HEBREOS, CARTA A LOS

(-> sacrificio, sacerdote). La carta a los Hebreos, escrita probablemente a la comunidad de Roma por un judeocristiano, de fina cultura griega, buen conocedor del judaismo, puede situarse en la lí­nea de una heterodoxia israelita, quizá en continuidad con los helenistas de Hch 6-7, en cuyo trasfondo queremos situarla.

(1) Trasfondo y sentido. El discurso de Esteban (Hch 7) suponí­a que los helenistas rechazaban el templo de Jerusalén y el sistema sacrificial, para destacar así­ la novedad de Jesús y defender una misión universal (suprajudí­a). También Hebreos rechaza el ritual de Jerusalén, con su templo y sacerdotes; pero eso le permite descubrir en Jesús un sacerdocio nuevo (de entrega personal de la vida) que es más antiguo, pues está expresado por Melquisedec, antes que hubiera ritual leví­tico y templo, antes que hubiera sacerdotes de la lí­nea de Leví­ y de Aarón, que han sido posteriores e imperfectos. Podemos suponer que en el momento en que el autor de Hebreos escribe su discurso el templo de Jerusalén ha sido destruido (70 d.C.), de manera que judí­os nacionales y mesiánicos (cristianos) deben interpretar lo que significaba el templo antiguo y situarse ante el dato nuevo, en ejercicio de profunda recreación histórica y religiosa. Pero esa suposición no es segura, ni tampoco necesaria, para entender nuestro texto, que podrí­a haber sido escrito en un momento previo, (a) Antes de la destrucción del templo habí­a entre los judí­os discusiones sobre tiempos sacrales y ritos, lo mismo que sobre familias sacerdotales, pero la mayorí­a aceptaban la legitimidad de la lí­nea de Aarón (sobre Sadoc podrí­a discutirse) y el valor de ciertos sacrificios rituales y de ciertas normas y purezas, vinculadas al templo, como muestran los textos de Qumrán y como atestigua F. Josefo. De todas formas, podrí­a haber algunos, como Esteban, que rechazaban el valor del templo, (b) Tras la destrucción del templo (70 d.C.), los judí­os nacionales asumieron la tarea de reconstruir la identidad judí­a, cultivando sus tradiciones legales e instituyéndose como una federación de sinagogas, conforme a una experiencia que ha sido codificada en la Misná (hacia finales del siglo II d.C.). Templo y sacerdocio se convier ten en referencia simbólica: pertenecen al plano del imaginario religioso, pero ya no influyen de un modo directo, pues la vida se centra en la observancia de la ley. Cada familia, sinagoga o grupo de judí­os, se concibe como templo, es Israel completo, hasta que llegue el fin del tiempo (y Dios construya un nuevo/ eterno templo).

(2) Más allá del templo y sacerdocio leví­tico. Pues bien, la carta a los Hebreos, asumiendo una tendencia previa (como Esteban), rechaza todas las familias sacerdotales de Aarón, los tiempos y ritos de purificación y sacrificios, incluido el templo, que a su juicio sólo ha tenido un carácter simbólico. Santuario y sacerdotes, ritos de expiación y sangre de animales sólo han sido sombra y signo imperfecto de una realidad más alta, anunciada en Melquisedec y realizada en Cristo. Por eso, los seguidores de Jesús no pueden mantenerse (como los judí­os nacionales) en actitud de nostalgia ante el hueco que ha dejado el templo destruido, ni van a llorar ante sus ruinas (Muro de las Lamentaciones), esperando su reconstrucción final, sino que han descubierto y tienen en Jesús el verdadero Templo y Sacerdocio. El templo de Jerusalén, destruido o no, es para Hebreos secundario y en el fondo idolátrico. Por eso, toda nostalgia sacrificial, todo deseo de quedar en el nivel de sacrificios exteriores, en la lí­nea de los sacerdotes de Aarón, carece de sentido. El Sumo Sacerdote aaronita no ha llegado nunca a Dios (no ha entrado en el tabernáculo divino), ni sus sacrificios han perdonado los pecados. Todo el sistema oficial de sacrificios (con sacerdotes y templo, ritos y plegarias) ha sido un ejercicio de impotencia. La caí­da del templo no ha destruido nada esencial. Más aún, esa caí­da puede resultar beneficiosa, pues permite comprender en Cristo el sentido del Templo verdadero, el Sacrificio o Don de la existencia. Por eso, quienes quieren retornar al sistema sacral están equivocados. Cuando más tarde cierta iglesia cristiana apele a Heb para justificar su sacerdocio, con sí­mbolos del ritual de Aarón, irá en contra de su espí­ritu y su letra. Para Lucas, incluso para Pablo, el viejo templo de Jerusalén habí­a tenido un sentido. Para Hebreos no tiene ninguno.

