ígape,» compartir, amor, «darse»; Jesús en la cruz es amor.
Dios es Caridad.
1Jn 4:8, 1Jn 4:16. y nos ama tanto que nos da el cuerpo, el aire, el sol. todo. y nos amó tanto que. Jua 3:16.
Amor fraterna: Es el distintivo de los cristianos: Jua 13:34-35. y es la única prueba de que tenemos fe verdadera y no falsa: Mat 7:21-27, 1Jn 4:20, 1 Cor. 13, Stg 2:19-20.
Práctica de la caridad: Mat 5:21-48, Mat 7:1-2, Mat 18:19-20, Luc 6:27-46, 1 Cor. 13.
Faltas contra la caridad: Mat 5:22, Mat 6:14, Mat 7:1, Mat 25:31-46, Luc 9:54-56, Luc 14:1-6.
Caridad de la Virgen: Luc 1:39.
Ver «Amor.»
Diccionario Bíblico Cristiano
Dr. J. Dominguez
http://biblia.com/diccionario/
Fuente: Diccionario Bíblico Cristiano
vet, Amor inspirado por Dios a los demás (1 Co. 13). Es una traducción del vocablo griego «agapao», que significa amor divino, inmerecido, espontáneo, abnegado (Jn. 3:16; 1 Jn. 4:8). La versión de Casiodoro de Reina, en sus revisiones, usa la palabra «amor» en vez de «caridad».
Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico Ilustrado
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Es la virtud esencial del cristiano. La que le lleva a amar a Dios sobre todas las cosas y a los hombres por Dios. Se la llama en la ascética cristiana «teologal», por tener a Dios por objeto y también por origen; pues, en cuanto virtud misteriosa, es infundida por Dios en el alma de una forma sobrenatural.
La voluntad del hombre es, según el modo de hablar de los teólogos tomistas, la sede en la que radica esta virtud. Hoy se tiende más a hacer toda la personalidad el soporte consciente y libre del amor, y no una facultad o aspecto.
La palabra bíblica sobre el amor cristiano es lo que más clarifica su presentación para quien intenta descubrir su naturaleza y sus exigencias.
En el Antiguo Testamento aparece el amor de Dios al hombre cuando le crea a su imagen y semejanza (Gn. 1,26). Y luego, a lo largo de la Historia de la salvación, se repite constantemente el reclamo a amar a Dios y el deber de amar al prójimo
La caridad es presentada como deber del hombre: «Amarás a Yaveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu poder» (Deut. 6, 5) y «Amarás al prójimo como a ti mismo (Lev. 19,18) Incluso también en el Antiguo Testamento se manda amar al enemigo: «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer» (Prov. 25. 21)
Con la llegada de la Nueva Alianza, el sentido del amor llega a su perfección: «Dios es amor» (1 Jn. 4.18). Y por eso se dice: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom. 5.5.) El nuevo Testamento se rige por el único mandamiento de Jesús, el mandamiento del amor (Mt. 22. 35-38) «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo, semejante a este es amarás al prójimo como a ti mismo». Y sobre todo su mensaje final: «Un precepto nuevo os doy que os améis unos a otros como yo os he amado. En esto conocerán que sois mis discípulos».(Jn 13. 34)
San Pablo tiene tal vez el texto más hermoso de todo el nuevo Testamento sobre la caridad como virtud: 1 Cor. 13. En el se dice como es: paciente, sufrida, desinteresada… generosa, sufrida, bien pensada. Y sobre todo permanente y fiel: «Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad; pero la más excelente de todas es la caridad».
La historia cristiana y sus testigos siempre fueron conscientes de lo que es el mensaje de Jesús sobre el amor.
San Juan Crisóstomo, San Cirilo de Alejandría, San Agustín, todos los Padres Antiguos, así lo entendieron. Y siempre explicaron el amor referido a Dios, al prójimo y a uno mismo:
1. Para con Dios Es el alma de la caridad. Se identifica con la gracia divina. Se habla del amor puro en referencia a unión con Dios en este mundo y sobre todo por toda la eternidad.
La caridad habitual, o estado permanente de amor divino, es necesaria para la salvación con necesidad de medio. Se deduce de la identidad entre gracia santificante y estado de caridad. Si alguien ama más a otro ser que a Dios, no está en gracia. Otra cosa es que la expresión de ese amor luego esté llena de imperfecciones por los afectos terrenos que impide que ese amor sea puro, real, operativo en la vida.
La caridad, como estado actual, es necesaria como medio de salvación para los que tienen uso de razón. Toda virtud está destinada a producir actos, de acuerdo con la libertad humana que hace uso de esa virtud responsablemente. Pero la caridad, virtud suprema, regalada por Dios mismo, produce como primer acto la unión con Dios. Esta disposición sólo es posible del todo por un don divino. Por eso identificamos caridad virtud y gracia santificadoras.
Pero el hombre puede y debe hacer lo posible por poner de su parte lo que le corresponde. Frecuentemente debe actualizar esa actitud en la vida. Sobre todo expresarlo en peligro de muerte.
El primer mandamiento divino consiste precisamente en el amor a Dios: Deut. 6.5; Mt. 22, 37; Lc. 10.27. El termino amarás implica conciencia de deber y debe ser actualizado lo que ese terminado representa con frecuencia. No basta decirlo ocasionalmente.
Las expresiones evangélicas «con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas», expresan la plenitud y la intensidad. No es la exclusividad, pues es amor compatible con el justo y debido amor a las criaturas. Pero debe ser superior incluso al amor al padre o a la madre (Mt. 10, 37). Si ese amor no se da, no hay vida, sino que «el hombre permanece en la muerte» (1 Jn. 3.14) y el plan de Dios queda frustrado.
Por eso el amor a Dios es «el mayor y el primero de los mandamientos» (Mt. 22. 38) y Jesús recuerda que al final todos serán examinados del amor real mostrado a los hombres (Mt. 23.34)
2. Para el prójimo
Se discute en la ascética si el segundo objeto del amor debe ser prioritariamente uno mismo o el prójimo. Las dos posturas serían válidas, siempre que se respete todo lo relativo a la importancia del objeto y a la supeditación al amor divino, que es lo primero.
En un amor normal y natural, «la caridad bien entendida empieza por uno mismo». Pero con actitudes heroicas, «muchas veces es posible el preferir al prójimo sobre sí mismo».
En lo referente al prójimo hay que diferenciar objetos y momentos. Por lo que mira a las personas, las más allegadas son las primeras a quienes se debe amor. En igualdad de condiciones estamos obligados a amar preferentemente a los que nos han amado: padres, amigos, bienhechores.
Aunque la caridad fraterna, entendida al modo cristiano, tiene que abarcar a todos los hijos de Dios en el cielo, en la tierra y en el purgatorio, el amor no implica igual intensidad para con todos. Es natural, y sobrenatural, que los más cercanos sean los más merecedores del amor de las personas.
En cuanto a los objetos, es evidente que los bienes espirituales deben ser preferidos sobre los materiales; y que los morales están por encima de los meramente corporales.
Las formas prácticas y concretas de expresar el deber del amor al prójimo son muy varias: aportaciones, consejos, correcciones fraternas y otras.
El apostolado o servicios moral y espiritual es la mejor manifestación de amor al prójimo, pues le ofrece un bien que es ayudarle a conocer y amar a Dios.
El amor al prójimo es un distintivo singular del mensaje cristiano, por voluntad explícita de Jesús. El fiel cumplimiento del «nuevo mandamiento» es el criterio del verdadero discipulado cristiano (Jn. 13. 34). En conformidad con ese distintivo, habremos de ser juzgados al final de la vida (Mt. 25.34). En ese amor esta toda la Ley y los profetas. (2 Jn. 3.10)
Todo el que ve en sus semejantes la presencia divina y no sus limitaciones o rasgos humanos, no puede restringir su amor a los hombres, pues es capaz de ver en ellos a Dios. Incluso hasta a los enemigos (Mt. 5. 23) es debido el amor en el espíritu cristiano del Evangelio.
3. Para uno mismo
Es deber el amarse a sí mismo, en cuanto cada uno somos un objeto del amor divino.
Los seres libres hemos recibido dones como la vida y situaciones como la luz de la fe. Somos depósitos del amor de Dios al margen del sexo, de la raza, de la cultura, de la situación social. Y debemos amar lo que Dios ama, incluidos nosotros mismos.
El que no se ama a sí mismo falla en algo esencial. Acaso se deba a que ignora o niega su propia dignidad de Hijo de Dios. Por eso carece de una disposición que naturalmente brota de la autoestima: primero de la natural conformidad con las propias cualidades; y también de la espiritual, que implica tranquilidad en la propia conciencia de ser criatura divina, seguridad de estar santificado por la elección de Dios y satisfacción por haber sido objeto de sus gracias y de sus predilecciones.
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4. La negación del amor En las tres dimensiones advertidas podemos faltar al amor y por eso hemos de examinar la conciencia con miras a restaurar el orden espiritual interior, si en algo se ha fgallado.
4.1. Contra el amor a Dios
Pecamos por acción o disposición contra la caridad si preferimos algunas otra cosa por encima de El: posesiones, placeres, criaturas, etc.
Pero también se peca por omisión, por indiferencia, si no se da la debida importancia a la supremacía divina, al cumplimiento de su voluntad, al respeto a sus mandamientos, al aprovechamiento de los medios de comunicación que Dios pone en nuestras manos.
Se suele llamar «acedia» al fastidio o tristeza ante la dificultad de los bienes espirituales y medios para conseguirlos y, por lo tanto, al abandono de la amistad divina por «distanciamiento» de la relación con él.
Además de la indiferencia, de la indolencia espiritual y del egoísmo, existe la posibilidad de llegar al peor de los pecado que el ser humano puede cometer, que es el «odio a Dios».
4.2. Contra el amor al prójimo Se puede pecar cuando no se fomentan los sentimientos de acogida y adhesión que el bien del prójimo requiere. Contra el amor al prójimo se puede pecar por omisión, cuando no se ofrecen las muestras, los servicios y las relaciones a las que estamos obligados.
Y también se puede faltar por exageración en ese amor, si es que impide cumplir con los propios deberes para con Dios o para consigo mismo; o cuando las muestras y los vínculos se muestras desproporcionados en función de las personas y de las situaciones.
El odio al prójimo, la malevolencia, la agresividad, el desprecio, la enemistad, incluso la abominación o rechazo formal y persistente de alguien que es prójimo, por desgracia son actitudes, más que actos, muy frecuente entre los hombres. Algunas de disposiciones como la envidia, o tristeza del bien ajeno; la ira o la violencia en el trato son destructivas del amor al prójimo.
Especial agresión al prójimo es el escándalo, que es la incitación al mal que se hace a quien no es capaz de defender por sí mismo. Puede ser activo y directo, si se busca el pecado ajeno; y puede ser indirecto, si se da mal ejemplo o con la propia acción u omisión se promueve el mal.
4.3. Contra el amor a sí mismo Se puede faltar por exageración en ese amor o autopredilección, si todo lo demás se margina por no mirarse más que a sí mismo (narcisismo, egolatría). Esa actitud de egoísmo implica una vuelta de las facultades superiores e inferiores hacia los propios beneficios.
En ocasiones puede darse el pecado de la falta de amor suficiente a sí mismo, como en el caso de quien fomenta actitudes de autodesprecio o autodestrucción que pueden llegar hasta el suicidio o el abandono total. Habrá que diferenciar bien lo que en esa carencia de amor haya de patología, que es involuntaria, y lo que es realmente actitud fría y consciente de infravaloración, siempre posible pero poco frecuente
5. Catequesis de la caridad.
Debe ser el centro de toda catequesis, pues es el alma del mensaje cristiano. Lo primero de toda formación es abrir el camino al amor a Dios. Amar a Dios es desearle honor, gloria y el cumplimiento de su voluntad en el mundo.
– Hay que enseñar el amor más con obras que con palabras. Es decir, si no se traduce en obras, los meros sentimientos no llegan a clarificar lo que de verdad es la caridad cristiana.
– La salvación personal debe preferirse a todo lo demás. Nada justifica el perder la propia conciencia. y no es verdadero amor lo que no respeta este principio
– La caridad profunda, radical, teológica, no es fácilmente asequible a una personalidad no formada, como es el caso del niño o de las personas demasiado sensoriales o carentes de cierta capacidad de abstracción.
– Es importante acomodarse a las situaciones y no ofrecer mensajes, por sublimes que sean, que no pueden ser entendidos y asumidos por una persona o un catequizando. Por eso hay que ir despacio cuando se trata del amor divino.
