la que el párroco presta sus servicios, sobre todo de culto, catequesis y atención a los enfermos. Se habla, por tanto, de una institución clerical de servicios, sin ninguna mención explícita de la comunidad.
Sin embargo, los movimientos renovadores que, a partir de los años veinte, comienzan a enriquecer la conciencia eclesial, contribuirán a cambiar la imagen de la parroquia. El movimiento litúrgico redescubrirá la fuente mistérica de su ser y obrar, y acentuará su carácter comunitario. La nueva eclesiología la redescubrirá como célula viva y originaria de la Iglesia, como representación del Cuerpo místico de Cristo y foco de vida cristiana. Y la promoción del laicado animará la corresponsabilidad efectiva en su seno y su dimensión misionera.
Todos estos impulsos confluirán en el Vaticano II, que ofrecerá una teología de la parroquia, ciertamente parca y embrionaria, pero esencial. La constitución Sacrosanctum concilium la presenta como articulación necesaria de la Iglesia particular y como representación de la Iglesia visible extendida por todo el mundo, subrayando con fuerza su esencial carácter comunitario, que nace de la celebración de la eucaristía (cf SC 41). La constitución dogmática Lumen gentium la define como pueblo de Dios que el Espíritu Santo convoca en un lugar y en donde el anuncio del evangelio y la eucaristía crean una fraternidad, en la cual y a partir de la cual se constituye la Iglesia de Cristo (cf LG 26). Y el decreto sobre el apostolado de los laicos, Apostolicam actuositatem, anima a los seglares a participar en la misión de la parroquia, que se considera como un modelo preclaro de apostolado comunitario capaz de congregar en unidad todas las diversidades humanas que en ella se encuentran (cf AA 10).
Con estos planteamientos, se podía esperar que la parroquia encontrase definitivamente el camino de su realización plena. Y, sin embargo, la etapa posconciliar conocerá los momentos de mayor contestación a la institución parroquial. Las inercias conservadoras presentes en una institución tan secular, su aspecto societario y burocrático, su configuración eminentemente clerical y su carácter territorial, parecían invalidarla para ofrecer una experiencia viva de la Iglesia como comunidad misionera.
A partir de los años ochenta, se produciría una vuelta a la parroquia, tanto en la teología como en la pastoral. La maduración de la teología de la Iglesia local, el esfuerzo de renovación que supusieron muchos sínodos diocesanos y el fracaso relativo de muchas experiencias comunitarias, que se presentaron como alternativas a la parroquia, hicieron volver de nuevo los ojos a esta institución para intentar convertirla en «comunidad de comunidades» y plataforma misionera. Fruto de este replanteamiento y, a la vez, medio importante para potenciarlo fue, en España, el congreso «Parroquia evangelizadora», convocado por la Conferencia episcopal en 1988. A nivel de Iglesia universal, contribuyó decisivamente a esta vuelta a la parroquia la enseñanza de la exhortación apostólica Christifideles laici, en sus nn. 26 y 27. Este importante documento de Juan Pablo II define la parroquia como «la última localización de la Iglesia…, la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas». Y la describe como comunidad eucarística y fraterna, comunidad de fe y orgánica y comunidad abierta a la misión, «profundamente injertada en la sociedad humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y dramas».
II. Problemática actual
Los problemas que dificultan hoy la renovación de las parroquias provienen principalmente de dos características esenciales de este tipo de comunidad: el estar abierta a todos y el tener una configuración territorial.
