(-> hermenéutica, crítica bíblica, lecturas, historia). La tradición judía había puesto ya de relieve los sentidos e interpretaciones de la Biblia. Sin embargo, dentro de la tradición cristiana, esos sentidos bíblicos han sido más desarrollados, a partir de Orígenes, desde una perspectiva helenista, que había ya influido en autores judíos como Filón de Alejandría.
(1) Los cuatro sentidos. Esta es la visión de la Biblia que ha dominado a lo largo de la antigüedad y de la Edad Media, distinguiendo cuatro sentidos o caminos de interpretación de la Escritura dentro de la Iglesia, (a) En primer lugar, el Evangelio ha de entenderse como historia y letra porque narra los acontecimientos de la vida de Jesús, (b) Ha de interpretarse también como alegoría, símbolo que expresa en lecturas multiformes la presencia de Dios entre los hombres, (c) Tiene, al mismo tiempo, un sentido moral, antropológico, pues debe aplicarse a la vida concreta de los hombres, para transformarla en clave de gracia y exigencia de justicia, (d) Finalmente el Evangelio es palabra escatológica o de anagogía, porque pone al hombre ante la urgencia y la promesa de su realización total, allá en la meta de la historia. En este diccionario hemos comentado de diversas maneras esa visión y la hemos tomado como base del estudio de algunos conceptos y signos principales de la Biblia, destacando el aspecto de historia (letra, acontecimiento) y el de palabra (donde se incluye el aspecto alegórico, moral y anagógico). Nos hemos situado en una perspectiva católica, pero, al mismo tiempo, hemos querido mantenemos en comunión con las restantes lecturas eclesiales del único evangelio de Jesús que sigue apareciendo como pluriforme entre nosotros. Para precisar nuestra visión, hemos querido empezar destacando la importancia de la historia bíblica, para distinguir después, de manera general, entre simbolismo (alegoría) y dogma en la visión del Evangelio, insistiendo en el carácter existencial (moral) y comunitario de la Biblia. De esa forma reelaboramos la visión antigua y medieval de los cuatro sentidos de la Biblia.
(2) La Biblia es historia. Ella nos ofrece el testimonio del camino de liberación de los hebreos y el sentido de la vida de Jesús; así debemos llegar hasta el nivel originario de su mensaje en favor de los perdidos y los pobres de la tierra. Sólo de esa forma, si asumimos dentro del anuncio de la pascua el contenido y tarea de la historia de Israel y de Jesús, como palabra de liberación para los hombres, podremos afirmar que la Biblia es Evangelio. En ese aspecto sigue siendo decisiva la actitud de Pablo cuando identifica al Señor pascual con el Jesús cmcificado. Es también fundamental la opción de Marcos, cuando escribe eso que pudiéramos llamar el prólogo alargado de la muerte de Jesús y lo presenta como evangelio ante el conjunto de la Iglesia. Frente a todas las posibles ilusiones y evasiones de carácter espiritualizante, el mensaje de la Biblia ha de entenderse como voz de encarnación, palabra histórica que nos sitúa ante el más hondo compromiso de la vida de Jesús como profeta asesinado. En esa línea, sigue siendo absolutamente necesaria una crítica histórico-literaria de la Biblia.
(3) La Biblia es alegoría, en una línea de simbolización, como destacaron ya los teólogos alejandrinos del siglo III d.C. Ciertamente, los primeros teólogos cristianos que emplearon este método quisieron mantener la palabra y letra de los evangelios, aunque luego la entendían como una expresión o simbolismo de verdades más profundas. Pero en un momento ulterior ciertos alegoristas (antiguos y modernos) han corrido el riesgo de difuminar y disolver el Evangelio, convirtiendo su palabra en un pretexto para descubrir en el fondo de ella realidades eternas, desligadas de la historia. En ese sentido es peligroso todo alegorismo. Pero, a pe sar de sus peligros, este método resulta todavía muy valioso. Quiere liberar el mensaje bíblico de una fijación literalista y dogmática, abriéndolo a niveles más hondos de creatividad personal y de experiencia religiosa. Pienso que en este plano, si está firme la «letra» de la historia de Jesús (no la letra de la Ley), los fieles pueden vivir y explicitar con gran libertad el contenido de la Biblia, como un texto que ellos mismos reescriben, como un libro que ellos mismos van reformulando, como guía personal de su existencia. En ese aspecto nos parece esencial la alegoría o simbolización religiosa y personal de la Escritura, antes de toda fijación racionalista de su sentido.