– Los niños pequeños entienden mejor que nada el amor a sí mismos. Los adolescentes y jóvenes encuentran en la dinámica del amor proyectivo (amigos, pareja, familiares) el campo preferente del amor. Las personas ya maduras, formadas, profundas y reflexivas, y sobre todo espirituales, llegan a captar el mensaje del amor a Dios.
– Por eso conviene tener cierta paciencia y ofrecer el amor sobre todo con ejemplos y no con consideraciones. Aquí viene bien el valor de los testigos del Evangelio, es decir de las figuras que todo lo dieron por amar a los demás y de quienes hicieron del amor a Dios su razón de ser en la vida.
(Ver Virtudes; ver Caridad
Pedro Chico González, Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa, Editorial Bruño, Lima, Perú 2006
Fuente: Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa
Virtud teologal, don de Dios Amor
Acostumbramos a hablar de la virtud de la «caridad» (o del amor) como virtud teologal, es decir, una de las tres virtudes que se refieren directamente a Dios fe, esperanza y caridad. San Pablo advierte que «la mayor de ellas es la caridad» (1Cor 13,13). Esta misma virtud tiene dos objetivos relacionados entre sí y que constituyen el resumen de los mandamientos amor a Dios por sí mismo y al prójimo como a nosotros mismos y por amor de Dios.
Puesto que Dios es Amor (1Jn 4,8.16), el verdadero amor «viene de Dios» (1Jn 4,7), es un don de Dios, porque se trata de amar como él nos ha amado, al darnos a su Hijo y hacernos participar en esa misma filiación. El amor se nos comunica por Cristo y en el Espíritu Santo, para que lo demostremos en el amor a los hermanos (1Jn 4,11). «Dios ha derramado su amor en nuestros corazones, dándonos el Espíritu Santo» (Rom 5,5). Por la infusión de ese amor divino, que conlleva la fe y la esperanza, quedamos justificados.
En el conjunto de las virtudes (teologales y morales), la caridad es como «la fuente y la raíz» de todas ellas (Santo Tomás, I-II, q.62, a. 4). Por esto, «toda virtud está en el orden del amor» (ibídem a.2; cfr. San Agustín, De Civitate Dei, 15,22). Para un creyente en Cristo, «bautizarse» significa «configurarse» con Cristo, en un proceso permanente de fe, esperanza y caridad (cfr. Hech 2,38).
Vida en Cristo
La vida cristiana es «vida en Cristo» (Col 3,3; Gal 2,20) y apunta a la «perfección de la caridad» (LG 40; cfr. Mt 5,48). Por esto, la vida cristiana consiste en pensar, valorar las cosas y amar como Cristo (virtudes teologales), obrando consecuentemente en la vida práctica (virtudes morales), bajo la acción del Espíritu Santo (dones del Espíritu). «La culminación de todas nuestras obras es el amor» (San Agustín).
La caridad, para el cristiano, se pone en práctica según las pautas trazadas por Cristo las bienaventuranzas (Mt 5,48) y el mandamiento del amor (Jn 13,34-35). El modelo supremo es el Padre («como vuestro Padre») y en la conducta concreta se sigue el ejemplo de Cristo («como yo os he amado»). Esta es la novedad cristiana de la verdadera «caridad» («agapé»), que está en Dios y sólo proviene de él. Sin esta caridad, el cristianismo no tendría consistencia (cfr. 1Cor 13, 1-4).
Al dirigirse hacia Dios, la caridad participa de la característica del amor de Dios la donación de sí mismo. Es la caridad que aparece en la vida de Jesús darse, sin pertenecerse, según los designios salvíficos del Padre en el Espíritu de amor. Entonces la caridad se expresa en el amor a los hermanos, con las características de comprensión, sintonía, perdón, colaboración, don de sí mismo… En resumen, «no vivir para sí» y «no buscar el propio interés» (Rom 12,9-21; 1Cor 13,1-13). Entonces «la caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia» (CEC 1829).
Misión y obras de caridad
Es conocida la actitud cristiana de las «obras de caridad». Los campos en que se aplica son siempre muy diversificados enfermos, pobres, pecadores, débiles, marginados… Son los campos en los que se oye la voz de Cristo «A mí me lo hicisteis» (Mt 25,40.45). La caridad fraterna de ayuda a los necesitados tiene siempre dos facetas asistencial de ayuda inmediata a los hermanos que padecen necesidad (enfermos, pobres, marginados…); promocional o de proporcionar a todos los medios necesarios para valerse por sí mismos (trabajo, cultura, libertad, familia…).
El campo más importante de esta acción caritativa es siempre el de hacer llegar a todos la posibilidad de escuchar el mensaje cristiano para disponerse a recibir libremente el don de la fe y de la salvación integral en Cristo. Por esto la línea específica de la actividad misionera de la Iglesia, en todas sus «vías operativas» o «caminos de misión» (RMi V), es la de la caridad, como realización de los valores evangélicos contenidos en las bienaventuranzas y en el mandato del amor. «Fiel al espíritu de las bienaventuranzas, la Iglesia está llamada a compartir con los pobres y los oprimidos de todo tipo… En efecto, son estas numerosas obras de caridad las que atestiguan el espíritu de toda la actividad misionera. El amor, que es y sigue siendo la fuerza de la misión» (RMi 60).
Por esta caridad incondicional, se manifiesta que la persona humana es el único ser a quien Dios ha amado por sí mismo (cfr. GS 22,24). Por esto, la caridad cristiana hacia los hermanos necesitados, no puede hacer distinción de razas, culturas y religión; en cada pobre y enfermo está el Señor «A mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). La misión nace siempre de la caridad y tiende a la construcción de la comunidad en ese amor que refleja la vida trinitaria (cfr. SRS 40; AG 12).
Referencias Dios Amor, bienaventuranzas, caridad pastoral, gracia, mandamiento nuevo, misericordia, obras de misericordia, opción por los pobres, perdón, santidad, virtudes.
Lectura de documentos AG 12; RMi 60; CEC 826, 953, 1822-1829, 2093-2094.
Bibliografía AA.VV., Caridad y vida cristiana (Madrid, Apostolado de la Prensa, 1973); A. ANCEL, Caridad auténtica (Bilbao, Desclée, 1966); H.U. von BALTHASAR, Sólo el amor es digno de fe (Salamanca, Sígueme, 1971); D. BARSOTTI, La revelación del amor (Salamanca, Sígueme, 1966); C. CARRETTO, Lo que importa es amar (Madrid, Paulinas, 1974); J. EGERMAN, La charité dans la Bible (Paris-Tournai, Casterman, 1963); A. FEUILLET, La mission de l’amour divin la théologie johannique (Paris, Gabalda, 1972); J. LAFRANCE, Mi vocación es el amor (Madrid, Espiritualidad, 1985); L.J. LEBRET, Dimensiones de la caridad (Barcelona, Herder, 1961); St. LYONNET, El amor, plenitud de la ley (Salamanca, Sígueme, 1981); S.A. PANIMOLLE, Amor, en Nuevo Diccionario de Teología Bíblica (Madrid, Paulinas, 1990) 60-93; S. RAMIREZ, La esencia de la caridad (Salamanca, San Esteban, 1978); A. ROYO, Teología de la caridad ( BAC, Madrid, 1963); M. SBAFFI, Caridad, en Nuevo Diccionario de Espiritualidad (Madrid, Paulinas, 1991) 151-167; C. SPIC, Agape en el Nuevo Testamento (Madrid, Cares 1977).
(ESQUERDA BIFET, Juan, Diccionario de la Evangelización, BAC, Madrid, 1998)
Fuente: Diccionario de Evangelización
->Amor, agape
FERNANDEZ RAMOS, Felipe (Dir.), Diccionario de Jesús de Nazaret, Editorial Monte Carmelo, Burbos, 2001
Fuente: Diccionario de Jesús de Nazaret
El estilo inconfundible de la caridad es el estilo que Jesús nos ha enseñado en la parábola del buen samaritano: estar en presencia de cada hombre con la misma pureza desinteresada e incondicional del amor de Dios; acoger a cada hombre simplemente porque es un hombre; hacerse prójimo de cada hombre, más allá de toda diferencia cultural, racial, psíquica, religiosa; anticiparse a sus deseos; descubrir las necesidades siempre nuevas en las que nadie había pensado todavía; dar preferencia a los más marginados; conferir dignidad y valor al que tiene menos títulos y capacidades. El reconocimiento de todo hombre como hijo de Dios, inundado por los misteriosos dones de la gracia, nos permite acoger a todo el que sufre como un hermano que da y recibe, según las maravillosas leyes de la comunión de los santos. La comunión en Cristo es el inesperado y trascendente sello de las distintas formas de comunicación humana; la fuente inagotable de formas de comunicación siempre nuevas; el exigente paradigma en el que la comunidad cristiana tiene que medir su propio comportamiento con los minusválidos y los enfermos, sus formas de acogida: la catcquesis, la vida litúrgica, la valoración de los carismas, etc. La comunión en Cristo es fuente de unidad y garantía de benéfica diversidad. Gracias a ella «ya no hay distinción entre judío o no judío, entre esclavo o libre, entre varón o mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús»; pero, al mismo tiempo, «nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo al quedar unidos a Cristo… tenemos dones diferentes, según la gracia que Dios nos ha confiado».
Carlo María Martini, Diccionario Espiritual, PPC, Madrid, 1997
Fuente: Diccionario Espiritual
Este término procede del latín carus (querido, amado) y es de los más usados en el lenguaje cristiano. Su carácter esencial se pone de manifiesto en la relación con los demás; pero esta expresión aparece muchas veces privada de su especificidad teológica y revelada. Sin embargo, la «caridad» cristiana tiene su origen en el amor de Dios (1 Jn 4,7), que se nos ha dado a través de Cristo (1 Jn 4,9s) y del Espíritu para que el cristiano puéda a su vez amar a Dios y al prójimo (1 Jn 4,1 1-19). Se trata por eso mismo de un don y, como tal, va ligado a la justificación, como enseña el concilio de Trento » «en la justificación el hombre, por medio de su inserción en Jesucristo, recibe con el perdón de los pecados la infusión de la fe, de la esperanza y de la caridad» (DS 1530). La declaración del concilio se basa sobre todo en Rom 5,5: «Al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones». El don de la virtud teologal de la caridad pone al cristiano en un camino de seguimiento que tiene como fin la identificación con Cristo en una superación continua del «amor sui». La caridad cristiana es por tanto original, la que se enriquece de nuevos contenidos que la filantropía no conoce. El elemento nuevo de la caridad cristiana es el «amaos como yo os he amado». es el «mandamiento nuevo» (Jn l3,34)~ Este amor se ensancha infinitamente por que se apova igualmente en la identificación de Cristo con los que tienen hambre, con los que tienen sed, con los enfermos (cf Mt 25,35-40). El mandamiento de la caridad fraterna recibe por tanto su carácter específico de su fundamentaci6n cristológica. El discurso moral cristiano tiene entonces en su base la fe en Dios, que nos ha amado y que nos ama a través de su Hijo. Es una perspectiva nueva para hacer las mismas cosas que los otros : es un estilo particular que no cambia la fenomenología, pero que diferencia la conducta del cristiano de la del que no lo es. La caridad cristiana, en una palabra, es más rica que una actitud filantrópica en general, ya que está cargada de más motivaciones que desconoce la benevolencia humana. No nace en su origen del hombre, sino que es don y consecuencia de todo lo que uno ha visto y oído: «El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su hijo para librarnos de nuestros pecados» (1 Jn 4,10).
L. Padovese
Bibl.: c. Spicq, Agapé en el Nuevo Testamento, Cares, Madrid 1977; M, Rovo Marín, Teologia de la caridad, BAC, Madrid 1960: A Pigna, Caridad. en DE, 313-329
PACOMIO, Luciano [et al.], Diccionario Teológico Enciclopédico, Verbo Divino, Navarra, 1995
Fuente: Diccionario Teológico Enciclopédico
SUMARIO: I. Preámbulo – II. La caridad en el mundo precristiano y no cristiano: 1. Entre los egipcios y en el mundo grecorromano; 2. En las grandes religiones no cristianas – III. La caridad en el AT: 1. Amor de Dios al hombre; 2. Amor del hombre a Dios; 3. Amor del hombre al prójimo – IV. La caridad en el NT: 1. Los verbos usados en el griego prebiblico para expresar el concepto de amor; 2. La terminología bíblica; 3. Cristo Jesús, revelación histórica de la caridad de Dios; 4. La caridad en los evangelios sinópticos: 5. La caridad en los escritos de Juan; 6. La caridad en las epístolas neotestamentarias; 7. El himno de san Pablo a la caridad – V. Características cristianas de la caridad; 1. La caridad en relación con las otras virtudes teologales; 2. Carácter universal de la caridad; 3. La caridad, medio de conocimiento; 4. La caridad como realidad creadora – VI. La caridad, principio activo de vida espiritual: 1. Caridad y acción caritativa; 2. La caridad, superación de la antítesis fe-obras; 3. Caridad y acción del Espíritu Santo; 4. Caridad y perfección cristiana – VII. La caridad en la inculturación eclesial de hoy: 1. La caridad, signo de credibilidad del mensaje cristiano; 2. La caridad en el contexto sociológico de nuestro tiempo; 3. La caridad, elemento primario para el diálogo.
