CARISMAS

(Dones, talentos, gracias).

Los da Dios para que los negociemos, para que los usemos en bien de la comunidad: Mat 24:14-30, 1Co 12:7.

(Ver «Dones Espirituales»).

No seremos salvados por los carismas que Dios nos da: (las manos, la Biblia, la fe, la Iglesia). sino por los «frutos», por o que hicimos con esos dones que Dios nos regaló: Mat 7:21-27, Mat 24:14-30, Mat 25:31-46, 1 Cor. 13, Gal 5:22-24. A muchos con el carisma de profecí­a y de milagros y de expulsar demonios, Jesús les dirá apartaos de mí­, obradores de iniquidad. Mat 7:22-23.

Todos tenemos cientos de carismas, de dones materiales y espirituales. Las manos, la voz, el aire, el sol, la Iglesia, la Biblia, los vecinos, los hermanos. y el Espí­ritu da a cada uno según le conviene: (1Co 12:7-8). A unos les da buena voz, a otros el talento de hablar bien, o de organizar, o de dirigir, o de ser fuertes, o ágiles, o delicados, o amorosos. a cada uno según el Espí­ritu quiere, para bien de la comunidad.

La Biblia nos da varias listas de carismas espirituales: – En Isa 11:2, el capí­tulo del reino universal y de paz del Mesí­as, nos da seis que, con el don de piedad, forman los siete clásicos «Dones del Espí­ritu.»: – Pablo nos da cuatro listas en tres capí­tulos. En 1 Cor. 12, Rom. 12, Ef. 4. y en los tres capí­tulos nos habla también del Cuerpo Mí­stico de Cristo, enfatizando el hecho de que los carismas no son para utilidad propia, sino para el bien de la comunidad, como dice especí­ficamente en 1Co 12:7.

La lista de 1 Cor. 12 fue, en cierta forma, el punto de partida de la Renovación Carismática.

(Ver «Carismáticos» y «Dones Espirituales»).

Diccionario Bí­blico Cristiano
Dr. J. Dominguez

http://biblia.com/diccionario/

Fuente: Diccionario Bíblico Cristiano

†¢Dones espirituales.

Fuente: Diccionario de la Biblia Cristiano

tip, DOCT

ver, LENGUAS (Don de), MILAGROS, SANIDAD (Don de)

vet, Transliteración de la palabra griega «Charis», que significa «don, regalo, gracia, favor, poder, oficio, misión». Son dones que, procedentes de Cristo ascendido, Cabeza de la iglesia, son distribuidos por el Espí­ritu Santo. Todos los creyentes, habiendo recibido la unción del Espí­ritu (Ap. 1:6; 2 Co. 1:21; 1 Jn. 2:20, 27), son receptores de el/los don/es del Espí­ritu (o dones espirituales), que son capacidades sobrenaturales concedidas a cada creyente, en vista del servicio y función que tienen dentro del cuerpo de Cristo (1 Co. 12:7, 11). Pablo da relación de un cierto número de estos dones: sabidurí­a, conocimiento (1 Co. 12:8), fe, sanidades (1 Co. 12:9), milagros, profecí­a, discernimiento de espí­ritus, lenguas e interpretación (1 Co. 12:10). En otro sentido, las personas son los dones a la iglesia (1 Co. 12:28; cp. Ef. 4:8, 11, 12), y la palabra usada para denotarlos es «doma»; se trata entonces de apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros (Ef. 4:11). Estos dones relacionados en Efesios tienen como propósito «perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios…» (Ef. 4:12, 13, etc.). Es evidente que unos dones, como los apóstoles, ya no están entre nosotros; pero nos quedan sus enseñanzas en las Escrituras (cp. Hch. 20:32; 2 P. 13-15; 3:15-18). Lo que sí­ podemos tener por cierto es que, sean cuales fueren las tareas dadas, Dios dará la capacidad de cumplirlas. Tenemos en las Escrituras cuatro listas de carismas o dones del Espí­ritu. Aunque muchos deducen de estos cuatro catálogos que no tenemos aquí­ la lista completa de carismas, es bueno recordar lo que dice el apóstol Pablo en 2 Ti. 3:16-17, y lo expresado en el párrafo anterior. Con respecto a los dones de sanidades, milagros, profecí­a, don de lenguas, etc., hay dos posturas básicas: (a) que siguen con nosotros; (b) que cumplieron su objetivo de testimonio y acreditación al nuevo testimonio que Dios estaba levantando después del cierre del canon de las Escrituras, y que ya no operan en la actualidad. Primeramente debemos señalar que todos y cada uno de los dones dados por el Espí­ritu son milagrosos, y no sólo los de manifestación externa espectacular como los de milagros, sanidades y lenguas. Dios es soberano en cuanto a en qué épocas da unos o no de una manera concreta. Los dones externos y espectaculares fueron dados en profusión en la época en que el Evangelio y el Nuevo Pacto debí­an ser acreditados (He. 2:4), y lo fueron con señales externas jamás renovadas (Hch. 2:1-3; 4:31). En la actualidad puede, ciertamente, manifestar Su poder, siempre según Su voluntad; de hecho, la mayor parte de los dones (sabidurí­a, ciencia o conocimiento, fe, evangelistas, ayudas, liberalidad) nunca han dejado de ser otorgados. En cambio, si bien Dios cura a ciertos enfermos, bien mediante siervos suyos o directamente, no se ha dado a nadie, que se sepa, que pueda curar a todos (que era la caracterí­stica del don de Cristo y de Sus apóstoles: cp. Mt. 10:8; Mr. 6:56; Lc. 4:40; 6:19; 9:11; Hch. 5:16). Véanse LENGUAS (DON DE), MILAGROS, SANIDAD (DON DE). La iglesia de Corinto habí­a recibido todos los dones, y 1 Corintios es la única epí­stola en la que se mencionan los dones externo-espectaculares (1 Co. 1:7; 12; 14); todo ello no impidió que los corintios fueran carnales ni su tendencia a formar partidos sectarios. Lo esencial es estar totalmente sometidos al Señor y a toda Su Palabra, poder discernir el don otorgado a cada uno, y permitir que el Señor nos use para el bien de la iglesia en su totalidad.