Cf. M. C. FRANCO, Jesucristo, su persona, su obra en la carta a los Hebreos: lengua v cristologí­a en Heb 2,9-10; 5,1-10; 4,14 y 9,27-28, Ciudad Nueva, Madrid 1992; E. R. RíBANOS, Sacerdote a semejanza de Melqnisedec, Seminario San Vicente de Paúl, Madrid 1961; A. VANHOYE, El mensaje de la carta a los ELehreos, CB 19, Verbo Divino, Estella 1990; Sacerdotes antiguos, sacerdote nuevo segi’in el Nuevo Testamento, BEB 79, Sí­gueme 1992; C. ZESATI ESTRADA, Elebreos 5,7-8. Estudio histórico exegetico, Instituto Bí­blico, Roma 1990.

PIKAZA, Javier, Diccionario de la Biblia. Historia y Palabra, Verbo Divino, Navarra 2007

Fuente: Diccionario de la Biblia Historia y Palabra

Carta inspirada de las Escrituras Griegas Cristianas. Se cree que la escribió el apóstol Pablo a los cristianos hebreos de Judea alrededor del año 61 E.C. Para esos cristianos hebreos la carta fue muy oportuna. Habí­an transcurrido unos veintiocho años desde la muerte y resurrección de Jesucristo, y en la primera parte de ese perí­odo los lí­deres religiosos judí­os desencadenaron una persecución severa contra los judí­os cristianos de Jerusalén y Judea, que resultó en que algunos de ellos muriesen y en la dispersión de la gran mayorí­a. (Hch 8:1.) Los que habí­an sido esparcidos siguieron activos, declarando las buenas nuevas por dondequiera que iban. (Hch 8:4.) Los apóstoles permanecieron en Jerusalén y mantuvieron unida la congregación que habí­a quedado en esta ciudad, una congregación que habí­a crecido aun con oposición tenaz. (Hch 8:14.) Después, la congregación comenzó a disfrutar de un perí­odo de paz. (Hch 9:31.) Más tarde, Herodes Agripa I hizo matar al apóstol Santiago, el hermano de Juan, y maltrató a otros miembros de la congregación. (Hch 12:1-5.) Algún tiempo después, los cristianos de Judea se vieron necesitados de ayuda material, circunstancia propicia para que los de Acaya y Macedonia (aproximadamente en 55 E.C.) demostraran su amor y unidad enviándoles ayuda. (1Co 16:1-3; 2Co 9:1-5.) Es obvio que la congregación de Jerusalén habí­a sufrido muchas dificultades.

El propósito de la carta. La congregación de Jerusalén se componí­a casi enteramente de judí­os y de antiguos prosélitos de la religión judí­a. Muchos de estos habí­an llegado a conocer la verdad después del perí­odo de persecución enconada. Para cuando se escribió la carta a los Hebreos, la congregación disfrutaba de una relativa paz, puesto que Pablo les dijo: †œUstedes todaví­a no han resistido hasta la sangre†. (Heb 12:4.) Sin embargo, el que la abierta persecución fí­sica hasta la muerte disminuyera no atenuó la pertinaz oposición de los lí­deres religiosos judí­os. Los nuevos miembros de la congregación tuvieron que enfrentarse a la oposición tal como lo habí­an hecho los demás. Otros aún eran inmaduros; no habí­an progresado hacia la madurez como deberí­an haberlo hecho en vista del tiempo (5:12). La oposición diaria de los judí­os puso a prueba su fe; tuvieron que cultivar la cualidad del aguante (12:1, 2).
A Jerusalén se le estaba acabando el tiempo. Ni el apóstol Pablo ni los de la congregación de Jerusalén sabí­an cuándo llegarí­a la predicha desolación, pero Dios sí­ lo sabí­a. (Lu 21:20-24; Da 9:24, 27.) La situación requerirí­a que todos aquellos cristianos estuvieran alerta y mostraran fe a fin de huir de Jerusalén cuando la viesen cercada de ejércitos acampados. La congregación necesitaba fortalecerse para afrontar esos trascendentales acontecimientos. Según la tradición, solo cinco años después de escribirse esta carta las tropas de Cestio Galo atacaron la ciudad y luego se retiraron. Cuatro años más tarde, los romanos comandados por el general Tito arrasaron Jerusalén y su templo. Sin embargo, Jehová habí­a dado a sus siervos con antelación el consejo inspirado que necesitaban.