I. Preámbulo
El tema de la caridad es constante e insistente en la asamblea cristiana; se subraya su carácter esencial, afirmando que no es posible ser cristianos auténticos si no se vive la caridad, y que no se puede testimoniar ningún /apostolado eclesial sin una vida caritativa personal.
Sin embargo, parece que los fieles conocen muy poco la caridad en su índole especifica revelada y teológica, a pesar de que se la recuerde con insistencia; que tienen de ella una idea vaga y genérica; que la consideran las más de las veces concretamente como el gesto de dar limosna o de socorrer con misericordia al hermano necesitado. Tampoco como praxis aparece la caridad practicada de forma ejemplar. Quizá se hable mucho de ella, ya que todos ven su necesidad al comprobar su ausencia concreta. A menudo el cristiano se lamenta de que los demás no practiquen la caridad, o de que ésta se descuide en la misma comunidad eclesial, y luego él mismo no se preocupa de vivirla con el ejemplo. Todo esto sugiere la oportunidad de una reflexión teológica espiritual sobre la caridad con vistas a su mejor práctica eclesial.
II. La caridad en el mundo precristiano y no cristiano
Por lo menos es superficial el juicio de que las civilizaciones precristianas sólo conocen la violencia y la crueldad. También en ellas, aunque sea a ráfagas, brotan destellos de la exigencia de la caridad, los cuales dan testimonio de la ley interior suscitada por la acción divina en todos los hombres. El apóstol Pablo nos lo confirma al decir: «Cuando los gentiles, que no tienen Ley (mosaica), practican espontáneamente lo que ordena la Ley, vienen a convertirse en Ley para sí mismos, a pesar de no poseer la Ley. Y ellos dan prueba de que la realidad de la Ley está grabada en sus corazones, cuando su conciencia se convierte a su vez en testigo de un juicio interior, en el que las reflexiones se acusan y se defienden alternativamente en el tribunal en el que Dios juzga las interioridades de los hombres -según mi evangelio- por medio de Cristo Jesús» (Rom 2,14-16).
1. ENTRE LOS EGIPCIOS Y EN EL MUNDO GRECORROMANO – Entre las antiguas civilizaciones, la egipcia es sin duda la que tuvo una idea humanitaria más alta: Igualdad en la justicia, derechos de la mujer y los niños, derechos de los esclavos, ayuda debida a los miserables. Sobre todo el culto de la divinidad estaba ligado a la asistencia a los pobres, como preanuncio de la caridad de Cristo. En una inscripción de la V dinastía (2563-2422 a.C.) declara un funcionario: «He distribuido el pan a todos los hambrientos del monte Arato, he vestido al que estaba desnudo». Más de mil años después, es decir, en los tiempos en que reinaba David en Israel, bajo la dinastía XXI (1085-950 a.C.), en la inscripción del gran sacerdote de Anión, Bakenkhonsua, encontramos un lenguaje que refleja la revelación bíblica del Pentateuco: «Fui un padre para mis subordinados, porque instruí a sus jóvenes, tendí la mano a los infieles, aseguré la existencia de los necesitados. No engendré terror entre mis siervos, sino que fui un padre para ellos; aseguré los funerales a los que no tenían herederos y un féretro al que no poseía ninguno. Protegí al huérfano que me imploraba y tomé en mis manos los intereses de la viuda». Este espíritu de caridad se inspiraba en el pensamiento de la divinidad, que pone en el corazón de los hombres el conocimiento de su ley, y en la idea de una resurrección después de la muerte, en la cual quien haya obrado bien recibirá el premio.
Aunque en el mundo grecorromano no faltan ejemplos de caridad, debemos observar que se trata casi siempre de un intercambio de intereses; de una filantropía, en la cual el individuo o la comunidad buscan su propio interés. Jenofonte, exhortando a Heracles, pone en boca de la virtud estas afirmaciones: «El que desee la protección de los dioses debe ser piadoso con ellos; el que quiera ser amado por los amigos, debe hacerles bien; el que quiera ser honrado por la ciudad, debe servirla; el que quiera ser admirado por toda Grecia, debe ayudarla; el que quiera coger frutos abundantes de un terreno, debe cultivarlo» (Mem. II, 1-28). El mismo Jenofonte pone en labios de Iscómaco estas palabras a su joven esposa: «Si Dios nos da hijos, debemos educarlos lo mejor que sea posible. Nos interesa a los dos asegurarnos compañeros de trabajo, sostén de nuestra vejez, que sean los mejores posibles» (Ecom. 7-12). Pero en el mundo grecorromano está completamente ausente el significado cristiano de la caridad con los pobres. El pobre es considerado un daño para la ciudad y para la humanidad. Aristóteles afirmaba que la pobreza es «la fuente de las sediciones y de los crímenes». Si se socorre al pobre no es por amor, sino para neutralizar el peligro que constituye su vivir asociado. Escribe un erudito sobre la beneficencia y la asistencia a los pobres en la antigüedad precristiana: «En Grecia había muchas fundaciones antiguas que tenían por fin socorrer a algunos grupos de habitantes de una ciudad; pero los pobres, como tales, no son nunca objeto de esta beneficencia»1.
2. EN LAS GRANDES RELIGIONES NO CRISTIANAS – En las breves alusiones que siguen no tendremos en cuenta, naturalmente, al judaísmo, del que trataremos al hablar del AT. [No obstante, véase /Judía (espiritualidad)].
a) El /budismo. Por lo que se refiere al concepto de caridad, el budismo, con sus doctrinas del Gran Vehículo (Mahayana) y con su concepción activa de la benevolencia (maitri), ocupa un puesto muy particular entre las grandes religiones no cristianas. Baste esta sola cita: «No hay nada más poderoso que la maitri. Jamás el odio ha extinguido al odio. La benevolencia ha extinguido al odio. Esta es la ley eterna». Los motivos inspiradores del budismo se distinguen, sin embargo, de la caridad cristiana porque, si bien ambos afirman la exigencia de amar a los demás como a nosotros mismos, el «yo» budista es, en último análisis, un «yo» ilusorio, que intenta aniquilarse y liberarse de la propia individualidad: «La importancia nula del individuo es para el budismo un axioma fundamental, como lo es para el cristiano el valor infinito del alma humana». El valor positivo que el budismo vincula al amor se debe a que es una redención del corazón más que una fuente de acción. Los actos caritativos son una técnica que permite al hombre subyugar el propio «yo» individual. Lo cual no quita para que el concepto de amor alcance en la espiritualidad del budismo cimas muy altas, como en la poesía religiosa: «El me ha ultrajado y me ha herido,/me ha despojado de todo y me ha vencido:/en quien deseche de sí este pensamiento,/desaparecerá el espíritu del odio./Puesto que en el mundo nunca la enemistad/será vencida por la enemistad./Sólo el amor puede apagar el odio,/y esta ley vigirá eternamente» (Dhammapada, estr. 4,5). Es justo recordar también que las filosofias religiosas de Confucio y de Lao-Tse, aunque por motivaciones diversas, han proclamado el principio de la benevolencia universal y del completo desinterés.
b). /Hindutsmo. La ética, en el hinduismo, está estrechamente ligada a las nociones de dharma y de karman, de las cuales depende el destino del hombre: «La conducta buena y justa es el dharma. Todo lo que se comporta antidhármicamente se pierde en este mundo y en el otro; ni la ascesis ni el sacrificio pueden salvarle» (Vasistha 6,1). El dharma es el que suscita un karman positivo o negativo, bueno o malo, favorable o desfavorable. El que pone al hombre frente a su propia responsabilidad personal, aunque siempre en la soledad del propio esfuerzo: «El ser viene al mundo solo, solo desaparece, solo recibe el fruto de sus actos buenos o de sus actos malos. Cuando abandona en el suelo el cuerpo sin vida, como una partícula de madera o de tierra, sus parientes se van moviendo la cabeza; sólo el mérito le sigue» (Manu, IV, 239). Por eso, el «no-apego» es uno de los motivos fundamentales de la ética hinduista. La idea del mérito se deriva principalmente de evitar el «mal-impureza» y de la sanción legalista del acto pecaminoso realizado. No faltan, sin embargo, corrientes más modernas para las cuales el mérito nace de un compromiso del hombre con los demás hombres y con el mundo. La acción moralmente válida se abre así a una benevolencia activa (maitri), a una capacidad de tolerancia respecto a todo y a todos, a un impulso de altruismo y de compasión (karuna) que se inspira en ideas religiosas del budismo y muestra indicios de caridad.
c) /Islamismo. De los cinco pilares que sostienen la doctrina del islam, el segundo puesto lo ocupa la limosna (zakat). La zakat, etimológicamente «pureza», es la caridad entendida por el Corán como un acto que purifica las riquezas de la gloria mundana y propicia el premio eterno. La zakat, como los diezmos judeo-cristianos, es una contribución obligatoria; pero con fines diversos. Está destinada a ayudar a los pobres, a los esclavos que pretenden liberarse, a los viajeros carentes de medios, a los voluntarios de la guerra santa, así como a estimular la conversión de los pobres al islam. Sin embargo, esta contribución obligatoria no excluye las formas espontáneas de limosna y beneficencia. El texto coránico promete la «mansión final» a los que «otorgan de lo que Nuestra Providencia les provee, en secreto y manifiestamente» (XII, 22), a los «que de sus bienes han fijado la parte debida para el pobre y el mendigo» (LXX, 24) y a los que «alimentan por amor de él (Allah) al infeliz, al prisionero y al huérfano» (LXXVI, 8). El islamismo, aunque hunde sus raíces en el terreno religioso judío, no ha comprendido la predisposición a la historización de la relación del hombre con Dios, es decir, de las intervenciones de Dios en el tiempo. Por eso la relación hombre-Allah se concibe en términos de distancia infinita. La criatura ante Allah es como nada. Entre el hombre y Allah hay un abismo que ni siquiera la contemplación mística consigue llenar. La idea cristiana de Dios como fuente de amor está, pues, completamente ausente.
III. La caridad en el AT
El AT para expresar el concepto de «amor» se sirve sobre todo de la raíz ‘hb y de su derivado ‘ahabah. Este sustantivo, como el verbo, aheb, se utiliza para indicar en sentido positivo ya sea las relaciones familiares y de amistad, ya las relaciones entre el hombre y la mujer. Puede tener también un significado altamente religioso, como, por ejemplo, en la imagen del matrimonio entre Yahvé e Israel. Otra raíz usada es rhm, común a todas las lenguas semitas, de la cual se deriva el apelativo rahúm, que significa «misericordioso», reservado casi exclusivamente a Dios. El AT conoce la idea del amor de Dios al hombre, la del amor del hombre a Dios y la del amor del hombre al prójimo.