a) La primera plantea el tema teológico de los distintos modos de pertenencia a la Iglesia. Es claro que la Iglesia ha de promover y privilegiar necesariamente una pertenencia plena, consciente y participativa. Dejaría de ser la comunidad de Cristo sin esa tensión exigente hacia la perfección de la fe y de la caridad. Pero también desvirtuaría su ser si pretendiera convertirse en una Iglesia de puros, encastillados en el orgullo de una salvación ya lograda. La Iglesia de Cristo, y toda manifestación concreta que la visibilice, ha de vivir y presentarse ante el mundo como comunión de los santos y asamblea de pecadores, como fuente de salvación y necesitada de conversión. Y esto la lleva a tener las puertas abiertas a los cristianos que no practican con regularidad, a los que tienen una fe incipiente o poco formada, e incluso a aquellos cuya fe es apenas una mecha humeante. En una etapa de retroceso sociológico del cristianismo como es la nuestra, es comprensible que se agudice la tensión cristianismo de masas-cristianismo de minorías. Pero esta tensión no se puede resolver eliminando cualquiera de los dos polos; no sería correcto ni desde la teología ni desde la eficacia de la acción misionera. El malestar que esta tensión produce en las parroquias es una manifestación necesaria de la paciencia de la cruz, que no tiene más remedio que soportar la convivencia incómoda del trigo y la cizaña. Con la conciencia, además, de que la paciencia de Dios es nuestra salvación.
b) La territorialidad, que ha hecho de la Iglesia una realidad cercana y familiar a todos los núcleos de población, y ha sido medio precioso de encarnación en las culturas locales, presenta también hoy varias dificultades. La primera es la excesiva identificación entre parroquia y pueblo. La parroquia territorial se consolidó definitivamente en una situación de cristiandad, en la que se accedía a la comunidad cristiana por el simple nacimiento. Por tanto, la parroquia formaba parte de las estructuras sociales, en detrimento de su identidad específica, sobre todo de su dimensión profética como comunidad de fe. Y este hecho es el que pone en tela de juicio su aptitud para hacer presente el evangelio en una sociedad secularizada y en gran parte descristianizada. Ser el principal soporte de un cristianismo sociológico conlleva el riesgo de convertirse en guardiana de una serie de costumbres sociales y, por tanto, tener que dedicarse a una pastoral de puro mantenimiento, produciendo una inercia que la incapacita para nuevos planteamientos. Y el hecho de haber dado por supuesta la fe durante siglos, la sorprende desprovista de actitudes e instrumentos para suscitar la fe y educarla. Por eso, la parroquia se enfrenta hoy con un reto revolucionario: convertirse, casi por primera vez, en lugar de iniciación, experiencia y transmisión de la fe.
c) Otras dificultades provienen de las importantes mutaciones que han sufrido las estructuras sociales desde la revolución industrial. Así, en gran parte del mundo rural, se ha producido una despoblación masiva, que ha convertido a muchos núcleos de población en pequeñas comunidades residuales al borde de la desaparición. Estos pequeños grupos de personas, casi siempre de edad avanzada, con un apego añorante y casi enfermizo a su pasado mejor, y con una falta casi total de esperanza colectiva, desafían hoy la creatividad de la comunidad cristiana, que debe ofrecerles nuevas ilusiones personales y colectivas y nuevos cauces de relación que les hagan salir de su enclaustramiento. La buena noticia no puede dejar de iluminar este tipo de pobreza social que afecta a una parte importante del territorio de nuestras Iglesias.
En las parroquias urbanas los problemas son de tipo contrario. El crecimiento excesivo y rápido de la población, a base de contingentes migratorios, ha producido aglomerados sociales sin ninguna vertebración, en los que la parroquia aparece muchas veces como una entidad artificial y extraña, a la que sólo se acude en los momentos cruciales de la vida, para cumplir unas costumbres sociales heredadas. Y la problemática de la urbe queda hoy agravada por la movilidad de una población que, cada día en proporción mayor, posee un doble domicilio: el del trabajo y el del ocio.