Fuente: Nuevo Diccionario Bíblico Ilustrado

Gracias especiales de Dios y de su Espí­ritu

La palabra «carisma» significa una «gracia» o don gratuito y concreto, un beneficio que produce gozo. En la práctica, se refiere a alguna gracia especial de orden sobrenatural, no a una cualidad o talento natural; por esto no se pueden prever, forzar ni conquistar, aunque sí­ hay que colaborar con fidelidad generosa.

San Pablo describe los carismas como «la manifestación del Espí­ritu para el bien común» (1Cor 12,7). Son, pues, dones que pertenecen a toda la comunidad eclesial. Con esos dones hay que recordar también las gracias que recibe cada fiel según la vocación o la misión encomendada (gracia de estado).

Los carismas son una comunicación especial del Espí­ritu, según diversas manifestaciones que se armonizan con la fe, la caridad y el servicio de quienes presiden la comunidad con el encargo de discernir y alentar los mismos carismas (cfr. 1Cor 12-14; Roma 12; cfr. LG 12). San Pablo indica también algunas gracias o carismas especiales curaciones, milagros, profecí­as, discernimiento de los espí­ritus, don de lenguas… Pero, sobre todos esos dones, está la caridad, que es el don del Espí­ritu que sobrepasa a todos los demás (1Cor 13).

Acogerlos con humildad y gratitud

Todos los carismas, aún los que parecen más sencillos, «están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo» (CEC 799). La comunidad eclesial los ha de acoger con humildad y gratitud, puesto que están ordenados a la santidad de todos y a la acción apostólica de la misma Iglesia. La regla de discernimiento es la caridad, es decir, la comunión eclesial, puesto que toda la Iglesia (con sus servicios o ministerios, vocaciones y carismas) es «obra del mismo Espí­ritu, que los distribuye a cada uno como él quiere» (1Cor 12,11).

Ecumenismo carimas del Espí­ritu para compartir

En el campo ecuménico, hay que recordar y apreciar los carismas que el Espí­ritu Santo ha comunicado a cada Iglesia particular. El encuentro pleno en la unidad querida por Cristo, se realizará por un intercambio de dones, que podrí­a considerarse triangular 1º) los dones que el Espí­ritu ha dado a diversas Iglesias particulares a partir de una herencia apostólica (Iglesias de Oriente); 2º) los dones que el Espí­ritu ha dado a partir de una vivencia honda de la palabra evangélica (Iglesias de la «reforma»); 3º) los dones que el mismo Espí­ritu da dado a la Iglesia universal por la herencia apostólica de Pedro y Pablo, en el servicio de quien preside, como sucesor de Pedro, la caridad universal (Iglesia católica).

