VIRGENES

DicEc
 
Son muchas las religiones y las culturas que conceden un lugar especial a las ví­rgenes, aunque todaví­a no se ha hecho ningún estudio global de la virginidad. No hay muchas afirmaciones positivas acerca de la virginidad en el Antiguo Testamento, que, perteneciendo a una cultura tribal, tení­a el matrimonio y la maternidad en gran estima, pero al mismo tiempo concedí­a un gran valor al hecho de que la mujer fuera virgen en el momento del matrimonio (ef Gén 24,16; Lev 12,7.15). La hija de Jefté le pidió a su padre que le concediera un plazo de dos meses antes de morir «para llorar su virginidad» (Jue 11,37-38). Los rabí­s de los tiempos de Jesús consideraban casi una obligación casarse y tener hijos. Sin mucho fundamento escriturí­stico, la tradición patrí­stica vio en Elí­as y Eliseo los precursores de lo que más tarde se llamarí­a la virginidad cristiana. El verdadero anticipo de la virginidad del Nuevo Testamento estaba en las intervenciones de Dios para hacer fecunda la esterilidad de las mujeres de los patriarcas; en la continencia impuesta temporalmente al pueblo (cf Ex 19,15) o permanentemente a una persona (Jer 62,5). Pero la palabra «virgen» se usa también en el Antiguo Testamento para referirse a la estéril desobediencia al Señor por parte del pueblo (cf Is 37,22; Jer 14,17).

En el Nuevo Testamento hay varios desarrollos: Marí­a, la madre de Jesús, es virgen (Lc 1,27.34; Mt 1,23); la Iglesia como esposa de Cristo es también virginal (ICor 11,2; cf Ef 5,25.27). Para Pablo, el estado de virginidad es más alto que el matrimonio porque supone una entrega indivisa al Señor (ICor 7,32-35). Pero la virginidad es un carisma (ICor 7,7) y vivir en continencia perpetua se justifica en virtud del Reino (Mt 19,11-12). Hay también un aspectoescatológico en la virginidad: esta simboliza a los elegidos de la Jerusalén celestial que fueron fieles a Cristo (Ap 14,4; 19,7.9). Por eso, a la infidelidad a la alianza o a la idolatrí­a se las llama a menudo en la Biblia adulterio (Os 2,4; Ez 23,43-49; Mt 12,39; 16,4).

Pronto, quizá ya en la época de >Ignacio de Antioquí­a, en la Iglesia existe un estado especí­fico para las ví­rgenes. La idea de la preservación de la virginidad en hombres y mujeres es conocida por >Justino y por Atenágoras en el siglo II. A partir del siglo III encontramos la idea de que la virgen es esposa de Cristo. Encontramos claramente un estado u orden de las ví­rgenes en la >Tradición apostólica, que no permite, sin embargo, la imposición de manos por parte del obispo para ingresar en este estado: «La mano no se impone en la virgen; su decisión sólo la hace virgen» (12/13; >Imposición de manos); las ví­rgenes tienen que ayunar con frecuencia y orar por la Iglesia (23/25,1). Hasta el siglo IV encontramos referencias a ví­rgenes varones y mujeres; a partir de entonces se usa el término «anacoretas/monjes» para los hombres y «ví­rgenes» para las mujeres.

Las >Constituciones apostólicas, de finales del siglo IV, tratan ampliamente de las ví­rgenes: una virgen tiene que ser santa en cuerpo y alma como templo de Dios, casa de Cristo y morada del Espí­ritu Santo; el estado no se elige por desprecio del matrimonio, sino por consagrarse a la santidad (eusebeias). Pero el texto no ofrece mucha información acerca de la forma de vida de las mujeres: reciben cierto sustento de la Iglesia, corno las viudas, a las que suelen preceder en las listas; son como incienso; las diaconisas han de ser elegidas de entre ellas.

Muchos de los Padres escribieron tratados sobre las ví­rgenes y sobre la virginidad, siendo de especial interés dos cartas del Pseudo-Clemente, del siglo III o de comienzos del siglo IV. Este autor es el primero en atacar la costumbre de convivir bajo un mismo techo los ascetas de ambos sexos (syneisaktoi/virgines subintroductae), lo que seguirá siendo motivo de queja durante los siglos posteriores. Clemente de Alejandrí­a defiende el matrimonio contra distintos grupos de gnósticos, y aunque alaba la virginidad como su estado propio, considera el matrimonio un estado más elevado. Orí­genes subraya la virginidad como imitación de Cristo y sitúa a las ví­rgenes en segundo lugar como estado de perfección; Metodio habla de la virginidad como de un modelo para la Iglesia, junto con la maternidad. Novaciano exhorta a la castidad a los que son «templos del Señor, miembros de Cristo y moradas del Espí­ritu Santo», y señala tres grados de castidad: la virginidad, la continencia y la fidelidad al ví­nculo matrimonia. Tertuliano, que desaprueba las segundas nupcias, escribe para un hombre que acaba de quedarse viudo De exhortatione castitatis». Otros Padres que escribieron obras importantes sobre la castidad fueron: Atanasio, que escribió varias obras, siendo algunas de las que llevan su nombre de dudosa autenticidad, aunque muy influyentes; Basilio de Ancira, conocido hoy por ser autor de una obra espuria de Basilio el Grande, interesante por tratar de la vida entera de las ví­rgenes, y no sólo de un aspecto estrecho; Gregorio de Nisa escribió un amplio De virginitate, en el que propuso como modelos de la virginidad a Cristo y a Marí­a, y en el que afirmaba la necesidad de la virginidad para una vida más santa: la finalidad de la virginidad es la contemplación de Dios; Ambrosio escribió tres obras sobre la virginidad con gran autoridad; Jerónimo escribió sobre la virginidad condenando con gran acritud la vida lujuriosa, lo que le granjeó gran enemistad; Agustí­n escribió varias obras sobre la virginidad, en las que en modo alguno desprecia el matrimonio, afirmando que Marí­a fue la que dio origen al ideal cristiano de la virginidad, aunque José fue verdadero esposo suyo; Juan Crisóstomo escribió un libro sobre la virginidad que es en gran medida un comentario detallado de 1Cor 7,38. El hereje Pelagio escribió también uno o quizá dos tratados de notable profundidad espiritual sobre la virginidad.