1. AMOR DE Dios AL HOMBRE – En el AT el amor de Dios no es un sentimiento ni un simple comportamiento, sino la acción de Yahvé, que se acuerda de su pueblo prisionero en tierra extraña y que interviene históricamente en su favor. Salva a Moisés para dar un caudillo a su pueblo, lo saca de Egipto, le defiende de los ataques del ejército egipcio, lo salva de las aguas del Mar Rojo, le conduce a través del Jordán a la tierra prometida a sus padres. La afirmación de que la acción de Yahvé respecto a Israel es la manifestación de su amor encuentra una clara explicitación en Oseas: «Cuando Israel era niño, yo le amaba y de Egipto llamé a mi hijo» (11,1). Es, pues, un amor activo dirigido a una colectividad (Jer 31,3; Dt 4,37; 10,15; Sal 41,12). También puede revestir el aspecto de un juicio severo; pero siempre se resuelve con una tonalidad positiva, de lo cual es ejemplo el sorprendente monólogo de Yahvé consigo mismo: «¿Es para mí Efraim un hijo tan querido, un niño tan predilecto? Pues cuantas veces le amenazo, me vuelvo a acordar de él. Sí, mis entrañas por él se conmueven y tendré compasión de él, dice Yahvé» (Jer 31,20). Este amor, que se renueva de generación en generación, tiene un plan y un designio eternos. Es, además, un amor efectivo y creador. Yahvé crea al pueblo que quiere amar y salvar libremente: «Yahvé, tu Dios, te ha elegido para ser pueblo suyo entre todos los pueblos que hay sobre la faz de la tierra… no por ser el pueblo más numeroso entre todos los pueblos…, sino porque Yahvé os amó» (Dt 7,6-8). Este concepto, reiterado en Dt (4,37; 8,13; 10,15; etc.), se encuentra a menudo también en los profetas (Is 41,8; 54,5-8; Os 11,1; Mal 1,2; etc.). Pero sobre todo se trata de un amor misericordioso, que salva, socorre y perdona: «Tú eres un Dios pronto a perdonar, clemente y misericordioso, tardo a la ira y lleno de bondad» (Neh 9,17; cf también: Dt 23,5; Sal 86,5; Is 43,25; 54,10; 63,9; Os 11,7-9; 14,4; etc.). Este amor dirigido ante todo al pueblo elegido, llega individualmente a cualquiera de sus miembros (Is 41,8; Mal 1,2; Sal 41,12; Prov 3,12; etc.), y se manifiesta con su carácter de universalidad a través de la acción de Dios en favor de su pueblo (Is 42,1; 49,7; etc.). Observemos, finalmente, que mientras que en Dt el amor de Dios es testimoniado sobre todo en relación con el pasado (4,37; 7,8; 10, 15, etc.), en los profetas se anuncia esencialmente en función del futuro y asume, por tanto, su dimensión mesiánica (Is 9,1-6; 11,1-9; Jer 33,10-11).
2. AMOR DEL HOMBRE A Dios – En todo el AT encontramos huellas de la respuesta del hombre al amor electivo y misericordioso de Dios. Dios es amado como libertador y socorredor (Sal 18,2-4), porque escucha la súplica de su servidor (Sal 116,1). Este amor se expresa en el servicio y en la obediencia (Dt 10,12ss), observando sus mandamientos (Ex 20,6; Dt 5,10; 7,9; 11,1; Dan 9,4; Neh 1,5) y siguiendo sus caminos (Dt 10,12; 11,22; 19,9; etc.). Se trata de un amor que implica una obediencia personal y total, que compromete todas las facultades del hombre en un servicio que constituye su felicidad y su gloria (Dt 6,5). Es, finalmente, un amor puesto continuamente a prueba: «Quiere Yahvé, vuestro Dios, probaros, para ver si realmente amáis a Yahvé, vuestro Dios, con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma» (Dt 13,4), y que carecerá de defecto sólo gracias a la acción misma de Dios: «Yahvé, tu Dios, circuncidará tu corazón y el de tus descendientes de manera que ames a Yahvé, tu Dios, con todo tu corazón y toda tu alma y vivas» (Dt 30,6). Sobre todo con Amós (hacia 750 a.C.) y con Oseas (hacia 730 a.C.), aparece claramente el precepto de amar a Dios, preparando así el clima de su formulación explícita en el mandamiento: «Ama a Yahvé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,5; cf 10,12; 11,1.22; 19,8; etc.). Ellos, en efecto, predican a Israel que Dios le ama como «padre» y como «esposo», y que es injusto no responder a este amor (Os 2 y 11; Am 9,11-15).
3. AMOR DEL HOMBRE AL PRí“JIMO – El precepto del amor al prójimo aparece explícitamente en el AT en un periodo más bien tardío, a saber, en Levítico: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (19,18). Esta formulación, sin embargo, es resultado de una tradición que se había ido formando y ampliando desde los tiempos del éxodo. De todas formas, el AT contiene todos los matices del amor al prójimo. Ante todo, el amor a los pobres y menesterosos, que deben ser objeto de un tratamiento caritativo (Ex 23,6; Lev 19,10.15; 25,5-6.35; Dt 15,7-8; 24,10-13; etc.). Las prescripciones relativas a los años jubilares y sabáticos (Ex 23,10-11; Lev 25,23-34) ponen particularmente de relieve la posición de los pobres como sujetos de caridad, la cual alcanza también a los esclavos con derecho al rescate. El extranjero que había fijado su residencia en el país no sólo gozaba de igualdad ante la ley, sino que tenía derecho al amor fraterno del israelita (Ex 22,21; 23,9; Lev 19,33-34; Núm 19,29; etc.). La motivación de este amor era constante: «Ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto» (Dt 10,19; etc.). Este socorro debido al extranjero se une casi siempre al socorro caritativo debido a los huérfanos y a las viudas (Ex 22,21-27; Dt 10,18; 15,7; 16,11; etc.). A las personas ancianas se les debe honor y respeto (Lev 19,32), y con los disminuidos físicamente se pide una actitud de miramiento (Lev 19,14; Dt 27,18). La actitud para con los enemigos, si se exceptúa Ex 23,4-5, es, en cambio, de odio y venganza (Ex 15,6; Núm 23,11; Sal 7,6; 69,23-29; 109,6-16, etc.). Pero estas invectivas están dictadas a menudo para apelar a la liberación que viene de Dios (Sal 18,46-48; 22,19; etc.) y, en la mayor parte de los casos, brotan de la concepción judía según la cual el que ofende o desprecia al pueblo de Dios o al servidor del Eterno se hace enemigo de Dios mismo (Núm 10,35; Jue 5,31; Sal 92,9; etc.). El amor de los padres a los hijos (Gén 37,3) y de los hijos a los padres (Ex 20,12), aunque no se expresa, está implícito en toda la ética veterotestamentaria. El amor conyugal es contemplado a la luz de la concepción del Génesis (2,18-25), para la cual la pareja forma una unidad que se realiza en el ofrecimiento recíproco. Este vínculo, que abarca también la esfera de la sexualidad, es exaltado por el Cantar de los Cantares, el cual expresa alegóricamente asimismo el amor de Dios a su pueblo. Las expresiones de amor en este terreno están a menudo entrelazadas una con otra, sin distinguir entre lo profano y lo religioso.
1. VERBOS USADOS EN EL GRIEGO PREBíBLICO PARA EXPRESAR EL CONCEPTO DE AMOR – Los griegos usaban tres verbos para expresar el concepto de amor: eran, philein y agapán.
a) Eran. De él se deriva el sustantivo «eros», e indicaba esencialmente el amor pasional, el amor deseo. No sólo deseo de la mujer por parte del hombre, sino deseo de todo cuanto era digno de ser poseído. Este amor posesivo fue en el mundo grecorromano el motor principal de la vida moral (amor de las virtudes), de la vida artística (amor de lo bello), de la vida filosófica (amor a la verdad), de la vida religiosa (amor de la divinidad, de la inmortalidad, etc.).
b) Philein. Su sustantivo «philia» ha dado lugar al término «filantrópico». Expresaba el concepto de amistad y designaba el amor desinteresado por el hombre, por un amigo, por la patria, etc. El pensamiento griego se servirá de él sobre todo para indicar hombres en los cuales la voluntad y la nobleza del corazón se había enseñoreado de las pasiones humanas (por ej., Antígona).
c) Agapán. Se usa con significados más bien vagos, entre los cuales, el máscaracterístico es el de predilección, preferir, tener a alguien en mayor consideración que a otros. Se lo puede traducir, pues, por «demostrar afecto». Plotino lo utilizó para indicar el amor que irradia de Dios, el amor que eleva al humilde o lo alza por encima de los otros (cf GLNT 1, 98). Este verbo es el que prefirieron los autores del AT para expresar el concepto contenido en el correspondiente ‘aheb hebreo. Este verbo, con su correspondiente sustantivo «agape», pasó del AT al lenguaje neotestamentario, adquiriendo un significado nuevo e inmensamente rico, que expresa toda la plenitud de la relación entre Dios y el hombre, y de la nueva relación que el mensaje cristiano estableció entre hombre y hombre. El amor a Dios y el amor al prójimo son, en efecto, en el mensaje cristiano dos aspectos de la misma agape.
2. TERMINOLOGíA BíBLICA – En su versión latina del NT, denominada «Vulgata», san Jerónimo traduce el griego agape (amor) por los términos dilectio y charitas. Generalmente se usa dilectio cuando prevalece el sentido de una relación afectuosa y se indica la persona a la cual se refiere: amor a Dios (Jn 5,42), amor de Dios Padre al Hijo (Jn 17,26), amor entre Dios, Cristo y los discípulos (Jn 13,17), amor al prójimo (Rom 12,9; 13,10; etc.). El término chantas, en la mayor parte de los casos, se utiliza cuando agape no tiene un objeto determinado; adquiere en cierto modo un sentido técnico cristiano: «Dios es amor» (1 Jn 4,16), «el amor de Cristo nos urge» (2 Cor 5,14), etc.; lo mismo que en el «himno a la caridad» paulino (1 Cor 13). Cuando el amor fraterno se expresa en griego con el término philadelphia, los traductores usan el casi sinónimo agape traduciéndolo por «caridad».
El término griego eleos (compasión, piedad), en los LXX, es normalmente la traducción del hebreo hered, que indica una relación de reciprocidad, el comportamiento que uno puede esperar de otro, el gesto de socorro inspirado por la fidelidad. En el NT, en cambio, eleos indica por lo general la relación que Dios quiere que exista entre hombre y hombre: bondad, piedad, compasión. En la parábola del «buen samaritano» se utiliza para expresar un sentimiento de misericordia (Le 10,37; cf Le 6,36; Ef 4,32; Sant 2,13; etc.). Referido a Dios, el eleos expresa la fidelidad misericordiosa (Le 1,58.72.78; 1 Pe 1,13), la acción histórico-salvífica (Rom 11,30,32; Gál 6,15. etc.), así como la obra escatológica en Cristo, que tiene su formulación dogmática en Tit 3,5: «Nos salvó, no por las obras justas que hubiéremos practicado, sino por su misericordia».
Así pues, en el lenguaje bíblico el término «caridad» expresa en su más alto nivel el concepto de «amor» y abarca el de «misericordia», ya se trate de la relación entre Dios y los hombres, entre los hombres y Dios y de los hombres entre sí. El amor es la fuente de la caridad, y la misericordia, su manifestación. Conviene, además, subrayar que en la espiritualidad cristiana el término «caridad» no tiene el significado superficial con que corrientemente se emplea para indicar la práctica de la beneficencia, aunque ésta sea uno de sus frutos, sino que quiere expresar la forma cristiana de la misericordia y del amor.
3. CRISTO JESÚS. REVELACIí“N HISTí“RICA DE LA CARIDAD DE Dlos – Revelador de la caridad de Dios es Cristo Jesús: «En esto se ha manifestado el amor de Dios por nosotros, en que ha mandado a su Hijo unigénito al mundo para que nosotros vivamos por él» (1 Jn 4,9). Este amor, iniciativa de Dios, se ha manifestado en el don de Cristo por nosotros pecadores y ha tenido su cumplimiento en la cruz: «En esto consiste su amor: No somos nosotros los que hemos amado a Dios, sino Dios el que nos ha amado a nosotros, y ha enviado a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados» (1 Jn 4,10). Escribe un exegeta: «La palabra amor requiere siempre un diccionario, y para los cristianos el diccionario es Cristo Jesús». Esta caridad de Dios se ha revelado en un acontecimiento histórico: el hecho de Jesucristo, que inaugura el tiempo de la misericordia divina. Este acontecimiento histórico, revelación única y suficiente del amor de Dios (Rom 5,8; 8,28.31ss; Jn 3,16; 1 Jn 4,9; etc.), manifiesta también que Dios no sólo ha amado (pasado) y ama (presente), sino que «es amor» (1 Jn 4,8), por lo cual su acción es en el tiempo. Este acontecimiento histórico tiene un carácter electivo, puesto que su Hijo unigénito fue escogido para una misión particular (Me 12,6) y se funda en una perfecta correspondencia de amor entre lo que Dios piensa y decide y lo que Jesús realiza al servicio de los hombres (Jn 3,35; 5,20; 10,17; 14,31; 17,23-36). La caridad de Cristo,en efecto, se resume en su persona y en su obra. Ella nos revela el secreto de su unión con Dios y de su unión con los hombres; es el instrumento de su iniciativa salvífica, que hace de él, incluso históricamente, el salvador del mundo.