Carismas y comunidad eclesial

Puesto que toda persona e institución recibe gracias especiales del Espí­ritu para cumplir la propia misión, no se puede contraponer carisma a institución. Toda la Iglesia es «comunidad de fe, esperanza y caridad, como un todo visible» (LG 8). La presidencia de la comunidad (por parte de los sucesores de los Apóstoles) es un servicio de discernimiento, de garantí­a y de continuidad. «Uno solo es el Espí­ritu, que distribuye sus variados dones para el bien de la Iglesia según su riqueza y la diversidad de ministerios. Entre estos dones resalta la gracia de los Apóstoles, a cuya autoridad el mismo Espí­ritu subordina incluso los carismáticos» (LG 7).

Los propios carismas se valoran en relación con toda la comunidad eclesial, es decir, con otras personas e instituciones que han recibido también sus propios carismas. Todos tienen algo especí­fico que aportar para el bien de toda la Iglesia local y universal, «para la edificación del Cuerpo de Cristo» (Ef 4,12). La pastoral de conjunto es una concretización de esta comunión corresponsable, poniendo en relación laicos, personas consagradas y sacerdotes, para equilibrar e integrar ministerios y servicios, salvando los carismas especí­ficos. La unidad y coordinación, que respeta siempre el principio de subsidiaridad, corresponde a quien preside la Iglesia particular como sucesor de los Apóstoles y en comunión con el carisma de Pedro.

Referencias Carismas fundacionales, discernimiento del Espí­ritu, dones del Espí­ritu Santo, Espí­ritu Santo, fenómenos extraordinarios, fidelidad al Espí­ritu, renovación carismática, vida consagrada.

Lectura de documentos LG 7-8,12; CEC 799-801, 2003.

Bibliografí­a J. ALONSO, Los carismas en la Iglesia y su evolución (Madrid 1978); V. GARCIA MANZANEDO, Carisma-ministerio en el concilio Vaticano II (Madrid 1982); D. GRASSO, I carismi nella Chiesa (Brescia 1982); D. ITURRIOZ, Carisma e institución en la Iglesia Euntes Docete 20 (1967) 181-223; L. ROBLES, Jerarquí­a y carismas en la Iglesia Revista Española de Teologí­a 29 (1969) 419-444; A. RODENAS, Teologí­a bí­blica de los carismas Estudios Bí­blicos 30 (1971) 345-360; G. RAMBALDI, Uso e significato di «carisma» nel Vaticano II Gregorianum 56 (1975) 141-162; A. VANHOYE, Carisma, en Nuevo Diccionario de Teologí­a Bí­blica (Madrid, Paulinas, 1990) 282-288.

(ESQUERDA BIFET, Juan, Diccionario de la Evangelización, BAC, Madrid, 1998)

Fuente: Diccionario de Evangelización

I. Doctrina bí­blica
El concepto Járisma fue introducido por Pablo en la terminologí­a teológica; los sinópticos, Juan y los Hechos de los apóstoles sin duda conocen el fenómeno de los c., pero no el concepto de c. que aparece en Rom, 1 y 2 Cor, 1 y 2 Tico y 1 Pe. Pablo creó una marcada teologí­a de los c. (si bien él, con relación a los dones espirituales de la gracia, además de Jarí­smata usa también los conceptos pneumatiká, diakoniai y energúemata [ 1 Cor 12 ] ). Es caracterí­stico en él el esfuerzo (cf. sobre todo 1 Cor 12-14) por delimitar los c. frente a los fenómenos de entusiasmo y de éxtasis, por ordenarlos adecuadamente en la vida de la comunidad y por entenderlos como una nota peculiar de los bautizados (Rom 12, 6; 1 Cor 7, 7). En las listas donde se enumeran los c. (Rom 12, 6ss; 1 Cor 12, 8ss; 12, 28ss) el punto de vista decisivo es el servicio a la comunidad.

Los c. han sido dados para bien de todos (1 Cor 12, 7 );por esto Pablo prefiere el don de profecí­a, que es inteligible para todos y sirve a la edificación de la comunidad, al don de lenguas, que sólo sirve para la edificación y devoción propias (1 Cor 14). En la lista de 1 Cor 12, 28ss (cf. también Ef 4, 11) el Apóstol menciona en primer lugar los ministerios carismáticos de la comunidad, a saber, apóstoles, profetas y maestros, y luego, junto a c. tan extraordinarios como el donde hacer milagros, el de curar y el de hablar diversas lenguas, menciona c. que acreditan personalmente, como el poder de asistir y de gobernar (cf. además, 1 Cor 12, 8ss, donde se enumeran también: la palabra de sabidurí­a y de conocimiento, la fe y la -> discreción de espí­ritus; y Rom 12, 8, donde aparecen la benignidad y la misericordia). Para mostrar sensiblemente la ordenación mutua de los diversos c. y sus funciones, Pablo usa la imagen del cuerpo (1 Cor 12, 12-26; cf. Rom 12, 4ss). Como los fenómenos extáticos que en gran parte acompañan a los c. también se hallan fuera de la comunidad y pueden existir en la Iglesia misma sin estar legitimados por la fe, Pablo recurre al Pneutna como signo distintivo. Sólo en él es posible decir «Señor Jesús»; este «Kyrios» es el señor de los dones del espí­ritu (1 Cor 12, 3ss), y en él tiene su fundamento el amor que ha de superar y soportar todos los dones del espí­ritu, para que éstos queden adecuadamente integrados en el todo (1 Cor 13 ).