En la Edad media el modo normal para una mujer de vivir una vida consagrada era como monja; el concilio de Letrán II (1139) prohibió a las mujeres vivir en el mundo sin seguir una regla religiosa. Santo Tomás de Aquino, que conocí­a las obras de Ambrosio y Agustí­n sobre la virginidad, sintetizó la tradición patrí­stica. Afirmó que lo que hace laudable la virginidad es que la persona desee ser libre para Dios. La virginidad no es la más alta de las virtudes (lo son la fe, la esperanza y el amor), pero sí­ es la forma más alta de castidad, por encima de la castidad conyugal y de los viudos. Puso lo esencial de la virginidad en la intención y la determinación más que en la integridad fí­sica; la virginidad, no obstante, queda destruida por un acto contrario a la castidad. Trento defendió la virginidad de los ataques de los reformadores, y enseñó: «Si alguno dijere que el estado de matrimonio debe anteponerse al estado de virginidad o celibato; y que no es mejor y más santo permanecer en virginidad o celibato que unirse en matrimonio (cf Mt 19,11s; lCor 7,25s.38.40), sea anatema»
Este texto no puede entenderse como una afirmación de que los ví­rgenes o célibes son más santos que los casados. Lo que se dice es que el estado de virginidad o celibato es superior. Parece querer decir que el simbolismo y la significación de la adhesión de la persona virgen al Señor, sin la mediación del amor del cónyuge, supone una visión más elevada de la realidad cristiana.

La reflexión moderna sobre la virginidad parte en gran medida de los hallazgos de la psicologí­a. Dado que no es bueno que una persona esté sola (Gén 2,18), el virgen o la virgen necesitan una relación profunda con Dios y con los otros en un amor desinteresado con el fin de ir creciendo en madurez espiritual. La imitación de Cristo y la dedicación a él consiste, no tanto en «no tener», cuanto en «ser para»; en palabras de Agustí­n, «la virgen goza de Cristo, en torno a Cristo, con Cristo, después de Cristo, a través de Cristo, a causa de Cristo». El matrimonio y la virginidad son dos carismas del Espí­ritu, ambos complementarios e interrelacionados de cara a la edificación de la Iglesia. La virginidad puede buscar siempre una mayor profundización en su sentido en la virginidad de Marí­a.

El Vaticano II habló con gran estima de los valores de la virginidad y el celibato por toda la Iglesia (cf LG 42, 46; OT 10; PC 12; PO 16). Al mismo tiempo pidió la revisión del rito de consagración de ví­rgenes (SC 80). Según el derecho canónico (CIC 604), el orden de las ví­rgenes no pertenece a la vida religiosa, sino a la vida consagrada. Este canon da también la razón de la consagración: seguir a Cristo de manera más cercana e í­ntima y dedicarse al servicio de la Iglesia. El nuevo rito señala claramente las dos condiciones para la consagración de las ví­rgenes: no deben haber estado casadas y no deben haber vivido en pública y flagrante violación de la castidad». No se les exige por tanto haber vivido en virginidad perfecta: ciertos pecados no públicos contra la castidad no serí­an impedimento para la consagración. El responsable de la admisión a este estado de consagración pública es el obispo local. La consagración se hace por medio de propósito o compromiso (propositum), no de voto. Los deberes de estas ví­rgenes son dedicar su tiempo a «obras de penitencia y de misericordia, labores apostólicas y oración, de acuerdo con su estado de vida y sus dones espirituales». Las palabras pronunciadas por el obispo en el rito dejan muy claro que la consagración de la virginidad es para el servicio de la Iglesia: «Ayuda al pobre, atiende al débil, enseña al ignorante, protege al joven, sirve al anciano, conforta y consuela a la viuda y a todo el que está en la adversidad». El nuevo ritual deja muchas cuestiones sin resolver; por ejemplo: la relación con el obispo; la formación, tanto inicial como permanente; las estructuras; los apoyos financieros y de otro tipo necesarios para esta exigente vocación: cuestiones todas que seguirán planteándose acuciantes en el futuro. Esta restauración es sin embargo un ejemplo más de cómo el Espí­ritu Santo guí­a a la Iglesia a tomar de su rica tradición lo nuevo y lo antiguo (cf Mt 13,52). La exhortación apostólica de Juan Pablo II La dignidad de la mujer (1988) incluye una estupenda sección sobre los valores perennes de la virginidad. La virginidad sigue siendo una de las expresiones contraculturales más poderosas con las que desafiar a la sociedad actual.

Christopher O´Donell – Salvador Pié-Ninot, Diccionario de Eclesiologí­a, San Pablo, Madrid 1987

Fuente: Diccionario de Eclesiología