4. LA CARIDAD EN LOS EVANGELIOS SINí“PTICOS – En los sinópticos, los pasajes en los cuales se habla del amor de Dios y de la relación entre Dios y el hombre y entre hombre y hombre, culminan siempre en la exhortación a la misericordia y al espíritu de reconciliación. Esta misericordia de Dios se expresa en el perdón de los pecados, que debe suscitar por parte del hombre una actitud idéntica hacia el prójimo (Mt 6,12.14-15; 18,35; Le 6,37; etc.). El perdón de nuestros semejantes es, pues, un aspecto de la caridad activa como respuesta reconocida al perdón recibido: «Si es cierto que la vida cristiana es la continuación de la vida de Cristo en los cristianos, nuestra caridad no es solamente la imitación de su caridad, sino, más profundamente, la participación de esa caridad y su prolongación; no podemos amar cristianamente si no es por medio de Jesús y en Jesús». Hay que destacar la parte preponderante que tienen en el evangelio de Lucas los pobres, los desheredados y los humildes. Ellos son el objeto principal de la preocupación amorosa de Jesús, el cual nació pobremente en un establo, en un círculo de israelitas de modesta condición. Su misión es «evangelizar» a los pobres (4,18; 7,22): la primera bienaventuranza es para los pobres (6,20), mientras que se pronuncia un juicio severo contra los ricos (6,24-25). Varias parábolas y enseñanzas ponen en guardia contra el peligro de las riquezas no condivididas, expresan el deber de favorecer a los pobres y los señalan como privilegiados en la vida futura (12,13-21; 16,19-31; 19,2-10). Además, es Lucas el que nos transmite la parábola del samaritano como modelo de amor al prójimo (10,30-37).
5. LA CARIDAD EN LOS ESCRITOS DE JUAN – En los escritos de Juan «el amor se concibe como una energía primordial de la vida, un modo de ser, una realización de Dios en este mundo». Presentan el amor en su sentido absoluto (1 Jn 3,14.18; 4,7-8.19) y en su aspecto de amor fraterno (1 Jn 2,10; 3,10; 4,20; etc.) como el cumplimiento y el sello de autenticidad de toda la vida cristiana. Para Juan el amor es la piedra angular del reino de Cristo, que se va realizando en la crisis del mundo (Jn 3,16). Pone el acento en el amor del Padre al Hijo (Jn 3,35; 10,17), el cual es en todo y por todo el mediador del amor divino (Jn 17,23ss; 14,21ss), y subraya el amor del Hijo a aquellos que el Padre le ha dado como «amigos» (Jn 15,14-15). Coronamiento y fuente de este amor es el sacrificio del Hijo, por medio del cual Dios lleva a cabo la salvación del mundo (Jn 13,1). Al subrayar el carácter activo, en Cristo, del amor de Dios, Juan insiste en el amor a los hermanos, que tiene en Cristo su modelo y su fuente (Jn 13,34; 14,15; 21,15ss). Exhorta, pues, a los hermanos al amor recíproco (2 Jn 5-6) y a la caridad con los extraños (3 Jn 5-6). Esta sublimación del amor a los propios hermanos, para la cual es indispensable la entrega al prójimo a fin de vivir en la caridad de Dios (1 Jn 4,20-21), la ha puesto de manifiesto el apóstol Juan como un eco de cuanto había expresado Jesús en su discurso sobre el «juicio final» (Mt 25,31-36). También está viva la preocupación por una vida comunitaria concreta expresada en un servicio fraterno (1 Jn 4,21). El Apocalipsis, abierto con un himno entonado por el fiel testigo de Cristo a aquel «que nos ama y nos ha lavado de nuestros pecados», ve el amor sobre todo a la luz de la teología del martirio (12,11).
6. LA CARIDAD EN LAS EPíSTOLAS NEOTESTAMENTARIAS – Para san Pablo la caridad es el fundamento de la realidad futura. Describe él la nueva situación creada por el acto de amor de Dios desarrollando el tema de la nueva era de la historia del mundo iniciada con Cristo (Rom 8,28.31ss). «El eterno amor de Dios, a través del amor y el sacrificio de Cristo se convierte en el hecho central de la historia del mundo’. Este amor, que mira a crear al hombre nuevo, es capaz de obrar según el querer divino (Flp 2,13), que es querer de amor a todos (Gál 6,10; 1 Tes 4,9; Col 1,4). Pablo, en efecto, resume lo esencial de la vida de caridad en un amor que se inspira en el de Cristo «muerto por el hermano» (1 Cor 8,11-12; 11,20-34; etc.). Este amor se extiende a los enemigos, porque tiene como supuesto el amor que Dios nos ha manifestado a nosotros, que éramos sus enemigos (Rom 5,10); manifestación que el mundo llama locura, y cuyo testimonio supremo es la cruz (1 Cor 1,18-21). El don amoroso de Dios Padre, en Cristo Jesús muerto y resucitado por nosotros, supera y consuma todos sus dones precedentes; constituye la salvación única, el camino único para una vida de comunión con Dios y, por tanto, para una vida auténticamente humana (Rom 5,12-21; Gál 3,25-29; Flp 3,2-11). Pablo evidencia también el aspecto de la caridad que consiste en «no hacer mal al prójimo» (Rom 13,10), e insiste en que el amor es el cumplimiento de la ley (Rom 13,8-9). También Santiago pone de relieve que el amor es la ley del nuevo reino (2,8), deduciendo de ahí toda una serie de deberes prácticos: no despreciar al pobre (2,5-6), vestir a los desnudos y dar de comer a los que no tienen (2,15-16), dar al obrero su justo salario (5,1ss, etc.). En las cartas de Pedro la exhortación a la caridad fraterna encuentra aplicación sobre todo en relación con los ultrajes a que puede verse sometido el creyente por su fidelidad a Cristo (1 Pe 3,8-9).
7. EL HIMNO DE SAN PABLO A LA CARIDAD – La dinámica de la caridad, que asume aspectos diversos según las circunstancias en que actúa y las situaciones en que somos llamados a vivir, la expresa con fuerza Pablo en 1 Cor 13. En este himno se afirma que, sin la caridad, incluso los más altos valores de la vida cristiana pierden su mordiente y están privados de autenticidad (vv. 1-3). Al abordar el aspecto de la caridad en sus aplicaciones concretas, subraya que no es sólo un modo activo de ser (vv. 4-7), sino también un modo activo de no ser (vv. 5-6). Al proclamar su carácter permanente y su triunfo incluso frente a aquellos dones carismáticos que constituyen tantas veces el orgullo de la Iglesia y de los creyentes (vv. 8-10), opone a nuestra visión imperfecta de Dios justamente el conocimiento de amor (vv. 11-13). Barth ha escrito que el mejor modo de comprender la noción de caridad expresada en este himno paulino es sustituir el término «caridad» por el nombre de Jesucristo’. Debemos observar, sin embargo, que el Apóstol, al anteponer a su himno las palabras: «Yo os voy a mostrar un camino muy superior» (12,31), ha querido indicarnos un camino que es necesario recorrer precisamente a imitación de Cristo.
V. Características cristianas de la caridad
Si quisiéramos expresar en una sola idea lo que distingue profundamente ala caridad cristiana de la filantropía del humanismo pagano o de la benevolencia de las grandes religiones no cristianas, sobre todo del budismo, el cual destaca entre ellas por sus elevadas enseñanzas sobre el amor, podríamos decir que su característica distintiva es Cristo. Es él su fuente, su centro y su fin: «A través de su fe en Cristo y de su comunión viviente con él, el cristiano está en condiciones de amar a los hombres como Cristo mismo los amó y sigue amándolos aún»‘. Ahora bien, precisamente de la riqueza de la caridad que es Cristo y que está en Cristo brotan peculiaridades propias de la caridad cristiana. Sólo expondremos algunas.
1. LA CARIDAD EN RELACIí“N CON LAS OTRAS VIRTUDES TEOLOGALES – Es propio del mensaje neotestamentario haber establecido la fe, la esperanza y la caridad en su indisoluble unidad como las realidades fundamentales de la vida cristiana. Si la esperanza es abrirse a Dios (1 Pe 1,3) y la fe apropiarse las cosas esperadas (Heb 11,1), la caridad es vivir las realidades de la esperanza lo mismo que las de la fe: «La caridad… lo cree todo, todo lo espera» (1 Cor 13,7). Si la vida cristiana forma un todo indisoluble y original, es porque cada una de estas virtudes se completa recíprocamente y la una no puede subsistir sin la otra. Podríamos decir que si la caridad es el punto culminante de la vida cristiana, la fe es su soporte indispensable, y la esperanza, su anticipación. Antes de las certezas de la fe y de las armonías del amor, la esperanza es la manifestación de la posibilidad de creer y de amar. Pero la esperanza cristiana, a diferencia de las esperanzas humanas, desemboca no en una conclusión, sino en un principio: es la aurora de una plenitud que se realizará. Si la fe «obra por medio de la caridad» (Gál 5,6), la esperanza en la esfera cristiana no puede ser nunca egoísta, porque se espera lo que se espera también para los otros (2 Cor 1,7). La esperanza obra por medio de la caridad, porque no es posible amar al prójimo sin esperar con él y por él. Y no podemos amar verdaderamente si no nos anima la fe. Pero la fe y la esperanza, estrechamente ligadas a nuestra vida terrena, entran en la eternidad asumiendo la forma de la caridad. El cumplimiento de todas las cosas es la caridad (1 Cor 13,13). «En Dios mismo… no hay fe ni esperanza, sino solamente amor. La fe y la esperanza son mayores que los otros dones espirituales…; pero por encima de ellas está el amor como expresión de la eterna y perfecta comunión de Dios».
2. CARíCTER UNIVERSAL DE LA CARIDAD – La caridad se dirige a todos los hombres. Rechaza como una tentación de parcialidad la idea misma de una elección, de una preferencia y, mucho más, de una exclusión. Es para todos, como para todos es la luz del sol que Dios, a manera de reflejo de su amor, hace salir «sobre buenos y malos», lo mismo que hace «llover sobre justos e injustos» (Mt 5,45). La caridad es por su naturaleza universal, pues Dios ama a todos y, en su amor paterno, nos hace uno con él: «Todos vosotros sois hermanos» (Mt 23,8). Se distingue del amor humanamente entendido porque éste es por su naturaleza limitativo y posesivo, mientras que la caridad tiene como característica la universalidad: Jesús «suprime para siempre la restricción del amor al prójimo limitado a los connacionales y lo concentra en los humildes y los menesterosos; hace de una cuestión jurídica controvertida (¿quién es mi prójimo?) una cuestión de corazón; y de modo tan categórico, que excluye reservas y excepciones»». Esta universalidad, perfecta en Dios, puede convertirse para el hombre en astucia sutil, evasión y generalización, por las cuales, manifestando el deseo de amar a todos, no se ama concretamente a nadie. El criterio de la «projimidad» tiene, pues, un sentido práctico. En la sobreabundancia de su riqueza natural, la caridad dirigida a todos se dirige también a cada uno: familiares, conciudadanos, pertenecientes al mismo núcleo social o religioso: «Hagamos el bien a todos, y especialmente a los hermanos en la fe» (Gál 6,10). Pues la caridad no es sentimiento vago, sino compromiso concreto.
3. LA CARIDAD, MEDIO DE CONOCIMIENTO – Siendo la caridad un camino que viene de Dios y que va a Dios, es el camino del verdadero conocimiento (1 Jn 4,7-14). Centro focal del conocimiento es la iniciativa divina de nuestra salvación, que no se funda ya en el criterio de la justicia, sino de la justificación, o sea, del amor y la misericordia (Ef 2,4-10). Nosotros no podemos alcanzar toda su plenitud y perfección; pero Dios nos hace capaces de «comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y además la profundidad, y conocer el amor de Cristo que sobrepuja todo conocimiento, a fin de que seáis llenos de toda plenitud de Dios» (Ef 3,18-19). Este conocimiento consiste ante todo en conseguir la verdad que está en Cristo Jesús: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6) y en regocijarse con ella por medio de la caridad: «La caridad… se alegra de la verdad» (1 Cor 13,6). Seguir «la verdad en la caridad» significa no dejarse llevar «por ningún viento de doctrina», sino crecer «en el amor de todas las cosas hacia el que es la cabeza, Cristo» (Ef 4,14-15). La caridad «es el lazo de la perfección» (Col 3,14) no sólo en el aspecto ético, sino también en el cognoscitivo, puesto que la caridad orienta y juzga el verdadero conocimiento: «La ciencia hincha, mas la caridad edifica» (1 Cor 8,1). En efecto, el conocimiento sin amor llena de sí mismo y puede ser motivo también de escándalo (1 Cor 8,11-12), mientras que el conocimiento orientado por la caridad nos pone en condiciones de encontrar al prójimo en su efectiva realidad haciéndonos todo para todos (1 Cor 9,19-22). Un conocimiento sin amor, una doctrina sin caridad, una ortodoxia glacial no tienen valor alguno ante Dios (1 Cor 13,1-2). Puesto que en el lenguaje bíblico «conocer» no es sólo observar, saber, sino sobre todo encontrar, participar, es evidente que en el plano de las relaciones humanas amar supone conocer y que no es posible un verdadero conocimiento sin amar.