Oposición de los judí­os. Valiéndose de la difamación, los lí­deres religiosos judí­os habí­an hecho todo lo posible por agitar el odio contra los seguidores de Cristo. Su determinación de luchar contra el cristianismo con toda arma a su alcance quedó demostrada por sus acciones, según se registra en Hechos 22:22; 23:12-15, 23, 24; 24:1-4; 25:1-3. Tanto ellos como sus apoyadores hostigaban constantemente a los cristianos con argumentos que tení­an como objetivo quebrantar su lealtad a Cristo. Atacaban al cristianismo con lo que a un judí­o le podrí­a parecer razonamiento de peso y difí­cil de rebatir.
En ese tiempo el judaí­smo tení­a mucho que ofrecer en lo referente a cosas materiales, tangibles, y ornato exterior. Estas cosas —dirí­an los judí­os— demostraban que el judaí­smo era superior y que el cristianismo era una simpleza. Habí­an llegado a decirle a Jesús que la nación tení­a por padre a Abrahán, a quien le habí­an sido dadas las promesas. (Jn 8:33, 39.) Moisés, a quien Dios habló †œboca a boca†, fue el gran siervo y profeta de Dios. (Nú 12:7, 8.) Los judí­os tení­an la Ley y las palabras de los profetas desde el principio. ¿No identificaba esta mismí­sima antigüedad al judaí­smo como la religión verdadera?, argüí­an los judí­os. En la inauguración del pacto de la Ley, Dios habí­a hablado por medio de ángeles, pues la Ley fue transmitida mediante ángeles a través del mediador Moisés. (Hch 7:53; Gál 3:19.) En esa ocasión, Dios efectuó una impresionante demostración de poder al hacer temblar el monte Sinaí­ con el fuerte sonido del cuerno, humo, truenos y relámpagos. (Ex 19:16-19; 20:18; Heb 12:18-21.)
Además de todos estos antecedentes, aún permanecí­a el magní­fico templo con su sacerdocio instituido por Jehová, que desempeñaba sus deberes diariamente con muchos sacrificios. Junto a estas cosas estaban la riqueza de las vestiduras sacerdotales y el esplendor de los servicios que se realizaban en el templo. †˜¿No habí­a ordenado Jehová que los sacrificios por el pecado se llevasen al santuario? ¿Y no entraba el sumo sacerdote, el descendiente de Aarón, el propio hermano de Moisés en el Santí­simo el Dí­a de Expiación, con un sacrificio por los pecados de toda la nación? En esta ocasión, ¿no se acercaba de manera representativa a la mismí­sima presencia de Dios?†™, quizás argumentaran los judí­os. (Le 16.) †˜Además, ¿no era el reino la posesión de los judí­os, con aquel (el Mesí­as que aún tení­a que venir, según ellos) que se sentarí­a sobre el trono en Jerusalén para gobernar?†™
Si la carta a los Hebreos se escribió para proporcionar a los cristianos respuestas a objeciones reales que planteaban los judí­os, esto querí­a decir que aquellos enemigos del cristianismo argüí­an en los siguientes términos: ¿Qué tení­a esta nueva †œherejí­a† que pudiera señalarse como prueba de su autenticidad y del favor de Dios? ¿Dónde estaban su templo y su sacerdocio? De hecho, ¿dónde estaba su lí­der? ¿Fue este —Jesús, un galileo, hijo de un carpintero, sin ninguna educación rabí­nica— de alguna importancia entre los lí­deres de la nación durante su vida? ¿Y no habí­a muerto una muerte ignominiosa? ¿Dónde estaba su reino? ¿Y quiénes eran sus apóstoles y seguidores? Simples pescadores y recaudadores de impuestos. Por otra parte, ¿a quiénes atraí­a mayormente el cristianismo? A las personas pobres y humildes de la tierra, y aún peor, a gentiles incircuncisos, que no eran de la descendencia de Abrahán. ¿Por qué deberí­a alguien confiar en este Jesús, que habí­a sido ejecutado por blasfemo y sedicioso? ¿Por qué escuchar a sus discí­pulos, hombres iletrados y del vulgo? (Hch 4:13.)