Rom 5, 16 y 6, 23, con el concepto totalmente general del inmerecido don salví­fico de Dios, se aparta ya de esta especial y terminológicamente fija inteligencia de los c.; 1 Tico 4, 14 y 2 Tim 1, 6 hablan de c. en el sentido de gracia de estado o del oficio, mientras que el sentido literal de 1 Pe 4, 10 se acerca a la concepción aquí­ diseñada.

II. La importacia de los c. para la vida de la Iglesia
La definición de la teologí­a escolástica, según la cual los c. son privilegia peculiaria Ecclesiae apostolicae et primitivae, no puede apoyarse seriamente en Pablo, pues, para él, ciertamente los c, son en gran parte fenómenos de entusiasmo que caracterizan la situación escatológica de la Iglesia, pero, en principio, bajo todas sus formas (extáticas o sometidas al orden comunitario) pertenecen siempre a la Iglesia, ya que el bautismo justificante y el espí­ritu vivo están ordenados mutuamente. Por tanto el c. habrí­a de describirse como signo de la (dispositiva, extrasacramental) gracia victoriosa, el cual en circunstancias puede presentarse como un fenómeno extraordinario, cercano al milagro, pero también puede presentarse sencillamente como fuerza de la gracia en las pruebas cotidianas (y, con ello, como –> virtud). Los c. son una caracterí­stica de la operación del Pneuma en los justificados y, por tanto, pertenecen en todo tiempo a la imagen de la Iglesia (no sólo en el periodo de su fundación o en momentos extraordinarios por los movimientos entusiásticos de devoción).

Ya las cartas pastorales anuncian un proceso que habí­a de imponerse en el tiempo postapostólico: el c. queda vinculado al -> oficio eclesiástico y a sus órdenes. Y a esto se une que las manifestaciones abiertamente carismáticas se hacen cada vez más raras. El montanismo y el donatismo son tí­picos para la relación crí­tica entre el oficio y el c. en el tiempo siguiente. Pero la tensión entre ambos nunca se desvió tan fuertemente hacia el oficio, que los fenómenos y dones carismáticos se extinguieran totalmente. El monaquismo (donde no está totalmente anquilosado en lo institucional), el ascetismo (-> ascética), la –> virginidad, el -> martirio, la -> pobreza y los movimientos de pobreza, la -> mí­stica, las virtudes sociales y también la ciencia teológica, fueron y pueden ser formas de aparición de lo carismático. En último término el oficio eclesiástico, si no quiere hacerse profano, es inconcebible sin c.

Los servicios de la lista de Rom y 1 Cor, los cuales tienden a un oficio y después recibieron de hecho un carácter institucional (¡cartas pastorales!), revisten un matiz carismático incluso más allá de Pablo. Las afirmaciones de la Escritura sobre el sacerdocio general (Ap 1, 6; 5, 9s) y la elección de todos en la Iglesia para un sacerdocio real y para el pueblo santo de Dios (1 Pe 2, 9, etc.; cf. Vaticano il, De eccl., n .o 11), así­ como la concepción neotestamentaria de la Iglesia como comunidad escatológica del tiempo salví­fico que ya ha hecho su irrupción (cf. Vaticano II, De Eccl., n .o 48), exigen lógicamente la estima y el cultivo de lo carismático en todos los miembros y ámbitos de la Iglesia. Naturalmente, corresponde al oficio el último enjuiciamiento y valoración de lo carismático, pero, por otra parte, este oficio debe dejarse corregir por lo carismático y escuchar la protesta que todo c. implica contra la petrificación institucional. Como testimonio del Espí­ritu los c., junto con los -> sacramentos, constituyen la vida de la Iglesia en su multiformidad. Su ausencia o su opresión hace increí­ble a la Iglesia, conduce a la uniformidad, e impide toda dinámica.