Todos estos hechos cuestionan ciertamente la forma tradicional de la parroquia basada en el territorio. «En el contexto urbano, complejo y a veces violento, la parroquia cumple una función pastoral irreemplazable, como lugar de iniciación cristiana y de evangelización inculturada… [y] constituye un lugar privilegiado de pastoral concreta de la cultura»1. Pero conviene no precipitarse a la hora de sacar consecuencias prácticas. Por una parte, se va estabilizando el movimiento migratorio y, por tanto, irá creciendo la integración social de nuestras ciudades. Y, por otra, a pesar de todas las movilidades, no cabe duda de que el domicilio, o los domicilios, siguen siendo una estructura antropológica y social de primer orden. La comunidad cristiana territorial tendrá que adaptar sus estructuras y abrirse a otras relaciones. Pero creemos que la parroquia sigue siendo una institución válida e incluso necesaria.
III. Características teológico-pastorales
El Código de Derecho canónico actualmente vigente, promulgado por Juan Pablo II en 1983, define la parroquia como «una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio» (canon 515). Y establece que «como regla general, la parroquia ha de ser territorial, es decir, ha de comprender a todos los fieles de un determinado territorio; aunque, donde convenga, se constituirán parroquias personales…» (canon 518). Se trata de una definición excesivamente jurídica, en la que se echan de menos los elementos teológicos señalados tanto por el Vaticano II como por el magisterio posterior. Para describir mejor la peculiaridad teológica y pastoral de la parroquia, proponemos esta otra definición, que explicitaremos en los siguientes apartados: la parroquia es una comunidad estable y pública, formada por todos los cristianos que viven en un determinado territorio y que, presidida por un presbítero en nombre del obispo, constituye una célula viva de la Iglesia particular y hace presente en ese lugar a la Iglesia una, santa, católica y apostólica.
1. PRESENCIA DE LA IGLESIA PARTICULAR. «Como no es posible al obispo, siempre y en todas partes, presidir personalmente en su Iglesia a toda su grey, debe, por necesidad, erigir diversas comunidades de fieles, entre las cuales tienen un lugar preeminente las parroquias, constituidas localmente bajo la guía de un pastor que hace las veces del obispo» (SC 42). La parroquia recibe su eclesialidad de la Iglesia particular, que es la comunidad cristiana plena y necesaria.
Dada la dimensión excesiva de la diócesis, la creatividad de la Iglesia estableció este tipo de comunidad menor para acercarse lo más posible a los hogares de los cristianos y posibilitar así que todos pudieran experimentar el misterio y la visibilidad de la Iglesia. La parroquia es el lugar donde la Iglesia diocesana reúne de forma habitual a sus fieles. Por eso está formada a imagen de la misma Iglesia particular; es como una célula viva que contiene, a nivel más pequeño, todos los elementos que caracterizan a la Iglesia episcopal.
Para explicar esta presencia de la Iglesia particular en la parroquia, la teología antigua elaboró el concepto de statio, que ha sido recuperado en parte por la liturgia actual: se llama Misa estacional a la eucaristía que preside el obispo en una parroquia, sobre todo con motivo de la visita pastoral. El significado es que, en esta ocasión, toda la Iglesia particular está presente y se manifiesta en una parroquia determinada. Pero la statio no se refiere solamente a este acontecimiento extraordinario; toda la vida de la parroquia es una statio permanente. Porque este concepto tiene tres connotaciones: lugar de residencia de la comunidad cristiana; lugar de reunión, es decir, donde los cristianos se reúnen en asamblea, en comunidad visible de oración y culto; puesto de avanzadilla y vigilancia, es decir, lugar donde la Iglesia realiza su misión evangelizadora.
Todas las demás características que vamos a describir se derivan de esta condición esencial de la parroquia.