La superioridad del sistema de cosas cristiano. Algunos de los cristianos inmaduros posiblemente habí­an descuidado su salvación mediante Cristo. (Heb 2:1-4.) O puede que los judí­os incrédulos que los rodeaban hubieran influido en ellos. El apóstol Pablo acudió en su ayuda con un argumento magistral, y haciendo uso de las Escrituras en las que los judí­os afirmaban creer, mostró de manera irrefutable la superioridad del sistema de cosas cristiano y del sacerdocio y la gobernación real de Jesucristo. Demostró bí­blicamente que Jesucristo es el Hijo de Dios, que es mayor que los ángeles (1:4-6), Abrahán (7:1-7), Moisés (3:1-6) y los profetas (1:1, 2). De hecho, es el heredero nombrado de todas las cosas, coronado de gloria y honra, y nombrado sobre las obras de las manos de Jehová (1:2; 2:7-9).
El sacerdocio de Cristo es muy superior al aarónico de la tribu de Leví­. No depende de una herencia pecaminosa, sino de un juramento divino. (Heb 6:13-20; 7:5-17, 20-28.) ¿Por qué, entonces, soportó tales dificultades y tuvo una muerte dolorosa? Porque, según se habí­a predicho, esto serí­a esencial para la salvación de la humanidad y lo capacitarí­a para ejercer de sumo sacerdote y ser la persona a quien Dios sujetarí­a todas las cosas (2:8-10; 9:27, 28; compárese con Isa 53:12). A fin de emancipar a todos aquellos que por temor a la muerte estaban en esclavitud, tení­a que llegar a ser carne y sangre, y morir. Por medio de su muerte puede reducir a la nada al Diablo, algo que ningún sacerdote humano podí­a hacer (2:14-16). Debido a que ha pasado por estos sufrimientos, ha llegado a ser un sumo sacerdote probado en todo respecto que puede condolerse de nuestras debilidades y auxiliarnos (2:17, 18; 4:15).
Además, arguye el apóstol, este Sumo Sacerdote †œ[pasó] por los cielos† y compareció ante la mismí­sima presencia de Dios, no en una simple tienda terrestre o edificio que solamente era un sí­mbolo de realidades celestiales. (Heb 4:14; 8:1; 9:9, 10, 24.) Solo tuvo que comparecer una vez con su sacrificio perfecto, sin pecado, y no vez tras vez (7:26-28; 9:25-28). No tiene sucesores, como los sacerdotes aarónicos, sino que vive por siempre a fin de salvar completamente a aquellos a los que ministra (7:15-17, 23-25). Cristo es Mediador del pacto mejor que Jeremí­as predijo, gracias al cual se consigue un verdadero perdón de los pecados y una conciencia limpia, algo que la Ley nunca pudo lograr. Las Diez Palabras, las leyes básicas del pacto de la Ley, se escribieron sobre piedra, la ley del nuevo pacto, sobre corazones. Esta palabra profética de Jehová pronunciada por Jeremí­as hizo que el pacto de la Ley quedase obsoleto, un pacto que se desvanecerí­a con el tiempo (8:6-13; Jer 31:31-34; Dt 4:13; 10:4).
Es verdad, continúa diciendo el escritor de Hebreos, que en Sinaí­ se produjo una sobrecogedora manifestación de poder, que demostraba que Dios aprobaba el pacto de la Ley. Sin embargo, Dios dio un testimonio aún más convincente cuando se inauguró el nuevo pacto, con señales, portentos y obras poderosas y la distribución de espí­ritu santo a todos los miembros de la congregación que se hallaban reunidos. (Heb 2:2-4; compárese con Hch 2:1-4.) Respecto a la gobernación real de Cristo, explica que su trono está en los cielos, mucho más alto que el de los reyes de la lí­nea de David que se sentaban sobre el trono de la Jerusalén terrestre. (Heb 1:9.) Dios es el fundamento del trono de Cristo, y su reino no puede ser sacudido como lo fue el reino de Jerusalén en el año 607 a. E.C. (1:8; 12:28). Además, Dios ha reunido a su pueblo, los cristianos ungidos, ante algo mucho más imponente que la manifestación milagrosa que hubo en el monte Sinaí­, el monte Sión celestial, y no solo pondrá en conmoción la Tierra, sino también el cielo (12:18-27).
La carta a los Hebreos es de un gran valor para los cristianos. Sin ella no estarí­an claras muchas de las realidades concernientes a Cristo que estaban prefiguradas en la Ley. Por ejemplo, gracias a las Escrituras Hebreas, los judí­os sabí­an que cuando el sumo sacerdote entraba en el Santí­simo del santuario a favor del pueblo, les representaba delante de Jehová. Pero nunca se enfrentaron a esta realidad: algún dí­a el verdadero Sumo Sacerdote comparecerí­a en persona en los cielos ante la mismí­sima presencia de Jehová. Además, si solo leyésemos las Escrituras Hebreas, ¿cómo podrí­amos entender el profundo significado que tiene el relato del encuentro de Abrahán con Melquisedec o lo que tipificó este rey-sacerdote? Por supuesto, estos son solo dos ejemplos de las muchas realidades que se perciben al leer esta carta.
La fe que esta carta inspira ayuda a los cristianos a asirse de su esperanza sobre la base de †œla demostración evidente de realidades aunque no se contemplen†. (Heb 11:1.) En un tiempo en el que muchas personas confí­an en sus antecedentes históricos, en la riqueza material y el poder de las organizaciones humanas, en el esplendor de los ritos y de las ceremonias, y buscan la sabidurí­a de este mundo en vez de la de Dios, la carta a los Hebreos es una ayuda estimable que hace al hombre de Dios †˜enteramente competente y equipado para toda buena obra†™. (2Ti 3:16, 17.)

