(-> ascensión, elevación, trono). El credo oficial más antiguo de la Iglesia afirma que Jesús «resucitó, subió a los cielos y está «sentado a la derecha de Dios Padre». Esta afirmación, que aparece en varios lugares importantes del Nuevo Testamento (Mc 14,62 par; Col 3,1; Hebl2,2), ofrece uno de los símbolos básicos de la tradición cristiana.
(1) Introducción. El Señor Sentado. Sobre el triunfo pascual de Jesús ofrece el Nuevo Testamento varias concepciones: Jesús sigue con sus enviados hasta el día de la consumación del mundo (Mt 28,20); él es cabeza que sostiene y vitaliza el cuerpo de la Iglesia (tradición paulina), es vida y luz que alumbra a los creyentes (evangelio de Jn)… Pues bien, al lado de esas concepciones, la dogmática cristiana ha resaltado de manera constante y uniforme una visión que está enraizada en el Antiguo Testamento (Sal 110,1), donde se dice que el Señor mesiánico está sentado a la derecha de Dios. Pues bien, según ese simbolismo, Jesús está «sentado», conforme a un gesto que es específicamente humano. Los animales se sostienen en sus patas, nadan, vuelan, caminan, se agazapan o se acuestan. Algunos pueden sentarse físicamente, pero sólo de manera material. No liberan las manos para la comunicación dialogada, no construyen una sede o trono como signo de su autoridad. Por el contrario, los hombres se definen como aquellos que pueden ponerse en pie (liberando las manos para el trabajo) y sentarse (para descanso, autoridad y/o convivencia). Por eso, cuando el Credo afirma que Jesús está sentado, le presenta como humano, en la línea de los reyes que toman asiento para imponer su autoridad, de los magistrados que ocupan su sede para juzgar o de los maestros que sientan cátedra para enseñar a los discípulos. También se sientan juntos los amigos, familiares y hermanos para compartir la palabra y alegría de la vida. Pues bien, Jesús resucitado se sienta, apareciendo como humano culminado. El Antiguo Testamento presentaba a Dios sentado sobre el trono de su gloria; pues bien, sobre ese trono se sitúa ahora Jesús (cf. Mt 25,31-45).
(2) Lugar y tiempo. Reasumiendo una tradición antigua de la Iglesia, Hch 2,33-34 dice que Jesús, «habiendo sido elevado a la derecha de Dios…». De esa forma supone que hay un espacio superior, un campo de ser o realidad más alta donde viene a expandirse y reflejarse el poder de lo divino (= su derecha). En esta línea se sitúan los textos que afirman que Jesús ha sido recibido o acogido en el cielo, lugar de plenitud, espacio de Dios (cf. Hch 3,21; Ef 6,9; Col 4,1; Heb 8,1). Al sentarse en el ciélo, Jesús ha llegado a la meta de su vida en Dios y, según Heb 1,3, lo ha hecho después de haber realizado la purificación de los pecados. De esa forma se unen el espacio y tiempo de la pascua: el cielo donde Jesús asciende, el futuro de su plenitud, abierta por el Espíritu a todos los hombres. Un hombre puede sentarse en solitario para descansar, pensar o dominar, encontrándose aislado o teniendo a los demás ante él, separados de su sede, en actitud de escucha pasiva. Pues bien, hay una manera más perfecta de sentarse y es hacerlo en amistad y celebración, es decir, en compañía. La riqueza y calidad de esa sesión está en el valor personal de los acompañantes. Por eso, nuestro texto añade que Jesús «se sentó a la derecha de Dios Padre», en espacio y tiempo de amor compartido. Jesús y el Padre, sentados y dialogando en el Espíritu, aparecen de esa forma como foco de vida para los hombres.