2. COMUNIDAD CRISTIANA. Aunque para muchos la parroquia es sólo un templo o un lugar en el que se ofrecen una serie de servicios religiosos, la verdad es que, ante todo, es una comunidad cristiana que encama todo el misterio de la Iglesia. Es un lugar donde vivimos el don de la comunión acogiéndonos como hermanos, compartiendo lo que tenemos y trabajando juntos para construir el reino de Dios. Y esto compromete a sus miembros a tres tareas fundamentales: 1) Vivir el misterio: en la escucha de la palabra de Dios, en la oración común y la liturgia celebrada, los cristianos actualizan y maduran su fe en el aspecto mistérico de la comunidad como pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo. 2) Vivir la fraternidad: en una sociedad donde las relaciones son, con frecuencia, utilitarias, interesadas e incluso opresoras, la parroquia ha de favorecer el encuentro en libertad, respeto, generosidad y aprecio mutuo; acoger y educar la diversidad humana y religiosa; promover el encuentro y la convivencia. 3) Trabajar en corresponsabilidad: reconocer la responsabilidad, a la vez común y diferenciada; favorecer la participación de todos; trabajar en común; formar y capacitar para los distintos servicios.
3. COMUNIDAD ESTABLE Y PÚBLICA. La parroquia es una comunidad estable porque ni su creación ni sus características dependen de la voluntad de los que la integran en un momento determinado. Es instituida por la Iglesia diocesana y permanecerá hasta que ella lo decida. Al bautizarnos, nos incorporamos a una comunidad que ya existía y que, seguramente, seguirá existiendo después de nosotros. Y, gracias a esta estabilidad, la parroquia puede acompañar el crecimiento en la fe de las personas y de los pueblos, y convertirse en sujeto adecuado de la evangelización, que es siempre un proceso que requiere largo tiempo y acciones continuadas.
La parroquia es también pública, primero porque no es privativa de nadie: ni del párroco ni de ningún grupo; es de todos los bautizados. En segundo lugar, es pública porque puede ser conocida por todos: gracias a ella todos pueden saber dónde y cómo actúa la Iglesia. Y, por último, es pública porque es una fuerza social que intenta crear un tipo determinado de relaciones humanas.
4. COMUNIDAD INTEGRAL. La Iglesia de Cristo se manifiesta y actúa a través de muchas comunidades, movimientos y grupos, que se caracterizan y distinguen, bien por subrayar uno de los rasgos de la espiritualidad cristiana, bien por basarse en un carisma compartido o por seleccionar una de las tareas que integran el proceso de evangelización. Todas estas agrupaciones son manifestaciones parciales de la Iglesia. En contraposición, la parroquia es una manifestación integral de la Iglesia.
Ante todo porque es la comunidad de todos los bautizados. A ella pertenecen todos los que, en un territorio determinado, profesan la fe en Jesús y han sido bautizados en su nombre, cualquiera que sea su nivel de fe, sexo, condición social, opción política…; y ella los une a todos en lo común y radical del ser cristiano. Es la casa de todos, la mesa común a la que todos aportamos y de la que todos recibimos los dones que Dios distribuye para el bien común.
Además, la parroquia es también comunidad integral porque asume el conjunto de la misión evangelizadora: el testimonio con palabra y obras que sirve de primer anuncio, la educación en la fe, la celebración de la presencia del Señor, el compromiso de la caridad y el esfuerzo por transformar el mundo en reino de Dios. «La vitalidad de la comunidad cristiana, unida por la misma fe, reunida para celebrar la eucaristía, ofrece el testimonio de la fe vivida y de la caridad de Cristo y constituye un lugar de educación religiosa profundamente humano»2. Ciertamente, la parroquia no podrá llevar a cabo todas las tareas que esta misión exige. Pero deberá alentarlas todas y favorecer su unidad e interrelación.
5. COMUNIDAD TERRITORIAL. La parroquia se caracteriza también por ser una comunidad asentada en un territorio con límites precisos. Y esta delimitación territorial ofrece importantes ventajas para ejercer la misión evangelizadora: 1) Posibilita que la parroquia sea la comunidad de todos los bautizados. En efecto, el territorio, por ser el criterio más objetivo y menos opcional, el más primario e irrelevante, es el que más sirve para reunir a los cristianos simplemente en cuanto tales. 2) Es vehículo de encarnación en un ambiente humano concreto. Gracias a la territorialidad, la parroquia se integra en un barrio o pueblo, como una casa entre otras casas, para poder traducir el mensaje evangélico a los modos de entender, de vivir y de expresarse de esa colectividad. 3) Es un elemento dinamizador de la misión. Al concretar la responsabilidad sobre unos hombres ymujeres determinados, la territorialidad juega siempre un papel de llamada a la salida de sí misma y como factor de creatividad, porque está recordando siempre lo que queda por hacer en la tarea evangelizadora.