Escritor; cuándo y dónde se escribió. La carta a los Hebreos suele atribuirse al apóstol Pablo; en este sentido se expresaron algunos escritores del siglo I E.C. El Papiro de Chester Beatty núm. 2 (P46) (de aproximadamente 200 E.C.) contiene la carta a los Hebreos entre nueve de las cartas de Pablo, y se la menciona entre las †œcatorce cartas de Pablo el apóstol† en †œEl canon de Atanasio†, del siglo IV E.C.
El escritor de Hebreos no menciona su nombre en la carta; en cualquier caso, aunque todas las demás cartas de Pablo lo llevan, el que no figure en esta no lo descarta como escritor. El contenido de la carta señala fehacientemente a Pablo como su escritor y a Italia —probablemente Roma—, como el lugar donde la escribió. (Heb 13:24.) Pablo estuvo en prisión por primera vez en Roma seguramente durante los años 59 a 61 E.C. Timoteo estuvo con él, y el apóstol lo menciona en sus cartas a los Filipenses, a los Colosenses y a Filemón, todas ellas escritas desde Roma durante ese perí­odo. (Flp 1:1; 2:19; Col 1:1, 2; Flm 1:1.) Esta circunstancia concuerda con la observación que se hace en Hebreos 13:23 respecto a la puesta en libertad de Timoteo y al deseo del escritor de visitar pronto Jerusalén.
La carta se escribió antes de la destrucción de Jerusalén en el año 70 E.C., pues el templo todaví­a existí­a y, según se ve por el argumento de la carta, aún estaba en uso. El comentario de Pablo respecto a la liberación de Timoteo permite determinar que se escribió unos nueve años antes, es decir, en 61 E.C., cuando se cree que Pablo fue puesto en libertad de su primera reclusión. (Heb 13:23.)