(4) Biblia y dogma. Más tarde, sobre todo a partir de la escolástica y neoescolástica (desde el siglo XIII d.C. en adelante), muchos teólogos han interpretado la Biblia de manera dogmatizante. Más allá de las anécdotas que cambian, de los símbolos e historias secundarias, ellos piensan que los cristianos deben acercarse a la Biblia y entenderla como un libro de dogmas, donde la palabra de Dios ha revelado su verdad por siempre. Sin duda alguna, esta lectura es acertada, pues la Biblia es la verdad de Dios revelada en el camino de la historia. En esa línea, ella contiene y presenta la verdad de Jesucristo (y de la Iglesia) de una forma mucho más profunda que todos los concilios y los credos posteriores, que, mirados así, resultan secundarios o, mejor dicho, derivados, como la Iglesia siempre ha recordado. Sin embargo, el Evangelio no se puede interpretar como si fuera un libro de dogmática, como una cantera de la que se extraen verdades de fe, que pueden separarse y definirse dogmáticamente por la Iglesia. Interpretando la Biblia de esa forma correríamos el riesgo de forzarla, destacando aspectos conceptuales que resultan secundarios y olvidando lo que es más importante, aquel camino bien concreto, dramático y recreador, de la historia de Dios entre (para) los hombres. Este es el dogma de la Biblia: que los hombres puedan dialogar y dialoguen con Dios, en un camino que aparece reflejado de manera ejemplar (no exclusiva) en la Escritura de Israel y de la Iglesia cristiana. Como hemos dicho ya, el Evangelio es mucho más que un formulario de doctrinas, más que un manual de discusión para teólogos.
(5) Lectura existencial. Hay una interpretación existencialista que presenta el Evangelio como principio personal y espiritual, como una voz que guía a los creyentes a lo largo de su historia. La Biblia aparece así como Palabra que me llama, me interroga, me transforma. Lo que esta perspectiva busca es, ante todo, la realización existencial de la persona; por eso, ella presenta el Evangelio como voz personal que nos invita a superar el mundo viejo (dominado por la muerte), como voz de una exigencia que nos capacita para vivir en plenitud, en dimensión de gracia. En esta línea se ha movido sobre todo R. Bultmann, con aquellos que luego han entendido la palabra de Jesús de una manera interior, como voz que nos libera del cosmos y la historia (nos descosmiza y deshistoriza) para situarnos ante el misterio superior del Dios que llama desde su gracia y su verdad eterna. Evidentemente, este camino es bueno y necesario, como siempre ha sabido la Iglesia cristiana, porque el Evangelio es palabra de libertad interior, de plenitud personal, de fidelidad y gozo que me capacitan para superar la propia muerte. Pero, llevado hasta el extremo, puede convertir el Evangelio en signo de egoísmo: algo que vale para mí, en verdad interna, mientras todo el mundo continúa oprimido por las fuerzas de injusticia de los hombres (de la historia). Por eso debemos añadir un nuevo sentido a la lectura de la Biblia.
(6) El evangelio es, finalmente, palabra y compromiso comunitario, eclesial, de liberación, es decir, de anuncio de Reino. Sólo se comprende y actualiza el Evangelio allí donde la Iglesia (en sus diversas confesiones) asume la exigencia de Reino de Jesús y la convierte en principio de su vida. En esta línea han entendido el Evangelio todos los auténticos cristianos de la historia. En esta línea se sitúa de manera preferente una tendencia mayoritaria de la Iglesia católica, empeñada en la liberación social, a partir del Evangelio. Así lo han destacado de nuevo, en perspectiva políticosocial, muchos cristianos de América Latina. Ellos no quieren ofrecer una visión parcial del Evangelio, no exponen un camino marginal que se pudiera colocar sencillamente al lado de los otros, sino exponer y actualizar, traducir e interpretar todo el Evangelio de Jesús, en clave de comunión y participación, des de el mismo fondo de la Iglesia. Sólo se entiende la Biblia allí donde se vive y actualiza, como experiencia de liberación de los antiguos y los nuevos hebreos, que salen de Egipto, como denuncia profética en contra de las instituciones del sistema que domina sobre el mundo, como un momento del anuncio de la liberación de los pobres, según el Evangelio de Jesús.
Cf. L. ALONSO SCHí“KEL, La palabra inspirada. La Biblia a la luz de la ciencia del lenguaje, Cristiandad, Madrid 1985; A. M. ARTOLA y J. M. SíNCHEZ CARO, Biblia y Palabra de Dios, Verbo Divino, Estella 1989; J. S. CROATTO, Hermenéutica Bíblica. Para una teoría de la lectura como producción de sentido, Lumen, Buenos Aires 2000; Hermenéutica Práctica. Los principios de la hermenéutica bíblica en ejemplos, Verbo Divino, Quito 2002; H. DE LuBAC, Exe’gése. Les quatre sens de LEcriture I-II, Aubier, París 1959 y 1963; X. PIKAZA, Exégesis y filosofía, La Casa de la Biblia, Madrid 1972.
PIKAZA, Javier, Diccionario de la Biblia. Historia y Palabra, Verbo Divino, Navarra 2007
Fuente: Diccionario de la Biblia Historia y Palabra