Es indudable, sin embargo, que la territorialidad puede convertirse también en un obstáculo para la misión, si se concibe como un feudo del párroco o como enclaustramiento de la comunidad en los límites de un pueblo. Para evitarlo, la parroquia deberá estar abierta y entrelazada con las otras comunidades y en referencia permanente a la Iglesia particular y a la misión universal.
6. COMUNIDAD BAUTISMAL. La maternidad eclesial, el don y la capacidad de engendrar nuevos hijos de Dios por el Espíritu, es propia de la Iglesia particular. Y esta Iglesia particular ejerce su maternidad, sobre todo, a través de las parroquias. Precisamente porque la parroquia convoca a todos desde lo que es originario, fundaste y común del ser cristiano, y no desde lo que son determinaciones derivadas y posteriores, la Iglesia le concede la tremenda y honrosa tarea de ser el seno materno donde se engendran y nacen los cristianos, de cuyo inicio [el bautismo] «depende la vida en Cristo y en la Iglesia» (IC 54). Sólo hay pila bautismal en las parroquias.
Pero engendrar responsablemente en la fe incluye también la obligación de educar esa misma fe en sus exigencias básicas para que los nacidos puedan desarrollar una vida auténticamente cristiana. Por eso, la parroquia es también el lugar de la educación en la fe: «Aunque es verdad que se puede catequizar en todas partes, quiero subrayar… que la comunidad parroquial debe seguir siendo la animadora de la catequesis y su lugar privilegiado» (CT 67; cf IC 33).
7. COMUNIDAD EUCARíSTICA. «En definitiva, la parroquia está fundada sobre una realidad teológica, porque ella es una comunidad eucarística. Esto significa que es una comunidad idónea para celebrar la eucaristía, en la que se encuentran la raíz viva de su edificación y el vínculo sacramental de su existir en plena comunión con toda la Iglesia. Tal idoneidad radica en el hecho de ser la parroquia una comunidad de fe y una comunidad orgánica, es decir, constituida por los ministros ordenados y por los demás cristianos, en la que el párroco -que representa al obispo diocesano- es el vínculo jerárquico con toda la Iglesia particular» (ChL 26). Aquí se encuentra el fundamento último de la eclesialidad de la parroquia. La eucaristía hace la Iglesia, porque la participación en el cuerpo eucarístico del Señor nos une a todos en su cuerpo místico. Y, a su vez, la Iglesia hace la eucaristía. Pero ambas cosas se producen necesariamente en un aquí y ahora, en una comunidad concreta; y una comunidad que sea auténticamente Iglesia de Cristo. Ahora bien, la única comunidad que es Iglesia en plenitud es la comunidad diocesana, que tiene todos los elementos constitutivos y estructurales de la Iglesia de Cristo. Por eso toda eucaristía es una celebración de la Iglesia particular. Y el lugar normal donde esta Iglesia diocesana celebra su eucaristía es en la parroquia, célula viva y representación perfecta de todo su misterio. Decir que la parroquia es la comunidad más idónea para celebrar la eucaristía significa reconocer que es en ella donde la eucaristía aparece mejor como fuente y culmen de toda la vida cristiana.
8. COMUNIDAD MISIONERA. La vocación propia de la Iglesia y su identidad más profunda consiste en evangelizar (cf EN 15). El objetivo, pues, y la razón de ser de la comunidad cristiana no está dentro, sino fuera de sí misma; no existe para sí, sino para que los hombres experimenten la fuerza de salvación que es el evangelio.