4. LA CARIDAD COMO REALIDAD CREADORA – La caridad, elemento fundamental de todos los aspectos de la vida cristiana, es también su realidad creadora y el principio fecundante de la misma. Donde ella está ausente, se vuelven estériles todos los aspectos de la vida cristiana; donde ella suscita nuestro obrar e inspira nuestro hablar, un soplo de autenticidad penetra cuanto decimos y hacemos. La caridad es potencia creadora porque dimana de Dios creador, el cual hizo buenas todas las cosas (Gén 1,4.12,18.21.25.31), expresando desde el momento creador un fin amoroso. Cuando «la creación fue sometida a la vanidad» (Rom 8,20) a causa del pecado, la intervención de Dios en Cristo Jesús se convirtió en el centro de una renovación total de todo el cosmos (Col 1,20) y en el punto de partida de una nueva creación (2 Cor 5,17). En él, a través de la cruz, se ha realizado para todo el mundo el plan reconciliador de Dios (2 Cor 5,19). La caridad es creadora en orden a la vida eterna (Mt 10,42; Mc 9,41), a la verdadera libertad (Gál 5,13-14); lo es de la alegría (He 20,35), porque es plenitud de armonía incluso en nosotros mismos (Jn 16,22); lo es respecto a la justicia, pero superando el concepto legalista de la misma: la justicia da a cada uno lo suyo, mientras que la caridad da también de lo propio (Mt 20,1-16). Si la caridad es poder creador de un orden nuevo en el entramado social, lo es de modo particular para la comunidad de los creyentes: «En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros» (Jn 13,35). Lo recordaba Pablo VI en su alocución a una parroquia de la periferia romana: «¿Cómo se llama esta fuerza cohesiva apta para mantener unido el cuerpo parroquial, el cuerpo eclesiástico, la humanidad deseosa de estar unida? Todos lo saben: se llama la caridad. Es la gran ley constitutiva de la Iglesia» 12.
VI. La caridad, principio activo de vida espiritual
La caridad no es una sabia relación de equilibrio entre nosotros y los demás. Por inspirarse en la caridad de Cristo (Jn 13,34-35), es más exigente y más generosa. Arroja en nuestro corazón todo el sufrimiento del mundo y bajo el asalto de esta marea dolorosa rompe las resistencias de nuestro egoísmo, revelándonos que existimos para amar como el mundo existe para ser amado: «El amor está por encima de todo otro bien… Es generoso; hace emprender cosas grandes e incita a todo lo que hay de más perfecto y mejor en los cielos y en la tierra, porque el amor ha nacido de Dios y no puede aquietarse sino con el mismo Dios… El que ama corre, vuela y se alegra; es libre; nada le detiene, nada le pesa, nada le cuesta; intenta más de lo que puede; no considera nada imposible, porque todo lo cree posible y licito. Por eso lo puede todo y realiza muchas cosas en las cuales el que no ama desfallece y cae» (1mit. de Cristo, III, 5). Se trata. pues, de un principio activo de vida espiritual que tiene su origen en la acción preveniente de Dios (Jn 15,16; Rom 5,8).
1. CARIDAD Y ACCIí“N CARITATIVA – La caridad cristiana no se agota en la ascética, en la mística o en las devociones, sino que se realiza en la «caritas», que es la forma suprema de la actividad delcristiano, determinando su dinamismo, que ha de realizarse en el terreno concreto de la acción caritativa. Es una actitud del espíritu que expresa su realidad transformándose en acción: «Amémonos no de palabra ni de lengua, sino con obras y de verdad» (1 Jn 3,18). De esta acción caritativa se nos dan algunos ejemplos prácticos: «El que tenga dos túnicas reparta con el que no tiene ninguna, y el que tiene alimentos, que haga igual» (Lc 3,11); «Da a quien te pida; y no vuelvas la espalda al que desea que le prestes algo» (Mt 5,42); «Cuando des un banquete invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos» (Lc 14,13); etc. En todo caso, hay formas caritativas que, en apariencia, son el equivalente del amor; pero, al no estar suscitadas por un genuino espíritu de caridad, le son extrañas (1 Cor 13,3). La caridad supone no sólo una victoria sobre nuestro egoísmo, sino también un ejercicio de humildad. La filantropía puede ocultar también un egoísmo refinado. Puede brotar no de la preocupación por el bien de la persona a que se dirige, sino del deseo, aunque sea inconsciente, de recibir alabanza por ello: «Cuando des limosna, no toques la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas… para que los hombres los alaben… Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6,2-3). También puede ser que, como en el episodio de Ananías y Safira (He 5,1-11), esté dictada por una búsqueda del propio interés. El espíritu de caridad, al inspirarse en la caridad de Dios que nos ha amado como somos, debe expresarse en la capacidad de separar al hombre del mal que ha cometido o que sigue cometiendo (Rom 5,7-8). Nuestra caridad debe ser, pues, instrumento para devolver al hombre a sí mismo; para descubrirlo como Dios quiere que sea, ayudándole a serlo. Puesto que nuestra respuesta a la caridad de Cristo debe expresarse acogiendo la acción de su gracia, estamos llamados también a manifestar espíritu de caridad no sólo sabiendo dar, sino igualmente sabiendo recibir.
2. LA CARIDAD. SUPERACIí“N DE LA ANTíTESIS FE-OBRAS – La antítesis fe-obras, objeto frecuente de controversias teológicas y de disputas entre las varias confesiones cristianas, no sólo queda superada, sino también disipada con una recta concepción de la caridad (Sant2,18). La fe no es sólo firme certeza de las promesas divinas, sino asentimiento a una vida nueva que tiene su fuente en Cristo, y asentimiento a la creación en nosotros de una vida que brota de la suya y que san Pablo define «la fe que obra por medio de la caridad» (Gál 5,6): Si la fe no depende de las obras, porque las precede, a través de ellas es como se manifiesta su autenticidad: «Hermanos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe?» (Sant 2,14). No puede, porque «la fe, sin las obras, está muerta» (Sant 2,26). Y estas obras son las obras del amor (Sant 2,15-16). «Es Dios quien nos salva. Pero nuestras obras, el comportamiento de una vida renovada por Dios, indican que la salvación de Dios ha bajado a nosotros, que hemos entrado en un nuevo día, el día de Jesucristo. Sin este signo de las obras buenas, estaremos todavía sumidos en las tinieblas del pecados 13,
3. CARIDAD Y ACCIí“N DEL ESPíRITU SANTO – Siendo la caridad la manifestación más alta de Dios y el don más sublime otorgado al hombre, se la puede comprender y resultar operante donde obra el Espíritu Santo. El apóstol Pablo afirma que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5). Su fuerza no es, pues, la de los hombres, sino la potencia del Espíritu Santo, del cual es fruto: «El fruto del Espíritu es: caridad, alegría, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia» (Gál 5,22-23). El singular indica que se trata de un fruto único, del cual todas las virtudes enumeradas no son más que su extensión o desarrollo: el fruto del amor. El Apóstol habla también de «amor del Espíritu» (Rom 15,30) y de «caridad en el Espíritu» (Col 1,8). Nuestra participación en la íntima relación entre el Padre y el Hijo está sellada y garantizada por el don del Espíritu (2 Cor 1,21-22), mediante el cual se difunde en nuestros corazones el amor de Dios (Rom 5,5). El Espíritu es el que atestigua, juntamente con nuestro espíritu, que somos hijos de Dios (Rom 8,17), haciéndonos comprender la realidad del amor de Dios y permitiéndonos asimilar los mandamientos de amor para vivirlos y vivir de ellos.
4. CARIDAD Y PERFECCIí“N CRISTIANA – El mandamiento de Jesús: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48), se nos aparece también, con la luminosidad de horizontes que abre ante el creyente, entre los más desconcertantes, poniéndonos delante nada menos que el ejemplo de Dios. ¿Qué perfección es, pues, ésta? Ciertamente no se trata de imitar las perfecciones metafísicas de Dios, lo cual trasciende nuestra condición de criaturas. Se trata de imitar la perfección moral del amor de Dios, «que hace nacer el sol sobre buenos y malos» (Mt 5,45), o sea, aquella inmensa benevolencia hacia los hombres que encuentra eco en el mandamiento: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36). Se trata de imitar la perfección que se ha revelado en la encarnación y en la cruz, a saber, la perfección del amor que se da. Es obvio que el mandamiento no se dirige al hombre natural, sino a la nueva criatura, que en cuanto tal está llamada a recorrer «un camino muy superior» (1 Cor 12,31). En los tiempos apostólicos, la nueva fe encendida por Cristo entre los hombres era llamada «el camino» o el «nuevo camino» (He 9,2), lo cual sugiere la idea de un camino que recorrer y una meta que alcanzar. El camino es «vivir en el amor» (Ef 5,2), y la meta comprender «cuál es la anchura, la longitud, la altura y además la profundidad, y conocer el amor de Cristo» (Ef 3,18-19), a fin de que «el amor (de Dios) en nosotros sea perfecto» (1 Jn 4,12). La caridad, pues, no es sólo una virtud que realizar, sino un camino que recorrer; un itinerario espiritual por el cual, bajo la guía del Espíritu Santo, podemos acercarnos a Dios y a sus perfecciones morales. El apóstol Pedro, exhortando a practicar las virtudes cristianas, afirma: «(Mostrad) en la paciencia piedad, en la piedad amor fraterno, en el amor fraterno caridad» (2 Pe 1,6-7). Y el apóstol Pablo, después de haber hablado de algunos signos de la vida nueva que el creyente realiza en Cristo (benignidad, humildad, bondad, soportarse recíprocamente, perdón), concluye: «Pero ante todo revestíos de caridad, que es el lazo de la perfección» (Col 3,14). La escuela agustiniana, al poner en la caridad la base de la espiritualidad, la articula en «caridad deseosa», o sea, anhelante de adaptarse al Ser supremo; «caridad ascendente», que nos conduce gradualmente a las cimas de la perfección; «caridad combatiente», que contrasta las inclinaciones malas; y, finalmente, «caridad generante», que, partiendo de la premisa de la caridad con Dios alimentada por la oración, la humildad y el recogimiento, indica como signo de madurez espiritual la caridad con el prójimo. Se trata de la posibilidad de referirnos al Tú divino para transferir este Tú al tú de nuestro prójimo. Así la perfección cristiana en la caridad se convierte en imitación de Cristo (2 Cor 8,9) e identificación de Cristo con nuestro prójimo (Mt 25,35-40). Este es el camino grato a Dios como «ofrenda de suave olor»(Fip 4,18). Esta maduración espiritual en la caridad es indispensable no sólo para la vida del creyente, sino también para la de la Iglesia: «Si la fe y la caridad son los principios de su vida (de la Iglesia), está claro que no se debe descuidar nada para dar a la fe gozosa seguridad y alimento nuevo, a fin de hacer eficaz la iniciación y la pedagogía cristiana indispensable para este fin; un estudio más asiduo y el culto más devoto de la palabra de Dios serán ciertamente fundamento de esta renovación. Y la educación en la caridad tendrá sucesivamente el puesto de honor; habremos de anhelar la ecclesia caritatis, si queremos que esté en condiciones de renovarse profundamente y de renovar al mundo que la rodea; tarea inmensa, incluso porque, como es sabido, la caridad es la reina y la raíz de las otras virtudes cristianas: la humildad, la pobreza, la religiosidad, el coraje de la verdad y el amor de la justicia y de toda otra forma operativa del hombre nuevo» 14
VII. La caridad en la inculturaclón eclesial de hoy
El hombre moderno parece que desea cada vez más tener el mundo en sus manos: lo amplía, lo domina, lo plasma en el plano físico, psíquico y social. Sin embargo, es un mundo que da la impresión de querer prescindir de la soberanía redentora y liberadora de Cristo, sin la cual no puede realizarse nada permanentemente válido y sustancialmente beneficioso (Mt 28,20). Cometido de la Iglesia es fermentarlo con la caridad.