En la Constitución sobre la Iglesia el Vaticano il concede especial atención a lo carismático (= pneumático) en la Iglesia (particularmente n .o 12, y también n .o 4, 34s, 40s, etcétera). Esta nueva valoración fue preparada en cierto modo por la encí­clica Mystici corporis (AAS 35 [ 1943 ] 200s; Dz 2288), si bien ésta todaví­a entiende por c. en primera lí­nea «dones prodigiosos», o sea, fenómenos especiales y marginales. Puesto que el Vaticano II reconoce la operación del Espí­ritu incluso fuera de los limites visibles de la Iglesia católica, el concilio también cuenta con la posibilidad de que allí­ existan c. (De Eccl., n .o 15; De Oec., n .o 3 ), y entiende el -> ecumenismo como expresión de lo carismático en la Iglesia (De Oec., n .o 1, 2; 4, 1, etcétera). Pues sólo el Espí­ritu puede conceder a la Iglesia su multiformidad y fundar la unidad en ella.

Estévao Bettencourt

K. Rahner (ed.), Sacramentum Mundi. Enciclopedia Teolσgica, Herder, Barcelona 1972

Fuente: Sacramentum Mundi Enciclopedia Teológica

El término griego “charisma” denota todo buen don que emana del benévolo amor (charis) de Dios para el hombre; cualquier gracia divina o favor, que se extiende desde la redención y la vida eterna hasta el consuelo de estar en comunión con los hermanos en la fe (Rm. 5,15-16; 6,23; 11,29). La palabra tiene, sin embargo, un significado más estrecho: las gracias espirituales y cualificaciones conferidas a cada cristiano para realizar su labor en la Iglesia: «Cada cual tiene de Dios su propio don [charisma]; unos de una manera, otros de otra.» (1 Cor. 7,7). Finalmente, en su sentido más estrecho, carisma es el término teológico que denota las gracias extraordinarias dadas a cristianos individuales para el bien de otros. Éstos, o la mayoría de ellos, son enumerados por San Pablo (1 Cor. 12,4.9.28.30.31), y forman el tema del presente artículo. Son: «palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, carismas de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, don de interpretarlas.» (1 Cor. 12:8-10). A estos se les añade los carismas de apóstoles, profetas, doctores, ayudantes, gobierno (ibid. 28).

Estos dones extraordinarios fueron predichos por el profeta Joel (2,28) y Cristo se lo prometió a los creyentes: «Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas…» (Mc. 16,17-18). La promesa del Señor se cumplió el día de Pentecostés (Hch. 2,4) en Jerusalén, y, según la Iglesia se expandía, en Samaria (Hch. 8,18), en Caesarea (10,46), en Éfeso (19,6), en Roma (Rm. 12,6), en Galacia (Gál. 3,5), y más pronunciadamente en Corintio (1 Cor. 12,14). Los abusos de los carismas, que se habían infiltrado en este último lugar, indujeron a San Pablo a discutir con ellos largamente en su Primera Epístola a los Corintios. El apóstol enseña que estos «dones espirituales» emanan del Espíritu el cual anima el cuerpo de la Iglesia; que sus funciones son tan diversas como las funciones del cuerpo natural; y que, aunque dadas a individuos, están destinadas a la edificación de toda la comunidad (1 Cor. 12).

Los teólogos distinguen los carismas de otras gracias que operan la santificación personal: llaman a los primeros “gratiae gratis datae” en oposición a la “gratiae gratum facientes”. Los «dones y frutos del Espíritu Santo», al ser dados para la santificación personal, no deben ser numerados entre los carismas. Santo Tomás de Aquino (Summa Theol. I-II, Q. CXI, a. 4) argumenta que el Apóstol (1 Cor. 12,8-10) «divide correctamente los carismas; ya que algunos pertenecen a la perfección de conocimiento, como fe, la palabra de sabiduría, la palabra de ciencia; algunos pertenecen a la confirmación de doctrina, o la gracia de sanación, el don de milagros, profecía, discernimiento de espíritus; algunos pertenecen a la facultad de expresión, como tipos de lenguas e interpretación de lenguas.» Debemos, sin embargo, admitir que San Pablo no tuvo intención de dar en dos versículos una enumeración completa de los carismas, ya que al final del capítulo menciona muchos más; además él no intenta una división científica. Englmann (Die Charismen, Ratisbona, 1848) distingue dos categorías de carismas:

  • Carismas con tendencia a adelantar el crecimiento interno de la Iglesia;
  • Carismas con tendencia a promover el desarrollo externo.