Esto significa que la comunidad parroquial no puede permanecer replegada sobre sí misma, sino que ha de abrirse al mundo concreto donde está implantada y donde las gentes viven sus luchas, gozos y sufrimientos. Y cuando ese mundo se encuentra en vías de progresiva descristianización, la misión de la parroquia no puede reducirse a mantener la fe de los practicantes y acompañarlos en sus deberes cristianos, sino que ha de plantearse decididamente como evangelización estrictamente misionera, lo cual supone no actuar dando por supuesta la fe en el corazón de las personas y en el interior del tejido social, sino centrar todo el esfuerzo en ayudar a despertarla primero, y a madurarla después como adhesión personal, libre y gozosa al Dios de Jesucristo. Y, más en concreto, una evangelización estrictamente misionera exige: acompañar y sostener a los creyentes débiles y desorientados; ayudar a los que se van alejando a reiniciar un camino de conversión, y dialogar con los diferentes grupos de increyentes para abrirles el camino hacia una primera adhesión al evangelio.
9. FERMENTO DE NUEVA HUMANIDAD. «Evangelizar significa para la Iglesia llevar la buena noticia a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro y renovar la misma humanidad» (EN 18). El evangelio es una fuerza liberadora que intenta transformar tanto la vida individual como la estructura de la convivencia social. Por eso la evangelización no es sólo propagación y transmisión de una doctrina, sino también compromiso liberador que trabaja por cambiar las personas, las estructuras sociales, las costumbres, los comportamientos, las corrientes de opinión y los ambientes, hacia la creación de un mundo más acorde con el evangelio.
En consecuencia, la misión de la parroquia no se agota en la catequesis y los sacramentos, como ha sucedido con frecuencia. La parroquia ha de dirigir también su acción a transformar su ambiente, a humanizar su realidad social concreta, a hacer presentes y operativos los valores del Reino en la sociedad: «La Iglesia no ha dejado nunca de cumplir la misión que Cristo le ha encomendado, anunciando a los hombres la salvación… y enseñándoles a vivir según el evangelio» (IC 16). Y, para ello, tendrá que educar en los fieles la dimensión social y política de su fe, promover su compromiso en la vida pública, promocionar los servicios asistenciales y promover una auténtica pastoral de ambientes, a través de grupos y movimientos especializados en esta labor.
NOTAS: 1. CONSEJO PONTIFICIO DE LA CULTURA, Para una pastoral de la cultura, Ciudad del Vaticano (23 mayo 1999) 28. Cf ChL 27. – 2 Ib.
BIBL.: ARNOLD F. X., Hacia una teología de la parroquia, en Mensaje de fe y comunidad cristiana, Verbo Divino, Estella 1962; AUBRY A. Y OTROS, La acción misionera y la parroquia, Edicep, Valencia 1967; BO V., La parroquia. Pasado y futuro, San Pablo, Madrid 1978; COMISIí“N EPISCOPAL DE PASTORAL, Parroquia urbana, presente y futuro, Madrid 1975; Congreso Parroquia evangelizadora, Edice, Madrid 1989; CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAí‘OLA, La iniciación cristiana, Edice, Madrid 1999; CONGAR Y., Misión de la parroquia, en Sacerdocio y laicado, Estela, Barcelona 1964; FLORISTíN C., La parroquia, comunidad eucarística, Marova, Madrid 19642; Para comprender la parroquia, Verbo Divino, Estella 1994; MICHONNEAU, Parroquia, comunidad misionera, DDB, Buenos Aires 1951; MURGUI J., Parroquia y comunidad en la Iglesia española del posconcilio, Edicep, Valencia 1983; PAYA M., La parroquia, comunidad evangelizadora, PPC, Madrid 1995′; La planificación pastoral al servicio de la evangelización, PPC, Madrid 1996.
Miguel Payá Andrés
M. Pedrosa, M. Navarro, R. Lázaro y J. Sastre, Nuevo Diccionario de Catequética, San Pablo, Madrid, 1999
Fuente: Nuevo Diccionario de Catequética