[Recuadro en la página 1110]

PUNTOS SOBRESALIENTES DE HEBREOS
Excepcional tratado que fortaleció a los cristianos hebreos y los preparó para ayudar a sus coterráneos sinceros durante los últimos años del sistema judí­o
Debió escribirla el apóstol Pablo menos de una década antes de la destrucción de Jerusalén en 70 E.C.

La exaltada posición del Hijo de Dios (1:1–3:6)
El es el único Hijo, heredero nombrado, representación exacta del mismo ser del Padre, mediante quien se sustentan todas las cosas
En comparación con el Hijo, los ángeles solo son siervos. El Padre llama †œmi hijo† únicamente a él, el Primogénito a quien incluso los ángeles rinden homenaje; de él, no de los ángeles, puede decirse que su gobernación real descansa en Dios, quien es su trono; su permanencia supera la de los cielos y la Tierra, que fueron hechos mediante él, y está a la diestra del Padre
Si la Ley entregada mediante ángeles no podí­a desobedecerse impunemente, lo que Dios ha hablado mediante su Hijo, que es superior a los ángeles, merece atención extraordinaria
Aunque Jesucristo fue inferior a los ángeles mientras vivió como hombre, después fue ensalzado y se le concedió autoridad sobre la tierra habitada por venir
Moisés fue un servidor en la casa de Dios, pero Jesucristo está sobre toda la casa

Aún es posible entrar en el descanso de Dios (3:7–4:13)
Debido a la desobediencia y falta de fe, los israelitas que salieron de Egipto no entraron en el descanso de Dios
Los cristianos pueden entrar en ese descanso si evitan la desobediencia de Israel y se esfuerzan por seguir un proceder de fidelidad
La palabra viva, que promete la entrada en el descanso de Dios, es más aguda que una espada y divide (por cómo se responde a ella) lo que la persona aparenta como alma, de lo que realmente es en su espí­ritu

La superioridad del sacerdocio de Cristo y del nuevo pacto (4:14–10:31)
Debido a que Jesucristo fue probado en todos los respectos y permaneció sin pecado, como sumo sacerdote puede condolerse de los pecadores y tratarlos con compasión
Es sacerdote por nombramiento divino a la manera de Melquisedec, cuyo sacerdocio fue mayor que el leví­tico
A diferencia de los sacerdotes levitas de la familia de Aarón, Jesucristo posee una vida indestructible, por lo que no necesita sucesores para continuar su obra salvadora; como no tiene pecado, no tiene que ofrecer sacrificios por sí­ mismo; ofreció su propio cuerpo, no el de animales, y entró, no en un santuario terrestre, sino en el cielo mismo, con el valor de su sangre derramada, y de este modo dio validez al nuevo pacto
El nuevo pacto, mediado por Jesús, es superior al de la Ley porque los que se hallan bajo él tienen las leyes de Dios en su corazón y gozan de un verdadero perdón de pecados
El agradecimiento por estos beneficios impulsará a los cristianos a hacer declaración pública de su esperanza y a reunirse con asiduidad

La fe es esencial para agradar a Dios (10:32–12:29)
Jehová no se complace en los que no tienen fe y se retraen de El en vez de aguantar para recibir lo que ha prometido
La fe ejemplar de quienes mantuvieron integridad desde Abel en adelante anima a aguantar en la carrera cristiana, al mismo tiempo que se considera con sumo cuidado el ejemplo intachable de Jesucristo bajo sufrimiento
El sufrimiento que Dios permite que padezcan los cristianos fieles puede considerarse como una forma de disciplina, que produce el fruto pací­fico de la justicia

Exhortaciones para mantener un proceder de fidelidad (13:1-25)
Manifiesten amor fraternal, sean hospitalarios, recuerden a los creyentes que sufren, mantengan honorable el matrimonio y estén contentos con las cosas presentes, confiados en la ayuda de JehováImiten la fe de aquellos que llevan la delantera y no sucumban a enseñanzas falsas
Estén dispuestos a soportar vituperio como Cristo; ofrezcan siempre a Dios sacrificio de alabanza mediante él
Sean obedientes a los que llevan la delantera

Fuente: Diccionario de la Biblia