1. LA CARIDAD, SIGNO DE CREDIBILIDAD DEL MENSAJE CRISTIANO – No somos nosotros quienes podemos hacer creíble el mensaje cristiano; es Cristo, «poder y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,24). Pero síestamos llamados a hacer creíble nuestra fe y el testimonio que de ella damos, viviéndola en la práctica del amor (Jn 13,35; He 4,3). En la oración sacerdotal de Jesús hay una referencia explícita a la necesidad de dar un signo bien preciso para que el mundo crea: ser «perfectos en la unidad» (Jn 17,23). Y ello tiene un supuesto: «Como Tú, Padre, en mí, y yo en Ti, que también ellos sean una sola cosa en Nosotros, para que crea el mundo que Tú me enviaste» (Jn 17,21). Es un itinerario de amor bien preciso: del Padre al Hijo, del Hijo a nosotros y de nosotros a nuestro prójimo. Es una fácil deformación concebir el amor de Dios como dirigido exclusivamente a nosotros. La caridad es verdaderamente tal y signo para el mundo cuando provoca el descubrimiento de un «tú» que entra en nosotros para hacernos salir de nosotros mismos. Requiere, pues, una doble conversión: a Dios y al prójimo. En este sentido, la caridad hace creíble al mundo el mensaje cristiano, siendo en el mundo el signo del reino de Dios que viene: «La caridad es Dios entre nosotros; es la vida que él quiere de nosotros, el impulso ascensional que nos lleva a él y hace de nuestra experiencia en la sociedad la experiencia del amor a él. Y hasta donde ella se realiza, se actualiza en el mundo el reino de Dios. La sociedad dirigida por la caridad es el reino de Dios en la tierra’.
2. LA CARIDAD EN EL CONTEXTO SOCIOLí“GICO DE NUESTRO TIEMPO – El principio de la caridad es particularmente necesario en un tiempo en el que la humanidad se muestra sensible a los problemas sociales, tanto para inspirarlos como para evitar que se solucionen en una dirección única. La ética social moderna intenta resolver estos problemas no ya, o simplemente, en términos de filantropía o de transferencia de bienes materiales, sino en términos de mutación de estructuras que creen una justicia nueva y nuevas relaciones humanas. Se trata, incluso inconscientemente, de traducir a términos actuales el precepto evangélico «todos vosotros sois hermanos» (Mt 23,8). La Iglesia, que en el curso de los siglos ha sido suscitadora e inspiradora de obras caritativas que han aliviado sufrimientos y miserias de todo género, está descubriendo hoy su propia responsabilidad en un ámbito más vasto que el del socorro. Véanse, por ejemplo, las encíclicas Pacem in terris y Mater et magistra, la lucha mantenida por el Consejo Ecuménico de las Iglesias contra el racismo, la evocación de la «iglesia de los pobres», el problema de la «promoción humana», que, en Cristo vivificador, muestran la preocupación por permitirle al hombre acceder a una nueva dimensión, confiriéndole su verdadera dignidad. Las iglesias de América Latina hablan a este respecto de «espiritualidad del desarrollo», refiriéndose con esta expresión a una espiritualidad capaz de alimentar al cristianismo en su esfuerzo social y económico para el desarrollo de los recursos de este mundo. Y ello, a fin de permitir a todos los hombres tener no sólo pan suficiente, sino dignidad humana y despertar psicológico. Pero el evangelio no es un tratado de ética social; es un principio de vida fundado en el amor. Lo cual no quita que sea posible sacar de él algunas enseñanzas específicas para una ética social que sepa inspirarse en él. Hay, por ejemplo, referencias precisas sobre los derechos y los deberes del trabajador (1 Tes 4,11: 2 Tes 3,10.12; 2 Tim 2,16; Sant 5,4). No se nos dice nada sobre la manera de afrontar y conducir la lucha por la promoción humana; pero en el precepto de amar también al enemigo (Mt 5,44-47; Lc 6,27-35) se nos da al respecto una orientación precisa. En un régimen de odio, de avaricia, de despiadada competencia a todos los niveles, que empuja al hombre a vivir en una atmósfera de miedo: miedo al hambre, al desempleo, a los abusos, a la violencia, nos llega el mensaje del amor, que «desecha el temor» (1 Jn 4,18). En las justas aspiraciones a la libertad se nos recuerda que no se trata sólo de un derecho de nuestra parte, sino también de un deber ante los otros (1 Cor 8,9; 9,19; Gál 5,13; 1 Pe 2,16). En las luchas por la justicia se nos recuerda que la caridad no la sustituye, sino que la supera (Mt 20,15). La caridad, en efecto, no se vuelve estéril con cálculos de «dar» y «tener»; no se deja condicionar por las modas corrientes de pensamiento y de costumbres, sino que transforma la justicia legalista en justicia justificante, es decir, capaz de perdón (Lc 6,37; Ef 4,32). Saber perdonar es el acto de caridad que necesitan todas las luchas sociales, incluso las más justas, si no quieren desmentir su matriz cristiana.
3. LA CARIDAD, ELEMENTO PRIMARIO PARA EL DIíLOGO – El diálogo, exigencia acentuada en una sociedad pluralista, lleva a una colisión, en vez de a un encuentro, si está ausente el espíritu de caridad. Jesús, encarnación del amor, representa el restablecimiento del diálogo entre Dios y el hombre. Su ministerio terreno es un testimonio de su pedagogía del diálogo (Mt 7,1-10; 15,21-28; 19,18-21; Mc 8,27-33; Lc 10,23-37; Jn 3,1-10; 4,7-26, etc.). El diálogo no es encuentro de personas que piensan del mismo modo. Incluso comienza necesariamente con el enfrentamiento de dos personalidades (individuales o colectivas), que tienen un pasado, prejuicios y tradiciones, formación cultural y espiritual diversas y una visión distinta de la sociedad y de la fe. Diálogo no es nivelación, sino enriquecimiento recíproco. No sólo tomar conciencia de lo que une, sino también de lo que divide, respetándolo. Renunciar a la instrumentalización de las posiciones ajenas para hacer triunfar las nuestras. Todo esto requiere espíritu de caridad; pues sólo la caridad permite superar las viejas barreras históricas, sociales, culturales, étnicas y religiosas (Gál 3,27-29; Rom 3,22-23; etc.). El diálogo entre creyentes y entre las iglesias es constructivo sólo cuando se atiene a la enseñanza paulina sobre la caridad, la cual «es paciente, es servicial, no es envidiosa, no se pavonea, no se engríe, no ofende, no busca el propio interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal» (1 Cor 13,4-5). Con este espíritu, aprendamos a ser discípulos antes que maestros, a comprender antes de juzgar, a valorar antes de rechazar, a tener en cuenta el pasado antes de hacer hipótesis sobre el futuro. En el diálogo con el mundo, el Vat. II ha puesto de manifiesto el deber de la Iglesia de estar atenta no sólo a dar, sino también a recibir. El ecumenismo, que es una nueva dimensión de la vida de la Iglesia, se funda, respira, avanza en la atmósfera de la caridad, según la inspirada fórmula agustiniana; en las cosas esenciales la unidad, en las secundarias libertad, en todo la caridad.
Notas-(‘) H. Bolkestein, Wohitátigkeit und Armenpflege, Utrecht 1939, 231-235.-(‘) Majihima Nikaja, 1, 129; cf R. Grousset, Sur les traces de Bouddha.-(‘) H. De Lubac, Aspect du bouddhisrne, París 1951, 1, 49.-(‘) A. M. Hunter, The Gospel according to St. Paul, Londres 1966, 109.-(‘) AA. VV., Teología e storia della carita, Ed. Caritas, Roma 1965, 34.-(°) E. Staulfer en GLNT, 1, 141.-(‘) Ib,130.-(°) K. Barth, Dogmatique, Labor et Fides, Ginebra, 1, 2, 120.-(°) M. Riquet, La carita di Cristo in atto, Ed. Paoline, Catania 1962, 21.-(10) H. D. Wendland, Die Briefe an die Korinter, Gotinga 1948, 82.-(«) E. Stauffer, o. c. (nota 6), 1, 121.-e’) Del discurso de Pablo VI en la parroquia de Casalbertone (Roma), en «Osservatore Romano», 26-3-1964.-(«) E. Thurneysen, La foi et les oeuvres, Delachaux-Niestlé, Neuchátel, 89.-(«) Del dicurso de Pablo VI en la apertura de la 11 ses. del Vat. II, en «Osservatore Romano», 30/9-1/10-1963.-(«) 1. Giordani, La carita e la vita sociale en o. c. (nota 5). 290.
BIBL.-AA. VV., Caridad y vida cristiana, Apostolado Prensa, Madrid 1973.-Ancel, A, Caridad auténtica y otras cuestiones, Desclée, Bilbao 1966.-Cabodevilla, J. M, Carta de la caridad. Fechada en liorna, Vaticano II, Ed. Católica, Madrid 1967.-Carretto, C, Lo que importa es amar, Paulinas. Madrid 1974.-Guardini, R, El servicio al prójimo en peligro, Guadarrama, Madrid 1960.-Heyer, G, Caridad, Argos-Vergara, Barcelona 1979.-Laurentin, R. El amor y sus disfraces, Paulinas, Madrid 1970.-Lebrel, L.-J, Dimensiones de la caridad, Herder. Barcelona 1961.-Ramírez, S, La esencia de la caridad, San Esteban, Salamanca 1978.-Spicq, C, Agape en el Nuevo Testamento: análisis de textos, Cares, Madrid 1977.-Vieujean, J, Para vivir en el amor, Desclée, Bilbao 1971.
S. de Fiores – T. Goffi – Augusto Guerra, Nuevo Diccionario de Espiritualidad, Ediciones Paulinas, Madrid 1987
Fuente: Nuevo Diccionario de Espiritualidad
Fuente: Diccionario de Teología
Introducción
Es la tercera y más importante de las virtudes Divinas enumeradas por San Pablo (1 Cor, 13,13), usualmente llamada caridad y es definida como: hábito divinamente infundido, inclinación de la voluntad del hombre a amar a Dios por Sí mismo sobre todas las cosas y al hombre por el amor a Dios.
La definición realza las características principales de la caridad:
(1) Su origen, por infusión divina: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.” (Rom. 5,5). Es, por lo tanto, distinto de y superior a la inclinación innata o el hábito adquirido de amar a Dios en el orden natural. Los teólogos (v. Teología) concuerdan al decir que es infundida junto con la gracia santificante, con la cual está íntimamente relacionada ya sea por identidad real, como algunos sostienen o, de acuerdo a una idea más común, por medio de una emanación connatural.
(2) Su morada es la voluntad humana. Aunque a veces la caridad es intensamente emocional y frecuentemente reacciona sobre nuestras facultades sensoriales, reside propiamente en la voluntad racional, un hecho que no deben olvidar aquellos que la hacen una virtud imposible.
(3) Su acto específico, es decir, el amor de benevolencia y amistad. Amar a Dios es desearle todo honor, gloria y todo bien; y esforzarnos, en la medida que podemos, obtenerlo para Él. San Juan (14,23; 15,14) enfatiza el rasgo de reciprocidad que hace de la caridad una auténtica amistad del hombre con Dios.
(4) Su motivo, es decir, la bondad Divina o amabilidad tomada absolutamente y como dada a conocer a nosotros por la fe. No importa si esa bondad es vista en uno, o varios, o todos los atributos Divinos, sino que en todos los casos, nos debemos adherir a ella, no como una fuente de ayuda o premio o felicidad para nosotros mismos, sino como un bien en sí mismo, infinitamente (v. infinito) merecedor de nuestro amor, en este único sentido, Dios es amado por Sí mismo. Sin embargo, la distinción de los dos amores: concupiscencia, la cual incita la esperanza; y benevolencia, la cual anima la caridad, no deben ser forzadas a un tipo de exclusión mutua, pues la Iglesia ha condenado repetidamente cualquier intento por desacreditar las obras de la esperanza cristiana.
(5) Su alcance: Es decir, ambos, Dios y el hombre. Mientras solo Dios es todo amable, puesto que como todos los hombres, por gracia y gloria, ya sea que realmente comparten o al menos son capaces de compartir la bondad divina, se deduce que el amor sobrenatural (. orden sobrenatural) más bien los incluye que excluye, de acuerdo a Mateo 22,39 y Lucas 10,27. Por lo tanto, una y la misma virtud de la caridad concluyen en ambos, Dios y el hombre, en Dios principalmente y en el hombre secundariamente.
El amor de Dios
El deber supremo de amar a Dios está concisamente expresado en Deut. 6,5; Mt. 22,37; y Lc. 10, 27. Es bastante obvio el carácter imperativo de las palabras “Deberás”. Inocencio XI (Denzinger, núms. 1155-57) declara que el precepto no está cumplido por un acto de caridad realizado una vez en la vida, o cada cinco años, o en las muy indefinidas ocasiones cuando la justificación no se puede conseguir de otra forma.
Los moralistas apremian la obligación al comienzo de la vida moral cuando la razón ha logrado su desarrollo total; en el momento de la muerte; y de tiempo en tiempo durante la vida, no siendo ni posible ni necesario un cálculo exacto dado que el hábito cristiano de la oración diaria seguramente cubre la obligación.