(3) Culminación del tiempo. En un sentido, la historia culmina allí donde Jesús se sienta a la derecha del Padre: ha terminado su marcha, parece que sólo queda el silencio sin fin. Pues bien, sobre ese silencio se eleva la más honda palabra y acción de Jesús: no ha subido al cielo para volver a bajar y ascender, conforme al mito del eterno retomo, comenzando de nuevo el ritmo de renacimientos, sino para expandir y mantener su triunfo por siempre, ofreciendo su evangelio de amor y libertad a los pobres y excluidos de la tierra en los que está presente. Cristo ha muerto una sola vez y para siempre, redimiendo a los hombres (Heb 9,12.26-28). Por eso, el pasado no vuelve: ¡He aquí que hago nuevas todas las cosas! (cf. Ap 21,5); la sesión es culmen de la historia salvadora. Ciertamente, Jesús se ha sentado para descansar. Es como el hombre o mujer que, a la caída de la tarde, toma asiento ante la casa o en el centro de ella, recibiendo a familiares, amigos y conocidos. De manera semejante se sentó Jesús en el brocal del pozo antiguo de Siquem, al borde de camino fatigoso (cf. Jn 4,5-6). Ahora lo hace en su sede final, pues el trayecto ha sido duro y su acción arriesgada. Pero, al mismo tiempo, se ha sentado para ratificar su tarea y mantener lo realizado, ofreciendo su sangre a favor de los hombres (Heb 10,12). En ese sentido podemos y debemos añadir que el mismo Jesús, sentado en el trono de su gloria (cf. Mt 25,31), sigue sufriendo en los hombres que esperan redención, en los hambrientos, sedientos, exiliados, enfermos y encarcelados; en ellos vive, por ellos se sigue entregando mientras el mundo continúa siendo lugar no redimido.
(4) Se ha sentado para reinar. Desde esa perspectiva es importante señalar que Jesús está sentado y no acostado: vela con los suyos y no duerme; se interesa por los hombres y mujeres de la tierra, no se olvida. No ha pasado por la historia para abandonarla, sino para gozar con los suyos la alegría de la acción bien hecha, el placer de la existencia compartida, mientras sigue sufriendo y esperando con aquellos que sufren y esperan. No escapa y se refugia a solas, en gesto de olvido. Por el contrario, Cristo coloca el trono de su gloria en el mismo campo de lucha de la historia, para acompañar a los hombres más amenazados. Allí se sienta con autoridad de servicio, no para imponerse con violencia sobre los demás, sino para ayudarles en la marcha de la vida. De esa forma actualiza el reinado de Dios sobre el mundo: se sienta para acompañar mejor a los humanos, en gesto de paz, superando con su entrega de amor la violencia de la historia. Sólo desde esa base se puede añadir que se ha sentado para juzgar. El credo de la Iglesia manteniendo una división ilustrativa (propia de la teología de Lc-Hch), distingue entre sesión presente (Jesús está elevado a la derecha del Padre) y juicio futuro (ha de venir…). La tradición más antigua ha vinculado ambos gestos: «veréis al Hijo del Humano sentado a la derecha de Poder [= Dios] y viniendo en las nubes del cielo» (cf. Mc 14,62 par); el mismo Jesús que está sentado y comparte la gloria de Dios está viniendo para culminar el juicio mesiánico. La misma cátedra de su descanso y gozo, de su reinado y magisterio, aparece así como promesa de juicio salvador: viene Jesús para ofrecer a los hombres su impulso de vida en amor, que en eso consiste su juicio. Sólo partiendo de eso se puede añadir que Jesús está sentado para comer y celebrar, en banquete de participación vital. Las palabras griegas que la tradición emplea en cada caso son semejantes: kathesthai (sentarse) y anakeisthai, anaklinein (recostarse). Jesús mismo ha destacado la felicidad de aquellos que participarán en la mesa del Reino (cf. Lc 14,15; Mt 8,11 par): al final de su camino sobre el mundo, él ha querido celebrar con los suyos un banquete, ofreciéndoles su vida en alimento (cf. Lc 22,14-20 par).
Cf. M. GOURGUES, A la Droite de Dieu. Résurrecction de Je’sus et Actaalization du Psaunie 110, 1 dans le Nouveau Testament, Gabalda, París 1978; V. LARRAí‘AGA, La Ascensión del Señor en el Nuevo Testamento I-II, CSIC, Madrid 1943; G. LOHFINK, Die Himmelfalirt Jesu, Kosel, Múnich 1971; G. O†™COLLINS, Jesús resucitado. Estudio histórico, fundamental y sistemático, Herder, Barcelona 1988; H.B. SWETE, The Ascended Christ. A Study in the Earliest Christian Teaching, Macmillan, Londres 1910.
PIKAZA, Javier, Diccionario de la Biblia. Historia y Palabra, Verbo Divino, Navarra 2007
Fuente: Diccionario de la Biblia Historia y Palabra