A la primera pertenecen los dones que ayudan a los dignatarios de la Iglesia a ejecutar sus oficios; a la segunda pertenece el don de hacer milagros. Esta división parece estar indicada en 1 Pedro 4,10-11: «Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia [carisma] que ha recibido… Si alguno habla, sean palabras de Dios; si alguno presta un servicio, hágalo en virtud del poder recibido de Dios. Si algún hombre ministra, que lo haga, con el poder recibido de Dios.» Siete de los carismas enumerados por San Pablo caen en la primera categoría:

  • 1. el apostolado;
  • 2. el oficio afín de profecía;
  • 3. el discernimiento de espíritus;
  • 4. el oficio de maestro;
  • 5. la palabra de sabiduría y ciencia;
  • 6. ayudas;
  • 7. el don de gobierno.

Cinco pertenecen a la segunda categoría:

  • 1. aumento de fe;
  • 2. el poder de milagros;
  • 3. “in specie” la sanación de los enfermos;
  • 4. el don de lenguas;
  • 5. la interpretación de lenguas..

Carismas dados para la vida interior de la Iglesia:

1. El apostolado merecidamente encabeza la lista de los dones extraordinarios de Dios a los hombres para la edificación de la Iglesia. El oficio apostólico contiene en sí mismo una reclamación a todas los carismas, pues el objeto de su trabajo ordinario es idéntico con el objeto de estos dones especiales: la santificación de almas al unirlas en Cristo con Dios. Los Apóstoles recibieron la primera gran efusión de carismas cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos en la forma de lenguas de fuego, y comenzaron a hablar en lenguas diversas. Tanto la Escritura, la historia como la leyenda le atribuyen poderes sobrenaturales a lo largo de toda su actividad misionera. La leyenda, aunque imaginativa en sus hechos, es edificada sobre el sentido general de la Iglesia. A través de los Apóstoles la plenitud de los dones de Cristo fluyó sobre sus ayudantes en varias medidas, de acuerdo con las circunstancias de las personas y los lugares.

2. Profecía, el don de conocer y poder manifestar cosas escondidas al conocimiento ordinario del hombre. «Había en la Iglesia fundada en Antioquía profetas y maestros: Bernabé, Simeón llamado Níger, Lucio de Cirene, Manahén… y Saulo» (Hch. 13,1). «Ágabo, movido por el Espíritu, se levantó y profetizó que vendría una gran hambre sobre toda la tierra, la que hubo en tiempo de Claudio» (Hch. 11,28). Felipe el evangelista «tenía cuatro hijas vírgenes que profetizaban» (Hch. 21,8-9). A estos profetas se les permitía a veces conocer y revelar los secretos de los corazones. (1 Cor. 14,24-25); ellos hablaban «para que todos aprendan y sean exhortados» (1 Cor. 14,31), lo cual implica que estaban ilustrados en la fe por encima de sus compañeros. Su don no era permanente, pues mientras un profeta hablaba, le podía venir una revelación súbita a «otro que está sentado» y entonces el que estaba hablando «debe callarse» (1 Cor. 14,30). El objeto de la profecía era hablar «a los hombres para su edificación, exhortación y consolación» (1 Cor. 14,3). Pablo pone este carisma por encima de todos los demás: «aspirad también a los dones espirituales, especialmente a la profecía» (1 Cor. 14,1). «Pues el que profetiza, supera al que habla en lenguas» (ibid. 5). Tal parece que era tan frecuente en la Iglesia primitiva como para ser considerado un cargo especial aunque extraordinario. En Antioquía «profetas y doctores» están vinculados (Hch. 13,1), y «así los puso Dios en la Iglesia, primeramente como apóstoles; en segundo lugar como profetas; en tercer lugar como maestros…» (1 Cor. 12,28; cf. Ef. 4,11). Con el transcurso del tiempo la profecía se hizo menos común, pero sin desaparecer nunca del todo.

3. El discernimiento de espíritus se debe distinguir de la intuición natural o adquirida, o agudeza de juicio; es el don sobrenatural que permite a su poseedor juzgar si ciertas manifestaciones extraordinarias son causadas por buenos o malos espíritus, o por agentes naturales. San Pablo lo asocia a la profecía: «En cuanto a los profetas, hablen dos o tres, y los demás juzguen» (1 Cor. 14,29). Este juicio o discreción era necesario para prevenir o corregir abusos que podían fácilmente venir detrás de las profecías. Muchos santos poseían en grado sumo el don de discernimiento de espíritus, y no es raro hoy día entre los confesores y directores espirituales.