La violación del precepto es generalmente negativa, es decir, por omisión o indirecta, es decir, implícita en cada falta grave; sin embargo, hay pecados directamente opuestos al amor de Dios: la pereza espiritual, al menos cuando conlleva una aborrecimiento voluntario a los bienes espirituales, y el odio a Dios, ya sea como abominación a Sus leyes restrictivas y punitivas o una aversión a Su Sagrada Persona. (v. pereza, odio).
Los requisitos de “con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas” no significan un máximo en intensidad, porque la intensidad de una acción nunca cae bajo su mandato; y mucho menos implican la necesidad de experimentar un amor más sensible por Dios que por las criaturas, porque las criaturas visibles, aunque imperfectas, atraen nuestra sensibilidad mucho más que Dios invisible. Su verdadero significado es que, tanto en nuestra apreciación mental como en nuestra decisión voluntaria, Dios debe estar por sobre todo el resto, sin exceptuar padre o madre, hijo o hija (Mt. 10,37). Santo Tomás (II-II, Q. XLIV, a. 5) asignó un significado especial a cada una de las cuatro frases bíblicas; otros, con mayor razón, toman la oración completa en su sentido acumulativo y ven en ella el propósito, no sólo de elevar la caridad sobre el bajo materialismo de los saduceos o el ritualismo oficial de los fariseos, sino también declarando que “amar a Dios sobre todas las cosas es asegurar la santidad de toda nuestra vida.” (Le Camus, «Vie de Notre-Seigneur Jesus-Christ», III, 81.)
El amor a Dios es incluso mas que un precepto que ata la conciencia humana; es también, como observa Le Camus, “el principio y meta de la perfección moral.”
Como el principio de perfección moral en el orden sobrenatural, con la fe como fundamento y la esperanza como incentivo, el amor a Dios ocupa el primer lugar entre los medios de salvación que los teólogos llaman necesario “necesitate medii”. Al establecer que “la caridad no acaba nunca” (1 Cor. 13,8), San Pablo da a entender claramente que no hay diferencia de clase, sino sólo de grado, entre la caridad aquí abajo y la gloria allá arriba; como consecuencia, el amor Divino, se torna en un comienzo necesario de aquella vida semejante a la de Dios que alcanza su plenitud sólo en el Cielo. La necesidad de la caridad habitual se infiere de su intima comunión con la gracia santificante. La necesidad de la caridad verdadera no es menos evidente. Fuera de los casos de recepción real en el bautismo, la penitencia, o la extremaunción donde el amor de caridad por un acto especial de la voluntad de Dios, admite atrición como substituto, todos los adultos la necesitan, según 1 Jn. 3,14: “quien no ama permanece en la muerte”
Como el objetivo de la perfección moral, siempre en el orden sobrenatural, el amor a Dios es llamado “el mas importante y el primero de los mandamientos” (Mt. 22,38), “el fin del mandamiento” (1 Tim. 1,5), “el vínculo de la perfección” (Col. 3,14.) Se yergue como el factor más importante en las dos fases principales de nuestra vida espiritual: la justificación y la adquisición de méritos. El poder justificante de la caridad, tan bien expresado en Lc. 7, 47 y en 1 Ped. 4,8, no ha sido de modo alguno abolido o reducido por la institución de los Sacramentos del bautismo y penitencia, como medios necesarios de rehabilitación moral; sólo se ha hecho para incluir una buena disposición de recibir estos sacramentos donde y cuando sea posible. Su poder meritorio, enfatizado por San Pablo (Rom. 8, 28) cubre ambos, los actos producidos o los ordenados por caridad. San Agustín (De laudibus quartets) llama a la caridad la “vida de las virtudes” (vita virtutum); y Santo Tomás (II-II, Q. 8), “la forma de las virtudes” (forma virtutum.) Lo que significa que las otras virtudes, aunque poseen un valor real propio, derivan una más fresca y mayor excelencia de su unión con la caridad, la cual, alcanzando directamente a Dios, ordena todas nuestras acciones virtuosas hacia Él.
En cuanto a la forma y grado de influencia que la caridad debe ejercer sobre nuestras acciones virtuosas, para hacerlas meritorias del cielo, los teólogos están lejos de ponerse de acuerdo, algunos sostienen que se requiere sólo el estado de gracia, o caridad habitual; otros insisten sobre la más o menos frecuente renovación de los distintos actos de amor divino. Por supuesto, el poder meritorio de la caridad es, como la virtud misma, susceptible de crecimiento indefinido. Santo Tomás (II-II, Q. XXIV, 24 a. 4 y 8) menciona tres etapas principales: (1) liberarse del pecado mortal a través de la tenaz resistencia frente a la tentación,
(2) evadir los pecados veniales deliberados por la asidua práctica de la virtud, (3) unión con Dios a través de la repetición frecuente de actos de amor.
A éstos, escritores ascéticos como Alvarez de Paz, Santa Teresa, San Francisco de Sales, agregan muchos más grados, anticipando así aun en este mundo las “muchas mansiones en la casa del Padre”. Sin embargo, las prerrogativas de la caridad no deben ser interpretadas de forma que incluyan la inadmisibilidad. Lo dicho por San Juan (1 Jn. 3,6) “Quien permanece en El (en Dios), no peca”, significa ciertamente la especial permanencia de la caridad principalmente en sus grados mas altos, pero no es garantía absoluta contra la posibilidad de perderla; mientras el habito infundido nunca es disminuido por el pecado venial, una sola falta grave es suficiente para destruirla y terminar así la unión y amistad del hombre con Dios.
El amor al hombre
Mientras la caridad abarca a todos los hijos de Dios en el cielo, en la tierra y en el purgatorio (v. Comunión de los Santos), aquí es considerado como el amor sobrenatural del hombre hacia el hombre en este mundo; como tal, incluye tanto el amor a sí mismo como el amor al prójimo.
3.1. Amor a sí mismo: San Gregorio el Grande (Hom. XIII en Evang.) se opone a la expresión “caridad hacia uno mismo” argumentando que la caridad requiere dos términos, y San Agustín (De bono viduitatis, XXI) comenta que no es necesario ningún mandamiento que ordene al hombre amarse a sí mismo. Obviamente, la objeción de San Gregorio es puramente gramatical; la observación de San Agustín se aplica al amor propio natural. De hecho, el precepto del amor sobrenatural a sí mismo no es solamente posible o necesario, sino también claramente contenido en el mandato de Cristo de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Sin embargo, su obligación afecta vagamente sobre la salvación de nuestra alma. (Mat., 16,26), la adquisición de los méritos (Mt. 6,19ss), el uso cristiano del cuerpo (Rom. 6,13; 1 Cor. 6,19; Col., 3.5) y difícilmente puede reducirse a puntos prácticos que no hayan sido ya cubiertos por preceptos mas específicos.
3.2 Amor al Prójimo. La idea cristiana de amor fraternal, comparado al concepto pagano (v. paganismo) o judío (v. judaísmo), ha sido tocada en otras partes. (v. Caridad y Caridades). Brevemente, su rasgo distintivo, como también su superioridad, se encuentra menos en sus mandamientos o prohibiciones, o incluso en sus resultados, que en el motivo que impulsa sus leyes y prepara sus logros. El fiel cumplimiento del “nuevo mandamiento” es llamado el criterio del verdadero discipulado cristiano (Jn. 13,34ss.), el criterio por el cual seremos juzgados (Mt. 25,34ss.), la mejor prueba que amamos a Dios Mismo (1 Jn. 3,10) y el cumplimiento de toda la ley (Gal. 5,14) porque, viendo al prójimo en Dios y a través de Dios, tiene el mismo valor que el amor a Dios. La expresión “amar al prójimo por el amor a Dios” significa que nos elevamos por sobre la consideración de una mera solidaridad natural y el sentido fraternal, a una visión más elevada de nuestra común adopción sobrenatural y herencia celestial; sólo en ese sentido nuestro amor fraternal puede llevarnos cerca del amor que Cristo tuvo por nosotros (Jn. 13,35) y una especie de identidad moral entre Cristo y el prójimo (Mt. 13,50). De este elevado motivo la universalidad de la caridad fraternal sigue como consecuencia necesaria. Quienquiera que vea en su prójimo, no las peculiaridades humanas, sino los dones y privilegios de Dios, ya no podrá restringir su amor a miembros de la familia, o correligionarios, o conciudadanos, o extranjeros dentro de las fronteras (Lev. 19,34), sino que necesitará extenderla sin distinción de judío o gentil (Rom. 10,12), a todas las unidades de la especie humana, a todos socialmente marginados (Lc. 10,33ss.), e incluso a los enemigos (Mt. 5,23ss). Muy enérgica es la lección donde Cristo llama a sus oyentes a reconocer, en el muy menospreciado samaritano (v. Samaria), al verdadero tipo de prójimo y verdaderamente nuevo es el mandato a través del cual Él nos impela a perdonar a nuestros enemigos, reconciliarnos con ellos, asistirlos y amarlos. El ejercicio de la caridad podría rápidamente transformarse en imprudente e inoperante a no ser que haya en ella, como en todas las virtudes morales, un orden bien definido.
El ordo caritatis, como lo catalogan los teólogos, posiblemente de una errada interpretación al Latin de Cant., II, 4 (ordinavit in me charitatem), toma en consideración los siguientes tres factores diferentes:
1. las [pe[rsonas]] que reclaman nuestro amor,
2. las ventajas que deseamos procurarles y,
3. la necesidad en la que son ubicadas.
Lo anterior es lo suficientemente simple cuando estos factores son considerados en forma separada. Considerando solo a las personas el orden es de algún modo como sigue: sí mismo, esposa, niños, padres, hermanos y hermanas, amigos, domésticos, vecinos, paisanos y todos los demás.
Considerando los bienes en sí mismos existe un orden triple:
1. los bienes espirituales más importantes en relación a la salvación del alma, deben ser los primeros que deben despertar nuestro afán; luego
2. los bienes intrínsecos y naturales del alma y el cuerpo, como la vida, la salud, el conocimiento, la libertad, etc.;
3. finalmente, los bienes extrínsecos como la reputación, la riqueza, etc.
Considerando aparte los varios tipos de necesidades, el siguiente orden obtendría:
1. primero, extrema necesidad, allí donde un hombre esté en peligro de condenación, o de muerte, o de pérdida de otros bienes de más o menos igual importancia y no puede hacer nada por ayudarse;
2. Segundo, necesidad grave, cuando alguien esté en peligro similar puede salir de ella solo por esfuerzos heroicos;
3. tercero, necesidad común, tales como aquellas que afectan a pecadores ordinarios o limosneros que pueden ayudarse a sí mismos, sin gran dificultad.
Cuando los tres factores se combinan, surgen reglas complicadas, la principal de ellas, son estas:
1. El amor de complacencia y el amor de beneficencia no siguen el mismo criterio, el primero guiado por el mérito, y el último por la cercanía y necesidad del prójimo.
2. Nuestra salvación personal es la que debe ser preferida por sobre todas. Nunca somos justificados de cometer ni el mas mínimo pecado por el amor a nadie o a nada, tampoco debemos exponernos a peligro espiritual excepto en algunos casos con tal precaución de estar en lo moralmente correcto y con la garantía de la protección de Dios.
3. Estamos obligados a socorrer a nuestro prójimo en extrema necesidad espiritual incluso aunque nos cueste nuestra vida. Una obligación que, sin embargo supone la certeza de la necesidad de nuestro prójimo y la efectividad de nuestro servicio a él.
4. Excepto en muy raros casos descritos más arriba, no estamos obligados a arriesgar nuestra vida o miembros por el prójimo, sino solo de padecer la cantidad de inconvenientes que son justificados por la necesidad y cercanía al prójimo. Los casuistas no concuerdan respecto a lo correcto de dar nuestra propia vida por otra vida de igual importancia.
TANQUEREY, De virtute caritatis en Synopsis Theologiae Moralis, II (New York, 1906), 426; SLATER, A Manual of Moral Theology, I (New York, 1909), 179 sqq.; BATIFFOL, L’Enseignement de Jésus (Paris 1905); NORTHCOTE, The Bond of Perfection (London, 1907); GAFFRE, La Loi d’Amour (Paris, 1908); DE SALES, Traité de l’amour de Dieu; PESCH Praelectiones Dogmaticae, VIII (Freiburg im Br., 1898), 226 sqq.; DUBLANCHY in Dict. de Théol. Cath. s. v. Charité, con una exhaustiva bibliografía de teólogos y místicos que han tratado esta materia.
Traducido por Lucía Lessan. Revisado y corregido por Luz María Hernández Medina
Fuente: Enciclopedia Católica