4. El oficio de Maestro era predicar y enseñar la fe permanentemente en algunas comunidades asignadas a su cuidado. Los Apóstoles mismos y los evangelistas mencionados con apóstoles, profetas, doctores y pastores (Ef. 4,11) viajaban de un lugar a otro fundando nuevas Iglesias; sólo podían mantener la fe maestros permanentes capacitados para su trabajo con dones especiales. Así San Pablo escribe a Timoteo: «y cuanto me has oído en presencia de muchos testigos confíalo a hombres fieles, que sean capaces, a su vez, de instruir a otros» (2 Tim. 2,2). Estos hombres de fe son los catequistas en países de misión.

5. La palabra de sabiduría y la palabra de conocimiento (logos sophias, logos gnoseos). Sabiduría (sapientia) es en San Pablo el conocimiento de los grandes misterios cristianos: la Encarnación, Pasión y Resurrección de Jesucristo, y el morada del Espíritu de Dios en el corazón del creyente (1 Cor 2; Cf. Ef. 1,17). Conocimiento (gnosis, scientia) igualmente implica la familiaridad con la religión de Cristo, aunque en menor grado (1 Cor. 1,5). En 1 Cor. 8,1-7, «conocimiento» denota el conocimiento especial de que todas las religiones paganas son vanas, que «no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros». La palabra de sabiduría y la palabra de conocimiento parecen ser grados del mismo carisma, a saber, la gracia de plantear la fe efectivamente, de acercar a las mentes y los corazones de los oyentes la persuasión Divina, los misterios ocultos y los preceptos morales del cristianismo. El carisma en cuestión fue manifestado en el discurso de San Pedro a la multitud el día de Pentecostés (Hch. 2) y en muchas ocasiones cuando los mensajeros de la fe eran entregados, «no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar, lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento» (Mt. 10,19).

6. Las asistencias (antilepseis, opitulationes) es un carisma conectado con el servicio a los pobres y los enfermos llevado a cabo por los diáconos y diaconisas (Hch. 6,1). El plural se usa para notar las muchas formas asumidas por este ministerio.

7. La gobernación (kyberneseis, gubernationes) es los dones especiales concedidos a los gobernantes de la Iglesia para el fiel ejercicio de su autoridad. Este carisma está conectado a todos los grados de la jerarquía, con los Apóstoles y sus sucesores, los obispo s y sacerdotes, con doctores y diáconos y administradores. El Papa San Gregorio I llama al gobierno de almas el arte de las artes; si es así siempre, debemos esperar hallarla dotada de asistencia divina especial cuando la naciente Iglesia luchaba contra todos los poderes de judíos y gentiles.

La segunda serie de carismas (aquellas que promueven el desarrollo externo de la Iglesia) no está conectada con ningún puesto especial. Estas gracias muestran el poder de Dios en acción en los miembros de la nueva Iglesia; estaban destinados a fortalecer la fe de los creyentes y disipar la incredibilidad de los de afuera.

Carismas dados para el desarrollo externo de la Iglesia

1. La fe, como un carisma, es aquella fe fuerte que mueve montañas, expulsa demonios (Mt. 17,19-20) y hace cara a los más crueles martirios sin titubear. Este tipo de fe, común al principio, ha sido dada por Dios en todos los tiempos a los santos y mártires y a muchos hombres y mujeres santos cuyas vidas ocultas no ofrecieron ocasión para milagros o martirio.

2. El don de milagros milagros (energema dynameon, operatio virtutum) es el poder dado por Dios para realizar hechos fuera del poder ordinario del hombre. Este carisma incluye muchos signos mencionados por Marcos (Mc. 16,17-18): «en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien». San Pedro cura a los achacosos y los enfermos y aquellos atormentados por espíritus inmundos (Hch. 5,15-16); Felipe hizo milagros en Samaria (Hch. 8); San Pablo no recibe lesión de la víbora que hizo presa de su mano (Hch. 28,3-5); San Pedro resucita a Tabitá de entre los muertos (He. 9,40).

3. Las sanaciones (charisma lamaton, gratia sanitatum) es resaltada por San Pablo entre otros milagros porque probablemente fue la más frecuente y la más llamativa. El plural se utiliza para indicar el gran número de enfermedades que eran sanadas y la variedad de métodos utilizados para sanar, por ejemplo, pronunciando el Santísimo Nombre de Jesús (Hch. 3,6), por la imposición de manos, ungiendo con aceite, con la Señal de la Cruz.

4. El don de lenguas y (5) la interpretación de lenguas (colectivamente conocidos como glossolalia) aparecen descritos extensamente en 1 Cor. 14. Y ¿en qué consistía exactamente la glossolalia?

  • Era hablar, en oposición a estar silente (1 Cor. 14,28), aunque
  • no siempre en un idioma extranjero. El día de Pentecostés los Apóstoles realmente hablaron los varios idiomas de sus oyentes, pero los gentiles que aún no habían sido bautizados en la casa de Cornelio se pusieron a «hablar en lenguas y glorificar a Dios» (Hch. 10,46) y los doce efesios recién bautizados hablando en lenguas y profetizando (Hch. 19,6) no tenían razón para usar lenguas extrañas. Además, en vez de la expresión «hablando en lenguas» Pablo usa la frase alternativa “hablar en lengua» (1 Cor. 14,2.4.13.14.27). El objeto del don no era transmitir ideas a los que escuchaban, sino hablarle a Dios en oración (1 Cor. 14,2.4), un objetivo para el cual un idioma extranjero es innecesario. Finalmente—y este argumento parece conclusivo—Pablo compara la glossolalia, en cuanto a su efecto, a hablar en un idioma desconocido; por lo tanto, no es ella misma un idioma desconocido. (1 Cor. 14,11).
  • Era una lengua articulada, ya que el que hablaba oraba, cantaba, y daba gracias (1 Cor. 14,14-17).
  • El que hablaba estaba como en un trance—«si oro en lengua, mi espíritu [pneuma] ora, pero mi entendimiento [nous, mens] queda sin fruto» (1 Cor. 14,14).
  • en los no creyentes glossolalia ocasionaba la impresión de lo maravilloso; quizás les recordaba los delirios religiosos de los hierofantes: «Así pues, las lenguas (es decir, por ininteligibles) sirven de señal no para los creyentes, sino para los infieles; Si… todos hablan en lenguas y entran en ella no iniciados o infieles, ¿no dirán que estáis locos?» (1 Cor. 14,22.23).
  • El don de lenguas es inferior al de profecía: «el que profetiza, supera al que habla en lenguas, a no ser que también interprete, para que la asamblea reciba edificación» (1 Cor. 14,5).
  • El carisma de interpretación es, entonces, el complemento necesario de glossolalia; cuando no hay interpretación, el que habla en lenguas debe callar (1 Cor. 14,13,27. 28). La interpretación es el trabajo del que habla o de otro (1 Cor. 14,27). Toma la forma de un discurso inteligible; la explicación debía seguir al hablar en lenguas tan regularmente como el discernimiento de espíritus seguía la profecía. (1 Cor. 14,28-29).

Entre los Padres es “sententia communissima” que el hablar en lenguas era hablar lenguas extranjeras. Su interpretación se basa en la promesa en Marcos 16,17 «hablarán en lenguas nuevas», y en su cumplimiento final en el don de lenguas de los apóstoles (Hch. 2,4). Una nueva lengua, sin embargo, no es necesariamente una lengua extranjera, y un don que tuvo uso especial el día de Pentecostés parece sin propósito en asambleas de personas de un mismo idioma. Hay, además, objeciones textuales a la opinión común, aunque, debemos admitir, no muy convincentes [ver el segundo punto arriba]. Se ofrecen muchas explicaciones a este oscuro carisma, pero ninguna de ellas está libre de objeción. Puede ser que haya algo de verdad en todas ellas. San Pablo habla de «tipos de lenguas», que puede implicar que la glossolalia se manifestó en muchas formas: por ejemplo, en la forma de lenguas extranjeras cuando lo requerían las circunstancias, como con los Apóstoles; como un nuevo lenguaje—«un tipo de locución distintiva de la vida espiritual y distita del habla común, la cual para los sentimientos exuberantes de la nueva fe parecía inadecuada para la comunicación con Dios» (Wizsacker); o como la manifestación de los gemidos inefables del Espíritu, pidiendo por nosotros, y haciéndonos gritar «Abbá, Padre» (Rom. 8,15.26).

Bibliografía: 1 Cor. 12-14, con comentarios; SANTO TOMAS, II-II, QQ. CLXXVI-CLXXVIII; ENGLMANN, Die Charismen (Ratisbona, 1848 — el mejor libro sobre el asunto); SCHRAM, Teología mística, 435; SEISENBERGER en Kirchenlex., s. v.; ID. In BUCHBERGER, Kirchl. Handlexikon; WEIZSACKER, Apost. Age, II, 254-75.

Fuente: Wilhelm, Joseph. «Charismata.» The Catholic Encyclopedia. Vol. 3. New York: Robert Appleton Company, 1908.
http://www.newadvent.org/cathen/03588e.htm

Traducido por Rey Bonachea. L H M

Fuente: Enciclopedia Católica